Jurgen Habermas: «Los gobiernos deben reconocer su impotencia en el proyecto europeo»

HabermasJurgen Habermas: «Los gobiernos deben reconocer su impotencia en el proyecto europeo»
Jurgen Habermas Filósofo y sociólogo alemán

El próximo domingo se cumplen y celebran los 50 años de la firma de los Tratados de Roma, constitutivos de la Unión Europea. Esos cincuenta años han sido el marco por el que se ha desenvuelto buena parte del pensamiento del filósofo y sociólogo alemán Jurgen Habermas, uno de los principales analistas de la evolución de Europa dentro de la sociedad industrial y capitalista avanzada. Siguiendo sus teorías, ya expuestas en su tesis "Historia y crítica de la opinión pública", en la que distingue entre la opinión pública crítica y la manipulada, Habermas lanza un alegato en el medio siglo de vida de la Unión: que en las elecciones europeas de 2009 los ciudadanos voten en referéndum sobre si la Unión Europea tendrá en el futuro un presidente elegido directamente, un ministro del Exterior propio y una base financiera propia.

Cuando terminó la guerra, usted tenía 15 años, pero experimentaba en carne propia las consecuencias devastadoras de aquel conflicto. ¿Cuáles son sus recuerdos?

Debo admitir que hace 50 años la cuestión política interna del equipamiento nuclear de la Bundeswehr me interesaba más que la creación de la Comunidad Económica Europea. En aquel entonces no comprendí que esa unión aduanera ya se abría a la perspectiva de una comunidad europea, es decir, de una unión política de los países de Europa occidental.

Estaba también la búsqueda de la unión como antídoto a los conflictos bélicos.

Los móviles pacifistas que en aquel entonces movilizaban a los seguidores del movimiento por la paz coincidían con los que impulsaban los seis estados fundadores y los protagonistas principales, Adenauer, De Gasperi y Schumann: Nunca más una guerra entre los estados nacionales, que se habían despedazado en dos guerras mundiales, y, lógicamente, la integración de Alemania, que había urdido la guerra y que cargaba con el monstruoso crimen de la aniquilación de los judíos.

Que los países de la UE puedan enfrentarse en una guerra parece inimaginable. Y el mercado común consolidado trajo bienestar. ¿Se puede celebrar el cambio de paradigma de un pensamiento de estado a una visión europea?

Ése es con toda seguridad un motivo de celebración, aun cuando el cambio de paradigma aún no se ha concretado del todo. Pero hay además otro resultado que ahora, con algo de autoconciencia, podemos aprovechar. La UE posibilita jugar un papel en la actual situación de tensión que en aquel entonces, en el inicio del conflicto Oriente-Occidente, nadie podía prever. Al comienzo, Europa era la respuesta a problemas que surgían dentro de Europa. Hoy, si pensamos en el futuro de Europa, la mirada se centra sobre todo en problemas que nos desafían desde fuera. No es sólo la expansión hacia el este la que amplía la dinámica de unión más allá de lo alcanzado en Niza. Lógicamente aún no estamos a la altura de esas expectativas, que se dirigen a un poder diplomático compensador.

¿Puede mencionar un desafío geopolítico como ejemplo?

Tome el último conflicto desarrollado en suelo libanés entre Israel y Hizbollah. Dado que Estados Unidos ya había tomado partido hace tiempo, con la política unilateral del gobierno de Bush en el conflicto de Cercano Oriente, todas las expectativas se dirigieron a Europa, considerada más neutral. La UE envió a su representante de política exterior, Javier Solana, a Beirut y Jerusalén, pero por lo demás ofreció una imagen lamentable con un coro de voces disonantes. Y es que al mismo tiempo algunos países como Francia, Gran Bretaña, Alemania, Italia y España intentaron beneficiarse como estados nacionales y superarse unos a otros con iniciativas propias.

¿Qué prioridades ubicaría en la agenda de la UE? Ahí están la hasta ahora fracasada Constitución, una política exterior común, unas fuerzas armadas europeas, la moderación del neoliberalismo o un papel precursor en protección del medio ambiente...

De hecho, está enumerando los desafíos más urgentes a los que una Europa unida se deberá enfrentar en el siglo XXI. Pero una política exterior común, la creación de fuerzas armadas comunes o una armonización de las políticas impositivas y económicas con la intención de garantizar nuestros patrones sociales y culturales ahora amenazados, son metas políticas, que están a otro nivel que la fracasada Constitución de la UE. La UE ampliada primero debe poner un poco de orden en su propia casa, para poder seguir siendo gobernable y obtener la capacidad de acción política necesaria, antes de poder ponerse metas tan ambiciosas. Sobre todo no nos deberíamos hacer ilusiones al respecto de qué es lo que realmente hace fracasar una profundización de las instituciones.

