Carlos F. Liria: Bolonia y la universidad pública

Carlos F. Liria: Bolonia y la universidad pública

En el año 2004 asistí a una presentación de la ANECA ante la UCM. Su entonces director, Francisco Marcellán, insistió mucho en que la agencia en cuestión era tan solo un servicio voluntario y que ninguna universidad tenía la obligación de someterse a sus criterios evaluadores. El señor rector recordará que, en el turno de intervenciones para el público, propuse que, habida cuenta del carácter voluntario del proceso de evaluación, la Universidad Complutense declarara inmediatamente persona non grata a Marcellán –meramente en tanto que director de la ANECA, por supuesto-, convocase a la prensa y declarara públicamente que prescindía de los servicios de la Agencia y se colocaba al margen del proceso de Bolonia. Expresé mi convicción de que si la UCM tomaba esa decisión, un buen número de Universidades públicas seguirían su ejemplo.

Hace varios meses, trece rectores franceses hicieron un “Llamamiento internacional a todas las universidades europeas”, un llamamiento que ya han secundado treinta universidades francesas que llevan meses en huelga indefinida. Se dirá lo que se quiera sobre el sentido de la protesta francesa. Es absurdo pretender –como algunos pretenden- que se trata como una mera protesta contra Sarkozy, cuando se trata, precisamente, de un llamamiento INTERNACIONAL. Lo que no ofrece lugar a dudas es el contenido del “Llamamiento” en cuestión. Basta con leerlo –y creo que NO SE QUIERE leerlo- para comprender que el diagnóstico de los rectores franceses coincide punto por punto con el que en España ha hecho el movimiento estudiantil sobre lo que aquí entre nosotros se llama se llama el Proceso de Bolonia. Asistimos, nos dicen los rectores franceses, al fin del modelo de Universidad pública europea y a su sustitución por un modelo mercantil que convierte al alumno en cliente, precariza al profesor, destruye su libertad de cátedra y suprime la independencia científica de la Universidad. Prueben ustedes a leer en voz alta el Llamamiento francés e intenten defender luego que no tiene nada que ver con lo que está pasando en el Reino de España. Les desafío a que no se les caiga la cara de vergüenza.

Pero, como sabemos muy bien, al mismo tiempo que en los periódicos se habla y se habla de converger con Europa, asistimos a un impresionante apagón informativo respecto a las protestas francesas. También hacia las noticias de cómo la aplicación del plan Bolonia está fracasando estrepitosamente en Alemania, donde lo implantaron mucho más pronto que aquí (cfr. por ejemplo, el artículo “Bolonia fracasa en Europa / Los estudiantes en la fiebre de los créditos”, publicado en Die Zeit; lo hemos traducido en la Facultad de Filosofía y es fácilmente localizable en la red).

También ha sido muy interesadamente silenciada la noticia de que algunas de las revistas más prestigiosas del mundo, han pedido ser retiradas de los rankings idolatrados por la ANECA y las respectivas agencias de evaluación externa. En la Universidad de Paris IV-Sorbonne han pedido que sus revistas sean excluidas de los índices de calidad manejados por las AERES. La Academia Británica ha criticado muy duramente estos índices y la revista HSTM (“Historia de la Ciencia, la Tecnología y la Medicina”) ha solicitado ser retirada del “Índice Europeo de Referencia para las Humanidades” que está elaborando la Fundación Europea de la Ciencia. Sus argumentos son de lo más contundentes: según los editores de HSTM este índice pretende clasificar las revistas científicas de humanidades –incluidas historia y filosofía de la ciencia- con criterios “de liga deportiva, con primera, segunda y tercera división”.

