Fernanda Navarro: Reflexiones sobre la globalización

Fernanda Navarro: Reflexiones sobre la globalización

En una reciente entrevista al filósofo y analista político italiano Antonio Negri encontramos interesantes reflexiones sobre algunos de los efectos más destacados de la llamada globalización o mundialización. Si bien uno de sus objetivos prometidos inicialmente era su carácter omniabarcante, al globalizar el mundo entero, es decir, al pretender extenderse y cubrir todos los rincones del planeta para lograr una homogeneización, lo que ha ocurrido en realidad es que lo que más ha extendido es la pobreza, la miseria y el desempleo, concentrando sólo en algunas zonas del norte del mapamundi, la riqueza. Sin embargo, nuestro autor señala un hecho poco destacado: a saber, que la división entre primero, segundo y tercer mundo ha ido palideciendo en el sentido de que los ricos no son ya únicamente los blancos, estadunidenses o europeos sino que la globalización ha abierto un proceso de división profunda al interior de todos los países del mundo. En otras palabras, hay sectores en cada uno de los tres mundos, que gozan en igual medida de los privilegios del capital, mismo que se ha unificado a nivel mundial, por encima de las naciones; de ahí el término “trasnacional”. Como advierte Negri: “se pueden encontrar ricos y rascacielos que dominan a poblaciones extremadamente miserables tanto en Nueva York, como en Shanghai, México o Nueva Delhi. La cuestión del centro contrapuesto a la periferia está perdiendo relevancia. Hay una interdependencia cada vez mayor. Wall Street no es ya únicamente el centro del capital estadunidense, sino el centro del capitalismo colectivo mundial. Y esa mundialización requiere de un poder económico importante que se mantiene con el poder de las armas, con la guerra”.

El desarrollo militar de la potencia estadunidense ha sido un desarrollo de policía económica, por un lado para imponer las reglas capitalistas, y por el otro para imponer a una potencia sobre las demás. Pero, añade Negri, creo que la guerra de Iraq –la última de esta serie de guerras que se han producido desde 1989– marca el momento de crisis de ese proyecto; lo cual no significa que el capitalismo se vuelva mejor ni que el mundo se torne pluripolar. Considero que vamos hacia una alianza entre los grandes capitalistas de todos los países, y que el Estado-nación está agotando su propia fuerza para intervenir unilateralmente. Estados Unidos está en crisis. Su deuda y su situación económica no permiten el desarrollo de una fuerza unipolar.

Las alternativas en el ámbito monetario se están definiendo: la competencia dólar-euro ha llegado a un alto punto de crisis. El control de los mercados se hace cada vez más difícil. Basta pensar en la apertura del enorme mercado chino que impondrá sus reglas.

Esto significa que la constitución imperial, o sea, la constitución de dominio en el mundo, un mando jurídico, político o militar, difícilmente podrá darse en la forma en la que el gobierno de Bush ha pretendido definirlo. Negri piensa que habrá una especie de nueva alianza que será determinante en esta transición entre modernidad y posmodernidad, entre la edad del Estado-nación y la edad imperial… aunque no descarte importantes riesgos de desequilibrio.

Por otro lado, ya no se puede hablar de guerra mundial en el sentido en que la expresión fue usada en los siglos XIX y XX, pero sí se puede hablar de conflictos regionales. “La guerra de Irak es predominantemente una guerra que trata de imponer un nuevo orden en una zona fundamental para el desarrollo de Europa. Ha sido una guerra contra Europa, dado que las principales fuentes energéticas para el desarrollo europeo residen en Medio Oriente”, sostiene Negri.

Una de las conclusiones a las que llega el autor es que la ecuación de que el dólar debe ser sostenido por cohetes y cañones sigue siendo más cierta que nunca. La guerra se convierte en una operación de policía universal global, de intervención específica. Un hecho que lo demuestra es la transformación de los ejércitos. Ya no se trata de grandes ejércitos como los de la Segunda Guerra Mundial, sino de unidades móviles que se puedan transportar rápidamente a cualquier punto del planeta, y ya no sólo con capacidad de destrucción sino con la potestad de construir naciones y ordenamientos políticos: “nation building”, a los cuales acompañan organizaciones no gubernamentales, sistemas de seguridad globales, satélites y un aparato técnico militar que cambia de raíz la naturaleza de la guerra.

A una observación que le hace Carlos Estévez –director del programa de TV española “Voces contra la globalización”– sobre la nueva economía neoliberal en la cual uno de los factores que mueven grandes cantidades de dinero es la economía criminal de las grandes mafias internacionales que, de la mano de la globalización ha venido a blanquearse…dinero criminal que se mezcla con el de la corrupción y se protege en los paraísos fiscales, Negri responde: “el capitalismo y la criminalidad siempre han estado de acuerdo. Hoy día, lo que cambia son las dimensiones que se han acrecentado enormemente, inaugurando otra forma de globalización.

Frente a este panorama desolador que presenta el nuevo orden global, el filósofo italiano señala un modelo de resistencia que se está perfilando: lo que él llama la resistencia de las multitudes: un proceso en red, en donde los intereses de las grandes masas de marginados, explotados y olvidados se pueden encontrar y que apenas surgió en los años 90, con altas y bajas, llegando a su madurez ante el problema de la guerra. Resistir a la guerra fue algo que hizo que millones de personas –salpicadas por todos los rincones del mundo– se juntaran, sin conocerse. El medio que los congregó de manera inédita fue la tecnología moderna, Internet, para de ahí pasar a una resistencia masiva. (Recordemos Seattle 1999 y antes al zapatismo). Negri explica que aquí no se trata sólo de la necesidad moral y ética de rebelarse sino que se debe también a esa nueva realidad tecnológica y a otra que nos presenta la biopolítica, que cada vez se centraliza más, dado que el proceso de producción abarca hoy día a la sociedad entera, no sólo al proletariado. De lo que está seguro nuestro autor es de la necesidad actual de afinar ese nuevo modelo de organización –abierto ya en los 90– completamente distinto al de los partidos, de la representación, de la democracia parlamentaria y de las funciones sindicales conocidas hasta ahora. Este modelo está viendo su fin con la mundialización que a su vez ha dado lugar a esa naciente organización constructiva. Pero ésta –aclara– no es algo que construyan los intelectuales”, sino las multitudes, con la participación –sí– de las fuerzas intelectuales, morales y políticas que existan en red.

Termino con las últimas palabras del autor en las que se deja entrever cierto optimismo: “creo que este nuevo mundo necesita un significado real que nos haga comprender cómo se vive en red, cómo se vive democráticamente sin nadie que nos dé órdenes desde lo alto, se llame Dios o patrón”.

La Jornada, 21/07/08