Jaime Gómez Márquez: Acreditaciones a catedrático

Jaime Gómez Márquez: Acreditaciones a catedrático
Jaime Gómez Márquez, decano de Biología USC

La acreditación como requisito previo de calidad para acceder al cuerpo universitario de catedráticos me parece una medida acertada. Para ser catedrático los sexenios son una condición necesaria pero no suficiente ya que solo reflejan la actividad investigadora o equivalente. Obviamente también hay que valorar la docencia, pero como todos los docentes somos estupendos, el equivalente a los sexenios, el quinquenio, se le da todo el mundo. Esto permite que en la práctica se pueda ser mal profesor o haber tenido una escasa dedicación docente y llegar a catedrático sin ser una lumbrera científica. Por otra parte, aquellos profesores que han estado dedicados a la gestión, deberían también ser promocionados por su institución porque para hacer bien su trabajo han tenido que renunciar muchas veces a la investigación.

En este tema de las acreditaciones nos movemos entre la demagogia y lo políticamente correcto. Algunos dicen "cátedras para todos los acreditados", sin tener en cuenta ni el coste económico ni la trayectoria universitaria de cada acreditado. Otros proponen que hay que tener en cuenta el género, la realidad bi-campus, las grandes áreas, etc., es decir, todo menos una valoración de la institución sobre la calidad académica y científica de los acreditados/as. Se da por supuesto que todos/as los acreditados son unos grandes investigadores y unos docentes maravillosos. Esto, además de no ser siempre cierto, cada vez nos aleja más de una Universidad seria y de prestigio. ¿Qué sucede en el caso de un acreditado con 4 sexenios que recibe una valoración muy deficiente (menor de 2 en un rango de 1 a 5) de los estudiantes? ¿Debería ser catedrático? Creo que no, aunque tenga el beneplácito de la Aneca.

La Universidad debe promocionar a sus mejores profesores. Y hacerlo con celeridad. Si el acreditado por la Aneca se lo merece, no debería importar para nada si se es mujer u hombre, si se está en Santiago o Lugo o si hay muchos o pocos catedráticos en el área. Hay que promocionar al que vale, sin mirar género, campus, grandes áreas o antigüedad (la antigüedad no indica nada sobre la valía profesional). Una vez superada la acreditación, la Universidad tiene que valorar individualmente los méritos de cada persona y su contribución al progreso y prestigio de la Universidad -en la ciencia, la cultura, la tecnología, la divulgación- y no solo al suyo propio. Sin menoscabo de la competencia que tenga el Consello de Goberno, esa valoración podría hacerse por parte de una Comisión formada por personas de reconocido prestigio docente e investigador, elegidas por el Claustro a propuesta del rector. Así, nuestro parlamento interviene en la selección y promoción de los mejores en cada área. La traducción directa (acreditado = catedrático) que pretende hacer algún colectivo de acreditados no la comparto y su forma de actuar corporativa tampoco. Los colectivos suelen ser conjuntos muy heterogéneos que son útiles, sobre todo, a los que individualmente tendrían dificultades de alcanzar un objetivo concreto. Estamos hablando de promoción personal no colectiva. Poner condiciones a los candidatos a rector/a, como ha hecho un grupo de acreditados a catedrático, es una forma de presión a la que ningún candidato debería someterse. Plegarse a las peticiones de colectivos para obtener sus votos es peligroso. El chocolate para todos puede ser muy indigesto. Todos los acreditados tienen el derecho a promocionarse a catedrático/a, pero es la Universidad la que tiene que establecer unos criterios para ello, criterios que deben ser transparentes, exigentes, académicos y, en estos tiempos, también económicos aunque esta limitación nunca debe afectar a quien sino el cuando.

El Correo Gallego, 24/10/09