Christopher Newfield: Pasado y tradición en las universidades de Estados Unidos

Christopher Newfield: Pasado y tradición en las universidades de Estados Unidos
Christopher Newfield, Profesor en la Universidad de California-Santa Barbara, autor de The Post-Industrial University: The Culture Wars and the Unmaking of the American Middle Class 1980-2005 (de próxima aparición)

Eldorado universitario norteamericano no ha cesado de fascinar a las elites mundiales, deslumbradas por los centros ricamente dotados, los rutilantes campus y las bibliotecas saturadas de obras. Aunque durante la posguerra se produjo cierta democratización de la enseñanza superior, el sistema universitario se ha acomodado siempre a centenares de instituciones mal dotadas y poco buscadas, salvo por los estudiantes pobres alejados de las facultades de elite. Este modelo, en el que la "diversidad" sustituye a la igualdad, ¿es el que tienta a Europa, en particular a Francia desde la llegada de Nicolas Sarkozy al Elíseo?

Durante la mayor parte de su historia, el sistema universitario de Estados Unidos respondió a la misión de progreso económico y social que en Europa remitía al Estado de bienestar. Esta función de integración social fue siendo gradualmente abandonada. La Universidad se parece cada día más a una cantera de mano de obra y a una prestataria de servicios para las empresas. A pesar de ello, ya se trate del concurso "Elite 10" en Alemania o de las "reformas" en Francia, los criterios para construir un espacio universitario europeo (ver artículo de Christophe Charle) se inspiran más en los defectos que en las virtudes del sistema universitario estadounidense.

En Estados Unidos, en medio de una proliferación sin estructura real ni administración que la guíe, el único criterio que prevalece es una temible clasificación entre "buenas" y "malas" universidades. Así, cada región cuenta con algunas "buenas", una reputación que muchas veces es menos tributaria de la calidad de los programas que de los cimientos históricos del establecimiento, su nivel de selección, sus recursos y la notoriedad de sus profesores. El valor de un "college" (ver recuadro) depende en gran medida de las dificultades que hay que afrontar para ingresar a él. Harvard y Stanford, por ejemplo, aceptan sólo un candidato de cada diez. Semejantes cifras, que estimulan la ambición e impresionan por la imagen de excelencia que conllevan, suben la "cotización" de un establecimiento. Es así como, al margen de la Universidad, se ha desarrollado una verdadera industria para ayudar a los futuros estudiantes a prepararse para la entrevista de admisión en el establecimiento de su elección y a hacer más atractivo su curriculum vitae. Alrededor del 20% de los estudiantes admitidos en las grandes universidades recurren a los servicios de un coach personal, que puede costarles hasta 30.000 dólares (22.102 euros)...

En realidad, sólo treinta y cinco universidades aceptan menos de un estudiante de cada cuatro (1); las cien primeras retienen a uno de cada dos, y la mayoría está abierta a todos. Más que garantizar la calidad global de la enseñanza, este sistema de selección legitima la importancia de los medios otorgados a los establecimientos de elite, que representan apenas entre el 1 y el 2% del conjunto. De entre ellos, los diez mejor dotados se adjudicaron la mitad del aumento de las donaciones privadas en 2006 (2); la universidad californiana de Stanford, que ya dispone de un fondo patrimonial (endowment) (3) de 14.000 millones de dólares, recientemente lanzó una campaña para recolectar 4.300 millones de dólares suplementarios. Resulta evidente que la selección permite asegurar a una pequeña elite recursos casi ilimitados. Una versión informal –a la americana, en cierto sentido– de las grandes écoles francesas (4). El hecho de "ir al college", que durante mucho tiempo fue el denominador común por excelencia de la sociedad estadounidense, actualmente hace las veces de una lupa que revela la creciente desigualdad del sistema social.

La situación contrasta con la de los años de prosperidad que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Por aquel entonces, Washington confiaba a la Universidad pública la misión de reducir las desigualdades. A partir de 1945, Estados Unidos construyó numerosos establecimientos públicos destinados a aumentar masivamente el acceso de las clases populares a un diploma de educación superior. Así, esos establecimientos se convertían en un crisol de cohesión social. Entre 1940 y 1970, la cantidad de estudiantes pasó de 1.5 a 8 millones. Y durante los treinta años que siguieron, esa cifra se duplicó.

