Desiderio Vaquerizo: Pánico en las aulas

PánicoDesiderio Vaquerizo: Pánico en las aulas
Desiderio Vaquerizo, catedrático de Arqueología en la Universidad de Córdoba

Comienza un nuevo curso académico, y en la Facultad de Filosofía y Letras (por sólo citar la que mejor conozco) lo hemos iniciado con la jubilación anticipada de casi una decena de profesores y profesoras que se retiran de la labor docente en plena productividad, cuando seguramente se encuentran más maduros y fecundos para regalarnos a todos con su solvencia. ¿Qué está ocurriendo para que científicos y docentes de tanto peso (muchos de ellos la flor y la nata de la comunidad universitaria, además de vocacionales convencidos) den la espantada y prefieran pasar "a mejor vida", antes que continuar en activo, con lo que ello supone de estímulo y realización personal? Quede claro de entrada, para aquéllos que debido a la crisis y al paro los tachen de insolidarios, que su marcha ahorra dinero a la empresa-

Destaca, en primer término, la sensación de agotamiento y desánimo que compartimos muchos profesores universitarios. La sobrecarga, los cambios permanentes, la devaluación de nuestro trabajo, el reparto diferencial del mismo, la pérdida de fe en la institución y de entusiasmo ante un estado de cosas que no hace sino empeorar, son argumentos de mucho peso a la hora de renunciar a la que ha sido tu profesión, casi tu vida. Basta pensar en la que se nos viene encima con la adaptación de la enseñanza al denominado "Modelo Bolonia" para que a uno le den ganas de salir corriendo. Sé que es difícil de entender para quien no esté al tanto de cómo funcionan las aulas universitarias; por eso, quizás les ayude si les digo que en esencia, y simplificando mucho, Bolonia equivale a la Logse, que infravalora la lección magistral y estimula la promoción automática del alumnado. ¿Les parece lógico que dos de los criterios de calidad en la Universidad española, importantes a la hora de obtener financiación, sean el número de alumnos y el de aprobados? Esto ha conducido ya, en los últimos años, a una disminución escandalosa del nivel académico que nuestro país arrastrará durante generaciones. Piensen en un futuro (¿o es ya presente?) en el que los profesores encargados de enseñar a nuestros hijos escriban en la pizarra (o donde se haga entonces) con faltas de ortografía, manifiestamente incapaces de expresar un razonamiento abstracto- Espeluznante.

Ese futuro se percibe con tanta incertidumbre que muchos han debido pensar "ahora o nunca", conforme al criterio perfectamente comprensible de "sálvese quien pueda". Si no se produce un cambio de rumbo determinante en la coyuntura económica internacional (poco probable, me temo), es fácil que en pocos años desaparezcan la prejubilación e incluso las pensiones; al menos en la forma en que las conocemos o las percibimos ahora. Europa no está en grado de soportar el envejecimiento masivo de su población, ni el volumen ingente de pensionistas que debe sostener una población activa cada vez más reducida y explotada. Ha quedado claramente en evidencia hace sólo unas semanas en Francia y así lo ha reconocido por primera vez Zapatero. Pero, mientras, nuestros gobiernos siguen mirando hacia otro lado, confundiendo el culo con las témporas y sin atacar las causas reales de los problemas. ¿No creen que si en España hubiera de verdad cuatro millones de parados avanzaríamos cada día entre barricadas? Habría que emprender una reforma laboral, sí, pero de signo completamente diferente, destinada a combatir de verdad el fraude, racionalizar recursos y corregir injusticias, midiendo a todos con el mismo rasero; incluidos los políticos, que, por si acaso, tienen buen cuidado en asegurar su futuro y hacerse los suecos. Una vergüenza que aleja al ciudadano cada vez más de las instituciones, cansado de ver cómo sus impuestos (incluidos los recortes salariales) se destinan al despilfarro y la fanfarria. Vivimos en un país de trapaceros y, por desgracia, muchos no saben qué significan las palabras honestidad y ética.

¿Cómo no entender, pues, que quien tenga la oportunidad de marcharse manteniendo más o menos su poder adquisitivo lo haga sin siquiera mirar atrás? Otra cosa muy diferente es que el sistema sea sostenible. Pero, entenderse, se entiende. Muchos de los que nos veremos obligados a trabajar hasta los sesenta y siete años (si es que para ahí la cosa) nos retiraremos tras más de cuatro décadas de servicio y cotización, sin garantías de que para entonces (¿quedará todavía algo para repartir-?) nuestro esfuerzo se vaya a ver recompensado, o lo haga en proporción a la ingente cantidad de dinero aportado al patrimonio común durante ese tiempo; eso, suponiendo que lleguemos, o que, ya viejecitos, nos acordemos aún de cómo nos llamamos, o de tomarnos la "pastillita". En la enseñanza dos y dos no son siempre cuatro, y el desgaste psicológico que supone enfrentar a diario la complejísima dinámica universitaria debería también ser tenido muy en cuenta a la hora de regular nuestra edad de jubilación. Con esa garantía, tal vez evitaríamos esta angustiosa sensación de pánico, y no saldríamos a la carrera en cuanto se nos da la menor oportunidad.

Córdoba, 18/09/10