Eduardo Ibarra Colado: Universitas calamitas: “Por mis competencias hablará el mercado” (Primera parte)

Basta seguir las noticias que dan cuenta de los conflictos sociales que han protagonizado recientemente los jóvenes indignados en España o los indignados jóvenes universitarios en muy diversos países del mundo, para darnos cuenta de la esencia destructiva de las reformas en curso. Se trata de la aparición de la “Universitas calamitas”, institución “neo-liberalizada” de su pasado ilustrado, pues su transformación implica pérdida, daño, empobrecimiento, precariedad y desastre. Esta depredación institucional, pues es efectuada con la complicidad de los funcionarios universitarios contra la universidad misma, se enfrenta a una creciente resistencia social de la que abundan los ejemplos:

- Encabeza la lista el destacado movimiento estudiantil en Chile, que ha sabido defender el carácter público de la universidad y el conocimiento, frente a las intenciones del gobierno de Piñeira para profundizar la privatización y mercantilización de la educación (brotes similares se aprecian ya en Colombia, Brasil, Honduras y Paraguay);

- En países como Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido, Australia y Nueva Zelanda, se registran fuertes protestas por los recortes presupuestales, el incremento de cuotas y el descontento de las familias debido al creciente endeudamiento que enfrentan para intentar cubrir los créditos educativos, esas nuevas “hipotecas del saber” in crescendo;

- El plan Bolonia con su “Espacio Europeo de Educación Superior” ha provocado diversas manifestaciones de rechazo, como lo muestra la férrea oposición a la reforma educativa y universitaria en España, las protestas crecientes por el desempleo, la precariedad y la inestabilidad laboral de los docentes en Portugal y de movimientos similares en Italia, Grecia, Francia y Alemania.
 
- México también es parte de este escenario. Aunque se quiera negar, están a la vista una infinidad de conflictos sumergidos –pero aflorando– por la deficiente cobertura del sistema universitario, que ha propiciado la organización de los jóvenes rechazados y excluidos a lo largo y ancho del país, pero también debido a la arbitrariedad endémica de grupos de poder que se sienten dueños de la universidad, haciendo de la legislación universitaria –siempre que conviene– letra muerta, como se aprecia, por ejemplo, en los conflictos de los últimos meses en la Universidad Juarez del Estado de Durango, las universidades de Baja California y Baja California Sur, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y en el conflicto irresuelto y agravado de nuestra UAM-Cuajimalpa.

La resolución de estas disputas, en las que se confrontan dignidad contra cinismo, irá pautando en qué medida se logra defender la condición del conocimiento como bien público inalienable y de la universidad como institución básica de la sociedad encargada de formar ciudadanos libres, atentos y reflexivos, esos que tanto estorban porque “nunca están de acuerdo y todo lo cuestionan”. Lo que está en juego es la destrucción misma de la universidad, acaso el último bastión desde el que es posible aún evitar el control y la apropiación privada del conocimiento o, para ser más precisos, de ese tipo de conocimiento que posibilita la producción de intangibles muy diversos que esperan ser colocados en las mamparas virtuales del mercado global.

Por ello, la “vieja universidad del siglo XX” resulta un obstáculo para los “emprendedores del saber”, pues su condición como institución social autónoma preocupada por la comprensión y solución de los problemas sociales –educación, salud, vivienda, pobreza, inseguridad,...–, dificulta su inserción en los mercados emergentes del conocimiento. Al considerarlo como un bien público que no puede ser reducido a la condición de simple mercancía, las viejas universidades públicas no están dispuestas a incursionar indiscriminadamente en los terrenos del “e-learning” y los “cursos on-line”, propios de las fábricas de diplomas digitales; en la redituable producción de materiales de apoyo al auto-aprendizaje, como los libros de texto “step-by-step” y “how-to-do”; en el diseño de las guías programadas de trabajo y sus cuadernos de prácticas; en la producción de las videoconferencias con afamados intelectuales de la farándula (con comerciales y toda la cosa), o de otros recursos virtuales y de los paquetes de simulación, como los juegos de empresa y los estudios de caso estilo Universidad de Harvard; en fin, en la producción y comercialización de muy variados paquetes de software de bajo impacto social, como los programas de auto-aprendizaje que prometen resultados milagrosos en tan sólo 10 días, o la amplia gama de videojuegos adictivos que previenen la lectura y vacunan contra la capacidad de pensamiento, transportando a los individuos a un estado de ensoñación que les impide comprender qué pasa en el mundo.

