José Carlos Bermejo Barrera: Libertad, igualdad y banalidad

José Carlos Bermejo Barrera: Libertad, igualdad y banalidad

Todas las sociedades democráticas se basan en la existencia de la esfera de la opinión pública, gracias a la cual la población puede llegar a tener conocimiento de los problemas que afectan al interés común. Y es parte esencial de ella la prensa, uno de cuyos deberes es facilitar a la sociedad el conocimiento de los asuntos públicos de un modo transparente.

Hay sin embargo algunas instituciones, como las universidades, que parecen ser poco amigas de la transparencia, pues sus miembros o sus gobernantes a veces parecen querer inundarlo todo con su propio discurso, ayudados por la amplitud de sus conocimientos. Pero puede darse el caso, como está ocurriendo en Galicia, de que el desarrollo de campañas electorales en el seno académico ponga de manifiesto un grave mal que estas instituciones padecen, que es ni más ni menos que la banalización de ideas y valores y su progresivo alejamiento de la realidad.

Están las universidades impregnadas de una retórica perversa, pues en ellas se confunde el ejercicio de la democracia con la captación del voto a cualquier precio, y se puede llegar a trivializar conceptos políticos básicos, como los de libertad e igualdad y a utilizar cualquier medio para lograr un voto.

En ellas se debe decir que todos somos iguales, lo cual si bien es cierto a nivel moral y jurídico, no lo es en el terreno institucional. Se admite que todos los alumnos son esencialmente iguales, pero se los juzga con unas notas que pueden ir del cero al diez, y que dejan muy claro que entre ellos los hay vagos y trabajadores e inteligentes en mayor o menor grado. Las diferencias de saber entre el alumnado y su subordinación a los profesores no son de aplicación en el cuerpo de los propios profesores, pues en él se debe admitir que todos son iguales. Lo que si bien es cierto moral y jurídicamente, no lo es desde un punto de vista institucional, pues hay profesores brillantes y otros que lo son menos, y también los hay más o menos dedicados a su labor.

Electoralmente se cree que todos los profesores son equivalentes, pues todos son votantes, y muchos, elegibles. La legitimidad de un profesor no parece derivar de su categoría intelectual sino de su habilidad electoral y de su capacidad de negociar y moverse entre bambalinas. Ello es en cierto modo inevitable en cualquier organización, pero el problema al que nos enfrentamos es que la ausencia de criterios de valoración ha llevado a la universidad a convertirse en un patio de monipodio electoral en el que pueden vivirse hechos gravísimos.

Me refiero al lamentable episodio en el que un candidato a rector de la Universidad de Vigo, antiguo alto cargo del Gobierno, ha tenido que ver retirado su vídeo promocional por tratarse de un vídeo sexista y carente del más mínimo atisbo de ingenio, en el que el candidato se ofrece como garante de la satisfacción sexual. En una campaña en la que la relectura de una frase de Belén Esteban sirve a la vez como lema de una nueva universidad que quiere vender a la opinión pública en una época de gravísima crisis económica su supuesta capacidad de innovar y de crear el conocimiento para la Galicia del futuro.

Quizás este vídeo no sea más que un síntoma de la pérdida de credibilidad de un sistema de gobierno universitario que pide a gritos ser reformado de pies a cabeza si se desea que nuestras universidades cumplan con su cometido y sirvan al interés común.

La Voz de Galicia, 21/05/10