José Carlos Bermejo Barrera: ¿Quién desacreditó de verdad a la democracia?: una apología de la Indignación

José Carlos Bermejo Barrera: ¿Quién desacreditó de verdad a la democracia?: una apología de la Indignación

Decía un conocido filosófo de orientación liberal, K.S. Popper, que la democracia es el peor de todos los sistemas políticos posibles, si excluimos a todos los demás. Creía Popper que no se puede decir de las teorías científicas que sean verdaderas, pero en cambio sí se pueden establecer condiciones para saber cuándo son falsas. Y ello es así cuando predicen todo lo contrario de lo que ocurre. En la política, del mismo modo, no podemos aspirar a que exista un sistema perfecto, pues cada uno de los sistemas posibles genera sus tipos específicos de problemas, pero sí a que exista un sistema que se pueda refutar a sí mismo cuando falla, cambiando sencillamente a las personas que han ejercido mal las tareas del gobierno. Esa sería la base de nuestra creencia en el valor de los sistemas parlamentarios

La democracia no es sólo el gobierno de las mayorías, puesto que muchas dictaduras han contado con el apoyo mayoritario de sus gobernados en determinados momentos (como ocurrió en el caso del nazismo, el fascismo italiano, el comunismo soviético, e incluso el franquismo), sino también un sistema que reconoce el derecho a la existencia de las minorías, de los disidentes y de los que crean que este propio sistema puede ser examinado, discutido, criticado y puesto en tela de juicio. La democracia es un sistema político que parte del reconocimiento de los derechos inalienables de todos los ciudadanos y que pone los medios para que esos derechos, además de ser reconocidos, puedan llegar a a ser efectivos. Derechos como el trabajo, la vivienda, la salud, la educación y la participación en la vida pública.

Todos los ciudadanos que viven en un país democrático tienen el derecho y el deber de interesarse y de participar en la vida colectiva y en la vida pública mediante su voto. Sin embargo, la participación electoral, que puede ser clave a la hora de echar a un gobierno, no tiene sentido si los ciudadanos carecen de información y no pueden basar su voto en algún tipo de conocimiento que les permita discernir el sentido de lo que están votando. Muchos dictadores han convocado referéndums sobre toda clase de temas, esperando siempre que el voto en ellos sobre un asunto concreto, una ley fundamental por ejemplo, se entendiese sencillamente como una clara adhesión a su persona. Es evidente que esto no tiene nada que ver con la democracia.

La democracia es un sistema político que no solo se basa en el reconocimiento de unos derechos y en la posesión de una información política, sino fundamentalmente en un sentimiento: el sentimiento de pertenencia a una comunidad política que nos lleva a sentirnos implicados colectivamente en ella, y a juzgar las acciones individuales y colectivas mediante dos sentimientos morales, básicos, descritos ya hace siglos por I. Kant: el entusiasmo que suscita la aprobación de unas conductas y la realización de unos determinados hechos, y la indignación y la condena de todo aquello que podemos considerar censurable y nocivo para el bien común.

La indignación y el entusiamo son pues los dos sentimientos políticos básicos y por ello un panfleto de dimensiones reducidas como el libro de S. Hessel ha conseguido suscitar en Europa un gran revuelo que se concretó en España en un movimiento social, el de los indignados, que ha sido objeto de toda clase de juicios. Un movimiento que habría que interpretar como una renovación de la fe en la democracia precisamente a partir de una crítica radical a un sistema político: el de la España del año 2011, que ha conseguido hundir a las instituciones de la democracia en el más absoluto descrédito.

El 15-M es un movimiento urbano, que no ha interferido en absoluto en los sectores básicos de la vida social y económica. No se trata de una revolución que se inicia con una cadena de huelgas o una huelga general. La actividad laboral no se ha interrumpido de momento, tampoco la enseñanza ni el transporte público, ni siquiera los acontecimientos deportivos, como el final de la Liga de fútbol con la que el calendario lo ha hecho coincidir.

