Jesús Castillo: Otra universidad es posible

Jesús Castillo: Otra universidad es posible
Las reformas que necesita la universidad no tienen nada que ver con las medidas neoliberales que la inundan actualmente
Jesús Castillo es profesor, vicepresidente del Comité de Empresa del Personal Docente e Investigador de la Universidad de Sevilla y miembro de En lucha.

Sin duda, la universidad pública española está necesitada de una reforma en profundidad que destierre, de una vez por todas, vicios heredados del pasado y nacidos en el presente, como una burocratización excesiva, una endogamia enfermiza o el aislamiento, más o menos acusado, respecto a la sociedad a la que dice servir.

Sin embargo, las reformas que necesita la universidad no tienen nada que ver con las medidas neoliberales que la inundan actualmente, una de las patas de un proceso de privatización de la educación sin precedentes y que también afecta a la ecuación desde preescolar hasta secundaria. Por lo que he podido aprender de otro/as compañero/as, la gran mayoría de lo/as que nos ponemos a estas “reformas boloñesas” no lo hacemos desde el inmovilismo, sino todo lo contrario; pedimos que se nos escuche para construir la universidad del siglo XXI pluralmente y no en función de los intereses de uno/as poco/as.

Todos y todas lo/as que trabajamos en la universidad pública tenemos una idea, o al menos unos esbozos, de lo que nos gustaría que fuera nuestra universidad. También el alumnado tiene ideas sobre en qué universidad le gustaría estudiar y, por supuesto, la gente que no tiene una relación directa con la universidad igualmente tiene sus ideas de qué universidad quieren que se financie con sus impuestos. Posiblemente nadie imagine un modelo de universidad perfecto, y aunque lo hiciese de nada serviría ese modelo si no lo hicieran suyo los demás. La universidad del futuro debe ser construida entre todos y todas. Esta posición radicalmente democrática choca de frente con las reformas neoliberales que nos vienen impuestas desde arriba, ya sea desde la Unión Europea o el Ministerio de turno, y que rectorados, decanatos y juntas de centro hacen suyas, ya sea por el temor a la amenazadora Agencia de Evaluación de turno o por coincidir plenamente con ellas en un sentido ideológico.

Para que la nueva universidad pueda construirse plural y democráticamente desde abajo, con la participación activa de la base, debe abrirse enteramente a la sociedad. Para renacer como el ave Fénix, la universidad debe ser permeable a las ideas y las inquietudes de los movimientos sociales (organizados en torno a temas tan diversos como la conservación de la Naturaleza, los derechos de minorías sociales o contra las guerras), de las asociaciones de vecinos, de los sindicatos, de los partidos políticos, etc. En un debate justo, sincero y participativo, la universidad y los que trabajamos en ella debemos agradecer las críticas, tanto internas como externas, y dar voz y voto a la sociedad en su conjunto en el devenir universitario. Esta participación social debe ser total y transversal, de manera que intervenga en todos los ámbitos universitarios, desde el diseño de planes de estudios hasta el reparto de los fondos de investigación. De esta manera, la universidad responderá realmente a los intereses de la sociedad plural en la que habita, con un modelo de toma de decisiones más democrático y difícil de manipular que el actual.

Pero no acusemos a la universidad de defectos como si fuera una organización especialmente nefasta. El modelo universitario actual no es más que un reflejo, quizás caricaturizado, del modo de funcionar dominante en la sociedad. En este contexto, las reformas sociales y participativas expuestas anteriormente y que tanto necesita nuestra universidad no vendrán por la voluntad de uno/as poco/as. Las puertas y ventanas universitarias se abrirán de verdad para que entre aire fresco en forma de participación social a lo largo de procesos de resistencia y lucha contra las injusticias que se proyectan en la universidad. Así, la lucha contra la privatización de la educación en general, en concreto contra las actuales “reformas boloñesas” en la universidad, pueden ser la oportunidad de construir las redes sociales que impulsen esa otra universidad posible y cada día más necesaria.

Quizás este discurso suene a revolucionario, y lo es en cuanto a que apuesta por un cambio desde la raíz en el funcionamiento de la institución, pero hoy por hoy parece la mejor salida frente al ataque feroz que sufre la educación pública. O tomamos desde abajo la universidad pública y la gestionamos democráticamente entre todos y todas o se convertirá en un mecanismo más para perpetuar las injusticias sociales, cada día más alarmantes en este sálvese quien pueda del capitalismo globalizador.

kaosenlared, 16/12/08