Irene Vélez: Patentar la vida es acabar con ella

Irene Vélez: Patentar la vida es acabar con ella

Las patentes siempre han sido un tema criticado desde todos los frentes. Uno de los debates de más amplio conocimiento que se ha dado sobre ellas estuvo relacionado con la pretensión que tuvo hace algunos años un ciudadano norteamericano de patentar el Yajé (mezcla de varios bejucos, preparada por los indígenas de la cuenca amazónica para ceremonias rituales). Pretensiones similares no escasean. Todos los países que tienen comunidades que aún conservan prácticas ancestrales de curación, agrícolas, de edificación, etc. viven en la constante zozobra y el constante peligro de enfrentarse con pretensiones de este tipo. Perú, por ejemplo, donde se han manipulado ancestralmente cantidades innumerables de variedades de papa, se ha visto amenazado permanentemente por individuos y organizaciones que han querido patentar algunas de ellas, diciendo que han sido invenciones suyas y no el producto de una experimentación ancestral que los indígenas y otras comunidades étnicas han llevado a cabo durante milenios.

El tema de las patentes se vuelve más complejo cuando se examinan las condiciones en las que una “creación” debe ser patentada. Hay quienes, ingenuamente, creen que las patentes representan una oportunidad económica para las creativas comunidades de nuestros países: en cuanto es patentable todo lo que sea novedoso, nuestras comunidades, con todas sus rarezas y singularidades, llevarían siempre la delantera, cosa que terminaría por lucrar a los pobladores empobrecidos de nuestros países. A primera vista la idea no suena tan mal: si nuestros indígenas se inventaron algo que puede llenarlos de dinero, pues que lo patenten y se enriquezcan con ello. Evidentemente hay un problema conceptual de fondo en esta idea, pero antes de debatir sobre él, es preciso evidenciar que, en la práctica, patentar es mucho más difícil que sólo quererlo. En el mundo hay pocas instancias en las que es posible tramitar una patente. Todas ellas están ubicadas en el Norte y son reguladas por organismos del Norte. Los trámites son costosos. Y, lo que es peor, siempre hay competencia; siempre hay quien puede llegar y decir que va a patentar lo mismo que uno y comenzar a competir con uno por la patente. El problema real es que no es un cualquiera el que puede venir a competir con una comunidad indígena; puede perfectamente ser la multinacional Monsanto peleándose una variedad mejorada de una semilla. Quién pueda ganar esta pelea, no es una pregunta difícil de resolver.

En todo caso, estas competencias no son una novedad. Exactamente lo mismo pasa en todos las instancias del mercado. Incluso el arte que se cree que está fuera de estos juegos termina estando tan adentro como las agencias de moda y modelaje. Sólo es artista el que tiene medios (entiéndase “palanca”, dinero y, en general, un poder capaz de superponerse sobre otro), sólo es empresario el que tiene medios, sólo es comerciante el que tiene medios, etc. En el mundo del capital nada puede ser nunca justo. Hay desigualdades viejas e invisibles contra las que es imposible luchar y que estructuran unas condiciones desiguales para cualquier jugada que se haga o se pretenda hacer al interior de las complejas estructuras prefiguradas del mundo capitalista.

A pesar de la falta de novedad, no deja de ser sorprendente que E.E.U.U. venga con toda la fuerza a negociar lo poco que nos queda, a saber, la vida. Es de conocimiento amplio que del petróleo nos queda cada vez menos, que los recursos carboníferos, que en su mayoría están siendo explotados por empresas multinacionales, se agotan, que las empresas de agua y energía son, cada vez más, empresas extranjeras. Los recursos de los tradicionalmente se ha lucrado el país están en manos de las multinacionales. ¿Qué nos queda entonces por vender? La vida. La vida que son muchas cosas: es el agua que la alimenta, son los árboles que la llenan de color, es el oxígeno del que dependemos, son las culturas que la fortalecen y le dan sentido, son los rituales y los dioses que la regulan, es la medicina que la limpia y purifica, son las plantas, los animales, los microbios, las bacterias. Esta vida, constituida por surcos diversos y entretejidos, es lo que nos queda. Y es esta vida, valiosísimo tesoro, lo que este gobierno quiere feriar a como de lugar.

