Eduardo Ibarra Colado: Universitas calamitas: “Por mis competencias hablará el mercado” (Segunda y última parte)

(Parte I)

En la primera parte de esta entrega establecí algunos de los rasgos más significativos del contexto que ha dado lugar a la “Universitas calamitas”, esa institución que, incubada por las reformas universitarias de mentalidad neoliberal, actúa contra sí misma provocando su empobrecimiento y autodestrucción. Ahora quisiera comentar algunas de las paradojas y consecuencias de este proceso, con la intención de animar la reflexión y el debate sobre lo que sucede en los espacios universitarios que compartimos y que estamos llamados a defender. Comencemos por las paradojas.

Los procesos de reforma universitaria en curso, desde Bolonia y Tuning hasta las políticas que han implicado recortes presupuestales e incremento de cuotas, y las que intentan profundizar la privatización de la educación y el conocimiento, hacen todo lo contrario de lo que afirman. Se señala con insistencia que estas iniciativas permitirán transformar a la universidad para que esté en capacidad de afrontar los retos de la “sociedad del conocimiento”, haciendo de ella una institución activa, flexible, adaptable, innovadora y sustentable. Con ello se modifica su razón de ser, pues en adelante la nueva universidad deberá centrarse, ya no en el cultivo del conocimiento como aspiración suprema en la formación del ser humano, sino en la atención de las demandas que le planteen empresas, organismos y diversos sectores de la sociedad que requieran de sus “servicios”. Esta nueva universidad es concebida como una organización post-burocrática que sustentará su éxito en la creatividad y la innovación, y en el trabajo en equipo que produce sinergia.

Este planteamiento encierra una gran paradoja, pues invoca lo nuevo para implantar lo viejo. Si logramos desprendernos de los juegos retóricos que acompañan y legitiman los procesos de reforma en curso y ponemos más atención a lo que sucede realmente, nos percataremos de inmediato que las cosas son muy distintas: las reformas son la nítida negación de lo que tanto se exalta y afirma en documentos y discursos que anuncian el nacimiento de la “nueva universidad del siglo XXI”, esa que se proyecta como emprendedora, creativa, fluida y de “clase mundial”.

Es necesario enfatizar que las reformas desde las que se impulsa esta ficción, remiten a uno de los principios básicos de la burocracia. Me refiero a la estandarización, que funcionó como sustento y base de la industrialización de los Estados Unidos desde finales del siglo XIX, esa que se perfeccionó gracias al estudio de tiempos y movimientos de Frederick W. Taylor y los esposos Frank y Lillian Gilbreth y a la introducción de la línea de montaje que permitió a Henry Ford fabricar poco más de 15 millones de automóviles Modelo T.

Efectivamente, la “nueva universidad” que se invoca con las conjuras de las reformas en curso, es en este sentido una universidad “muy pero muy vieja”, pues intenta imitar y parecerse a esas fábricas industriales que encontraron en el control y la estandarización la necesaria combinación entre eficacia política y eficiencia económica –entre disciplina y productividad– para contener la resistencia en el trabajo hacia dentro y para derrotar a los competidores y cautivar a los clientes hacia fuera.  Este modelo de organización sustentado en la división y descalificación del trabajo, hizo realidad la producción en masa de cuanto producto nos imaginemos, y se prepara hoy, desde las “fábricas del saber”, para producir ahora a cientos de miles de competentes “trabajadores de conocimiento” estandarizados e intercambiables.

Esta es una historia centenaria. La traducción y traslado del one best way tayloriano del mundo industrial a la universidad fue operada desde la primera década del siglo pasado por la renombrada Fundación Carnegie para el avance de la enseñanza, institución filantrópica encargada de distribuir entre las universidades, sobre una base competitiva, los recursos provenientes de las donaciones de las grandes corporaciones empresariales. Desde esa época se diseñaron diversos estándares educativos que debían cumplir las instituciones, para estar en condiciones de competir por los fondos disponibles. Este modelo precozmente introducido en los Estados Unidos, se ha esparcido y generalizado en las últimas décadas entre las instituciones universitarias de la mayoría de los países del planeta, dando lugar a una verdadera pandemia provocada por las plagas de la evaluación, la acreditación y los rankings que pululan por doquier.

Como se puede inferir, resulta paradójico que una reforma que invoca la creatividad, la innovación y la flexibilidad, utilice como su recurso esencial la estandarización de todo cuanto esté a su alcance, para normalizarlo y hacerlo comparable y equivalente. Los ejemplos son infinitos: se habla de planes y programas de estudio con contenidos mínimos, de desempeños evaluados bajo una escala que determina el “logro educativo”, de competencias básicas que todos deben adquirir, de estándares de calidad y de niveles de realización. Todo esto tiende a la homogenización, a la eliminación de las diferencias, es decir, a cercenar de raíz la riqueza de lo particular y lo diverso que es la fuente primordial del conocimiento, y a la propia negación de la individualidad que hace de cada quien un ser humano único, irrepetible y peculiar.

