Vivir en la ciudad-empresa

1984Vivir en la ciudad-empresa
Repsol, Santander y Telefónica reúnen a miles de trabajadores en el mismo complejo
La concentración da pie a nuevas pautas laborales

Hay una ciudad al oeste de Madrid que no tiene ayuntamiento, que ni siquiera figura en los mapas de carretera. A las 18.30 se apagan las luces y sólo quedan guardias jurados custodiando verjas y edificios. Y algún ejecutivo rezagado. Durante el día, sus 6.500 habitantes se entrenan en el mismo gimnasio, dejan a sus hijos en la misma guardería y, sobre todo, comparten el mismo jefe: Emilio Botín, presidente del Santander.

A 25 kilómetros al norte de la capital, los comensales de un autoservicio llevan colgada del cuello una cinta azul con la palabra Telefónica en grandes letras verdes. Cogen la bandeja, eligen un menú, y al poco rato vuelven al trabajo. Como mucho, fuman un cigarro fuera. Pronto entran en su oficina, en otro edificio similar, uno de los 17 que les rodean.

Son los 7.000 desplazados al Distrito C, el complejo que Telefónica ha levantado en el nuevo barrio de Las Tablas. Y si vuelven tan rápido a sus puestos es porque no tienen alternativa: todavía faltan las tiendas que pronto abrirán en el flamante cuartel general de la empresa.

Estas dos miniciudades siguen un modelo creado en EE UU, donde grandes corporaciones han concentrado en un mismo espacio todas sus actividades. Todos han elegido un modelo horizontal, con espacios abiertos y luminosos. Repsol YPF prevé levantar entre 2007 y 2009 un campus para 4.000 personas en Méndez Álvaro, el único en el centro de la ciudad. Y Televisión Española también ha anunciado que venderá sus estudios históricos para trasladarse a una sede "emblemática" en las afueras.

El primer capítulo de esta tendencia lo escribió en España el Santander en 2004. En un año, el banco desplazó a 8.000 personas a la Ciudad Grupo Santander, en Boadilla del Monte. El segundo traslado masivo se completará en julio, cuando el Distrito C concentre en 200.000 metros cuadrados a 14.000 empleados antes dispersos entre los más de 160 edificios de Telefónica en Madrid.

A la hora de comer, hordas de hombres y mujeres trajeados inundan unas calles de la ciudad del Santander hasta entonces semidesiertas. Ellos tienen más opciones que los del Distrito C: cinco restaurantes, peluquería, clases de pilates en el modernísimo y equipadísimo centro médico...

Pueden hacer de todo, todo dentro de la doble verja con cámaras cada pocos metros que separan el mundo exterior de una realidad en la que, se mire donde se mire, siempre se ve un mueble rojo -el color corporativo-, una llama -la insignia del banco- o una publicidad que te asegura que "Santander eres tú". Junto a la máquina de bebidas, una televisión retransmite un discurso de Emilio Botín a sus directivos. "Aquí encuentras de todo; el problema es que acabas desayunando, comiendo y cenando donde trabajas", dice una empleada.

La del Santander es una ciudad libre de monedas y billetes. Todo se abona o con tarjeta (prepago o de crédito) o bien directamente no se paga nada, como en los restaurantes, gratuitos para empleados.

Pero no todos los habitantes de Boadilla disfrutan de estas ventajas. Los 1.500 externos (camareros, jardineros y otros trabajadores que no pertenecen a la plantilla del banco) forman una especie de ciudadanía de segunda clase para la que están vedados la guardería y los demás servicios. Ellos llevan su comida de casa; y para ellos se ha destinado una zona denominada, muy gráficamente, "área tupper". "Los servicios son para nuestros empleados", responde tajante José Luis Gómez Alciturri, responsable de Recursos Humanos.

Aunque este directivo asegura que el 70% de los empleados están satisfechos, no oculta que en las encuestas internas muchos dicen sentirse "enjaulados". Los datos de los sindicatos no son tan optimistas: en una encuesta hecha por UGT en mayo de 2006, cuando ya llevaban dos años en su nuevo hábitat, un 36% de los más de 1.000 consultados respondía que el traslado le había perjudicado. Menos de un tercio decía haber mejorado.

