Jean Bricmont: El colapso moral de la izquierda moral: Perdedores en el juego de los valores

Jean Bricmont: El colapso moral de la izquierda moral: Perdedores en el juego de los valores
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Había una vez, en Francia y en Europa, dos maneras de estar en la izquierda. Una era luchar por reformas sociales, tanto en las fábricas (reforzando los sindicatos) como a nivel del Estado (extensión y democratización de la educación y estructuración de servicios públicos fuertes); era el programa de los socialdemócratas, pero también de los gaullistas en Francia, por lo menos en su segunda parte. La otra manera de estar en la izquierda era ansiar, o esperar, una revolución; generalmente debía ser proletaria, similar a la revolución soviética o por lo menos a lo que era la interpretación dominante de esa revolución. Era la línea comunista, junto con la de grupos más pequeños, trotskistas o anarquistas. No sobrevino ninguna revolución semejante, pero en la práctica las dos alas se ayudaban mutuamente – el temor de una revolución, que era sobreestimada también por la derecha, para fines de la Guerra Fría, ayudó a los reformistas y, en todo caso a los comunistas que luchaban enérgicamente por reformas, mientras esperaban tiempos mejores. Incluso los comunistas y los gaullistas, a pesar de todas sus diferencias retóricas, estaban muy cercanos en la práctica los unos de los otros: estaban a favor de la descolonización, un Estado social fuerte y una política exterior independiente. Sin embargo, como De Gaulle era bastante conservador, la socialdemocratización de Francia fue probablemente menos pronunciada que en Escandinavia o en Gran Bretaña.

Después vino la victoria de Mitterand en 1981. Su programa era esencialmente socialdemócrata, pero fue vendido a algunos como revolucionario (“cambiar la vida”). Pero ocurrió en días en los que la reacción ganaba terreno en todo el mundo, con la elección de Reagan, Thatcher y la crisis del comunismo. La victoria de Mitterand no fue abrumadora, y se debió en cierta medida a que la gente estaba cansada del largo gobierno conservador (desde 1958 a 1981). Francia no estaba ciertamente en un estado de ánimo conservador y dispuesta a aislarse del resto de Europa. De modo que, después de dos años, Mitterand cambió de curso, con la “vuelta de rigor,” como la llamaron, y desde entonces, siguió una política social y económica mayoritaria, neoliberal en su esencia, pero a veces sin el entusiasmo que existía en otros sitios. Cuando los gaullistas volvieron al poder con Chirac en 1995, siguieron políticas similares, porque no había otra alternativa, pero tal vez incluso con menos entusiasmo que los socialistas, ya que esas políticas eran opuestas a las de de Gaulle y los gaullistas, a diferencia de los socialistas, no pensaban que se había demostrado que estuvieran equivocados.

Pero una vez que la izquierda había estado en el poder, y después de sólo dos años había admitido que su programa socio-económico era inaplicable, ¿qué iba a hacer? Básicamente, se dedicó al moralismo. El discurso cambió de la propugnación de políticas económicas concretas al elogio de “valores” – antirracismo, anti-antisemitismo y antifascismo. La única política concreta que apoyaba era la “construcción europea” con lo que quería decir el fortalecimiento de los poderes de la Unión Europea. Fue así con la justificación parcial en nombre de valores, en su mayor parte el anti-nacionalismo, sin discutir seriamente lo que significaba en términos socioeconómicos concretos. Lo que significaba era imposibilitar las políticas socialdemócratas: actualmente, la mayoría de los países europeos ni siquiera controlan su moneda, manejada por expertos “independientes” en el Banco Central Europeo. Pero, sin el control de la moneda, es imposible realizar una política económica independiente y todo lo demás (políticas sociales) depende de eso. Además, numerosas leyes importantes que ahora son promulgadas por parlamentos europeos son simples adaptaciones de directivas de la Comisión Europea, en sí misma una burocracia altamente antidemocrática, muy privilegiada y totalmente comprometida con el neoliberalismo. Es un gobierno que no está bajo el control de ningún parlamento, ya que el Parlamento Europeo apenas merece ese título, y, con 25 países y otros tantos idiomas, difícilmente podría funcionar como un parlamento. Contrariamente a las apariencias, cambios sociales radicales son mucho más posibles en USA que en Europa, porque las estructuras democráticas básicas todavía subsisten en USA, mientras que han sido destruidas en Europa.

La construcción europea formó parte del daño colateral de la izquierda antinacionalista “orientada por valores,” que incluía a los verdes y a la mayor parte de la nueva izquierda post-1968 (muchos de los cuales se sumaron a los socialistas). Su línea de pensamiento era que todos los males provenían de las naciones-Estado europeas, consideradas como responsables por las dos Guerras Mundiales. En la medida en que esto era verdad, no se aplicaba a los Estados socialdemócratas posteriores a la Segunda Guerra Mundial: no hubo nada criminal o genocida o racista en las políticas de Olof Palme, o en las de De Gaulle, Bruno Kreisky, Willy Brandt, y Clement Atlee. Tampoco hay algo criminal en la política exterior de Suiza, el único Estado europeo que ha preservado su independencia, y que está comprometido con la no-intervención en los asuntos internos de otros países.

Por lo tanto, el principal problema de esta izquierda orientada por los valores es que, con toda su habla sobre la democracia y los derechos humanos, ha vaciado efectivamente a la democracia de su contenido e ilegalizado prácticamente las políticas de la antigua izquierda que había creado, a fines de los años setenta, una Europa relativamente pacífica, culta y tolerante.