Por ello hoy todo se mide, se calcula y se evalúa, pues en el fondo de lo que se trata es de ir construyendo los mercados para intercambiar esos “conocimientos útiles” que reclaman el crecimiento económico y el mercado global. Para ello se requiere de nuevas monedas de curso legal, que establezcan las necesarias equivalencias para permitir y propiciar su comercio: las acreditaciones y certificaciones, los diplomas y los rankings, entre otras medidas, facilitan este comercio emergente de lo que se ha dado en denominar “servicios educativos”, incluidos los “productos” científicos y culturales.

Sin duda, resulta una paradoja que se invoque una “nueva universidad” sustentada en los cimientos del control y la estandarización del conocimiento, y que con ello se pretenda denunciar los anacronismos de esa “vieja universidad” en la que dicho control y estandarización fueron en el mejor de los casos laxos y ambiguos. Lo que se ataca en realidad es a una institución que logró mantener el control sobre sí misma al decidir desde su interior, mediante sus propias estructuras de gobierno y su colegialidad, el proyecto educativo, científico y cultural que debía enarbolar, y que no podría depender ni subordinarse a las demandas o necesidades de grupos particulares, pues ella se debe como institución pública al conjunto de la sociedad.

Lo mismo sucede cuando hablamos de los “sujetos” de la nueva universidad, de los cientos de miles de jóvenes que son manufacturados en ciertas competencias y etiquetados con el diploma que garantizará ante sus empleadores que dominan ciertos conocimientos, pues la universidad se ha comprometido a producir sujetos “normales” (o normalizados) que saben más o menos lo mismo. No obstante, cuando de discursos se trata, se les pide que sean los agentes de cambio que demanda el futuro, es decir, sujetos proactivos, que arriesguen y sean visionarios, que no se conformen y compitan siempre para ganar, verdaderos emprendedores capaces de conquistar el mundo los mercados.

Sin embargo, el espíritu rebelde de estos jóvenes es asesinado con la espada de la “educación por competencias” que les indica how-to-do; se trata del adiestramiento en la docilidad, la obediencia, la disciplina y el auto-control, pues así será posible garantizar ciertos desempeños para cumplir propósitos económicos predeterminados. Estos “nuevos universitarios trabajadores del conocimiento” serán llevados de la mano para operar dentro de rutinas que se activan mediante estímulos que les indican qué procedimiento deben seguir.

Así, los “sujetos de las competencias” deben actuar siempre dentro de los límites que marcan las instituciones de los nuevos mercados globales de intangibles, como peces que creen nadar libremente, pero que se encuentran atrapados en una pecera que ha sido confeccionada especialmente para ellos, siempre para hacer buenos negocios desde la reingeniería, el outsourcing, el benchmarking y la calidad total. Para esta “nueva universidad” ya no son tiempos de revueltas ni de abanderar causas que impliquen la consideración de los otros –pues cada quien es responsable de sus propias realizaciones, de sus éxitos y sus fracasos–, o de los derechos de la sociedad y la procuración de la equidad y la justicia, valores todos ellos que se consideran anacrónicos y pasados de moda. Si bien los juegos retóricos de esta “nueva universidad” invocan a un sujeto rebelde, casi un revolucionario, ella misma opera “procedimientos formativos” que manufacturan su contrario, un sujeto disciplinado que termina por asumir su ethos burocrático. Afortunadamente hay buenas noticias: las calles muestran que este empeño no ha tenido el éxito que se esperaba, pues los rebeldes y casi revolucionarios siguen allí invocando una formación muy distinta y resistiendo con dignidad.

Esa misma dignidad no ha sido mostrada por un elevado número de funcionarios universitarios, la mayoría me atrevería a sostener, que en su ceguera burocrática han contribuido a debilitar y someter la autonomía de las instituciones que encabezan al colaborar ellos mismos, solícitos y expeditos, en la realización de este proyecto; ellos son los arquitectos de la “Universitas calamitas” bajo el lema remixed de “Por mis competencias hablará el mercado”. Se han constituido en el coro de las sirenas de la “nueva universidad” vinculada a los mercados, esa que se arrogan como su propiedad y su negocio. Dígame amigo lector si no ha escuchado usted hablar a algún rector o funcionario sobre la necesidad de estandarizar programas y contenidos bajo la ilusión de una movilidad estudiantil que ha mostrado sus mayores logros, no en su capacidad para proporcionar una sólida formación académica y humana, sino en el aliento de una nueva versión de turismo académico que supone una cuantiosa derrama económica. Nos hablan también de la urgencia de implementar exámenes departamentales y bancos compartidos de reactivos que aseguren, eso dicen y acaso eso creen, niveles homogéneos de preparación para poder detectar (¡oh bendito control!) “quién falla” y “por qué”.