Paradójicamente, este paréntesis "igualitario" se debe en buena parte a la Guerra Fría. En un clima político anticomunista y antisocialista, la Universidad se convirtió en el instrumento ideal que permitía disfrazar de meritocracia la estructura social del país. Esto permitió sortear toda política de connotaciones abiertamente laboristas o igualitarias: las universidades no tenían la vocación de educar a la "clase obrera", sino más bien la de transformarla en un ejército de “obreros del saber” al servicio de la empresa Estados Unidos. En esta perspectiva, muchos políticos de derechas resolvieron aumentar el gasto público, y el Gobierno federal financió generosamente a los colleges que recibieran a los ex combatientes. Asimismo, utilizó la amenaza militar soviética para justificar el pago de generosos créditos a la investigación: el presupuesto de la National Science Foundation (5) se centuplicó entre 1952 y 1962.

La Universidad estadounidense, pues, debe buena parte de su renombre planetario a un proceso secreto de socialización de los costes de desarrollo del país. En primer lugar hubo subidas impresionantes en los créditos otorgados a la enseñanza superior: no el 5%, ni siquiera el 8%, sino el 25% e incluso el 100%. Tan espectaculares como desiguales, estos impulsos despertaban el entusiasmo en los ámbitos universitarios, daban un nuevo sentido a su misión y permitían extraer los recursos necesarios para enfrentar las dificultades con que se topaban en el camino. Este maná representó también una oportunidad formidable para millones de estudiantes que venían de familias cuyos miembros nunca habían tenido acceso a los estudios superiores. Y ello favoreció un despertar político de las clases populares, una toma de conciencia de su poder, el deseo de forjarse un destino.

La Universidad también encarnaba la fusión entre enseñanza e investigación. Respondía a la vez a las aspiraciones de los ciudadanos comunes y a las expectativas de los intelectuales, los científicos, los ámbitos empresariales y el ejército. Los investigadores, que con frecuencia no pertenecían a las elites tradicionales, empezaron a percibirse como una de las fuerzas vivas de la economía postindustrial. Y a sentirse con el legítimo derecho de gozar de un mayor control y de mejores ingresos. Por su parte, los estudiantes se mostraban más abiertos a los movimientos sociales en la medida en que sus campus toleraban e incluso alentaban la igualdad entre los sexos y las razas. En suma, la Universidad parecía operar la síntesis entre servicio público y excelencia, igualitarismo y riqueza. Se consideraba a sí misma el reflejo de una democracia cada vez más multirracial, que aspiraba a expandir cada vez más las fronteras del conocimiento.

Enseñanza superior

 Estados Unidos cuenta con cuatro mil establecimientos de enseñanza superior repartidos en todo su territorio. Algunos reciben a estudiantes llegados de más de cien países y albergan institutos de investigación de muy alto nivel. Otros se parecen más a cursos de apoyo escolar.

Este conjunto disparatado educa a diecisiete millones de estudiantes, de los cuales dos millones preparan una maestría o un doctorado. 2.500 de los 4.000 colleges (1) proponen planes de estudio de cuatro años para obtener una licenciatura. El resto dispensa una formación en dos años, certificada por un diploma profesional, que a veces, abre el camino hacia un ciclo de cuatro años en la universidad.

1.850 de los 2.500 colleges que preparan para la licenciatura son establecimientos privados: no están sometidos al control directo del Estado y la enseñanza es de pago. La matrícula anual se ubica en un abanico que va de los 10.000 dólares (7.367 euros) a los 30.000 dólares (22.102 euros). Pero los estudiantes inscritos en una universidad pública también deben dar cuenta de matrículas elevadas, que van desde los 3.000 dólares (2.210 euros) a los 12.000 dólares anuales (8.840 euros).

(1) En el sistema estadounidense, un college es una institución de educación superior que ofrece clases en un campo especializado, con una duración de cuatro años.

Los cambios que sobrevinieron en la posguerra se ubicaron en la línea de las prácticas de ciertas universidades tradicionales, que hacía tiempo desconfiaban de las reglas establecidas por los ámbitos empresariales. A principios del siglo XX, el presidente conservador de la Universidad de California, Benjamin Wheeler, aseguraba tener la misión de "salvar y liberar a los hombres de la esclavitud". Algunas décadas más tarde, la Universidad planteó el principio de una investigación libre de las presiones financieras o políticas, y decretó una ética del trabajo intelectual que postulaba el derecho de los estudiantes universitarios a controlar la calidad de su producción, a partir de criterios de evaluación establecidos por sus pares. Con frecuencia salidas del claustro de profesores, las autoridades de los establecimientos eran más proclives a representar y apoyar al cuerpo docente que a someterse a los políticos o los mecenas. Cada departamento se hizo responsable de sus reclutamientos y del contenido de los programas dictados. Por supuesto, la Universidad seguía estando al servicio del sistema capitalista, pero pretendía escapar a su dependencia y dedicarse al desarrollo de las formas de un progreso humano ajeno a la obsesión estadounidense del crecimiento económico.

