José Carlos Bermejo Barrera: Goodbye Fonseca

Goodbye FonsecaJosé Carlos Bermejo Barrera: Goodbye Fonseca

Hace ya un año hervía la universidad de Santiago en una campaña electoral en la que siete candidatos mostraban su acuerdo en querer ser rectores y concordaban en la idea de que su universidad se hallaba en una buena situación, a la que no eran ajenos 500 años de autocomplacencia y las declaraciones del equipo saliente sobre unas cuentas saneadas, que fueron acompañadas de las declaraciones de bienes de algunos de sus miembros, una nueva práctica hasta entonces desconocida, puesto que ni la ley la exige ni nadie había dudado nunca de su integridad.

En esta situación de acuerdo básico, apenas hubo debate, excepto en el tema de si se debía admitir la promoción casi libre de profesores a catedráticos y continuar también, por criterios de promoción, con la contratación de profesorado al margen de las necesidades de la docencia. Sólo en este caso hubo discrepancias, siendo el candidato Casares el más fiel defensor de estos criterios, que convirtió en compromiso electoral. Por lo demás, todos concordaban en el dogma de la indivisibilidad de la titulación de Medicina, compatible con la multiplicación por 2, 3 o 4 de otras titulaciones, y se cantaban las alabanzas del Campus Vida (aunque algunos mostraban reticencias).

La compleja aritmética electoral y el elevado número de candidatos hicieron que la ruleta de los comicios se detuviese en el nombre de Casares Long, un químico con pedigree en este campo, que había elegido como lema de su campaña la recuperación de las esencias, utilizando un término con el que los viejos farmaceúticos denominaban a los productos de sus destilaciones.

Tras un año la situación ha cambiado por completo. La saneada universidad se confiesa casi en quiebra, y amenaza con no poder pagar sus nóminas. La promesa de transparencia y participación no parece haberse cumplido. El equipo rectoral más grande de los conocidos da la sensación de ser poco eficaz, incluso torpe y timorato. Sus miembros parecen extraviarse en su propia complejidad, y a veces parecen interferirse unos a otros en el ejercicio de sus funciones, mientras el Rector ejerce su cargo de un modo cada vez más personal, aunque no por ello más eficaz. Las esencias siguen sin destilar en los alambiques, las reticencias hacia el Campus Vida se disipan para convertirse en franca adhesión, y lo único que se ha cumplido es el compromiso electoral personal de promoción de algunos profesores, que tendrán la suerte de contrarrestar así el recorte general de las nóminas.

Desde 1990 la Universidad de Santiago, por su antigüedad y sus dimensiones, pareció creerse la hipotenusa del triángulo universitario gallego, queriendo relegar a las otras dos a ese modesto papel de ser los lados menores de un triángulo rectángulo. Ahora sólo ella tiene una desmesurada deuda, de la que es responsable, así como de su gigantismo, que tendrá que afrontar en un nuevo juego entre iguales, sin jacobeos a la vista y sin ciudades de la cultura que salven su ciudad. Quizá por ello su Rector tendrá que destapar de nuevo el tarro de las esencias y su tuna volverá a cantar “triste y sola se queda Fonseca, triste y llorosa queda la Universidad. Y los libros empeñados en el Monte de Piedad”.

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