“El ERIH –argumentan- está basado en un malentendido fundamental sobre el modo en que se produce y se publica la investigación en nuestro campo, y en las humanidades en general. La calidad de las revistas no puede separarse de sus contenidos y de sus procesos de revisión. Una investigación magnífica se puede publicar en cualquier lugar y en cualquier idioma. Quizás los trabajos verdaderamente rompedores tienden a provenir de fuentes marginales, disidentes o inesperadas, más que de líneas mayoritarias bien asentadas y atrincheradas. Nuestras revistas son variopintas, heterogéneas y distintas. Algunas están dirigidas al público general e internacional, otras tienen un contenido más especializado y, en consecuencia, un público más especializado. Su alcance y su público no dicen nada sobre la calidad de su contenido intelectual. Además, el ERIH confunde calidad con internacionalidad de un modo especialmente pernicioso para las revistas especializadas y las no publicadas en inglés. En un informe reciente, la Academia Británica concluye, en un juicio sensato y demasiado benévolo, que ‘el Índice Europeo de Referencia para las Humanidades, tal y como está concebido actualmente, no constituye un procedimiento fiable de construcción de métricas para publicaciones revisadas por pares’. Los ejercicios como el ERIH se pueden convertir en profecías autocumplidas: si índices de este tipo son adoptados como métricas por las agencias de financiación y otras agencias, entonces mucha gente de nuestro sector considerará que no tiene muchas más opciones que limitar sus publicaciones a las revistas de la primera división. Habrá menos revistas, mucha menos diversidad, y se empobrecerá la disciplina. Junto a otras muchas personas de nuestro campo, esta Revista ha llegado a la conclusión de que no quiere formar parte de este ejercicio ilegítimo y equivocado. Este editorial conjunto está siendo publicado en revistas del campo de la historia de la ciencia y los science studies como expresión de nuestro rechazo colectivo y de nuestra negativa a permitir que nuestro campo se gestione y se evalúe de esta manera. Hemos pedido a los compiladores del ERIH que eliminen los títulos de nuestras revistas de sus listas” (Journals under Threat: A Joint Response from HSTM Editors, 2008)

En España, recientemente, también han empezado oírse voces muy prestigiosas llamando a un debate y una reflexión sobre el modelo de Universidad hacia al que nos dirigimos. Recientemente, por ejemplo, Fernando Savater, Atienza, Navarro Cordón y otros pidieron al gobierno una moratoria. Previamente, Joseph Fontana, Francisco Fernández Buey, Antonio Domenech, Albert Corominas y otros importantes humanistas y científicos habían firmado un manifiesto exigiendo que cesara la increíble campaña mediática de desprestigio de la Universidad pública a la que estamos asistiendo en los últimos años.

Sin embargo, pese a estas llamadas a la sensatez por parte de autoridades y personalidades académicas europeas, el Plan Bolonia ha avanzado firme y seguro como una apisonadora, con total independencia de lo que opinara el mundo académico. La clave ha estado en una insólita acumulación de mentiras y de propaganda. También en un chantaje institucional, en el que la ANECA ha jugado, en efecto, un papel primordial. Bolonia han sido lentejas, que o las tomas o las dejas. Las instituciones universitarias se han visto obligadas a aceptar lo inaceptable porque no tenían otra opción que tragar con la reforma o resignarse a desaparecer.

Pero mentiras, propaganda y chantaje no han sido suficientes: también se ha recurrido a la calumnia.