¿La resistencia de muchos ciudadanos en toda Europa?

!No, no es la resistencia de la población! Ésa es la idea más a mano, pero equivocada, que se asentó tras los fracasados referéndumes en Francia y Holanda. Realmente, en la mayoría de los países continentales seguimos teniendo mayorías silenciosas a favor de la profundización de la Unión Europea. El motivo más profundo para la paralización de la dinámica de unificación más bien está en que diferentes gobiernos relacionan con la Unión diferentes objetivos. El bloqueo que se observa hoy se explica en el hecho de que los gobiernos intentan esquivar el previsible conflicto sobre esta cuestión central. La presidencia alemana del Consejo está preparando, según se lee, una declaración para el aniversario el 25 de marzo que trata la cuestión de la Constitución sólo al margen.

Entonces, ¿qué significado tienen las votaciones fracasadas en Francia y Holanda?

Sólo dejaron en evidencia que los gobiernos están en un callejón sin salida y no pueden avanzar ni retroceder. Hasta ahora podían confiar en el "Método Monnet" (por el "padre de Europa" Jean Monnet, que acuñó la dinámica de que la unión se profundiza por etapas sin necesidad de la formulación explícita de objetivos finales) y seguir los imperativos que surgían obligatoriamente de la integración económica. El mercado común supuso ventajas para cada estado miembro. Un marco constitucional para políticas comunes demanda en cambio una voluntad política común, que va más allá de la constatación de dividendos nacionales.

Y según usted, ese problema es achacable a los gobiernos.

Evidentemente, lo que ocurre es que los gobiernos no se ponen de acuerdo con respecto a lo que Monnet llamó la "finalité", el sentido del proyecto europeo.

¿Se puede decir de forma más concreta? ¿De quiénes estamos hablando?

Gran Bretaña y alguno país escandinavo tiran en una dirección, los estados fundadores y España en otra. El acuerdo sobre objetivos básicos en cuanto a protección del medio ambiente en Bruselas, que aún debe hacerse operativo, fue celebrado como un éxito de Merkel. Pero quizás sólo se trató de una maniobra para distraer del verdadero debate.

¿Y quién debería impulsar el desarrollo europeo si no son los gobiernos?

La única salida que veo es un referéndum a nivel europeo. Los gobiernos, que son los amos del proceso, deben reconocer su impotencia de hecho y está única vez atreverse a la democracia. Deberían saltar por encima de sus sombras y someterse ellos mismos -como partidos políticos que componen los gobiernos- a votación en una campaña electoral europea con la mira abierta a cualquier voto a favor o en contra de la consolidación de la Unión Europea.

¿Cree que quedó atrás el modelo de estado nacional?

No, los estados nacionales siguen siendo los actores más importantes del escenario internacional. Además son los componentes irreemplazables de los que se componen las organizaciones internacionales. ¿Quién impulsa la ONU y pone a disposición tropas para intervenciones humanitarias si no son los estados nacionales? ¿Quién, si no los estados nacionales, garantiza los mismos derechos para todos los ciudadanos?

¿Qué debe cambiar entonces?

Lo que debería cambiar, y en Europa ya ha cambiado en gran parte, es la autosuficiencia de esos estados nacionales. Deben aprender a moverse menos como actores independientes que como miembros que se sienten comprometidos a cumplir las normas de una comunidad. Deben aprender a perseguir sus intereses dentro de redes internacionales a través de una diplomacia inteligente en vez de con amenazas de fuerza militar.

¿Cómo se imagina a la Unión Europea en otros 50 años?

Aventurar una visión de aquí a medio siglo no es algo que ahora nos ayude mucho. Me basta con tener una visión de aquí a las próximas elecciones europeas del 2009. Con esas elecciones, debería estar vinculado un referéndum europeo sobre tres cuestiones: sobre si la Unión, más allá de procedimientos efectivos de decisión, debe tener un presidente elegido, un ministro del Exterior y una base financiera propia. Eso se corresponde con las ideas del primer ministro belga Verhofstadt. El modelo sería aceptado si alcanza la «doble mayoría», la de los estados y la de los votos de los ciudadanos. Al tiempo, el referéndum sólo comprometería a los estados cuya mayoría se haya pronunciado a favor de la reforma. Si el referéndum tiene éxito, Europa se despediría del modelo de convoy en el que el más lento es el que determina la velocidad.

Deia, 21/03/07

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