Manuel Castells: Mayo del 68, mayo del 07
Manuel Castells: Mayo del 68, mayo del 07
El mayo de 1968 fue una revolución cultural, no política, no buscaba el poder, sino disolverlo; y ganó las mentes, no las burocracias
Nicolas Sarkozy, nueva estrella rutilante en el firmamento de la derecha europea, escogió como tema central de su campaña presidencial de mayo de 2007 la superación definitiva del movimiento de mayo de 1968. Cuando se intenta enterrar algo después de casi cuarenta años será porque su espectro todavía obsesiona las mentes. Y es que según los neoconservadores europeos la decadencia de nuestras sociedades, y en particular la de Francia, proviene de la puesta en cuestión de la autoridad, de la tradición y de la crítica a valores fundamentales como la ética del esfuerzo, la familia patriarcal, la escuela disciplinaria, la patria eterna y el cristianismo oficial.
La triunfal elección de Sarkozy parece avalar la importancia de los valores y de la identidad como temas centrales de la política actual. Por mucho que nos empeñemos en centrar los debates en cuestiones de política económica y social, como hizo una valiente Ségolène Royal, tan fiel a sus principios como perdida en el mundo de la comunicación donde se decide el poder, lo que más preocupa a la gente en todos los países es quiénes son, en qué mundo viven, cómo buscan asideros en un mundo globalizado en el que nos dominan las multinacionales y nos invaden los inmigrantes, percibidos como mensajeros de delincuentes y yihadistas, cómo reconstruyen la familia, cómo se preserva la unidad y la independencia de la patria, cómo domar en la escuela a estas fierecillas de hijos nuestros, cómo encomendarse a Dios cuando casi nadie va a misa y cómo reinventamos la política sin creer en los políticos. ¿Es posible que todas esas angustias provengan de los ecos de un viejo movimiento social a través de la historia reciente?
En algo tiene razón Sarkozy. Los valores de Mayo del 68 disolvieron los fundamentos ideológicos tradicionales de la sociedad francesa y, si me apuran, de otras muchas sociedades en todo el mundo, incluyendo desde luego España, a través del prisma propio de una transición política que también fue cultural. ¿Cuáles eran esos valores contravalores y de dónde provino su fuerza? Habiendo vivido el movimiento de mayo parisino en primera persona (yo fui a la vez profesor y seguidor de Daniel Cohn-Bendit) puedo aportar mi observación. Fue ante todo un movimiento libertario y en cierto modo anarquista, aunque de libertario que era rehusó toda etiqueta, incluso la del anarquismo, porque la mayoría de los cientos de miles de personas que participaron con distintos niveles de intensidad no tenían ideología definida o pertenencia política. Desde luego era tan anticomunista como anticapitalista (los estudiantes comunistas tachaban a los revolucionarios de Nanterre de aventuristas pequeñoburgueses y estos últimos reaccionaban apaleando a los comunistas). Y aunque maoístas, trotskistas y anarquistas trataban de situar sus banderas al frente de la insurrección, fueron una y otra vez desbordados e ignorados por la marea humana que tomó las calles, las facultades y los lugares de trabajo durante más de un mes. ¿Qué hacían y que querían? Todo y nada. Querían cambiarlo todo, pero para saber cómo se reunían y discutían a lo largo del día (la noche era para la liberación sexual). Naturalmente sin llegar a ningún acuerdo ni a ninguna decisión. Se habló mucho de las grandes asambleas permanentes de la Sorbona o del teatro Odeon. Pero allí estaba el espectáculo.