Las consecuencias de este reformismo bienpensante pronto aparecerían entre las filas de la nueva clase media educada. La participación de los estudiantes en el movimiento por los derechos civiles y en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam constituyó el primer síntoma de estos cambios. Sin embargo, el mayor desafío para la clase dirigente fue la transformación que se registraba en la nueva clase de jóvenes profesionales, poco politizados y destinados a convertirse en la clave del sistema. Estos cuadros hacían funcionar la economía, pero cuestionaban las reglas del juego.

Tal como lo analizó el economista de Harvard John Kenneth Galbraith, esta nueva clase media profesional formaba una "tecnoestructura" refractaria a los patrones autoritarios. Dicha franja consideraba la empresa como una institución social; además, negaba que el consumo fuera la única finalidad del trabajo y que el desarrollo se definiera sólo en términos económicos. Las masas educadas, escribió Galbraith, se resistían a las "poderosas incitaciones a entrar en el sistema", poniendo en marcha así los "mecanismos de la emancipación" en nombre de las "esferas olvidadas de la vida" (6). Las elites tradicionales comprendieron progresivamente que los profesionales se convertirían en portadores de una nueva forma de pensamiento en términos de derechos económicos, políticos y culturales. Éstos, por otra parte, comenzaban a verse a sí mismos como los verdaderos motores de la sociedad, y a considerar su trabajo como la verdadera fuente de la riqueza nacional. Tenían a la vez sed de cultura y de tiempo libre.

Si se evalúan los esfuerzos que desplegó la derecha para destruir esta socialdemocracia a la americana, para limitar su coste y contrarrestar sus efectos igualitarios, se comprende mejor su llegada al poder en la década de 1980. La "guerra cultural" apuntó en primer lugar contra las universidades estatales de gran tradición social. Al atacar lo "políticamente correcto" y otras corrientes de pensamiento generadas por el mundo universitario, la derecha buscó mermar el poder de la "nueva clase". Sus ataques se concentraron sobre las ideas que mejor la caracterizaban: la lucha contra la discriminación racial, el deseo de autonomía en la propia ocupación. Pero también apuntaron a un "aislamiento" científico que no respondía lo suficiente a la lógica del mercado, un saber sin repercusiones económicas inmediatas.

Esta guerra de las ideas se materializó en una guerra económica iniciada contra las aspiraciones y las exigencias de la nueva mayoría educada; el sistema fiscal y las privatizaciones fueron los brazos armados del conflicto. Ciertas crisis de financiamiento orquestadas artificialmente desembocaron en una disminución de los fondos destinados al sistema de educación pública. Porque la reducción de los presupuestos de las universidades del Estado no refleja una disminución de los ingresos de los contribuyentes (y padres), sino un sensible retroceso en aquella parte del impuesto sobre beneficios que se destina a los establecimientos públicos de enseñanza superior, frecuentados por el 80% de los estudiantes estadounidenses (7). Estos establecimientos vieron reducidos sus presupuesto en un tercio durante los últimos veinticinco años. En el caso de la Universidad de California, que estuvo a la vanguardia de la investigación, la caída es del 40% a partir de 1990.

Para subsanar esta falta, las universidades públicas recurrieron al mecenazgo, sobre todo para financiar investigaciones específicas (8); también solicitaron más fondos privados y aumentaron considerablemente el coste de su matrícula. Al mismo tiempo, el fondo patrimonial de las universidades privadas (endowment), favorecido por la generosidad de donantes cada vez más ricos y por sagaces inversiones en los mercados financieros (aunque Harvard acaba de perder 350 millones de dólares en la debacle de un fondo especulativo...), sube entre un 10 y un 20% anual desde hace 15 años. El contraste entre la riqueza de las universidades privadas y los problemas de los establecimientos públicos condujo a estos últimos a entrar en la misma lógica. En la actualidad, hasta los decanos y los jefes de departamento entran en el juego y solicitan ayuda a los padres, los ex alumnos, los ayuntamientos, los residentes...

 Para las universidades públicas, esta dinámica es absurda y estéril. Si quisiera recuperar, bajo la forma de intereses sobre su fondo patrimonial, el financiamiento público que perdió desde 2001, la Universidad de California debería encontrar de un día para el otro... 25.000 millones de dólares. Es decir, casi lo mismo que Harvard, una institución con cuatro siglos de antigüedad (9). El aumento de las matrículas apareció entonces como único recurso posible. Éstas han duplicado su coste desde 2001. Y, si hubiera que recuperar las pérdidas, deberían duplicarlas otra vez y llegar a los 15.000 dólares anuales. En la actualidad, la mayoría de los establecimientos públicos intentan reservar los fondos privados que reciben para proyectos de un estatus particular o que ellos estiman potencialmente rentables. Esto crea guetos de excelencia en el seno de las instituciones, cuyo lento declive es tan discreto que no impresiona mucho a nadie. Salvo para una pequeña elite, la privatización se reduce a la siguiente ecuación: pagar más para tener menos.

