José Vidal-Beneyto: Festival mediático

José Vidal-Beneyto: Festival mediático

La democracia se nos ha muerto de frustración, de apatía, de hipermediatización publicitaria, de adicción al poder. Lo que ahora tenemos ante nosotros es su cadáver y todos sabemos que lo único que cabe hacer con los cadáveres es enterrarlos o resucitarlos. Los demócratas irrecuperables sólo podemos optar por el segundo término de la alternativa. Resucitar ese cadáver quiere decir refundar la democracia con el mismo nombre o con otro, pero enraizándola en los mismos principios y valores que John Rawls ha resumido en una expresión certera: 'El ejercicio de la razón pública', Collected Papers (Harvard Univ. Press, 1999). Ejercicio que tiene en la deliberación y en el debate sus manifestaciones más comunes y eminentes, lo que hace del vigor de los debates el verdadero baremo de la vida democrática, del que la práctica del voto es sólo una consecuencia.

Hace ya casi cinco meses que se inauguró en Francia el festival mediático a que se reducen hoy las ceremonias electorales. Cinco meses que hemos vivido políticamente al ritmo de sondeos -casi uno al día-, en torno de los cuales se ha organizado el bullicio mediático ad majorem gloriam de las empresas de comunicación que hoy están, conviene recordarlo, en poder de los grandes grupos económicos, tanto los media escritos como los audiovisuales. Bouyges, el más importante grupo constructor francés que domina también el mundo de la telefonía, es al mismo tiempo el dueño de TF1; Dassault, el principal fabricante de armas de Francia, es el amo de Le Figaro y de Valeurs Actuelles; el magnate Pinault posee la revista Le Point; el grupo Lagardère, también armamentista, controla Paris Match, Elle, Journal de Dimanche y un gran pie en Le Monde; Rothschild es el amo de Libération. Las consignas de quienes mandan se transmiten en el mundo de la comunicación desde lo no formulado y sus mecanismos más eficaces son: la convergencia implícita y los manejos tras el telón. No es necesario añadir que todos los platós de los debates televisivos, es decir, sus participantes y las secuencias de sus intervenciones han sido cuidadosamente amañados al servicio de Sarkozy. Brillante, muy pugnaz, intelectualmente bien utillado, apuesta simultáneamente, sin inhibición alguna a todas las opciones del espectro ideológico, con la sola excepción de la extrema derecha ya ocupada por Le Pen. El candidato de la derecha dice querer romper con la era de Chirac, de quien sigue siendo sin embargo ministro del Interior y se declara de centro democrático al mismo tiempo que ha hecho de Aznar y de Fini sus dos grandes amigos políticos. El primero, cuyos referentes de predilección son los neocons y las figuras de Reagan y de Thatcher, le ha ofrecido su think-thank, FAES, para la publicación y difusión de sus libros, oferta aceptada con entusiasmo por Sarkozy. Y el líder del neofascismo italiano Fini se ha convertido a través de su partido, Alianza Nacional, en el editor de sus obras. Ségolène Royal, que debió su popularidad inicial a la voluntad de ruptura con los modos convencionales de hacer política, a su independencia del aparato del Partido Socialista y a su inscripción en la "democracia de opinión", ha perdido appeal al convencionalizar su mensaje y sus modos. El fenómeno Bayrou se sitúa en la misma línea interpretativa en la que están el éxito de Le Pen en el año 2002 y el rechazo de la Constitución europea en 2005. Los franceses quieren otra política, otras ofertas, otros modos y otros protagonistas y una cierta parte del electorado francés -el 23% de las intenciones de voto proclamadas- han creído encontrarlo en el candidato centrista. Es difícil vaticinar hoy si este voto negativo llegará hasta el final o se quedará en el camino. En cuanto a la extrema izquierda, ha ofrecido de nuevo el lamentable espectáculo de una inacabable lucha fratricida. Menos mal que ese prodigio de la comunicación política que es Olivier Besancenot, líder de la Liga Comunista Revolucionaria, ha planteado las preguntas concretas esenciales que yo resumo en dos: ¿cómo es posible que aceptemos que la distribución de la riqueza en Francia haya pasado del 30% al 40% en favor del capital en menos de 30 años? y ¿cómo puede admitirse que los Gobiernos franceses regalen fiscalmente a las empresas del CAC 40, 60.000 millones de euros cada año? ¿Esa distribución de la riqueza es democrática y responde a la justicia social?

El País, 17/03/07