El 15-M es un movimiento social que se ha visto favorecido por su repercusión mediática y por la coincidencia con unas convocatorias electorales muy poco capaces de suscitar ya casi ningún entusiasmo. Es su cobertura televisiva la que lo ha hecho importante, creando momentos como los de las doce de la noche del viernes día 20 en el que algunos telespectadores poco avezados podrían incluso haber echado en falta a Anne Igartiburu en su eterna retransmisión de las campanadas desde la Puerta del Sol de Madrid. Además, en la importancia de esa cobertura ha desempeñado un papel poco memorable una Junta Electoral que consideró que unos tranquilos acampados podrían alterar la participación electoral de unas elecciones en las que, a pesar de las tiendas, bocadillos y todo lo demás, la participación paradójicamente se incrementó.

S. Hessel tenía razones para indignarse cuando los alemanes invadieron su país y por eso luchó en la Resistencia, en contra de la mayoría de sus conciudadanos, que recibieron de buen grado a unos invasores que alejarían para siempre a su amada Francia de los peligros del comunismo. Posteriormente participó en la formulación de la Declaración de los Derechos del Hombre, base sobre la que han de constuirse todos los sistemas democráticos. Y ya al final de su vida tuvo que alzar su voz en el desierto para pedir a los jóvenes que miren a su alrededor, y que no se resignen ante un mundo que les garantizó una infancia y una adolescencia acomodadas y felices, pero que les negará su futuro, su trabajo, su bienestar y su esperanza.

El viejo guerrillero es hombre de otros tiempos. Ya no hay guerrilas en el mundo que luchen por ninguna liberación. Los talibanes son una guerrilla, armada en un principio por los EE.UU., que ahora lucha por implantar la intolerancia y el no reconocimiento de los derechos humanos, que habría que someter a la ley islámica, a la sharia. Y contra ellos luchan ahora la OTAN y los EE.UU. utilizando ejércitos de mercenarios, islámicos también, en Afganistán, y compuestos por exsoldados, exconvictos y toda clase de combatientes provenientes de distintos países del mundo que estén dispuestos a matar por quien les pague.

Ya no hay guerrillas en la Sierra del Guadarrama ni en Sierra Morena, y quienes pretendieron ser guerrilleros en Euskadi no son más que un grupo en extinción sin programa político ni futuro, que cubrieron de ignominia el nombre del pueblo vasco y que tendrán que desaparecer de una manera o de otra. Pero aunque no hay guerrillas hay muchas razones para la indignación, para la indignación democrática, porque todos los cimientos de la democracia fueron llevados al descrédito por los gobernantes y por quienes deberían velar por el buen funcionamiento del Estado. Veamos, pues, cómo ello ha sido así en todos y cada uno de estos puntos.

1- La democracia ha sido desligitimada mediante la práctica desaparición de la esfera pública

Se llama esfera pública al conjunto de instituciones que permiten la creación y la difusión de toda clase de informaciones que hacen posible que los ciudadanos tengan conocimiento de los acontecimientos que les atañen y que puedan formar sobre ellos un juicio certero. Parte esencial de la esfera pública la constituyen los medios de comunicación: prensa escrita y digital, televisión, radios, etc., pero también son fundamentales en ella los medios formativos y educativos, públicos y privados, como las bibliotecas, los centros y las actividades culturales de todo tipo.

En los últimos veinte años hemos asistido en España a la práctica desaparición de la prensa libre. Periódicos, televisiones, radios… han perdido su independencia intelectual porque suelen ser dependientes de las subvenciones públicas, estatales, autonómicas o locales, o ser los instrumentos de expresión de cadenas de empresas editoriales y de la comunicación.

Toda la prensa española es descaradamente partidista, con periódicos como El País, El Mundo, ABC, etc., a nivel nacional, y lo mismo ocurre en cada Autonomía. Cada medio construye una realidad social y política que no tiene nada que ver con la del rival. La información se distorsiona, se manipula, se oculta, y cada medio se convierte en cauce de expresión de políticos partidistas y de periodistas y nuevos pseudo intelectuales turiferarios del partido o la empresa que controla el medio.

La información se ha reducido, se ha empobrecido. La publicidad se come las páginas de los periódicos, y la distribución del tiempo en televisión o radio y del espacio en la prensa escrita ha sufrido una notable alteración, cubriendo los deportes casi la mitad de los medios. El nivel discursivo se ha empobrecido tanto que casi ningún político, periodista o intelectual es capaz de explicar un problema en términos genéricos y toda la realidad se tiende a expresar por las metáforas del fútbol: Liga, puntuaciones, goles y goleadas, penaltis, fichajes, entrenadores…, que permiten explicar la realidad social, económica y política como una gran competición.

