José Carlos Bermejo Barrera: Cómo matar una democracia

José Carlos Bermejo Barrera: Cómo matar una democracia

Decían los antiguos que la Historia es la maestra de la vida. La mayoría de los modernos, por el contrario, creen que la Historia no sirve para nada. Los historiadores, que sólo sabemos profetizar lo que ya pasó, no tendríamos así nada que decir del presente, y mucho menos del futuro. Yo creo que, si bien es cierto que la Historia no permite predecir lo que va a ocurrir, sí permite comprender por qué nuestros antepasados actuaron o pensaron de una determinada forma, y cómo muchas veces se equivocaron al analizar la situación del tiempo que les tocó vivir.

Un buen ejemplo de ello lo tenemos en la Europa de los años 20 y 30 en la que numerosos filósofos, historiadores, escritores y científicos de Alemania, Inglaterra, Francia, Italia, España y muchos otros países llegaron a la conclusión de que la democracia parlamentaria debería ser sustituida por otros regímenes políticos nuevos, ya fuesen comunistas o fascistas.

Llegó así a ser un lugar común la idea de que la democracia ni es un régimen en el que gobierna el pueblo, ni tampoco el régimen que mejor puede atender sus intereses. De acuerdo con estos autores, los regímenes parlamentarios no serían más que el instrumento mediante el cual unas oligarquías políticas rivales se disputaban el acceso al poder, no con el fin de resolver los problemas públicos, sino de apoderarse de la función pública con vistas al enriquecimiento personal y de sus organizaciones, ya fuese mediante la ocupación de cargos, o bien mediante el uso de medios paralegales o ilegales, que les permitiesen establecer lazos de todo tipo con el mundo del dinero.

Todos los partidos políticos serían básicamente iguales en su composición, en sus estrategias y en sus modos de proceder. Cada uno de ellos no sería más que una máquina de conseguir votos mediante campañas en las que se hacían promesas que no se pensaban cumplir en la mayor parte de los casos. Una máquina que se distanciaba de sus votantes y de la sociedad en general, una vez conseguido el poder, y que sólo buscaba reproducirse a sí misma y a sus redes sociales, en las que se incluirían desde familiares de sus líderes y militantes, hasta todo tipo de contactos con el mundo de la empresa , el poder económico, militar, religioso o de cualquier otro tipo.

Una característica esencial de esos partidos sería su incapacidad para resolver los gravísimos problemas económicos que habían surgido tras la crisis de 1929, y de responder, según algunos de estos intelectuales, a la amenaza que representaba para toda Europa una revolución comunista.

La crisis económica, el miedo a la revolución y la incapacidad y corrupción de los partidos abrieron así el camino al fascismo, un camino que, como el que lleva al infierno, pudo estar en algún caso empedrado de buenas intenciones. Y un camino que se vio facilitado por la aparición de unos medios de comunicación de masas que se dieron cuenta de que la propaganda era mucho más rentable que la información veraz y crítica, ya fuese al servicio del partido gobernante en una democracia o de un partido totalitario.

En la España actual, salida no hace tanto de un régimen nacido en esas circunstancias, la historia parece querer repetirse parcialmente. En efecto, desde hace algunos años nuestros partidos políticos han perdido el vigor con el que se había iniciado la transición democrática.

Sus ideas se han debilitado y difuminado hasta formar un discurso débil, basado, más que en argumentaciones, en lemas cada vez más vacíos destinados a la publicidad electoral. El nivel intelectual y político de la mayor parte de sus líderes ha caído estrepitosamente, y parecen estar constantemente asesorados por expertos en marketing y publicidad que les redactan sus guiones.

Sus programas políticos son básicamente iguales, excepto en las promesas oportunistas que ofrecen guiados por sus asesores de imagen. Su incapacidad para hacer frente a la crisis económica y los problemas reales de la sociedad es cada vez más notoria en todos los casos. Y lo que es más dramático, su distanciamiento de la sociedad es casi total. Los líderes políticos prácticamente sólo hablan de sí mismos y de sus congéneres en una carrera suicida en la que pretenden demostrar que son los demás los que son corruptos, porque no tienen otra cosa que decir, y porque la corrupción da la impresión, caso tras caso, de invadirlos a todos por igual. Con ello van consiguiendo hundirse mutuamente en el descrédito y extenderlo a todo el sistema político.

Si a ello sumamos unos medios de comunicación débiles y necesitados en muchos casos de las subvenciones públicas, a los que les resulta cada vez más difícil conservar su independencia, y que también creen que la bajada del nivel de la información, la intoxicación de la misma con la política de los partidos, que sólo parecen competir con los deportes y unos reality shows en los que hay muy poco de verdadera realidad, es lo único rentable. Podremos entonces comprender que, ante una amenaza militar grave, o ante una crisis económica que puede llegar a desbordarlo todo, un nuevo camino del infierno pueda volver a ser considerado atractivo por algunos.