Dámaso Javier Vicente Blanco: A la Sabiduría le quieren desmantelar la casa
Dámaso Javier Vicente Blanco: A la Sabiduría le quieren desmantelar la casa
Dámaso Javier Vicente Blanco, Vicedecano del Espacio Europeo de Educación Superior y Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la UVA
Al fin se ha comenzado a producir el debate. En los últimos días, diversos profesores de cierto prestigio, catedráticos de Derecho, Sociología, Ciencia y Filosofía Política, etcétera, han comenzado a publicar en prensa artículos críticos hacia el modo de aplicación en España, el modelo y las consecuencias sobre el futuro de nuestras universidades de la Declaración de Bolonia de 1999, que proyecta el Espacio Europeo de Educación Superior (EEES). Emilio Lamo de Espinosa (en 'ABC'), Pere Vilanova (en 'El Periódico de Cataluña'), Francesc Carreras (en 'La Vanguardia'), o Adela Cortina (en 'El País'), por ejemplo, han criticado con fundamentos y criterios el futuro universitario que se proyecta, hasta el punto que los responsables de la materia en la Agencia Nacional de la Calidad y Acreditación (la ANECA) no han tardado en responder a las críticas, aprovechando el foro del congreso internacional de Gerona sobre innovación docente, alegando que no había existido debate y que los críticos estaban poco informados. Es verdad que hasta ahora no ha existido mucho debate (salvo algunos artículos de prensa aislados, como los del filósofo José Luís Pardo y el rector de la Universidad Complutense, Carlos Berzosa, surgidos en el marco de una discusión planteada en esa Universidad). Pero lo cierto es que cuando se ha perseguido el debate, los responsables de la ANECA o de la implantación de Bolonia han tendido a rehuirlo. Y esta es una crítica que se remonta a la época de la ministra Del Castillo. Recuerdo y recordaré siempre el bochorno que hizo el responsable de la ANECA en la asamblea de decanos de facultades de Derecho, celebrada en Vigo en junio del 2004. Se trataba de la reunión en que debía aprobarse el 'Libro blanco de la titulación en Derecho', a cuyo seguimiento él estaba asignado desde meses antes. Después de impartir una conferencia surrealista, plagada de alusiones autorreferenciales («nosotros los expertos») y de vaguedades que querían pasar por criterios y reglas de rigor (con recurrentes menciones a la 'calidad'), cuando se trató de estar a la altura de las circunstancias porque la asamblea de decanos no quería dar el visto bueno al libro blanco elaborado, puesto que estaba poco maduro, se solicitó la asesoría del 'experto' de la ANECA para debatirlo con él. La gran sorpresa fue que al ver el panorama que se avecinaba, debiendo responder a un problema no presentido, el hombre había tomado las de Villadiego y había desaparecido. Toda su calidad de 'experto' quedó en poca cosa ante la necesidad de enfrentarse a un problema real.
«Sapientia Aedificavit Sibi Domum» ('La Sabiduría se edificó esta casa'), reza el lema durante tantos siglos sagrado de la Universidad vallisoletana. La Universidad ha sido por definición, desde la Edad Media, el cauce de transmisión del saber, el espacio donde el legado de la sabiduría pasaba de maestros a discípulos. Este modelo fue recogido y reforzado con la Ilustración, donde el patrón racionalista hizo suyos y formalizó los planteamientos del humanismo renacentista. Pero hoy se está produciendo un cambio de paradigma. El nuevo paradigma ya no es el saber, ya no es la Sabiduría, sino la ampulosamente llamada 'sociedad del conocimiento'. Ella es el verdadero motor que impulsa el Espacio Europeo de Enseñanza Superior. Este nuevo paradigma rompe la tradición de transmisión del saber. Los profesores dejan de tener la función del 'Maestro' (con mayúsculas), que enseña y adiestra en sus saberes a los discípulos; por el contrario, se reducen a simples tutores que dirigen o coordinan el aprendizaje (o 'autoaprendizaje') de los estudiantes. En la 'sociedad del conocimiento', el conocimiento al que se alude se concibe como una mercancía y pierde el carácter sagrado de la Sabiduría, que estaba empeñada en descubrir la Verdad de forma 'desinteresada', libre de otros poderes, ya fueran políticos, sociales o económicos. La pugna histórica de la Universidad por su independencia de todos esos poderes ha sido siempre conflictiva, pero le hizo ganarse la autonomía administrativa y ha seguido en tensión hasta el presente. Sin embargo, bajo la 'sociedad del conocimiento', la Universidad ya no es la casa que se construyó la Sabiduría, sino una factoría de servicios, los servicios educativos, susceptibles de ser liberalizados como opción de negocio en el marco de la Organización Mundial del Comercio, y de competir en un mercado donde el verdadero saber puede convertirse en una ganga si no es directamente útil a los fines comerciales. Es el imperio del Rey Midas, empeñado en transformar todo lo que toca en oro e incapaz de trascender más allá de la lógica de la simple ganancia. Las transformaciones que vendrán con el Espacio Europeo de Educación Superior pueden ser una oportunidad de las universidades y de su profesorado de aceptar que era preciso huir de la rutina y del adocenamiento y hacer cambios que permitan complementar y enriquecer las prácticas docentes. Esa es la obligación que tenemos los responsables institucionales, la de aprovechar el momento como una oportunidad para mejorar. Pero también será preciso defender el legado histórico de la tradición humanista europea, un legado que no puede venderse al mejor postor. Será preciso defender el carácter no comercial de las universidades. Si a la Sabiduría le quieren desmantelar su casa no es más que para poner en su lugar un supermercado del conocimiento, o una empresa de colocación. El viejo lema se trucaría en algo así como «The knowledge opened a supermarket itself» («El conocimiento se abrió un supermercado»). Y no es lo mismo.
El Norte de Castilla, 14/06/08
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