Digamos que el panorama de las patentes antes de las negociaciones del TLC no era ni tranquilo ni iluminado. Empero, lo que sucede ahora es que el artículo 8 del tratado en cuestión, promete atormentarlo y oscurecerlo mucho más. Los conocedores del tema afirman que las aspiraciones de Estados Unidos en cuanto al tema de patentes (y, podemos suponer, que también en todo lo demás) superan en mucho las regulaciones de la Organización Mundial del Comercio. ¿Era esto posible?. En el citado artículo se posibilitan las patentes para invenciones en: “1) plantas y animales, y 2) procedimientos diagnósticos y terapéuticos para el tratamiento de humanos y animales”. Hasta este momento las patentes se han utilizado en artefactos, plantas y animales, no en tratamientos medicinales. ¡Qué capitalismo! Diré ¡qué egoísmo! Si se supone que la medicina debe procurar brindar salud a la humanidad. Con las patentes sobre los tratamientos médicos la aplicación de los mismos se verá restringida a aquellos con capacidad de pagar lo suficiente por usar, en pro de su salud, el conocimiento de otro. Adiós a la medicina genérica: en tanto una medicina puede ser considerada un tratamiento terapéutico humano, nadie de este mundo (ni de ningún otro) podrá hacer uso de ella sin pagar lo requerido al dueño de la idea o del descubrimiento. Drogas cada vez más caras, muertos cada vez más muertos.

Estamos hasta aquí de acuerdo con el problema conceptual de fondo: patentar la vida es acabar con ella. Si una práctica ritual de curación es patentada, esto quiere decir que nadie podrá realizarla nunca más a menos que decida pagar para ello; si alguien quiere comer o hacer uso de un animal o una planta que haya sido sometida a un proceso de mejoramiento, perfectamente milenario, tendrá que pagar a quien patentó la “idea novedosa”. Todos de acuerdo. Pero, por otro lado, tenemos el problema de la biopiratería. Nada ni nadie nos garantiza que las supuestas invenciones sean tales. El caso del Yajé tiene su moraleja: cualquiera puede llegar a decir que algo es auténticamente nuevo y las pruebas para desmentirlo no parecen estar cerca de nuestro alcance. El TLC habla sobre el asunto: si hay una publicación que hable sobre la invención, que date de un año o mas y que haya sido elaborada por una persona diferente a aquella que aspira a la patente, ésta queda entonces imposibilitada. La primera y obvia pregunta es ¿qué va ha pasar con las comunidades cuya tradición es oral y a las que nunca se les ha pasado por la cabeza (¿o por el corazón?) la necesidad de publicar sus tradiciones?. Pues no va a pasar nada: todos a publicar antes de que lleguen los gringos y nos quieran patentar. La biopiratería es una de las más grandes amenazas que nuestras comunidades tienen cuando se enfrentan con los poderosos pulpos del capital y luchar contra ella no parece posible desde dentro de las estructuras de negociación que el capital configura.

La lucha contra las patentes de la vida no puede hacerse al interior de instancias viciadas por el capital. No tenemos por qué ir a “regatear” a E.E.U.U. para que disminuya su agresividad y su gula al negociar aquello que es nuestro. Debemos entonces salirnos de las estructuras y reconfigurar el Mundo desde fuera. Debemos renunciar a la posibilidad de que se firmen más acuerdos y tratados comerciales en los que nuestros derechos se nos ven sistemática y permanentemente violados. Por eso, porque defendemos la vida y resistiremos con ella y para ella: No al ALCA, No al TLC.

CENSAT Agua Viva, 17/06/04