Partidos, empresas y las propias administraciones públicas controlan y asfixian la información y sus medios, de tal modo que crean no una opinión pública, sino una realidad que se pretende imponer al público. Y ese mismo control se ejerce en los medios culturales, artísticos e intelectuales de todo tipo, a los que solo tienen acceso los cortesanos dependientes de esos políticos, esas empresas y esos partidos.

Tenemos un ambiente de asfixia y miseria intelectual, artística, política y moral, en el que las televisiones han conseguido imponer como modelo de debate, diálogo y razonamiento - con sus miles de horas de transmisiones- a los realities más cutres en los que se discuten a gritos nimiedades, se insultan y se interrumpen los contertulios y se centra todo el interés en la exhibición de un mundo de pasiones cutres e intereses mezquinos, que casi conseguirían hacer creer al público que las “pelis” porno de otras cadenas poseen mayor calidad intelectual o artística. Un ambiente que es el complemento de un discurso político igualmente empobrecido

Frente a él sólo pueden surgir medios de comunicación cultural alternativos de mínimo impacto en los que intentan alzar su voz aquellos ciudadanos que intentan pensar de otra manera, o por lo menos pensar algo, expresarlo de un modo distinto y tener acceso a un mundo que en vez de exponer, ocultan los medios de información. Unos ciudadanos indignados que dicen “¡queremos ser oídos, escuchadnos, miradnos, por eso estamos aquí, acampados, delante de todos vosotros, a ver si por fin nos prestan atención en la tele!

Todo eso sería innecesario si existiese una verdadera esfera pública, una esfera de formación y creación de la opinión en la que se diese una información veraz, abierta y plural y en la que hubiese verdaderos cauces de participación. Una esfera pública democrática, como las que hay en otros países y hubo en otras épocas.

2- La democracia ha sido deslegitimada por los propios partidos políticos

La democracia ha sido deslegitimada por los propios partidos políticos porque se han convertido en empresas destinadas únicamente a captar votos por cualquier medio, con promesas que no pueden cumplir, con estrategias electorales diseñadas por empresas publicitarias, basadas en lemas vacíos, en el uso de consignas simplistas y en la manipulación de las imágenes de sus candidatos. Y en estudios tan sesudos como los de los colores convenientes para las corbatas de los líderes en los carteles y en los debates.

Los partidos han abandonado el discurso político racional, sencillamente porque han dejado de tenerlo. Sus programas económicos son prácticamente iguales, y lo mismo ocurre con sus políticas sociales y culturales. Todos ellos utilizan toda clase de reivindicaciones y causas justas de modo oportunista según les convenga. Todos se preocupan de tener cuotas de mujeres en sus listas, pero muy poco de los problemas reales de la mayoría de las mujeres, los niños, los discapacitados o los inmigrantes.

Hay partidos que desde la oposición critican la política del gobierno, siendo igual a la que ellos hicieron y volverían a hacer. Los partidos se alían para gobernar siguiendo las reglas de la aritmética. Y cuando un partido se alía con otro para hacerlo, por ejemplo PSOE y PNV, o PSOE y CIU, es criticado por la oposición, que en su momento hizo lo mismo: alianzas PP-PNV-CIU, por ejemplo.

Si el partido del gobierno negocia con la ETA es criticado por la oposición que ya lo había hecho antes. Un partido, el PSOE, critica al PP por enviar tropas a Irak, y las envía a Afganistán, el Libano y a otros países dentro del mismo sistema de alianzas… Y como no hay ningún debate de ideas, el único medio que un partido considera como arma útil para desacreditar al contrario es el ataque personal, el insulto del tipo del reality-show, ya sea por mala conducta sexual, o sobre todo económica. Como los partidos se han convertido en máquinas para conseguir votos, y a partir de ellos cargos, sueldos, riqueza e influencia económicas, la política se ha vuelto en muchos casos sólo un medio de enriquecimiento.

