Juan A. Vázquez: Ajustes de cuentas

Juan A. Vázquez: Ajustes de cuentas
Juan A. Vázquez, rector de la Universidad de Oviedo

En algunos, ha cundido un modo de hacer política que tiene poco que ver con el noble ejercicio de la pasión política concebida, como recordaba recientemente Felipe González, como un medio para transformar la sociedad y no como un fin para ostentar el poder.

Para ese modo de hacer política vale todo y la falsedad es moneda de cambio. Para políticos como ésos el silencio es la frontera que media entre el aval y la denuncia; es la línea que transforma de un solo plumazo en mala la buena gestión. A veces callan por indicación de alguien y en ocasiones hablan como intermediarios de otros. No tienen reparos en sembrar la insidia con tal de salir indemnes. Hacen porcentajes, muchos porcentajes, con la intención de confundir más que de aclarar. Se creen dueños, en vez de intermediarios, de unos recursos que no otorgan a nadie, sino que la sociedad entrega a la sociedad, y por eso se atreven a decir que «el que paga manda» sin un atisbo de sonrojo.

Para ellos cuenta más el cálculo que los conceptos, y más que crear, prefieren ocupar espacios en los que pasa a ser sospechoso lo que no es gubernamental. Todo lo entienden en términos de lealtad o de desafío y antes que por el debate de ideas se inclinan por el cuerpo a cuerpo personal. Puestos a ello, proyectan como un espejo imágenes de sí mismos, que por norma hay que atribuir a otros. Y con tono de bronca se permiten llamadas solemnes a un trabajo sereno y eficaz, que es precisamente el que se les pide y con el que se hubiese evitado toda controversia.

Para esos políticos, si respondes a los desaires se trata de decir que eres airado. Si expresas preocupación hay que responder con la descalificación. Si no ven ensalzados sus «notables esfuerzos» lo perciben como una amarga queja. Si te ves obligado a invocar la autonomía te acusan de agitar un fantasma. Si han incumplido basta con cambiar los tiempos verbales para decir que cumplirán. Si no han sabido resolver problemas hallarán sobrados pretextos para eludir las responsabilidades y, llegado el caso, para aparentar que todo se reduce a un pulso de liderazgos. Si hay obras paradas bastará con ignorar la realidad y las quejas de los usuarios. Si cae el número de estudiantes, habrá que buscar un responsable del desplome de la demografía regional. Si se trata de hacer «memoria histórica» no importará recurrir al funambulismo contable para convertir la reducción de deuda del pasado en déficit del presente.

Son políticos que no están dispuestos a dejarse decir, que sólo conciben que haya que aplaudir o que confrontar, que se sienten incomprendidos si no son obedecidos, que confunden la discreción con la docilidad, que en lugar de buenos motivos quieren inquebrantables adhesiones, que opinar lo equiparan, sin más, a oponerse y que cierran las puertas a la comunidad porque la confunden con el séquito.

No es fácil comprender por qué ocurre todo esto. No es fácil comprender por qué ante esto nos atrevemos a tan poco. Como ha escrito mi amigo Ángel Gabilondo, «en general, somos tibios y cuitados. También parecen serlo los tiempos actuales. Sin embargo no faltan grandilocuencias, excesos, aspavientos, osadías, descarosÉformas más o menos sofisticadas de imposición que confunden la contundencia con el arrojo, la precipitación con la decisión, el arrebato de un gesto de imposición con el valor». Pero no hay que engañarse. Hay mucha actividad pero poca acción, mucha ocurrencia y poco pensamiento, mucho desparpajo y poca valentía. No sé si es que, como ha dicho Josep Ramoneda, «la política ha aprendido a tener miedo de la ciudadanía».

Un día de estos, señor consejero de Educación, nos sentamos a ajustar unas cuentas que usted mismo ha considerado siempre muy bien ajustadas y sobre las que ha vertido una sombra de duda nada fundada y de todo punto inaceptable. ¿O es que son otras las cuentas que se quieren ajustar? A lo mejor encontramos soluciones en vez de generar polémicas y entablamos un diálogo que pueda parecerse a una conversación, en el que importe lo que se dice y no quién lo dice, en el que incorporemos nuevos lenguajes y proyectos que se echan en falta. A lo mejor le ayuda a entender que en vez del asentimiento lo que importa es gestionar la discrepancia del modo eficaz, civilizado y respetuoso que se nos pide y que he visto en tantos de sus colegas. A lo mejor le sirve para comprender más a este «rector pedigüeño», para darse cuenta de las limitaciones de recursos que padecen los universitarios, para valorar más su trabajo, sus contribuciones y sus resultados. Y hasta es posible que consiga que usted se sienta tan orgulloso como yo de la Universidad que tenemos y que vea en ella una gran oportunidad en lugar de una sombría amenaza.

La Nueva España, 04/11/07

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