Para compensar la sensación -real o imaginada- de claustrofobia, Gómez Alciturri asegura que no han escatimado en gastos para satisfacer a los que un día cambiaron sus oficinas en Madrid por Boadilla. Y un paseo por la ciudad convence de la inversión realizada: máquinas esplendorosas en el gimnasio; unos cuidados vestuarios en el club de golf donde sobre la barra hay una nota que invita al usuario a pedir cualquier bebida que se le antoje... Y la joya de la corona: la guardería con 400 plazas. "La mayor de Europa", dicen orgullosos en el banco.

Una queja que se repite entre los trabajadores de Telefónica es la de haber sido trasladados a un parque en obras. El lago que se supone que refrescará el ambiente es por ahora una gran montaña de arena. Pero lo que más ha enervado a los empleados durante el último medio año han sido los accesos: "Vivo a cuatro kilómetros y hubo días en los que tardé en llegar una hora y media", comenta en la cafetería Ana, del departamento de marketing. Una compañera describe como "una pesadilla" encontrar cada mañana un hueco en el aparcamiento. La polémica ha llegado también a la Red. Unos cibernautas han creado un blog en el que se toman con humor los problemas de infraestructura y recomiendan un kit del Coronel Tapioca para llegar al Distrito C.

Los portavoces de la operadora esperan que la solución llegue a finales de este mes, cuando, al igual que ocurrirá en Boadilla en mayo, el metro llegue al Distrito C. Para lograr una parada en su puerta, Telefónica ha pagado 14 millones a la Comunidad de Madrid.

No sólo se han mudado. Tanto Telefónica como Santander aseguran que han pretendido también cambiar la organización del trabajo. Menos jerarquías y más conciliación entre vida familiar y profesional, son los objetivos.

"De 500 secretarias hemos pasado a 80", dice Gómez Alciturri. En Telefónica, la apuesta por la conciliación la han hecho con los trabajadores avanzados, que pasan fuera de la oficina casi la mitad de la jornada. Aunque ahora un 10% de la plantilla tiene este perfil, la operadora quiere llegar al 40% en 2008. Pero los sindicatos, una vez más, intervienen para aguar la visión idílica de las empresas: el 63% de los empleados del Santander criticaban la escasa flexibilidad de horarios en Boadilla.

Y hay otros que, a pesar de salir más pronto, el cambio no les termina de convencer. Como Juan, que sólo lleva una semana en el Distrito C: "Antes, a la hora de la comida podía dar una vuelta o comprar un disco; ahora voy directamente a la oficina porque no tengo nada mejor que hacer".

Gastar 600 e ingresar 1.100

Las ventajas están claras: al trasladarse a un parque empresarial, la empresa gana en productividad porque elimina los desplazamientos entre sedes, y obtiene cuantiosas inyecciones de capital con la venta de las antiguas oficinas. El Santander, por ejemplo, ingresó 1.100 millones al deshacerse de 22 edificios, entre propiedad y alquiler. Si se tiene en cuenta que la construcción y traslado a su sanctasanctórum costó 600 millones, el banco ganó 500.

Telefónica y Santander han elegido modelos opuestos para sus sedes. Mientras que la operadora se inclinó por un complejo abierto, en el que primó el transporte público; el banco levantó una miniciudad con servicios reservados a sus empleados y al que se accede principalmente con coche privado o autobuses de ruta.

El tercer proyecto, el de Repsol, todavía está en fase de estudio. Uno de los aspectos que la petrolera ha tenido en cuenta es el rechazo de sus empleados a desplazarse a las afueras. El arquitecto José María Ezquiaga critica la tendencia de llevar las oficinas a la periferia, lo que supone una pérdida para la ciudad. "En EE UU hicieron lo mismo a finales de los setenta y algunas empresas están dando marcha atrás".

El País, 01/04/07