Juan Torres López: Calidad ¿de qué?

Juan Torres López: Calidad ¿de qué?

Por razones que no vienen al caso, en los últimos días he tenido que visitar las páginas web de casi todas las universidades españolas buscando programas de algunas asignaturas. Aunque hay alguna excepción honorable, por lo general ha sido una experiencia terrible y no sólo en grandes universidades sino incluso en otras más pequeñas y de las que a sí mismas se califican como de excelencia.

Los caminos para llegar a través de la red son inescrutables, sin orden ni concierto. Las entradas están escondidas o entrecruzadas sin lógica aparente alguna, los enlaces no funcionan, los departamentos no informan, cuando llegas la información está caducada, los datos no son ciertos... Con todo eso me he encontrado muy a menudo.  En muchos casos es sencillamente imposible saber algo tan elemental como los temas que se imparten en las asignaturas de los diferentes planes de estudios y cuando se consigue es a base de dar vueltas y vueltas por la web y perdiendo infinidad de tiempo.

En todas ellas, sin embargo, aparece el bien surtido ejército de responsables de calidad de los rectorados, de los servicios, de los centros, y ya pronto de los departamentos y quién sabe si, el día de mañana, de cada uno de nosotros personalmente. Cada dos por tres, los profesores tenemos que rellenar impresos, elaborar memorias y someternos a controles de calidad de todo tipo pero, a la hora de la verdad, las cuestiones más elementales de las que depende que proporcionemos un buen servicio a nuestros alumnos y a la sociedad se quedan sin resolver o no funcionan correctamente.

Es bastante significativo que lo que mucha gente considera un progresivo deterioro del servicio público de la educación universitaria se haya venido dando paralelamente a la generalización de las llamadas políticas de calidad. Cada vez hay más preocupación, al menos aparente, por la calidad, dedicamos más recursos a poner en marcha estrategias que dicen perseguirla y hay más personas dedicadas a establecerla en nuestras universidades. Y eso permite obtener cada vez más certificados y sellos, a su vez cada vez más complejos y caros (por cierto, como si la enseñanza tuviera la misma naturaleza, por decir algo, que el servicio de reposición de un supermercado) que reclaman enseguida nuevos servicios de calidad, protocolos más complicados, equipos de expertos más grandes y más dinero para financiarlos.

Me temo que lo ocurrido es que la calidad nació como un negocio y por eso se ha consolidado como un fin en sí mismo sin que esté siempre claro al servicio de qué está.

Al aplicarse estas políticas sin poner en cuestión abierta y claramente el fin que deben perseguir, lo que se consigue es crear procedimientos estandarizados que enjaulan la iniciativa y que homogeneizan los comportamientos pero que, al fin y a la postre, no mejoran sustancialmente lo que es fundamental en la vida universitaria: la generación del conocimiento y su transmisión efectiva a los estudiantes. Por eso fallan en asuntos tan elementales como la información en las páginas web que analizaba antes: seguro que todas ellas han pasado criterios estándares a la hora de realizarlas, pero no una revisión realista por parte de quienes deben utilizarlas. Y así sucede también en las bibliotecas, en los protocolos que se establecen para la docencia, por no hablar de los que se imponen para evaluar la investigación, y en tantos otros ámbitos.

Es una prueba más de que no basta con montar un negocio para que las cosas funcionen. Se puede ganar mucho dinero haciendo políticas de calidad pero su eficacia, tal y como se vienen aplicando, es muy discutible. Algo, seguramente, que todo el mundo sabe pero que casi todos callan.

Ganas de escribir, 21/03/10