Muchas personas entran en política para tener un modo de vida y, si pueden, para hacerse ricos, a costa de la sociedad, del estado, e incluso del propio partido, creándose complejas tramas opuestas y en competencia en el seno de la misma organización política. Como en España el peso de dinero público es determinante a nivel estatal, autonómico y local, y como hay casos como el de los municipios en los que el urbanismo movió ingentes cantidades de riqueza, el fantasma de la corrupción campa por sus respetos por toda la geografía española.

Cada partido denuncia la corrupción del otro en vez de ocultarse recíprocamente unos a otros, con lo cual caen en el dilema del prisionero, un juego clave de la sociología, según el cual la policía consigue procesar a dos delicuentes contra los que no tiene ninguna prueba porque cada uno de ellos denuncia al otro en una habitación aislada a cambio de su supuesta liberación.

Los partidos españoles han sufrido una notoria pérdida de calidad intelectual, verbal y personal de sus líderes. Los políticos profesionales como colectivo están en fase regresiva. Sus discursos intelectualmente pobres, su incapacidad verbal, su falta de principios, su oportunismo y su idea del todo vale para gobernar, además de su notorio enriquecimiento y la incapacidad de muchos de ellos de vivir de algo que no sea la política profesional les han hecho perder su crédito.

Han sido los partidos políticos, sus líderes y parte de sus militantes, los responsables de la deslegitimación de la vida pública en España. Son ellos quienes han deslegitimado una democracia conseguida con la lucha, el dolor y el sufrimiento de miles y miles de personas que se sienten engañadas, burladas, traicionadas, y que, como ya nadie consigue entusiasmarlos, por ello tienen todo su derecho a estar indignados.  A decir ¡basta ya, así ya no nos representais!

3- La democracia ha sido desligitamada por el propio poder judicial

De acuerdo con la Constitución, en España el poder judicial debe ser una instancia independiene del poder ejecutivo y ser el garante de que la justicia haya de ser igual para todos, eficaz y rápida.

En España todo el mundo sabe que nuestro sistema judicial es lento, ineficaz, y que hay caminos, como el de la jurisidicción contencioso-administrativa, que debería permitir al ciudadano defender sus derechos frente a la Administración, en los que las causas se eternizan, razón por la cual los ciudadanos los consideran disuasorios e inútiles.

La justicia, además de poco eficaz, es cara, los turnos de oficio no funcionan bien, el Defensor del Pueblo cumple una función muchas veces casi protocolaria y pocos ciudadanos consideran que pueda ayudarles en algo. Todo el mundo sabe que los más ricos pueden disfrutar de mayor impunidad en los campos económico y fiscal, por ejemplo. Y por otra parte los partidos políticos y los medios de comunicación contribuyen todavía más con sus análisis a desprestigiar a los jueces y el poder judicial.

Vemos todos los días en la prensa cómo el Tribunal Constitucional, máximo garante del respeto a nuestros derechos fundamentales, es presa del reparto entre los partidos, que proponen a sus magistrados, quienes deberían, por el contrario, ser vitalicios una vez nombrados y estar más allá de los vaivenes de la política partidista.

Cuando se espera una sentencia transcendental, como la del Estatuto Catalán o la reciente sobre Bildu, ya se sabe lo que cada magistrado votará en función de su color político, y se sabe mucho antes de que vote. E incluso se pleitea entre partidos por cambiarlos antes de que sentencien, para poder obtener así la sentencia que más les convenga. Y lo mismo ocurre en el Consejo General del Poder Judicial, máximo órgano del gobienro independiente de los jueces, que aparece glosado de tal manera en los medios y es objeto del pim pam pum entre partidos, que todo ciudadano puede saber el color de cada uno de sus miembros y lo que puede opinar en cada tema.

Si esto es así en los órganos máximos, ¿qué puede esperar la opinión pública de la justicia ordinaria? Pues que sentencia de un modo u otro según la ideología del juez, ¡claro!, si también lo hacen el Constitucional y el Supremo, y cada día nos lo explican los líderes políticos y la prensa. Unos líderes políticos que han convertido al Tribunal Constitucional en su juguete a base de hacerlo pronunciarse sobre todo lo que a ellos les pueda parecer mínimamente verosimil de ser estudiado, si les conviene electoralmente.

