Francisco Fernández Buey: Los estudiantes en la escena pública

Francisco Fernández Buey: Los estudiantes en la escena pública
Los universitarios no están al margen de lo que ocurre
Hacen política pero de manera distinta a la que se realiza a través de los partidos
Quieren una democracia de verdad y desearían participar en un ágora limpia
Francisco Fernández Buey es catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universitat Pompeu Fabra.

Desde hace ya muchos años se viene diciendo que los estudiantes universitarios pasan de la política o la desprecian. Pero ¿realmente es así? Los estudios sociológicos que se han hecho en España y en otros países parecen confirmar esa impresión. Y lo que se escucha al respecto en las universidades parece ir en la misma dirección. La mayoría de los profesores universitarios que tienen contacto directo con los estudiantes fuera de las aulas estaría de acuerdo en que es así. Y algunos de estos profesores lo han dicho en las últimas décadas, unas veces describiendo sin más lo que ven y lo que oyen en las universidades, y otras, con cierta preocupación por lo que consideran desafección de los jóvenes respecto de las instituciones democráticas. También yo he tenido experiencias en estos últimos años que van por el mismo camino. No hace mucho, al anunciar un curso sobre ética y filosofía política, varios estudiantes vinieron a preguntarme de qué iba a tratar en realidad, y ya antes de que empezara a describir el temario, me adelantaron: "Porque si va a tratar usted de ética nos matriculamos, pero si va a hablar de política no nos interesa". Más claro, agua.

Y, sin embargo, quedarse en esta primera impresión o seguir repitiendo sin más precisiones el tópico de la despolitización de los estudiantes resultaría trivial. Deberíamos empezar por preguntarnos de qué estudiantes estamos hablando y de qué hablan los estudiantes cuando dicen que no quieren ni oír hablar de política. Pues, a poco que se investigue sobre la cosa, enseguida se da cuenta uno de que muchas personas de edad, dignidad y gobierno, que se quejan amargamente de la despolitización de los estudiantes universitarios, luego escriben aún más críticamente cuando los estudiantes salen a la calle protestando contra los planes económicos de los que mandan en el mundo, contra el Plan Bolonia o, por la acera de enfrente, contra la ampliación de los supuestos en la interrupción del embarazo o contra las medidas de control de las actividades de los jóvenes propugnadas por tales o cuales ayuntamientos.

Como es evidente que también estas manifestaciones son expresión de actitudes políticas y que en ellas participan muchos estudiantes, no será ocioso preguntarse si cuando decimos que los estudiantes universitarios están despolitizados, o que desprecian la política, no estaremos queriendo decir que no hacen nuestra política, o sea, la política que al patriarca que se queja le gustaría que hicieran. Teniendo en cuenta que la queja de los mayores, profesores o no, sobre la despolitización de los estudiantes está tan extendida como la crítica a las acciones politizadas de minorías estudiantiles que no nos gustan y a las que a veces se llama radicales o antisistema, la segunda pregunta que conviene hacerse es si esto que ocurre ahora es en verdad una novedad.

Yo creo que no, que no es una novedad. En los cuarenta y tantos años que llevo ya en la Universidad, primero como estudiante y luego como profesor, he escuchado tantas veces el mismo o parecido sermón de los mayores, primero sobre la despolitización de los jóvenes universitarios y luego sobre su mala politización, que tengo motivos para desconfiar de lo que ahora se presenta como novedad. Más bien me inclino a seguir considerando el asunto desde el punto de vista del conflicto entre generaciones, latente unas veces y agudo en ocasiones.

Hace 50 años los mandamases y las autoridades universitarias se dividían en dos: los que predicaban el fin de las ideologías y pretendían explicar con eso la despolitización de los estudiantes de entonces y los que, más o menos cínicamente, como el general Franco y sus acólitos, predicaban que había que hacer como ellos, o sea, no meterse en política. Unos y otros se vieron sorprendidos por lo inesperado: la revuelta estudiantil de 1968, que negó en la práctica el fin de las ideologías y negó también la forma autoritaria de hacer política diciendo al mismo tiempo que no se hacía.