La calumnia ha sido un ingrediente muy importante en esta revolución educativa que los ricos de la Unión Europea decretaron contra los pobres. Una vez que se decidió sacrificar la Universidad Pública hasta volverla rentable, era vital desprestigiarla. Para ello, comenzó a repetirse una y mil veces que en la Universidad todo era corrupción y nepotismo, endogamia e incesto, absentismo y pereza. Se dio por cosa sabida e incuestionable que los profesores no hacían otra cosa que leer apuntes amarillos heredados del franquismo, que los alumnos no estudiaban más que el día anterior a los exámenes, aprendiendo de memoria rollos que no comprendían y que olvidaban inmediatamente después. Se llamó viejos y viejas a los profesores y profesoras, alentando su jubilación anticipada, para que dejaran de hacer daño a los alumnos con la transmisión de sus obsoletos conocimientos. El retrato de los estudiantes no era menos ofensivo: campeones de ignorancia, que no sólo no sabían, sino que no sabían aprender y no sabían tampoco aprender a aprender. Se comparó a los Departamentos y Cátedras universitarias, literalmente, con pozos negros, y se proclamó que, por el contrario, la ciencia florecía en los espacios abiertos y floreados de las revistas científicas avaladas por rankings elaborados por empresas privadas estadounidenses. Se ofreció como prueba de la caducidad casposa de la universidad española el hecho de que sus investigadores siguieran publicando en castellano, en lugar de en inglés. Se acusó a los profesores de no saber enseñar por impartir lecciones magistrales sin utilizar el power point o consumir nuevas tecnologías. Se consideró prueba irrefutable de lo mal que estaba la Universidad el hecho de que hubiera cambiado muy poco desde los tiempos de Newton (cosa que además es falsa), como si todo lo que no cambiara al ritmo insensato del mercado debiera considerarse caducado. Sin respetar el principio de no contradicción, se acusó a los estudiantes de saber demasiado, es decir, de perder el tiempo en una sobrecualificación inútil que nadie demandaba, y también, de dilapidar el tiempo y el dinero fracasando año tras año en terminar la carrera. En suma, se lanzó sobre la Universidad la acusación más grave que se puede lanzar sobre una institución docente: ahí ni se sabe enseñar, ni se sabe aprender. Había que enseñar a enseñar a los profesores. Los alumnos debían aprender a aprender. Todo ello como si hasta ahora hubieran estado todos cazando moscas, a la espera de la revolución educativa de Bolonia, en la que, por fin, una legión de psicopedagogos desembarcaría en la Universidad para enderezar las cosas al gusto, por supuesto, de las demandas empresariales.

De entre todas las calumnias, la más insensata y canalla ha sido la que ha acusado al movimiento estudiantil de estar manejado por algunos profesores. Se ha pretendido que los y las estudiantes antibolonia se oponían al proceso por falta de información, manejados en la sombra por ideólogos antisistema. Un disparate sin igual y a todas las bandas. Los profesores más activamente antibolonia no han sido, en general, nada antisistema. Podría poner ahora mismo cinco ejemplos de profesores de cada tendencia política (desde la extrema derecha a la extrema izquierda, pasando por el PSOE, el PP, UPyD o IU) que se han opuesto a Bolonia con el único denominador común de ser, probablemente, unos buenos profesores que aman su profesión y que, sencillamente, no soportan ver cómo se desmonta pieza a pieza su Universidad. Un disparate también por lo que toca a los estudiantes, porque, sin lugar a dudas, no ha existido jamás un movimiento estudiantil más responsable, riguroso, informado y respetuoso de las instituciones como ha sido el movimiento antibolonia. Y no porque no sean -o no seamos algunos- “antisistema”. Sino porque en esta ocasión se está luchando para impedir que “el sistema” destruya lo que es, precisamente, una institución: la institución universitaria.

