Francisco Sosa Wagner: Carta abierta al rector Juan Vázquez

Francisco Sosa Wagner: Carta abierta al rector Juan Vázquez
Francisco Sosa Wagner es catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de León

Respetado rector y muy querido amigo, me perdonarás mi atrevimiento al dirigirme a ti por este medio público para comentar tu propuesta relativa a las jubilaciones -voluntarias- del profesorado de la Universidad de Oviedo. Al no pertenecer a ese claustro quizá carezco de título para intervenir en este asunto. Pienso, sin embargo, que tu plan tiene la suficiente importancia general como para que todos los universitarios nos sintamos concernidos por él.

De otro lado, esta pequeña audacia mía al molestarte con mis reflexiones se debe al hecho de la altísima estima intelectual y el gran afecto personal que te tengo. No me arriesgaría por cierto con algunos de tus colegas rectores -quiero pensar que pocos- que son capaces de tomar represalias siniestras contra quienes no los han votado o contra aquellos profesores a quienes odian por sentir celos profesionales o, en fin, actúan movidos por alguna otra tortuosa disposición de ánimo bien alejada de la objetividad académica. No es ése tu estilo, pues te has formado en una escuela en la que tus maestros te han enseñado precisamente lo contrario. Tú tampoco hubieras asimilado a buen seguro otras enseñanzas que no fueran las de la buena crianza.

Doy vueltas a la idea de jubilar a personas con 60 años que ejercen un oficio que no exige fuerza física ni destreza para trepar por un edificio, sino sencillamente afición al estudio y aptitud para ello. Capacidades, pues, de índole intelectual que se van acumulando con los años, más aún que con los años van ganando en perfiles y en seguridad. La formación de un profesor -lo sabes bien- es el resultado de un esfuerzo gigantesco que la sociedad hace para poner a nuestra disposición medios con los que vamos depurando nuestros conocimientos, afinándolos y profundizándolos. Un esfuerzo social al que debemos estar bien agradecidos porque nos coloca en una situación de privilegio frente a la mayoría del resto de los profesionales. Disponer de laboratorios, de libros en nuestros seminarios, de las revistas de nuestras especialidades, todo ello es un lujo que disfrutamos muy pocos siendo obligación nuestra responder lealmente a tanta generosidad.

El profesor que no es un zángano -y puede haberlos, pero son los menos- aprovecha esta circunstancia excepcional para ahondar en su formación, para trabar conexiones entre sus conocimientos, para abrir nuevos caminos en una investigación, para abordar un problema que no había sido suscitado o estaba deficientemente planteado. A partir de ahí, tiene la obligación de transmitir ese caudal de experiencias a las generaciones jóvenes, a quienes se sientan en las aulas de la licenciatura y, después, a quienes ya optan por formarse como especialistas en tal o cual disciplina.

Pues bien, si todo esto es así, ¿de verdad crees que un catedrático de 60 años es intercambiable con un joven de 30? Yo gané mis oposiciones cuando tenía justamente esa edad, 30 años, y, cuando comparo lo que yo sabía entonces y lo que ahora sé, advierto la distancia infinita que hay, en términos de mi formación, entre tales fechas, e incluso me pregunto cómo fue posible que me dieran una cátedra a esa edad. El hecho de haber escrito unos cuantos libros, haber publicado en revistas, haberse subido a la tarima años y años, haber dirigido tesis doctorales y otros trabajos de investigación ¿es algo de lo que se puede prescindir alegremente? Con el criterio que alienta tu propuesta deberían sustituir a los magistrados del Tribunal Supremo por jueces recién salidos del horno de las oposiciones. ¿Te das cuenta el dislate que ello supondría? En ciertos oficios, las personas que los ejercen no son sencillamente idénticas y por ello no son sin más sustituibles.

Si de verdad crees, querido Juan, que un joven recién doctorado puede hacer lo mismo que un catedrático maduro, repleto de horas de laboratorio o de biblioteca, es que no has entendido nada del oficio universitario, lo que no me puedo creer. ¿Qué hay entonces detrás de estas propuestas? ¿Ganas de quedar bien con los jóvenes? ¿Acaso -según oigo- ansias de ahorro en salarios? Si éste fuera el objetivo, se podría empezar por suprimir tantos cargos inútiles de confianza como hay en cualquier Rectorado, tantos viajes -incluso oceánicos- a la nada de las firmas de convenios, el gasto de tantos móviles sonando infructuosamente...

Esta carta mía es probable que carezca de valor y que mis reflexiones sean un puro disparate. Pero créeme que salen de lo más profundo de mis entretelas como intelectual y como profesor. Y si te las transmito, es porque sé que eres bien receptivo a la sinceridad. Un fuerte abrazo de tu buen amigo.

La Nueva España, 07/02/08

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