En realidad estamos frente a una serie de mecanismos, entre otros muchos, que intentan ir despojando a los académicos del control de la naturaleza, contenido y organización de su propio trabajo, para depositarlo en las manos de funcionarios y burócratas que asumen su nuevo rol de “jefes” y “gestores” del conocimiento. Su tarea será garantizar un proceso educativo en el “tiempo adecuado”, con la “calidad requerida”, bajo el precepto de la “mejora continua” y con la intención declarada y reiterada de satisfacer las “necesidades del mercado laboral”. Más que alentar proyectos académicos de trascendencia y envergadura, la dirección universitaria se concentra en conducir procesos de fabricación con ritmos predeterminados y niveles de calidad que intentan ser validados a través de la eficiencia terminal, los índices de deserción, la tasa de titulación y empleo, y de cuanta medida o indicador encuentren a su alcance.

Se trata de una nuevo “cuerpo directivo” que maneja la universidad desde la gestión empresarial, esa que todo le apuesta a la planeación estratégica con sus análisis FODA para detectar las ventajas competitivas, y que cuenta con un moderno arsenal de formatos de registro y control para que nada se le escape de las manos. Por ello, los funcionarios ocupan la mayor parte de su tiempo en innumerables reuniones de trabajo y seguimiento, en las que analizan y proyectan infinidad de tablas y datos bajo el estilo PowerPoint, pero sin entrar nunca a discutir el sentido sustantivo del proyecto educativo, científico y cultural de la institución, o de lo que implica verdaderamente la formación del ser humano, más allá de los instrumentos pedagógicos de moda que tanto los cautivan.

En fin, esta es la “Universitas calamitas” que se encuentra en medio de los conflictos sociales que protagonizan por todos lados infinidad de jóvenes y universitarios. Hoy se libran una serie de batallas para evitar que se concrete la privatización del conocimiento y su precarización; se trata de evitar esa incompetente educación por competencias; se pelea por mantener a la ciencia del lado de la sociedad, como ciencia pública que escapa de la ambición, el lucro y el beneficio propio; se resiste para evitar que la cultura sea engullida por el show business de la “pantalla chica” que alienta las modas más frívolas de una horda de ignorantes ilustrados que ejercen el arte de la simulación. Estamos ante una disputa epocal de gran envergadura que ya muestra algunas de sus consecuencias. Sinteticemos brevemente las más significativas:

- La precarización de la enseñanza, pues forma expertos y especialistas que, en sus especialismos, se encuentran preparados para nada; ellos pueden comprender únicamente su pequeño problema y lo que su solución les reditúa, con lo que no comprenden nada, volviéndose seres inhumanos y antisociales.

- La creciente exclusión de quienes no pueden pagar esta “nueva educación”, esta educación chatarra preparada a toda prisa, como comida rápida para satisfacer el apetito poco refinado de usuarios y clientes de un cierto perfil detectado gracias a la minería de datos.

- El incremento galopante del endeudamiento de los que sí pueden pagar, comprometiendo sus ingresos futuros para pagar sus “consumos educativos” presentes, como ha quedado en evidencia, por ejemplo, con las poblaciones de deudores y “homeless students” en los Estados Unidos, el Reino Unido, Chile...

- La profunda enajenación del trabajo académico y la pérdida paulatina de su capacidad crítica y su combatividad, pues ha sido crecientemente subordinado por la burocracia y sus funcionarios, y por un sistema de estímulos que los obliga a hacer todo y de todo –a planear y completar informes, a funcionar como tutor, a realizar trámites administrativos, a evaluar, a publicar y, en buena hora, a perecer–, a costa del tiempo que antes dedicaban a reflexionar, leer, investigar y trabajar con los demás.

- La invasión de una creciente burocracia de expertos iletrados y arrogantes, personajes que despliegan discursos en los que enaltecen los principios y valores que ellos mismos pisotean y transgreden, pues sostienen el respeto a la legislación que ellos mismos quebrantan, la diversidad y la pluralidad que ellos mismos atacan, la crítica que ellos mismos acallan y la transparencia que ellos mismos opacan.

Tal vez, amable lector, piense usted que mis afirmaciones son un tanto exageradas. En realidad he ubicando tan sólo algunos de los focos de tensión que delinean el rostro presente de esa “Universitas calamitas” que trabaja afanosamente contra sí misma al operar todo lo que garantiza su propia destrucción. Mientras esto sucede de un lado, del otro siguen actuando infinidad de grupos sociales que la defienden con dignidad desde las aulas, las calles y los parlamentos. Lo que va quedando claro, y en ello las experiencias en curso tienen todavía mucho que enseñar y decir, es que cuando se trata de educación, conocimiento y cultura, no caben ni mercados ni privatización. “Universitas calamitas”, ¡escucha! ¡Otra universidad es posible!

*Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa y Director General del LAISUM.
Artículo publicado en Laboratorio de Análisis Institucional del Sistema Universitario Mexicano (LAISUM).