Hubo un tiempo en el que la sociedad estaba orgullosa de tener una Universidad. Ahora se han invertido las cosas. En lugar de celebrar el respeto que la sociedad le ha otorgado siempre a la Universidad, se ha jaleado a la sociedad para avergonzarse de ella. Una campaña de prensa inaudita ha logrado que la ciudadanía abomine del mundo académico que le ha tocado vivir. En lugar de mirar con asombro un edificio que hunde sus raíces en siglos de esfuerzos científicos, en millones de discusiones académicas, en una inagotable tradición experimental y un inabarcable archivo de tesoros bibliográficos, la propaganda mediática ha logrado que la sociedad civil se encare con su Universidad y le exija estar a su servicio. Es como si la ciudadanía se encarara con la Justicia y exigiera un Derecho en estado de sociedad en lugar de una sociedad en estado de Derecho. Ha sido como otorgar legitimidad a un linchamiento alegando que eso era lo que demandaba la sociedad. El lema “una universidad al servicio de la sociedad” ha tenido un éxito rotundo. Incluso hay una publicación del Círculo de Empresarios que lleva ese título (2007). De este modo, en lugar de hacerle un sitio a la investigación desinteresada de la verdad, se ha abogado por poner la verdad al servicio de los intereses empresariales. Lo mismo podría ponerse la Justicia al servicio de las demandas mercantiles, prohibiendo y castigando las sentencias judiciales que no fueran rentables, las que hicieran bajar la Bolsa o las que perjudicaran los intereses de las corporaciones más poderosas. Ya no se trata de que la sociedad busque la Verdad o la Justicia. La sociedad capitalista no puede permitirse el lujo de mantener en barbecho esferas enteras de la vida ciudadana. Un recinto para la Verdad o un recinto para la Justicia es mucho pedir para una sociedad que no ha sido capaz siquiera de respetarle a la Naturaleza su propio recinto. Esta es la civilización de la especulación inmobiliaria. El edificio de la Universidad o el de los Tribunales de Justicia no iban a permanecer incólumes. Se ha colonizado el mar, la tierra y el aire. Así pues, al capital ya no le quedaba más que el mundo inteligible por conquistar. Se han deshelado los polos, se ha contaminado la atmósfera, se ha esterilizado el suelo. El mundo de los negocios ha llegado incluso a cambiar de sitio los glaciares. Ha reventado el subsuelo terrestre con cientos de pruebas nucleares. Ha agujerado la capa de ozono en la estratosfera. Ha desquiciado genéticamente las semillas. ¿Por qué iba a dejar en su sitio el mundo de las exigencias de la razón? ¿Por qué iba a respetar la Verdad o la Justicia sin intentar sacarles partido económico?

Las cosas son como son, eso depende del mundo de los hechos. Pero no SON como DEBEN SER. Hay una instancia desde la que es posible decir que por muy bien que encajen las cosas entre sí, no encajan, sin embargo, con lo que deben ser. A esa instancia le llamamos Razón. La historia de la filosofía ancló en esa instancia las pretensiones de verdad y de justicia, al margen de todos los intereses que podían mover el mundo en una u otra dirección. Y los más grandes filósofos, como Platón y Aristóteles en la antigüedad, identificaron la vida conforme a la razón como la más feliz y la más digna.

Los seres humanos se niegan a perder, por amor a la vida, aquello que hace a la vida digna de ser vivida. Eso pensaban Sócrates, Kant, o -hace no tanto tiempo- Chesterton o Stephan Zweig. Ahora las cosas han cambiado. El siglo XXI ha descubierto que puede hacer dinero con la “sociedad del conocimiento”, aunque sea a costa de arrancar de ella las pretensiones de la razón. De pronto se ha descubierto que los intereses de la Razón no son rentables o que, al menos, no son lo suficientemente rentables a corto o medio plazo. Los intereses de la Razón, en efecto, no cotizan en Bolsa; al contrario, pretenden imponerse desde los Tribunales de Justicia y dictarse desde las torres de marfil de la Universidad. Y la OMC, la UNICE, la CEOE, la OCDE y nuestros ministros de educación decidieron un día que podía ser una buena idea colonizar también el mundo platónico de la Verdad, ya que aquí en la Tierra no quedaba ya nada a lo que exprimir una gota de rentabilidad. Podemos señalar simbólicamente la Declaración de Bolonia en 1999 como el acontecimiento que dio la orden de asalto a los mercenarios neoliberales, aunque el asedio a la ciudad universitaria venía ya de mucho antes. El capital se lanzaba así a la conquista de un Nuevo Mundo, tan prometedor quizás como antaño fueron las Américas. Sin embargo, no se reparó en que no se puede hacer rentable la Verdad sin que deje de ser Verdad, como no se puede hacer rentable la Justicia sin que deje de ser Justicia. No se puede poner el derecho en estado de sociedad sin cargarse el Estado de Derecho.