La “nueva universidad” es concebida por ello como una corporación mercantil. Su “misión” debe ser apoyar la producción de esta gama de bienes intangibles, que serán explotados comercialmente por sus “socias”, esas grandes empresas de clase mundial que les indican qué ha de investigarse para garantizar $u mutuo beneficio. Esta “nueva universidad” deberá continuar también, por supuesto, con la formación de las nuevas generaciones de jóvenes, pero bajo un novedoso perfil que desplace las anacrónicas preocupaciones sociales de antaño, para sustituirlas por una mentalidad costo-beneficio basada en la asimilación de las “competencias”. Se trata de ir edificando esa sociedad ideal para el mercado en la que lo único que cuenta y vale son los individuos que actúan en provecho propio, de una “sociedad de individuos” que, formados en las profesiones emergentes de lo poli-, lo flexi- y lo perecedero, impulsan el modelo idílico del “freelance”, pues el futuro es ahora de aventureros dispuestos a conquistar el mundo, compitiendo y echando mano de todo lo que tengan a su alcance, para cumplir con su único sueño y su única finalidad: ¡ganar!

Y uno les pregunta, “¿Ganar para qué?”

A lo que responden contundentes “¡Ganar para ganar!”

Estos productos y sus mercados se encuentran crecientemente controlados por las grandes corporaciones que ven en la universidad un obstáculo que es necesario someter o desplazar, pues en ella se continúan incubando alternativas no comerciales que afectan sus intereses: por ejemplo, en las universidades públicas se alienta la producción y el uso del software libre, se reivindica el copy-left, se aboga crecientemente por las publicaciones y revistas de acceso libre –Redalyc, Latindex, e-revist@s– y se impulsan portales públicos de generación de conocimiento –LAISUM, fírgoa, ExECUM–.

Entre las organizaciones más interesadas en arruinar a la universidad, se cuentan, por supuesto, las grandes corporaciones que controlan los medios masivos de información, las casas editoriales que deciden la producción de todo lo que se lee en escuelas, universidades y entre la población en general, y de los enormes consorcios que producen y comercializan la creciente variedad de dispositivos electrónicos de comunicación, desde los anacrónicos equipos de cómputos hasta los i-Phones, las tablets y los i-Pads. Son estas corporaciones las que, apoyadas por los gobiernos y organismos internacionales que ellas mismas controlan, se empeñan desde 2008 en aprobar el Anti-Counterfeiting Trade Agreement (ACTA) para consolidar sus intereses en torno a la propiedad intelectual. De concretarse este acuerdo, se eliminaría el acceso libre a Internet evitando el intercambio no regulado –gratuito– de música, textos, sonido y todo lo que les pueda reportar una ganancia.

Es en este escenario apretadamente delineado en el que cobran sentido el plan Bolonia, el proyecto Tuning para la convergencia de la educación superior, y otras iniciativas de reforma que sólo entienden de privatización, mercados y servicios. Estas iniciativas, sostienen sus promotores, permitirán transformar esa vieja universidad para ponerla a tono con los nuevos tiempos, lo que no puede ser entendido sino como los empeños para operar su sometimiento y su destrucción. La oleada de declaraciones y argumentos ha instaurado una nueva jerga idiomática que funciona ya como moneda de curso legal: el anverso nos promete excelencia, calidad, competencias, movilidad, pertinencia, acreditación, flexibilidad...; el reverso nos entrega privatización, recortes, cuotas, créditos, servicios, mercantilización, rechazo, precarización...

Los discursos en torno a la globalización –esa que separa y excluye–, a la sociedad del conocimiento –esa que desconoce e ignora– y a la organización posmoderna –esa que hiperburocratiza y cibercontrola– apuntalan estos proyectos intentando redimir las versiones originales de la desgastada y alicaída sociedad post-industrial regida por el fin de las ideologías, o de la moda toffleriana que anticipaba el shock del futuro, la tercera ola y la empresa flexible. La apología de las nuevas tecnologías de información hace ver a la universidad como anacrónica, desgastada e inútil, por lo que debe dar lugar –no hay más remedio, afirman– a otras opciones “más razonables” de adquisición de conocimiento, sin tantos requisitos y problemas, así, con el poder de tu firma, justo a tiempo y on-line.

Deslumbrados por las revelaciones de esta nueva doctrina, un buen número de funcionarios, dirigentes, políticos, asesores y líderes de opinión no tardaron en sumarse a la idea de que la universidad no se encuentra preparada para responder a las exigencias del presente y a las que le plantea su inmediato porvenir; sostienen con pundonor y enjundia que la economía global basada en el conocimiento requiere que la universidad “se abra al mundo” y, al mismo tiempo, que destierre esa arraigada vocación pro-burocrática que la caracteriza. Sólo así podrá participar en las nuevas redes de producción del conocimiento, adoptando una organización más flexible, post-burocrática, estilo triple hélice, que le permita asociarse con empresas y agencias gubernamentales para conquistar los mercados del conocimiento y de las nuevas profesiones.

Sin embargo, las paradojas y consecuencias de esta involución no han tardado en aparecer... como lo comentaremos en la segunda parte de “Universitas calamitas”.

*Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa y Director General del LAISUM.
Artículo publicado en Laboratorio de Análisis Institucional del Sistema Universitario Mexicano (LAISUM).