Ralph Nader: Los bancos son los propietarios del Congreso

Ralph Nader: Los bancos son los propietarios del Congreso
Ralph Nader es abogado y escritor. Se presentó a candidato a la presidencia de Estados Unidos. Se último libro es la novela Only the Super-Rich Can Save Us!

Una sociedad que no advierte los signos de su propia decadencia porque su ideología es un mito continuo de progreso, se separa de la realidad y se envuelve en la ilusión.

Un criterio por el cual calibrar la decadencia en nuestro país de la vida cultural, política y económica es responder a esta pregunta: ¿las fuerzas del poder, que han fracasado de forma demostrable, se han vuelto más fuertes después de que los daños ampliamente percibidos que han causado se conviertan en un tema del dominio público?

El deterioro económico es generalizado. La pobreza, el desempleo, las ejecuciones hipotecarias, la exportación de empleos, la deuda de los consumidores, el desgaste de las pensiones y la infraestructura deteriorada están bien documentados. La autodestrucción de los gigantes financieros de Wall Street, con sus saqueos y vaciados de billones del dinero de otras personas, ha protagonizado los titulares de prensa desde hace dos años. Durante y después de sus gigantescos rescates impositivos por parte de Washington, los bancos et al. son aún la fuerza más poderosa en la determinación de la naturaleza de las leyes correctivas propuestas.    

“Los bancos se han enseñoreado de este lugar”, dice el senador Richard Durbin (demócrata por Illinois), evocando la opinión de muchos miembros del abúlico Congreso dispuestos a aprobar sólo una endeble legislación para proteger al consumidor e inversor mientras permiten que dominen los cada vez menos y más grandes bancos.

¿Quién no se ha encontrado con las estafas y la unilateral letra pequeña de la industria de las tarjetas de crédito? Un proyecto de reforma legal finalmente se ha aprobado después de años de demora, pero de nuevo resulta débil e incompleto. Impúdicas respecto a sus extorsiones, las compañías ya tienen a sus abogados trabajando en esquemas para evitar la estenosis moderada de la ley.

La industria aseguradora de los fármacos y la salud, un enjambre con miles de cabilderos, tiene más o menos lo que quería en la nueva ley sanitaria. Las aseguradoras tienen millones de nuevos clientes subsidiados con cientos de miles de millones de dólares de los contribuyentes con muy poca regulación. Las compañías farmacéuticas ya han salido airosas: la no importación de idénticos fármacos más baratos, ninguna autoridad del Tío Sam para negociar descuentos de precios, y una muy provechosa extensión del monopolio de protección de patentes sobre los fármacos biológicos contra la más barata competencia de los genéricos.

A pesar de todos sus fraudes, a pesar de todas sus exclusiones, sus negativas a los reclamos y restricciones de beneficios, y a pesar de todos sus incrementos horrendos de precios, las dos industrias han salido más reforzadas que nunca tanto económica como políticamente. Poco es de extrañar que sus acciones estén subiendo incluso en la recesión.

La industria procesadora de comida basura –a la defensiva últimamente con motivo de algunos excelentes documentales y revelaciones− es aún uno de los más influyentes poderes en el Capitolio, ahora que vuelve a retrasarse durante años una ley de seguridad alimentaria decente, al hacer uso de impuestos para bombear grasa, azúcar y sal a los estómagos de nuestros niños, y mediante la lucha contra los controles pertinentes. Los alimentos contaminados en los EEUU causan más de 7.000 muertes al año, así como muchos millones de enfermedades.

Las compañías del petróleo, del gas, del carbón y de la energía nuclear están desplumando a los consumidores y a los contribuyentes, agotando y poniendo en peligro el medio ambiente, sin embargo continúan bloqueando la legislación racional de la energía en el Congreso para reemplazar carbón y uranio con tecnología de eficiencia energética y energías renovables. 

Incluso ahora, después de años de sobrecostes y pérdidas y la ausencia de almacenamiento permanente para los residuos radiactivos, la industria nuclear tiene al presidente Obama, y antes a George W. Bush, presionando por muchas decenas de miles de millones de dólares en préstamos de los contribuyentes para nuevas centrales nucleares. Wall Street no financiará una tecnología tan arriesgada sin ustedes, los contribuyentes, como garantía contra cualquier accidente o fallo.

Tanto demócratas como republicanos pasan sobre estos ultrajantes riesgos financieros y de seguridad para los contribuyentes.

El Congreso, que recibe la parte principal de este cabildeo corporativo –la zanahoria del dinero y el palo de los desafíos financieros correspondientes− es más que nunca un obstáculo para cualquier cambio. En el pasado, después de los importantes fracasos de la industria y del comercio, existió una mayor posibilidad de acción por parte del Congreso. Recuérdese el derrumbe bancario y de Wall Street en los primeros años de la década de los 30 del siglo pasado. El Congreso y Franklin Delano Roosevelt confeccionaron una legislación que salvó a los bancos, los ahorros de la gente y reguló el mercado de valores.

Desde que apareció mi libro Inseguro a cualquier velocidad: Los peligros de diseño del automóvil americano, publicado en noviembre de 1965, llevó justo nueve meses al gobierno federal para regular a la poderosa industria automovilística sobre la seguridad y la eficiencia del combustible.  

Compárese con los dos años de retraso después de la caída de Bear Stearns para lo que aún no hay legislación, y lo que está pendiente es débil.

Sin embargo, los atrincherados miembros del Congreso, responsables de esta paralización asombrosa, son casi imposible de desalojar incluso cuando las encuestas muestran al Congreso con una reputación más baja que nunca. Es un lugar donde la mayoría está aterrorizada por las empresas y la minoría puede bloquear incluso los esfuerzos legislativos más anémicos con reglas arcaicas, especialmente en el Senado.

Culturalmente, los canarios en esta mina de carbón son los niños. La infancia ha sido comercializada por los gigantes del márquetin buscando llegar a ellos a toda hora con la comida basura, los programas violentos, los videojuegos y la mala medicina. El resultado es la obesidad récord, la diabetes infantil y otras dolencias.

Mientras las compañías socavan la autoridad parental, se ríen de camino al banco, utilizando nuestro espacio radioeléctrico, entre otros medios de comunicación, para su lucro. Pueden ser descritos como abusadores electrónicos de niños.

En 1996 publicamos un libro titulado Children First!: A Parent’s Guide to Fighting Corporate Predators in the Media (Los niños primero: una guía parental para luchar contra las corporaciones depredadores en los medios de comunicación). Este libro infravalora el problema visto el empeoramiento de la manipulación de la niñez a día de hoy.

24 horas al día, 7 días a la semana, en una sociedad frenéticamente entretenida con mordiscos sonoros, Blackberries, iPods, mensajes de texto y correos electrónicos, existe una profunda necesidad de reflexión e introspección. Tenemos que discutir cara a cara en salones, auditorios escolares, plazas de pueblo y asambleas urbanas qué nos está pasando y qué pasa con nuestros menguantes procesos democráticos debido a las presiones y controles del insaciable Estado corporativo.

Y sobre qué debe hacerse desde los hogares a los foros públicos y mercados con modelos superiores viejos y nuevos, nuevas responsabilidades y nuevas ideas.

Nuestra historia nos ha mostrado que cuando la gente está más comprometida y juiciosa, vive mejor en todos los frentes.

Traducción para www.sinpermiso,info: Daniel Raventós

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Counterpunch.org, 30 marzo 2010

sinpermiso, 04/04/10