Ya eso debería darnos una pista para interpretar lo que pasa hoy. Ahora, los portavoces del sistema político existente y buena parte de las autoridades universitarias no suelen decir ya a los estudiantes jóvenes que hagan como ellos, o sea, que no se metan en política, pero lo que les dicen es una variante de lo mismo, a saber: que no se metan en la política que están haciendo las minorías o que hagan política como mandan los cánones establecidos por quienes los han establecido, o sea, por los mismos que dan consejos. Se entiende que hacer política o meterse en política, según este discurso, tiene que ser necesariamente actuar en el marco del sistema de partidos políticos del arco institucional respetando normas, leyes, estatutos y reglas del juego instituidas por los mayores. Fuera de eso hay peligro (para la democracia). Y aunque quienes repiten eso son muchas veces personas cultas y leídas que se adornan con citas de los clásicos, invierten el célebre verso de Hölderlin: "Donde hay peligro no hay salvación".

Los jóvenes universitarios (y no sólo ellos) perciben la actuación práctica del sistema de partidos realmente existente como una indecencia y el argumento de que hubo en el pasado indecencias mayores les suena a coartada. De manera que hay que ponerse muy cínico para decirles que actúen en política como están actuando los principales partidos políticos del arco institucional (aquí y en otros muchos sitios). Y el disco sobre la otra forma de hacer política, que siempre se les suele poner a los jóvenes cuando las cosas ya huelen demasiado mal o en los meses inmediatamente anteriores a las elecciones, está demasiado rayado para que alguien quiera oírlo en la época del MP3.

Por supuesto, siempre hay y ha habido estudiantes universitarios dispuestos a emular el cinismo de los mayores, a escuchar discos rayados o a tragarse sapos cum grano salis parecidos a los que se tragan los cínicos de provecta edad y con mando en plaza. Esos son los dispuestos a trepar desde jóvenes haciendo carrera en los principales partidos políticos del arco institucional. Pero si yo no estoy ciego (que podría ser), esos estudiantes son también pocos, una minoría, más minoritaria, desde luego, que la minoría estudiantil radical que realmente hace política hoy en día.

Por ahí se puede entrar ya al fondo del asunto. La mayoría de los estudiantes universitarios no quiere ni oír hablar de política en la acepción que esta palabra tiene hoy entre quienes hacen política institucional o profesionalmente. Pero, en cambio, muchos suelen escuchar con atención lo que se les dice sobre la acepción noble que la palabra política ha tenido en la historia desde los griegos, o sea, sobre la participación de los ciudadanos en los asuntos de la polis o sobre la política como extensión de la ética a la vida colectiva. Y se puede añadir que son bastantes los que, además, actúan en consecuencia. En este segmento hay que incluir no sólo a los estudiantes que actualmente denuncian la orientación principal de las políticas universitarias y elevan su voz crítica frente a medidas de las que disienten, sino también a muchos colectivos y asociaciones que, coincidiendo o sin coincidir en esta crítica, colaboran con organizaciones que dedican sus esfuerzos a la solidaridad con los excluidos, a la lucha contra el hambre, a la defensa de los derechos humanos, a la cooperación con los pueblos y culturas oprimidas, a organizar movimientos sociales críticos y alternativos o a trabajar en lo que se llama altermundismo.

Son estos estudiantes universitarios los que en realidad hacen política de otra manera. Muchos de ellos seguramente dirán a los sociólogos y encuestadores que no quieren saber nada de política. Pero hay que entenderlos: lo que en realidad están diciendo (y eso no siempre cabe en la respuesta a una encuesta) es que no les interesa la política que se hace habitualmente en el actual sistema de partidos políticos. Y no porque estén en contra de la democracia, sino precisamente porque quieren una democracia de verdad y desearían participar en un ágora limpia. Así que, en vez de echarles la bronca cotidiana y recurrente por su despolitización o por su mala politización, mejor sería escucharles y colaborar con ellos a la limpieza del ágora. Que falta hace.

El País, 12/11/09