Es posible, en efecto, que esta ofensiva neoliberal contra la investigación libre y desinteresada no sólo venga a destruir la dignidad por la que merece vivirse la vida, sino que derive, además, en un pésimo negocio vital. Porque a fuerza de poner la ciencia al servicio de la sociedad, perderemos la ciencia por el camino. A fuerza de poner la universidad al servicio de la sociedad, acabaremos sin duda por tener un servicio (una buena empresa de servicios), pero no una universidad. A mediados del siglo XX, Claude Lévi-Strauss, hablando de las relaciones entre universidad y sociedad, declaró que lo ideal era que la sociedad se lo diera todo a la universidad sin pedirle nada a cambio. En esa época nadie le tachó de loco, porque entonces todavía se recordaba que los estudios superiores eran superiores precisamente porque eran superiores, es decir, porque se gestaban por encima del entramado de intereses de la vida profesional; que su método, su ritmo y sus condiciones exigían blindar un recinto desinteresado a salvo de cualquier demanda social y, por supuesto, empresarial. Que esa era, además, la mejor manera de que rindieran su mejor rendimiento: el de ser verdaderos, objetivos y rigurosos. Y que eso era, incluso –aunque eso fuera lo de menos- lo más rentable a largo plazo. Que el mejor negocio que la sociedad podía hacer con la Universidad era dejarla en paz, para que fuera lo que tiene ser, una Universidad, y para poder así enorgullecerse de tenerla.

A decir verdad, en Francia aún se acuerdan de lo que es y debe ser una Universidad. O al menos hay quien se acuerda. La “Declaración de Independencia de las Universidades” y el “Llamamiento internacional a todas las universidades” son textos impecables, un auténtico grito de protesta lanzado desde la tierra en la que se dictó la Declaración de los derechos humanos inaugurando la posibilidad de que las exigencias de la Razón enderezaran el curso de las cosas en lugar de que los intereses de las cosas ahogaran la voz de la Razón. Firmados por los rectores, estos manifiestos han llevado a la huelga a millares de profesores franceses. Pero la cobardía y la pusilanimidad de nuestros rectores han impedido escuchar este llamamiento. Ellos no ven relación con lo que está pasando en España, pues ahí en Francia no hablan de Bolonia, por lo visto. Y es cierto que no: lo que ocurre es que a este lado de los Pirineos, por parte del movimiento estudiantil, tampoco se habla de Bolonia más que para denunciar que Bolonia es otra cosa distinta de lo que se dice que es. Y la cosa en cuestión es, precisamente, punto por punto, lo que motiva los llamamientos franceses: la mercantilización de la enseñanza superior.

Puestos a converger con Europa, podíamos haberlo hecho con estos llamamientos internacionales. Si tres o cuatro rectores españoles hubieran atendido al llamamiento de los rectores franceses, la reconversión mercantil de la Universidad se habría desmoronado, lo mismo que ocurrió con el proyecto neoliberal de la Constitución Europea. Pero en todo este asunto, y salvo contadísimas excepciones, la actitud de los rectores, de los decanos y, sobre todo, de los millares de profesores universitarios españoles ha sido vergonzosa, de una cobardía sin límites, de una ceguera culpable y de una estupidez suicida. Hay que decir que la mayor parte de los profesores ha superado todas las previsiones en cuanto a vileza, hipocresía e indignidad. Muchos de ellos, los que más autoridad tenían precisamente por su condición y su edad, han callado como muertos y se han desinteresado del asunto, pensando que de todos modos no les quedaba mucho tiempo para la jubilación. Otros, más jóvenes, se han lavado las manos huyendo de riesgos y molestias innecesarios. La gran mayoría, haciendo gala de un conformismo sin límites, se ha encogido de hombros, dispuesta a obedecer cualquier cosa que venga de arriba, incluso cuando lo que viene de arriba -como es el caso- es una revolución (una revolución de los ricos contra los pobres, pero una revolución). Se han comportado como una legión de lameculos, arrastrándose servilmente ante cualquier autoridad académica. Se han pasado diez años de reunión en reunión, haciendo la pelota a sus autoridades académicas en un espectáculo obsceno y canalla. Por supuesto, al contrario que el movimiento estudiantil, no se han molestado ni por un momento en leer los documentos oficiales que están a la base de toda la reforma, ni las publicaciones de la ANECA, ni los comunicados de la Comisión Europea, ni los informes y libros blancos del Ministerio. Sencillamente han obedecido órdenes y han callado como miserables.

