Manuel Alcaraz Ramos: Educación para la vergüenza

Manuel Alcaraz Ramos: Educación para la vergüenza
"Camps, y la mascota que envío unos días antes, no es que no tengan sentido de la vergüenza, es que no están bien educados"
Manuel Alcaraz Ramos, profesor de Derecho Constitucional, Universidad de Alicante

He dado en descreer de buena parte de las virtudes que se han atribuido a los procesos educativos. No descreo totalmente, pero me parece ingenuo y, a veces, cínico, imputar toda suerte de bondades abstractas a la educación. Obsérvese que ante cada cuestión para la que la sociedad no tiene soluciones las voces discrepan hasta que coinciden en dos puntos: hace falta educación y campañas de información, léase publicidad, que es lo más contradictorio de lo educativo, pues tiende a eliminar lo reflexivo y crítico. La cuestión de fondo es que, desde hace unos 250 años, se ha venido considerando la educación como lo que recibía la persona en sus primeros años: un equipaje de saberes y valores que le acompañaría el resto de su existencia. Después se incluyó la certidumbre de que un mínimo de conocimientos era indispensable para la igualdad de oportunidades. ¿Sirve, hoy, ese modelo?

Es obvio que la educación sigue siendo factor de igualdad e imprescindible para la continuidad del conocimiento. El problema surge cuando nada es estable, cuando lo aprendido hoy es inútil mañana, cuando la acumulación de conocimientos mínimos no deja espacio para la conciencia ética, cuando de ciertas materias el niño conoce mucho más que los mayores. Ya sabemos que toda la vida será un camino de aprendizaje y que los aparatos educativos se dilatan hasta alcanzar otros fines, antes impensables. Pero no sabemos, en realidad, cómo enfrentarnos a esas mismas situaciones que socialmente aceptamos. Hay, además, que casar esa renovación de ideas con la aparición de nuevos fenómenos de masas, como la utilización que muchos padres hacen de la educación de sus hijos como marca de estatus, o la paranoia galopante por la seguridad frente a la libertad -y sólo con libertad se educa en la responsabilidad-, o los discursos escolares ante fenómenos de multiculturalidad.

Ante este panorama propondré un mínimo común denominador: creo que la virtud última que debe promover el proceso educativo es el desarrollo en los niños y niñas de un adecuado y suficiente sentido del ridículo. O, si se prefiere, de la vergüenza. Ya sé que hemos atravesado tiempos en los que todo pregonero del progreso proponía la desinhibición como proyecto último de lo social. No quiero volver a corsés estrechos, pero tampoco me gusta un mundo en el que todo se rige al ritmo de performances y cursos de expresión corporal. Porque, desde muchos puntos de vista, los que se favorecen de esa deriva son los que pueden mostrar otros poderes, aquellos que todavía pueden relacionar su educación con seguridades familiares y económicas que otros ven negadas. Ridículo y vergüenza, sin mojigatería, igualan y democratizan. Los que pueden prescindir de ellos son los que entienden el mundo como un asunto que negocian las élites sin prejuicios, engañando a unos pobres desgraciados.

No hay que sudar mucho para advertir que de nada sirve acotar el programa educativo si niños o jóvenes comparan las teorías con las prácticas sociales. Por eso es de agradecer la coherencia absoluta entre la negativa de la Generalitat Valenciana a la asignatura de Educación para la Ciudadanía y lo mejor del elenco del PP, sus martingalas especulativas y la destrucción de algunas prácticas democráticas mínimas. Su coherencia entre el renacimiento de clases bien definidas, la caridad bien entendida, el apoyo a colegios privados, a los uniformes y el mirar para otro lado si se pasa cerca de un barracón. Su coherencia entre la defensa de la sociedad del conocimiento y la asfixia a las Universidades -la coherencia del que entiende que es un éxito hacer decir a los rectores cosas que no piensan y que se acosa ahora para extorsionar mejor en el futuro-. Ese es el mapa de la situación educativa valenciana en manos de gentes que saben muy bien adónde van, adónde nos quieren llevar. Mucho mejor, desde luego, que oposiciones sin ideas renovadas, voces aherrojadas y la ingenuidad de muchos aún enraizados en las adorables promesas ilustradas. La cosa no se aclarará hasta que no se entienda esta coherencia arrasadora, este nihilismo moral de derechas. Hasta que no se entienda que hablamos de política. Y no de otras cosillas. Defender el servicio público como autoevidente, ante estas fieras del mercado y del confesionario, no sirve de nada.

En estos enfados andaba hace unos días cuando asistí a la investidura como Doctores Honoris Causa de cuatro de los principales especialistas mundiales en Filosofía del Derecho. Sus intervenciones fueron magistrales, sutiles y comedidas. Casi me reconcilian con el valor del pensamiento y de la educación. Pero entonces pidió la palabra el director general de Política Científica, que representaba a la Generalitat. Para romper el ambiente usó un lenguaje apropiado para una barra de pub; para demostrar su pericia, hizo eco de los sabios a base de chascarrilos y lugares comunes; para rematar, y contra toda evidencia, loó los esfuerzos del Consell en materia de financiación para la investigación. Fue enojoso de verdad ver a una especie de muñeco de ventrílocuo manchar la tribuna desde la que unos minutos antes se habían desgranado ideas y sugerencias de altísimo nivel. Una buena parte de los académicos presentes dimos muestras de desprecio -e impotencia- cruzando los brazos, negando aplausos. ¿Y qué? ¿Es que él, bien amaestrado, no esperaba eso? ¿Es que no se sintió ridículo? La respuesta la tuvimos el lunes, cuando Camps, en la toma de posesión del rector, en el mismo escenario, vino a decir el importante sustento que presta a las universidades y que el PP siempre se ha volcado en apoyo de la de Alicante. He aquí un buen ejemplo para mi tesis: Camps, y la mascota que envío unos días antes, no es que no tengan sentido de la vergüenza, es que no están bien educados. O sea: que no hay por qué pensar de ellos que son unos sinvergüenzas, basta con considerar que son unos maleducados.

Información, 08/06/08

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