Como en España todo se concibe como un juego de intereses, comenzando por la política, cada quien analizará las sentencias de un juez en función de los intereses que ese juez pueda tener para promocionarse en su carrera judicial, o política, cuando decide entrar en un partido, e incluso se tenderán a buscar sus intereses económicos ocultos. Por desgracia se ha hecho de la figura de Baltasar Garzón un paradigma de todo ello, debido a su breve paso por la política de partido y a la importancia de sus actuaciones y a unas célebres conferencias, similares a las que pueden impartir otros exlíderes políticos no famosos precisamente por su gran obra jurídica ni por su hondura intelectual. Olvidándose, porque así conviene en el caso de Baltasar Garzón, sus muchos años de lucha contra la lacra de ETA.

Si a este descrédito añadimos el de la Junta Electoral Central, que consideró que los “indignados” iban a obstaculizar el derecho fundamental al voto, y cuya sentencia no se cumplió por parte del gobierno (a Dios gracias) sin que tampoco pasase nada, pero dejando la duda de si  la Junta Electoral Central sirve para algo, entonces es que quien acampa en las plazas públicas tiene todavía más derecho a estar indignado

4- La democracia ha sido deslegitimada porque la propia muerte de la política ha dejado muy claro que los derechos fundamentales pueden no ser más que papel mojado

La desaparición del debate político y la implantación del pensamiento único, según el cual no hay otra alternativa política que el sistema parlamentario de partidos, otra economía que la capitalista y otro sistema productivo que el tecno-científico, ha traído como consecuencia que la mayoría de la gente piense que la política no tiene sentido.

Desaparecida la URSS en 1989, ya no hay en el mundo alternativa militar ni política al poder los de los EEUU y sus aliados, defensores de este triple sistema cuando hay que acudir a las armas. Se pueden hacer guerras en cualquier parte del mundo sin que nadie las frene, puesto que el poder militar de Rusia ya no es sombra de lo que fue y no está dispuesta a emplearlo, puesto que también ella comparte el sistema económico único. La China comunista se ha convertido en el país más capitalista del mundo, con salarios de 100 o 200 euros, sin libertad política ni sindical. Se ha convertido en un coloso militar e industrial que invierte sus multimillonarias ganancias fuera de su país comprando la deuda pública de los EEUU, por ejemplo, y todo lo que puede a lo largo del planeta. Por ello es la dictadura intocable, el país cuyas violaciones de los derechos humanos se corresponden con una tradición cultural milenaria, según los mandatarios occidentales. Y el país comunista que saluda con fervor al capitalismo más salvaje, todo ello muy difícil de comprender para quien no tenga una concepción oportunista y maquiavélica de lo que son las relaciones internacionales.

Junto a ella y las dos dictaduras inocuas, pero que sirven como referente simbólico para los EEUU, Cuba y Venezuela, se alza todo el mundo islámico, que ha pasado a convertirse en un peligro militar, pero que económicamente forma parte esencial de la economía financiera mundial, gracias a los ingresos del petróleo. El Islam puede ser peligroso, pero no pone en duda el mercado, ni el poder militar, pues a su vez es un gran comprador de armas occidentales y un aliado indispensable, según los casos.

¿Qué tiene que decir un político español ante el poder militar de la OTAN y los EEUU? Nada, claro está, al parecer. Pero ¿qué pasa con los mercados? Y ¿qué significan los mercados?

Los mercados significan dinero, poder econonómico y bienestar. De ellos depende el derecho al trabajo, al bienestar material, en gran parte a la salud, a la educación, a la cultura y a la seguridad, que han de garantizar los poderes públicos gracias a los impuestos que detraen del proceso productivo.

En España se había creado un incipiente Estado del bienestar, solo ligeramente comparable a otros de Europa, que mejoró la salud, la vivienda, la educación, la cultura y el bienestar general. Pero en los últimos veinte años, España, que unos pocos años antes aun era un país en desarrollo que exportaba emigrantes poco cualificados, se lanzó en una loca carrera productiva movida por la construcción, el turismo y el crédito indiscriminado, que temporalmente generó millones de puestos de trabajo, atrajo inmigrantes, y llenó las arcas públicas, gracias a una burbuja inmobiliaria y financiera insostenible que desembocó en un país con una monstruosa deuda pública y con una deuda privada que asfixia el consumo. Y un país con el 20% de su población en paro y sin capacidad de reacción económica.