Pero lo más repugnante de la actitud general del profesorado español es que, además, se ha permitido mirar por encima del hombro al movimiento estudiantil. Sin duda, sospechan que sus protagonistas son tan hipócritas y traidores como ellos mismos lo fueron, con toda seguridad, cuando en su juventud participaban también en encierros, asambleas y manifestaciones. Otros, han puesto el grito en el cielo ante la “violencia” de los estudiantes. Tras diez años acatando órdenes contradictorias y absurdas, tragando propaganda y carros y carretas sin abrir la boca, muchos profesores dieron rienda suelta a su indignación ante el atropello de su libérrima libertad porque, excepcionalmente, unos estudiantes habían puesto silicona en una cerradura o unos globos impidiendo entrar en las clases en un día de huelga. La abyección moral de algunos de estos sujetos llegó al extremo de que algunos se quejaron de que los cuartos de baño que utilizaban los alumnos encerrados en las Universidades olían mal por las mañanas, como si la mierda de los estudiantes oliera, al parecer, peor que la suya. Cagar, sin duda alguna, estos años hemos cagado todos por igual. Pero esos estudiantes que han estado encerrados en las universidades protagonizando una huelga “a la japonesa” han estado haciendo todo este tiempo lo que los profesores no han sabido ni querido hacer: leer las leyes, estudiar los libros blancos, traducir las ponencias de la OMC sobre educación, archivar los documentos, enterarse, en definitiva, de qué demonios estaba realmente pasando en su Universidad. Han estado, sin más, defendiendo la Universidad, mientras sus profesores, sus decanos y sus rectores desertaban de su función pública y la vendían al mejor postor.

Quizás algunos recordarán que las manifestaciones contra la mercantilización de la enseñanza comenzaron luchando contra el Informe Bricall, durante el curso 1999-2000. Cuando estas manifestaciones –que fueron multitudinarias- tomaron las calles, la mayor parte de los profesores y de las autoridades académicas no habían ni oído hablar de semejante informe. El propio Bricall salió en la televisión sorprendido de que hubiera un movimiento estudiantil contra un informe que, en esos momentos, ¡aún no había sido publicado! Sin embargo, cuando finalmente se publicó, se comprobó que el informe Bricall decía exactamente lo que los estudiantes habían dicho que iba a decir. ¿Eran adivinos? No, habían sido muy trabajadores, habían traducido las ponencias sobre educación de la última cumbre de la OMC, habían leído el informe francés y el informe británico sobre la universidad. Así de ignorante comenzó siendo el movimiento estudiantil contra la mercantilización de la enseñanza. Desde entonces, los hechos han ido dando la razón a los estudiantes punto por punto y, por desgracia, en sus peores pronósticos. Ahora, los rectores franceses les han dado la razón, quizás demasiado tarde, por desgracia.

Millares de estudiantes han invertido, en los últimos años, TODO su tiempo en la lucha contra Bolonia. Inexplicablemente, han logrado también invertir TODO su tiempo en aprender Filosofía, Filología, Economía o Historia. Incluso han encontrado tiempo para cuidar su expediente académico, aunque no tanto, por supuesto, como algunos compañeros suyos muy miserables que, sin mover un dedo a favor de su Universidad, han aprovechado para ir cosechando las matrículas de honor, lo que sin duda les reportará pingües beneficios en la competición académica y laboral que se nos viene encima.

