Ramón Muñoz Chapuli: El Plan Bolonia: ¿hacia la Mac Universidad?

Ramón Muñoz Chapuli: El Plan Bolonia: ¿hacia la Mac Universidad?
Ramón Muñoz Chapuli, Catedrático de Biología Animal de la Universidad de Málaga

Analizando y rebatiendo una a una las cinco ideas más repetidas sobre el Plan Bolonia (que es una homologación al sistema universitario europeo, una adecuación de la universidad a las demandas sociales, una promoción de la movilidad de estudiantes, un establecimiento de sistemas de garantía de calidad y una renovación pedagógica de la enseñanza), el catedrático de Biología Animal de la Universidad de Málaga, Ramón Muñoz Chapuli, llega a la conclusión en esta colaboración con EL OBSERVADOR / www.revistaelobservador.com de que Bolonia es “un proceso fundamentalmente económico, no académico ni científico, promovido desde instancias políticas y asumido de forma acrítica por las autoridades académicas”.

A estas alturas casi todos saben que la universidad española está embarcada en el proceso de transformación más importante de los últimos tiempos. Este proceso es conocido como ‘Plan Bolonia’ (por la declaración suscrita en dicha ciudad por representantes de 29 gobiernos europeos en 1999) y a pesar de su importancia se está asumiendo y aplicando sin un debate previo, sea político o académico. En general se nos presenta esto como una consecuencia natural del proceso de integración europea, que exige la modernización y puesta al día de nuestras universidades, algo que no puede ser puesto en cuestión por nadie. A las protestas de los últimos meses, por parte sobre todo de sectores estudiantiles, se ha respondido con campañas informativas sobre las bondades del proceso. La sustitución del debate por la propaganda ya resulta preocupante, pero es cierto es que faltan ideas claras acerca de lo que va a suponer el proceso de Bolonia para las universidades españolas y europeas. Vamos a exponer aquí algunas opiniones como elementos para la reflexión y, esperemos, para alentar el debate.

En general se dice que el proceso de Bolonia consiste, básicamente, en 1) una homologación al sistema universitario europeo, 2) la adecuación de la universidad a las demandas sociales, 3) la promoción de la movilidad de estudiantes, 4) el establecimiento de sistemas de garantía de calidad y 5) una renovación pedagógica de la enseñanza universitaria. Analizaremos brevemente cada uno de estos puntos.

El proceso de Bolonia implica la desaparición de los actuales títulos de Diplomado, Licenciado, Ingeniero Técnico e Ingeniero Superior, y su sustitución por títulos de Graduado y Máster. La diferencia entre estos títulos está en la duración de los estudios; el título de Graduado, que dará acceso al mercado laboral, se obtendrá normalmente en tres o cuatro años, mientras que los Masters de especialización profesional tendrán entre uno y dos años de duración. Es importante tener en cuenta que este no es el “Sistema Europeo” sino el modelo anglosajón, vigente en el Reino Unido, Irlanda, EE.UU. y Canadá. Por tanto, no resulta correcto decir que estamos ante una “homologación con Europa” sino ante la asunción directa del modelo anglosajón por parte de los países firmantes del acuerdo de Bolonia. También es inexacto vincular este proceso con la Unión Europea, ya que el acuerdo de Bolonia ha sido firmado por 46 países, casi el doble de los que componen la UE. Incluso países de otros continentes están planteándose reformas universitarias paralelas a las del Plan Bolonia, lo que muestra que existen en dichas reformas motivaciones que no tienen nada que ver con la integración europea.

La llamada “adecuación a las demandas sociales” sí está más relacionada con las motivaciones reales del proceso. La idea fundamental que subyace al proceso de Bolonia y que nunca se hace explícita es la de hacer competitivas a las universidades en el mercado global de la educación superior. La nueva mentalidad contempla a la difusión del conocimiento científico y técnico no como un derecho ciudadano sino como un servicio sometido a una demanda cada vez mayor. Y el sistema anglosajón ha resultado hasta ahora el más eficiente a la hora de satisfacer dicha demanda. Por dar sólo un dato, unos 267.000 estudiantes asiáticos cursan estudios superiores en EE.UU., frente a 178.000 en Europa, la mayor parte de éstos en el Reino Unido e Irlanda. Esto es debido sin duda al idioma, pero también al atractivo de un sistema universitario basado en titulaciones especializadas y de corta duración, mucho más atractivas para los estudiantes extranjeros que las largas licenciaturas. Ante las perspectivas de un aumento considerable de esta demanda en los próximos años, el argumento de la integración europea y de las “demandas sociales” se está utilizando en los países no anglosajones para adaptar la oferta de enseñanza universitaria a esa demanda. Es en este contexto también en el que hay que entender la importancia que se está dando a la movilidad de los estudiantes, la enseñanza en inglés y la eliminación de obstáculos administrativos para cambiar de universidad, fomentando así la libre competencia entre universidades.

El Plan Bolonia, por tanto, no debe entenderse como “privatización” como a veces hacen los estudiantes, sino como un proceso de mercantilización de la enseñanza superior, de consideración de la misma como un servicio con valor de mercado y sujeto por tanto a las leyes de oferta y demanda. Es posible que esta concepción sea una consecuencia inevitable de la globalización económica, pero es necesario que esto se exponga claramente sin el disfraz de una supuesta “homologación con Europa”.