Cuando estalló la burbuja financiera el gobierno español, como los demás gobiernos occidentales, salvó a la banca. Pero la banca no salvó al pais, al contraer los créditos y con ellos una producción que tampoco se podía ya consumir. Así se llegó a a un 20% de paro que en los menores de treinta años llega casi al 45%.

Todos los partidos están de acuerdo en que los mercados mandan. Sus ideas económicas son idénticas y sus políticas también lo serían. Se propone recortar el gasto público, los servicios públicos y se quiere recortar como sea el Estado. Sin embargo cuando uno de ellos lo hace, los que están en la oposición lo critican, a pesar de que hacen lo mismo en las Comunidades Autónomas que ya están gobernando. Ningún partido dice: la situación no tiene salida, es muy grave, hagamos un gobierno de salvación nacional. Y no lo dicen porque entonces tendrían que repartirse los beneficios que otorga la política y el ejercicio del poder. En cambio hacen promesas que ya casi nadie cree y demonizan al otro, que no es más que su propia imagen vista en el espejo.

La política es una forma de vida, una forma de vida rentable. Los políticos viven mejor que los demás. Sus sueldos legales son elevados, sus pensiones están blindadas, y además tienen acceso privilegiado a todas las esferas económicas, como lo demuestran las ocupaciones de muchos ex altos cargos y ex presidentes del gobierno.

Sin embargo siguen y siguen predicando. ¿Y qué piden? Piden paciencia y resignación. Piden todo lo contrario de lo que es la política: esperanza, entusiasmo, y, cuando hace falta, indignación. Piden paciencia y resignación no porque ellos la necesiten, sino porque ellos están satisfechos. Están satisfechos con sus ingresos, con su mundo, están cómodamente instalados en su mediocridad intelectual, en su pobreza verbal, y se sienten reconocidos por sus pares cuando consiguen desacreditar a quienes son semejantes a ellos, pero juegan en la otra parte de la mesa del casino de la política.

Si alguien quisiese dudar de la bondad de todo este sistema en el que ellos han encontrado sus prosperidad, su reconocimiento y su felicidad dirán que en el mundo hay muchos resentidos y enemigos de la ley y de la democracia que pueden cometer simplemente el delito de vivir, de estar ahí, sin futuro, sin trabajo, cada vez más desatendidos, más desamparados, un delito marcado por la ley del silencio que puede ir acompañado por el agravante de la apología de la conducta desviada si algunos gritan: ¡ya está bien, miradnos, escuchadnos, estamos aquí, y no podemos estar contentos, ya quisiéramos!

CODA

Hace cuarenta y cinco años, cuando los EEUU vivían en una etapa de prosperidad sin precedentes, mientras sus jóvenes morían en la guerra del Vietnam, dos jóvenes músicos escribieron esta canción sobre las voces ocultas y el silencio. Hoy vuelve a ser más actual que nunca.

LOS SONIDOS DEL SILENCIO

 ¡Hola oscuridad, mi vieja amiga!,
otra vez vuelvo a hablar contigo,
porque una visión que reptaba suavemente
me dejó sus semillas mientras dormía,
y esa visión que se me grabó en la cabeza
aun perdura
en el sonido del silencio.

Caminaba solo en mis pesadillas
por callejuelas de adoquines
y bajo el halo de una farola,
entre el frío y la humedad me subí el cuello
cuando mis ojos se cegaron por un resplandor de neón
que atravesaba la noche,
y sonó el sonido del silencio.

Bajo la luz desnuda ví
a diez mil personas, quizás más.
La gente hablaba sin decir nada
y oía sin escuchar,
y escribían canciones que nadie compartía
y que a nadie le importaban
interrumpiendo el sonido del silencio.

“¡Estúpidos!, les dije, ¿ es que no veis
que el silencio está creciendo como un cáncer?
¡Escuchad lo que os quiero decir,
coged los brazos que os extiendo!”
Pero mis palabras cayeron como silenciosas gotas del lluvia
Resonando en los pozos del silencio.

La gente se inclinaba y rezaba
al dios de neón que ellos mismos se habían hecho.
Y el luminoso  iba formando un  anuncio,
que con sus luces  decía:
“Las palabras de los profetas
están escritas en las paredes del metro
y en las vallas de los solares”.
Y así susurraba en los sonidos del silencio.