Santiago García Iparraguirre: Desenmascarar la democracia

Santiago García Iparraguirre: Desenmascarar la democracia
Santiago García Iparraguirre, Doctor en Teología e Historia

El peor insulto que se puede hacer a un político es tacharlo de antidemocrático y, paralelamente, la mejor alabanza que se le puede atribuir es calificarlo de demócrata. En fin, que todos los políticos tienen a bien ser tenidos como demócratas. Castro se autodefine como demócrata, también Bush, y Zapatero, Rajoy, Federico Jiménez Losantos, Miguel Sanz y Otegi; lo mismo hacían Pinochet, y Margaret Thacher, y Honnecker, el ex presidente de la desaparecida República Democrática Alemana. Quien no se considera demócrata va contra corriente, va contra la historia y está "out-side".

Sin embargo, existe un sentimiento, bastante extendido, de que el sistema democrático, tal como se vive hoy en día, no satisface las aspiraciones de libertad del hombre, de que la democracia tiene serias limitaciones y que este sistema político no funciona.

Hay quienes consideran que la democracia es un sistema político vacío de contenido, que tanto el concepto como la realidad y el hecho político de la democracia no dicen mayor cosa y que deben ser conjurados, desmitificados, desacralizados y, en último término, desenmascarados. Y esto precisamente porque la realidad de los sistemas democráticos no corresponde ni a la idea, ni a la esencia, ni a la etimología de la palabra "democracia".
En efecto, si democracia es el poder del pueblo y para el pueblo, no se sabe cómo puede conciliarse esto, con lo que sucede con estos sistemas políticos dominados por grupos financieros que tienen en sus manos el poder mundial. Y es que, desde sus orígenes hasta hoy en día, paradójicamente, la democracia ha estado unida al poder de unos pocos y a la exclusión de muchos.

En Atenas, en la asamblea, se reunían para decidir y votar los destinos de la polis los hombres libres de la ciudad, pero los esclavos, las mujeres y los extranjeros que vivían en Atenas eran excluidos de la asamblea. La constitución democrática de las ex colonias británicas de América, aprobada en el siglo XVIII, proclamaba la libertad y daba poder y participación a los colonos criollos, pero las mujeres, los negros y los indios eran los grandes excluidos. La revolución francesa hizo profesión democrática y optó por los derechos humanos al proclamar la declaración de los mismos, y dio una constitución para que los hombres fueran libres, iguales y fraternos, pero la burguesía se apropio de los derechos y el pueblo fue excluido de los bienes democráticos proclamados y de la participación en las decisiones. El derecho a voto era privilegio de una minoría; también lo fue en la España del siglo XIX.

En las nuevas repúblicas latinoamericanas del siglo XIX que optaron por constituciones democráticas y liberales, no había espacio para el pueblo llano, para los ladinos, los mestizos, los indígenas, los negros y las mujeres. Creo conocer bien las constituciones democráticas y liberales de las repúblicas centroamericanas de los siglos XIX y XX; todas son instrumento de una oligarquía criolla para mantenerse en el poder y controlar la riqueza, excluyendo a los indígenas, latinos, negros, mestizos, mujeres y pobres, los excluidos de la tan cacareada democracia liberal, donde unos pocos se arrogan los derechos que corresponderían a todos. Chile, paradigma de país democrático en la América Latina, llegó al sufragio universal con el Gobierno de Frei, presidente en 1964, al permitirse el voto a los analfabetos.

Es bien cierto que los movimientos sociales de los siglos XIX y XX aumentaron los espacios de libertad y bienestar de la clase popular y proletaria en los países democráticos y ricos, pero también es bien cierto que estos beneficios se lograron muchas veces a costa de la pérdida de beneficios de los más débiles de los países pobres. Por ejemplo, en la década de cincuenta y sesenta del siglo XX, los trabajadores de la industria automotriz francesa recurrieron a las huelgas para lograr ventajas económicas y laborales y aumentos salariales. Los dueños de las empresas les aumentaron sus sueldos, pero no asumieron las pérdidas que esto les suponía. El caucho que compraban a Brasil lo pagaron a mitad de precio. En último término quien salió perdiendo y percibió menos dinero fue el campesino que recogía el caucho en los árboles de hule.

En la década de los setenta, con el triunfo del neoliberalismo económico, el poder y los centros mundiales de decisión están en manos de las multinacionales, que no tienen otro límite que la propia ganancia y acumulación de riqueza, proponiendo y fomentando la cultura global del mercado y del consumo. Estas corporaciones mandan sobre los estados, cuya misión consiste en promover la libertad de mercado y en obstaculizar las trazas sociales que impidan la libertad de las multinacionales.

Es verdad que el derecho a voto se ha universalizado, teniendo siempre el inconveniente de la manipulación que ejercen los medios de comunicación dirigidos por el poder económico. Pero ante la democracia electoral o política se precisa, para que la libertad sea real y el sistema democrático más eficiente, una democracia social y económica, en la que los bienes estén mejor repartidos, las diferencias entre los países fuertes y débiles, así como las desigualdades entre los ricos y los pobres de todos los países, sean menos ostensibles, y todo hombre y mujer pueda satisfacer los derechos fundamentales existenciales. Se requiere también una democracia cultural en la que pervivan los pluralismos culturales como una riqueza de la familia humana frente a la apisonadora de la globalización y mundialización de una sola cultura, la de la religión del mercado y la de la idolatría del consumo, sustentada por el neoliberalismo económico y sus promotores, las muy potentes multinacionales.

Se demanda una democracia plural, que algunos llaman "a todo color", frente al monopolio blanco donde tengan cabida las etnias oprimidas: indios, afros, mestizos y negros, y, para terminar, una democracia participativa, donde las decisiones históricas no sean monopolio de los grandes entes económicos que, a su vez, dominan a los Estados, los que ejecutan los lineamientos verticales que vienen de los de arriba y someten a las masas de los pueblos, las grandes marginadas, excluidas y ninguneadas, de modo que sea una realidad aquello que piden los pueblos tzotziles y tzeltales de la selva lacandona a los estadistas y ejecutivos políticos: "mandar obedeciendo" los deseos, opciones y aspiraciones de las bases populares. Además, para llegar a ser participativa, la democracia deberá ser expresión del fortalecimiento de los movimientos populares.

La experiencia confirma que una democracia política que no descansa sobre una democracia económica y cultural, no sirve de mucho. De hecho, más de la mitad de los latinoamericanos preferiría un "régimen autoritario" a uno democrático si le "resolviese" sus problemas económicos.

Deia, 16/04/07