Al rivalizar para atraer a los alumnos más solventes, lo único que logran las universidades es acentuar la fractura social, dado que los estudiantes pobres se encuentran casi siempre en los establecimientos más desprovistos. Al mismo tiempo, la deuda estudiantil y la de sus padres aumentan: las tres cuartas partes de las familias estadounidenses tienen que pedir préstamos para financiar los estudios de sus hijos. Otra consecuencia: los aspirantes a una carrera en el sector de servicios públicos son cada vez más escasos, porque temen que sus futuros salarios, más bajos que los del sector privado, no les permitan devolver sus créditos.

Por otra parte, con el fin de volverse más atractivos a los ojos del estudiante-cliente-pagador, los establecimientos asignan una parte cada vez mayor de sus presupuestos a áreas distintas de la educación, como el márketing o el embellecimiento de los equipamientos. Hasta el punto de que, entre 1975 y 1995, el aumento del 400% de las matrículas y los costes de las residencias universitarias se tradujo en un acrecentamiento de sólo el 32% en los gastos destinados a los estudiantes (9). Desde un punto de vista más general, cuanto más dinero desembolsan las familias para la enseñanza superior pública de sus hijos, más reacias se muestran a financiar el sistema, además, a través de los impuestos. El contrato firmado en la posguerra inmediata se rompió en pedazos; las nociones de apertura al gran público y calidad se perciben como antinómicas.

Los dirigentes del mundo universitario no aprueban esta tendencia que se viene acentuando desde hace un cuarto de siglo. El deseo de acceso universal al saber, la autonomía de gestión, el valor atribuido a la inversión pública, la apertura a los movimientos sociales, los puentes entre investigación puntera e instrucción pública: todo ello constituía la fuerza del sistema universitario estadounidense. Hoy lo que aparece son las grietas en el edificio: una enseñanza de calidad reservada a los más ricos, inversiones que privilegian un rédito rápido, una marcada estratificación social, una competencia que origina costes prohibitivos, una concentración de los recursos en la punta de la pirámide. Un desplazamiento general de esas características constituye sin duda una victoria para la derecha estadounidense, dado que ratifica el abandono de la ambición de una educación de alto nivel para el conjunto de la sociedad. Lo importante es reinventar una visión igualitaria de la utilización de los saberes. Pero lo más probable es que sea el conjunto de los estadounidenses, y no la Universidad misma, quien imponga una decisión de este tipo.

(1)  http://colleges.usnews.rankingsandreviews.com/usnews/edu/college/rankings/lbrief/webex/lowacc_brief.php

(2) Jeffrey Selingo y Jeffrey Brainard, "The Rich-Poor Gap Widens for Colleges and Students", The Chronicle of Higher Education, Washington DC, 7 de abril de 2006;      http://chronicle.com/weekly/v52/i31/31a00101.htm    

(3) El endowment modelo extensamente arraigado en el ámbito universitario estadounidense, es un sistema de aprovechamiento de donaciones particulares a las universidades. Se trata de sumas de dinero que son donadas a la institución con la condición de que el capital permanezca Intacto. Así, se garantiza que la donación tenga un mayor impacto a lo largo de un periodo de tiempo prolongado, gracias a los intereses generados. (N. de la T.)

(4) Ver Rick Fantasía, "Tráfico de influencias en el mercado académico estadounidense", en “Le Monde diplomatique” edición española, noviembre de 2004.

(5) Agencia federal independiente destinada a apoyar la investigación científica fundamental.

(6) John K. Galbraith, El nuevo estado industrial, Ed. Sarpe, Madrid, 1984.

(7) En 1978, un referendo de Iniciativa popular impulsado por los republicanos, la "Proposition 13°, derivó en el congelamiento de los impuestos inmobiliarios en California. La facturación del estado se vio brutalmente afectada.

(8) Ver Ibrahim Warde, "Alan Greenspan y los cuarenta ladrones", Le Monde diplomatique, edición española, marzo de 2001.

(9) Christopher Newfield, Henning Bohn, Calvin Moore, "Current Budget Trends and the Future of the University of California", mayo de 2006; http://www.universityofcalifornia.edu/senate/reports/AC.Futures.Report0107.pdf

(10) Eric Gould, The University in a Corporate Culture. Vale University Press, Newhaven (CT), 2003.

Le Monde Diplomatique, septiembre 2007