El segundo problema, que apenas es mencionado de vez en cuando, es que la noción misma de que los políticos den lecciones de moral a los ciudadanos es totalmente antidemocrática. En una democracia, se supone que los que son elegidos sirvan a la gente, no que sean sus amos. En particular, se supone que propongan políticas específicas y, si son elegidos, las implementen. Pero no es su tarea darnos lecciones sobre lo que deberíamos pensar o sobre nuestras “actitudes.” En particular, se podría esperar que el racismo retrocedería si las gentes estuvieran mejor educadas, si se mezclaran entre sí y se sintieran seguras. El papel de los gobiernos es posibilitar esas cosas, no decirle a la gente lo malo que es el racismo.

El tercer problema es que, una vez que la izquierda entró al juego de los “valores,” la derecha hizo lo mismo y con mucha más efectividad. La mayoría de la gente prefiere escuchar discursos sobre la restauración de la autoridad, de los valores de familia y el patriotismo, a que se les diga lo que deben ser sus pensamientos privados sobre las mujeres, los extranjeros o los gay, que puede suceder que no sean políticamente correctos, responsables por toda suerte de horrores.

El cuarto problema es que gran parte de esta habla izquierdista sobre valores se centra alrededor del antifascismo, como si fuera el principal problema de la actualidad. El hecho es que el fascismo fue derrotado hace más de sesenta años y que nadie, ni siquiera Le Pen, piensa seriamente en hacerlo volver, por lo menos en su forma original, es decir la dictadura de un partido, dirigida por un líder importante. La izquierda, especialmente la extrema izquierda, adora hablar de “la Francia de Vichy,” olvidando que el régimen de Vichy fue el resultado de una invasión extranjeras y que no habría existido sin ella. Antes de la guerra, Francia era probablemente el menos fascista de los países de Europa continental. Además, la vasta mayoría del pueblo francés no nació durante ese período (o durante la guerra de Argelia – otro tema favorito de la extrema izquierda) y sería difícil encontrar a mucha gente que se sienta realmente nostálgica de ese período. No hay nada de moral o de políticamente efectivo en hacer que la gente se sienta culpable por crímenes que no ha cometido; pero gran parte del discurso de la izquierda y de la extrema izquierda hace precisamente eso.

Además, la mitología “antifascista” conviene perfectamente a USA e incluso a las políticas israelíes. Por cierto, desde el fin de la guerra, todo oponente a las políticas occidentales: comunistas, nacionalistas del Tercer Mundo, o islamistas (en particular Ahmadinejad) han sido marcados como “un nuevo Hitler,” “fascista,” etc. Es curioso, pero sin embargo verdad, que la crítica radical del imperialismo de USA o de las políticas israelíes es casi automáticamente sospechada de “carente de vigilancia” ante el fascismo o el “islamo-fascismo” o de simpatías con estos últimos, de modo que críticas semejantes se hacen raras. Esta sospecha se extiende a gente como Chávez, y se ha vuelto difícil decir una palabra positiva sobre Cuba, incluso en círculos comunistas. No hubo protestas contra las guerras de Kosovo y de Afganistán y muy pocas, en comparación con otros países europeos, contra la guerra de Iraq. Además, la información sobre la crisis que la actual situación en Iraq crea en USA es casi inexistente.

Otro problema es que, en parte como resultado de ese giro hacia los valores, la izquierda intelectual se encuentra en un estado terrible en Francia. Los que recuerdan a Sartre, o incluso a Foucault, como los intelectuales franceses dominantes, posiblemente no recuerdan siempre cuánto han cambiado las cosas. Hay un excelente trabajo alrededor de Le Monde Diplomatique y el movimiento por la “justicia global” Attac, así como entre sucesores de Pierre Bourdieu, pero casi ningún otro pensamiento progresista en otros sitios, particularmente en las universidades. Los pensadores dominantes son las estrellas mediáticas, los “nuevos filósofos” (no tan nuevos ya que han estado por ahí durante por lo menos 30 años) que utilizan los derechos humanos para hablar con bombos y platillos contra el Tercer Mundo y para cambiar de tema cuando se mencionan las políticas de Israel. Casi no quedan economistas marxistas o keynesianos; las ciencias políticas son enteramente “liberales” en el sentido peculiar de que son “anti-Estado”, pero que no ven nada malo en la concentración de los medios en unas pocas manos privadas (a menudo vinculadas con las industrias militares) o con el poder mundial de USA. Finalmente, hay muy pocos filósofos racionalistas – los de derecha, con los cruzados por los derechos humanos, y los de “izquierda” que son postmodernos en uno u otro sentido. No existen equivalentes intelectuales de Chomsky, Herman, Zinn, Blum, Parenti, Petras, etc. Existe muy poca prensa alternativa de calidad, y ningún sitio en la Red comparable a CounterPunch, Znet o Antiwar.com.

Ante la magnitud de la crisis de la izquierda francesa, lo sorprendente no es que Sarkozy haya ganado, sino que Ségolène Royal haya logrado a pesar de todo un 47% de los votos, muchos de los cuales expresaron un rechazo de Sarkozy más que un endoso de su alternativa inexistente. Es un testimonio de la capacidad de recuperación de la población francesa ante el discurso dominante pro-capitalista y pro-imperialista, contra el cual los dirigentes intelectuales y políticos de la izquierda no ofrecen respuesta alguna. Esta resistencia, que también se expresó en el voto negativo al tratado constitucional europeo, puede constituir la base de una futura reconstrucción de la izquierda, pero habrá que repensarlo mucho antes de que pueda tener lugar.

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Jean Bricmont enseña física en Bélgica y es miembro del Tribunal Bruselas. Su nuevo libro: “Humanitarian Imperialism”, es publicado por Monthly Review Press. Para contactos escriba a: bricmont@fyma.ucl.ac.be.

http://www.counterpunch.org/bricmont05262007.html

Rebelión, 29/05/07