Mi primera propuesta es que se escuche a los estudiantes. Ellos se han atrevido ya a realizar cuatro referenda sobre Bolonia y en los cuatro se ha dicho un NO rotundo a este proceso. Las autoridades académicas, en cambio, no se han atrevido a consultar a la comunidad que representan. Algunos contados rectores, todo hay que decirlo, sí que han tenido la valentía de discutir públicamente con los portavoces del movimiento estudiantil. Los que han corrido esta experiencia no creo que se atrevan a decir públicamente que los estudiantes están desinformados. Así pues, les propongo que insten al ministro Gabilondo a debatir con ellos largo y tendido, delante de las cámaras de televisión. Para que haya un debate serio y riguroso hace falta una MORATORIA. En un año, a razón -pongamos por caso- de un debate mensual en televisión y los periódicos, quizás se llegue a aclarar algo de lo que nos estamos jugando. Sobre todo si, mientras tanto, toda esa legión de profesores que llevan años haciendo de su capa un sayo y mirando con magnánima condescendencia a los angelitos del movimiento estudiantil, se ponen a trabajar un poco, por ejemplo, leyendo los fundados argumentos de los estudiantes contra el proceso de Bolonia. Decía Aristóteles que para un profesor no puede haber mayor felicidad que la de ver a su alumno enseñando. En la universidad pública actual hay motivos para sentirse muy feliz (contra lo que se pretende con la actual campaña propagandística de desprestigio de las instituciones públicas). Porque el movimiento estudiantil lleva diez años enseñando muchas cosas, aunque los profesores en general y, sobre todo, las autoridades académicas, han sido los peores alumnos del mundo.

Mi última propuesta llega un poco más lejos. La lucha contra Bolonia no se ha caracterizado –como ya hemos dicho- por su radicalidad antisistema. Eso no quiere decir que los estudiantes que la han protagonizado no sean, al mismo tiempo, muy radicalmente antisistema: antisistema capitalista, por supuesto. Y en esto también han tenido toda la razón en comparación con los pobres y desesperados argumentos esgrimidos por los profesores antibolonia más comprometidos. Después de todo, lo que está ocurriendo con la Universidad no es nada del otro mundo. La revolución neoliberal lleva desde los años ochenta precarizando el mercado laboral, destruyendo todas las conquistas obreras y sindicales, descalabrando el Estado del Bienestar, flexibilizando la vida de las personas, dentro y fuera de Europa, según los requerimientos ciegos e imprevisibles de un mercado genocida. El movimiento antiglobalización lleva mucho tiempo alertando sobre todo este deterioro humano y ecológico. Por el contrario, muchos de los profesores antibolonia –aunque hayan jugado un excelente papel- no se han dado cuenta de lo que era el neoliberalismo más que cuando éste ha llamado a las puertas de su casa, de su Universidad. Y aún así, han conservado su miopía, sin acertar a ver más allá de sus narices. Por fin, el capitalismo salvaje -tras haber levantado muros genocidas por todo el planeta, haber globalizado la miseria y deteriorado la consistencia antropológica más elemental- les ha empezado a salpicar también a ellos. Ahora le ha tocado el turno a la Universidad Pública Europea, eso es todo. Es la lógica del sistema, la lógica de un sistema que choca ya con los límites ecológicos del planeta y con la existencia misma de la mitad de la humanidad, que sobrevive actualmente con menos de dos dólares diarios. Habría sido ridículamente ingenuo pensar que el capitalismo se iba a detener a las puertas de la Universidad.

Propongo por tanto que se emprenda una investigación (financiada por las autoridades académicas) encaminada a conectar lo que está ocurriendo en la Universidad con la lógica que nos ha conducido al abismo de una crisis económica de imprevisibles consecuencias. Porque, como Carlos Taibo decía hace poco en un artículo, Bolonia llega, además, en el peor momento, justo cuando la bonanza económica neoliberal que había inspirado la reforma universitaria, ha llegado a su fin. Ya no es que tengamos un mercado laboral basura. Estamos a las puertas de un mundo basura. Si no ponemos remedio, la Universidad no será una excepción.

1 comentario a BOLONIA Y LA UNIVERSIDAD PÚBLICA - Carlos F. Liria, UCM

Rafael Porlán

Artículo interesante salvo el lamentable párrafo que copio más abajo, donde Líria vuelve a deslizar dos tipos de comentarios que, desde mi punto de vista, destilan defensa corporativista del gremio universitario y defensa numantina implícita de la enseñanza decimonónica universitaria.