Donde realmente se produjo la transformación fue en los miles de asambleas y reuniones en las facultades, en los liceos, en las empresas, en las oficinas de la Administración pública, en las salas de redacción de los medios, en cada ámbito de la vida cotidiana de la gente, incluidos los hogares en donde los hijos discutían con sus padres y las alcobas donde las mujeres hicieron sus pinitos de plantar cara al marido. En esas reuniones pudieron decirse unos a otros, y sobre todo a los jefes, lo que nunca se atrevieron a decirse a la cara y propusieron nuevas formas de trabajar y de relacionarse, desde las más utópicas hasta las más concretas. Y, naturalmente, como no había tiempo para trabajar hubo huelga general durante casi un mes. No tanto porque se quisiera hacer huelga sino porque había cosas más importantes que hacer, tales como reinventar el mundo empezando por el lugar de trabajo. De ahí salieron ideas y proyectos que, andando el tiempo, marcaron la forma de pensar de la gente, sobre todo de la nueva generación que vivió el Mayo del 68 de joven y que pronto fue la generación decisiva en la sociedad. Ideas como la crítica del productivismo y por tanto el ecologismo. Valores como la emancipación de la mujer y por tanto el feminismo en toda su gama de expresión. Proyectos como la solidaridad con el Tercer Mundo y la lucha contra el imperialismo, tanto estadounidense (Vietnam) como soviético (Checoslovaquia). Críticas de la partitocracia política y por tanto la reivindicación de la democracia local. Denuncia del lavado de cerebro de los medios de comunicación de masas y por consiguiente construcción de la autonomía comunicativa, que en aquellos tiempos eran los vídeos comunitarios y sembraron las semillas de lo que después fue el espacio social de internet. Y, naturalmente, las reivindicaciones sindicales, que obtuvieron conquistas sociales sustanciales. Y la unidad nativos-inmigrados como forma de solidaridad entre los trabajadores. Sin embargo, por encima de todo, como dice Sarkozy, lo fundamental fue el rechazo del principio de autoridad, del ordeno y mando, de invocar la disciplina de las instituciones de la sociedad, con la tranquilidad de conciencia de poder decir que emana de gobiernos democráticamente elegidos. O sea, una vez depositado el voto, hay que callar y obedecer a quien fuese designado por la mayoría electoral hasta la siguiente oportunidad de elegir entre los dos o tres platos del menú. Como si el sentido de la vida pudiese ser resumido en un acto político reglado. La observación del antes y después de Mayo del 68, en Francia y en Europa, muestra cómo valores apenas emergentes en los sesenta se hicieron dominantes en los ochenta y noventa, sobre todo entre los cuarentañeros, a partir de distintas versiones de la revolución cultural de 1968 (1967-1969 en Alemania, 1969-1970 en Italia, 1968 en Japón, 1964-1968 en Estados Unidos, 1969-1973 en España, etcétera). La incapacidad de las instituciones del Estado y la nación para reformarse sobre la base de nuevos valores condujo a su crisis. Y fue en ese momento, en la última década, cuando los embates de la globalización y los conflictos identitarios exigieron una respuesta a instituciones que habían perdido su capacidad de acción porque ya no se correspondían con su sociedad.En esas condiciones, si no se quiere o no se puede reformar las instituciones en torno a nuevos principios, se reafirman los valores tradicionales, los de siempre, mediante la disciplina, en una práctica gradualmente autoritaria con el apoyo de un sector importante de la sociedad. De aquellos que no hicieron la transición a la cultura de la libertad y de aquellos que tras haberla hecho tuvieron vértigo del vacío en un mundo en plena transformación estructural. Yes que decir que la cultura de Mayo del 68 es la cultura de la libertad no prejuzga los contenidos y usos de esa libertad. Como decía un antecesor de Sarkozy: ¿libertad para qué?
Pero en algo se equivoca el flamante presidente de la Francia eterna. En que el mandato electoral recibido cierra la época que abrió el Mayo del 68. Eso es lo que creyó De Gaulle, que ganó con una mayoría aún más amplia las elecciones de junio de 1968, apelando al voto del miedo. Un año después el electorado lo jubiló y pocos años más tarde su acérrimo enemigo François Mitterrand inició sus catorce años como presidente de la República manipulando hábilmente el sentimiento de cambio social en el que personalmente nunca creyó. Y es que la revolución de mayo de 1968 fue cultural, no política, no buscaba el poder, sino disolverlo. Y ganó las mentes, no las burocracias.
Y en último término, son las mentes, es decir nosotros, quienes decidimos nuestro destino. O sea que Sarkozy tiene razón en lo fundamental: son los valores los que organizan la sociedad. Pero lo que no está claro es cómo medidas de autoridad apoyadas en el temor a lo desconocido pueden restaurar aquellos valores eternos que se llevó el viento de un mayo en que era bello vivir.
dia@dia.net, 21/05/07
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