Es importante también sopesar las consecuencias que la aplicación de una lógica mercantilista puede tener para la universidad tal como la conocemos. Si convertimos como objetivo fundamental de la universidad la “empleabilidad”, la capacidad de obtener un puesto de trabajo por encima de la formación integral, si diseñamos la oferta de estudios sobre la base de la competitividad entre universidades y las demandas de nuestros “clientes”, tenderemos a ofrecer titulaciones cortas, poco costosas, altamente aplicadas y que supongan dificultades mínimas para los estudiantes. Terminaremos ajustando los precios de los estudios de Máster a su demanda, lo que llevará a un encarecimiento de muchos de ellos. Terminaremos sustituyendo el ansia de conocer, la formación crítica de la personalidad y el amor a la cultura, por un simple adiestramiento profesional. No hace falta insistir en que las carreras de Humanidades tienen todas las de perder en este escenario. Esto es lo que se ha llamado la “McDonaldización” de la universidad europea, un término acuñado por el sociólogo George Ritzer y recogido en el libro compilado por Dennis Hayes y Robin Wynyard ‘The McDonaldization of higher education’. Según estos autores la futura “McUniversidad” se caracterizará por la oferta de un producto académico rápido, estándar y económico a costa de su excelencia. Véase también al respecto el lúcido y clarificador análisis que hace al respecto Chris Lorenz, profesor de Filosofía de la Universidad Libre de Ámsterdam en su artículo ¿Will the universities survive the european integration?

La imposición de este nuevo modelo mercantilista colisiona con dos principios básicos e históricos de la universidad: la autonomía universitaria y la libertad de cátedra. En este sentido hay que entender otro nuevo fenómeno, el establecimiento de los llamados sistemas de garantía de calidad, instituciones extrauniversitarias como la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad (ANECA) y sus equivalentes autonómicos, organismos burocratizados que imponen modelos de funcionamiento, criterios académicos y patrones a los que la universidad debe ajustarse. De nuevo se utilizan palabras sonoras, la garantía de calidad, para lo que es poco más que un control del ajuste de la universidad a los nuevos modelos. Basta salir de nuestras fronteras para ver cómo otras instituciones se muestran mucho más sensibles que las nuestras a esta situación sin precedente histórico. Por ejemplo, el informe 2006-2007 sobre Bolonia del Comité de Educación del Parlamento Británico señalaba la importancia de mantener la autonomía y flexibilidad de las instituciones universitarias y de permanecer en guardia contra los decisiones burocráticas “de arriba abajo”. Las duras críticas que se están vertiendo desde ámbitos universitarios hacia la QAA (Quality Assurance Agency), el organismo británico fundado en 1997 y equivalente a la ANECA española, contrastan con nuestra propia falta de capacidad crítica. Sirva como ejemplo de estas críticas el excelente artículo de los profesores Bruce Charlton y Peter Andras sobre el mal uso que se está haciendo de los sistemas de garantía de calidad en la universidad británica.

Un último comentario merece la idea generalizada de que el proceso de Bolonia implicará una renovación pedagógica en la enseñanza universitaria. Este es un fenómeno específicamente español, ya que en la declaración de Bolonia, y en otros acuerdos posteriores no se tratan cuestiones pedagógicas. Se dice que con el sistema Bolonia desaparecerán los exámenes, habrá evaluaciones continuas y las clases magistrales dejarán su sitio al trabajo personal y en grupo. De una enseñanza basada en conocimientos (saber) pasaremos a una enseñanza basada en competencias (saber hacer) eliminando todo aquel conocimiento que no sea “útil”. Tenemos que entender estas propuestas en el contexto de una doctrina pedagógica determinada que ha obtenido una sorprendente ascendencia sobre muchos responsables políticos y autoridades académicas a pesar de haber mostrado ampliamente su ineficacia en la Enseñanza Secundaria. Es obvio que el gran desafío de la enseñanza superior, ahora y hace veinte años, es evitar la pasivización de los estudiantes y convertirles en elementos activos de su propio aprendizaje. Pero es también obvio que sustituir la exigencia en la adquisición de conocimientos por el mínimo esfuerzo de los trabajos de “copiar” y “pegar”, que es como algunos han malinterpretado el nuevo modelo pedagógico, llevará sin duda a una degradación de la calidad de la enseñanza superior, en línea con la política antes citada de reducir al máximo las dificultades para la obtención de titulaciones. La situación que se está generando en nuestras aulas es la que ha denominado el pedagogo norteamericano Ted Sizer “el compromiso de Horacio”, un compromiso tácito de rebaja en la exigencia mutua que se establece entre unos profesores y unos alumnos cada vez más desmotivados: Si no me exigen mucho (como profesor, como alumno) yo tampoco les exigiré demasiado a ustedes.

En resumen, Bolonia es un proceso fundamentalmente económico, no académico ni científico, promovido desde instancias políticas y asumido de forma acrítica por las autoridades académicas. Este último es quizá el aspecto más inquietante de todos. La universidad española, que en momentos decisivos de nuestra historia ha ejercido el papel de conciencia crítica de la sociedad, se está mostrando en este proceso sorprendentemente sumisa y autocomplaciente. La universidad actual parece estar en este aspecto más cerca de la que declaraba ante Fernando VII: “Lejos de nosotros, majestad, la funesta manía de pensar”, que de aquella otra, muy diferente, que se enfrentó a la dictadura de Franco. Es lamentable ver cómo el progresismo universitario actual se agota en la crítica de lo que sucedía en España hace cincuenta o sesenta años mientras su propia institución sufre, sin debate ni crítica, un ajuste duro en el más puro estilo Neocon.

El Observador, 23/06/09