Es una pena que una parte de nuestros intelectuales hayan perdido el espíritu crítico, por ejemplo, de la Institución Libre de Enseñanza durante la República, donde se consideraba que el modelo de enseñanza tradicional es un magnífico reproductor de la ideología de la dominación a través del adiestramiento de la conducta de los niños, niñas y jóvenes a la sumisión y a la perdida de autonomía personal, emocional e intelectual.

Yo comparto las dos ideas que Líria critica en este párrafo: la universidad realmente existente es un mal ejemplo de servicio público y se basa en practicas y tradiciones antidemocráticas, burocráticas y muy permisivas para según que cosas; y la enseñanza predominante en la universidad es rancia y obsoleta, y desde luego la mayoría de los alumnos sólo estudian los días antes de los exámenes, aprenden mecánicamente rollos con la memoria a corto plazo y lo olvidan inmediatamente después. Y, además, para sorpresa de Líria y de los que le siguen en la crítica “antipedagógica”, quiero una universidad que siga siendo pública y al servicio de toda la sociedad y no de los intereses del mercado: ni el tardofranquismo sociológico, ni el cambio tecnológico y neoliberal: POR UNA UNIVERSIDAD PÚBLICA, DEMOCRÁTICA Y DE CALIDAD, donde la enseñanza sea un ámbito de experimentación de formas y contenidos comprometidos, críticos, participativos e investigativos.

“……. comenzó a repetirse una y mil veces que en la Universidad todo era corrupción y nepotismo, endogamia e incesto, absentismo y pereza. Se dio por cosa sabida e incuestionable que los profesores no hacían otra cosa que leer apuntes amarillos heredados del franquismo, que los alumnos no estudiaban más que el día anterior a los exámenes, aprendiendo de memoria rollos que no comprendían y que olvidaban inmediatamente después. Se llamó viejos y viejas a los profesores y profesoras, alentando su jubilación anticipada, para que dejaran de hacer daño a los alumnos con la transmisión de sus obsoletos conocimientos. El retrato de los estudiantes no era menos ofensivo: campeones de ignorancia, que no sólo no sabían, sino que no sabían aprender y no sabían tampoco aprender a aprender. ………….. Se acusó a los profesores de no saber enseñar por impartir lecciones magistrales sin utilizar el power point o consumir nuevas tecnologías. Se consideró prueba irrefutable de lo mal que estaba la Universidad el hecho de que hubiera cambiado muy poco desde los tiempos de Newton (cosa que además es falsa), como si todo lo que no cambiara al ritmo insensato del mercado debiera considerarse caducado. ………… En suma, se lanzó sobre la Universidad la acusación más grave que se puede lanzar sobre una institución docente: ahí ni se sabe enseñar, ni se sabe aprender. Había que enseñar a enseñar a los profesores (ATENCIÓN AQUÍ ES DONDE DUELE). Los alumnos debían aprender a aprender. Todo ello como si hasta ahora hubieran estado todos cazando moscas, a la espera de la revolución educativa de Bolonia, en la que, por fin, una legión de psicopedagogos (COMO NO) desembarcaría en la Universidad para enderezar las cosas al gusto, por supuesto, de las demandas empresariales”.

QUE MANÍA CON MEZCLAR EL MERCADO Y LA PEDAGOGÍA ????????? NO SERÁ UNA MEZCLA DE PROGRESISMO ANTICAPITALISTA (que comparto) CON CONSERVADURISMO E IGNORANCIA PSICOPEDAGOGICA Y DIDACTICA (que critico).

Como siempre, con cariño, y en aras de practicar la crítica no sólo contra el sistema externo a nosotros mismos, sino, también, contra lo que todos llevamos puesto en nuestra mente de dicho sistema.

Rafael Porlán
Biólogo y Catedrático de Dídactica de las Ciencias
Miembro de la Plataforma por una Universidad Pública, Democrática y de Calidad de la Universidad de Sevilla.
Coordinador de la campaña por el MANIFIESTO PEDAGÓGICO “NO ES VERDAD” y miembro de la Red de Docentes de todos los niveles del sistema educativo RED IRES (Investigación y Renovación Escolar)
http://www.redires.net