Eduardo Ibarra Colado: Utopía, ambigüedad, porvenir. Dialogando sobre los futuros de la universidad

Como estudioso de temas universitarios, debo mantenerme al tanto de lo que se produce y publica sobre los problemas de la universidad y sus temas recurrentes: la cobertura universitaria, el financiamiento, la normatividad, el gobierno de las instituciones, la carrera académica, el sindicalismo, las relaciones laborales y la gestión universitaria. También debo considerar los aportes realizados por colegas que abordan las nuevas agendas de investigación, que incluyen los procesos de evaluación y acreditación y sus efectos; la llamada “educación por competencias”; la universidad abierta, a distancia o digital; la internacionalización, la comercialización y los rankings universitarios; y la transparencia, la rendición de cuentas y el derecho a la información. Finalmente, hay otro conjunto de textos, acaso los más significativos, que llaman inmediatamente mi atención, porque discuten los problemas que agobian a la universidad. En este caso puedo mencionar a título indicativo asuntos como el de los rechazados; la reducción del financiamiento público a la educación, la ciencia y la cultura; las practicas académicas indebidas, incluidas el plagio, el hostigamiento y la corrupción; la privatización del conocimiento y la aparición de las “hipotecas del saber”; el envejecimiento académico muy vinculado al “desretiro” y la “desjubilación”; y los problemas de raza, género y etnicidad.

Todos estos asuntos, sin duda relevantes, cobran sentido sólo cuando los relacionamos con reflexiones de mayor orden, por ejemplo, las que discuten las finalidades sustantivas de la universidad o aquellas que atañen a sus futuros considerando los desafíos de su presente. Las contribuciones que se ubican en este nivel se traducen en meta-textos ya que funcionan como el indispensable marco de referencia desde el que es posible reflexionar y dar sentido a los problemas más específicos de la universidad. La fábrica del porvenir: el ambiguo futuro de la universidad, libro recientemente publicado por la Universidad Iberoamericana, se encuentra en esta categoría, pues se ocupa claramente por reflexionar los temas de fondo y, sobre tal base, por interpretar y dar sentido a algunos de los problemas que mencionaba al principio.

Quisiera compartir con ustedes algunos atisbos de diálogo sobre lo que me ha provocado la lectura del libro, advirtiendo que estos apuntes son tan sólo insinuaciones de una obra vasta que es indispensable leer. Considerada en su conjunto, la obra tiene como su trasfondo los futuros de la universidad; ella se suma a un caudal de libros que asumen esta misma tarea1, aunque lo hace desde lugares distintos, con lo que efectivamente suma, añade y enriquece una reflexión vital para esclarecer dónde estamos y hacia dónde vamos. Se trata de un libro que analiza una época de rupturas para mostrar el extravío de una sociedad que no sabe hacia dónde se dirige. El futuro se hace presente porque el presente se nos escapa de las manos. La obra comporta por ello una vocación hacia la búsqueda, moviéndose ambivalente entre el pesimismo que emerge de un presente que parece no tener salida y el optimismo de ciertos futuros que prometen redimirnos. Por ello la obra parece por momentos cruda, dura, hiriente, y por momentos optimista, alegre, llena de esperanza.

El libro está cruzado por un conjunto de problemas abiertos a la reflexión. Se trata de un texto que invita a debatir. Se puede estar de acuerdo o no con sus autores, esto no es lo importante. Lo realmente relevante es que la obra cumple su función como espacio de diálogo y conversación, pues alienta a su contraparte, al lector, a asumir un papel activo al tener que lidiar con los argumentos y las dudas e inquietudes que va dejando la lectura a su paso. Al final, este lector confrontado tendrá que cuestionarse, desde tales ideas, el mundo en el que vive y se desenvuelve como persona y como universitario, y reflexionar sobre sus futuros.

La reivindicación de la utopía juega un papel fundamental, como se desprende de las discusiones que al respecto realizan los capítulos de la primera parte del libro. En el capítulo inicial, “Utopía y universidad” de Alberto Montoya Martín del Campo, se destaca la importancia de la utopía para reimaginar la responsabilidad de la universidad ante la sociedad de cara a su futuro. Esta no es una cuestión trivial pues su respuesta sentará las bases para edificar una nueva universidad, que sea capaz de desprenderse tanto de sus malos presentes como de esos nostálgicos pasados que en realidad nunca existieron. La apuesta fuerte que se hace es la de atreverse a pensar cómo construir una nueva universidad que permita a la sociedad recuperar su humanidad. En ello juegan un papel esencial la historia, digamos, la memoria, el ejercicio de la reflexión, es decir, la vocación crítica, y el reconocimiento y el respeto del otro, la alteridad.

Es aquí donde ensambla apropiadamente el argumento del segundo capítulo, “La antiutopía universitaria” de Joseba Buj, para mostrar que la “universidad” ha sido en muchos sentidos su propia negación, pues en ella nunca se ha dado cabida a todos, como lo muestran la ausencia de las minorías que desmiente esa universalidad mentirosa de la “universidad” que es en realidad “provincial”. Al proyectar los particularismos de la modernidad como universales, la universidad intenta someter y subsumir lo que es distinto, lo no-moderno, para “modernizarlo”, con lo que le niega existencia a todo lo que escapa a sus verdades y que fue, es y seguirá siendo mucho de lo que está hecho realmente el mundo. La consideración de las minorías permite apreciar una de las facetas negadas de la universidad, su incompletud, pues funciona como una de las instituciones que se encargan de imponer el silencio al “Otro”, negándole validez a sus saberes, sus prácticas y sus modos de ser. Se trata de una universidad incompleta, parcial, cerrada, a la que hay que confrontar para que se transforme y reconozca la validez de lo minoritario, de lo fragmentado, y de todo lo que no aspira a esa universalidad provincial de occidente.

El libro nos conduce de la utopía a la ambigüedad, término incómodo pues contradice los cánones del conocimiento positivo y pone en cuestión la racionalidad. La obra muestra en su segunda parte que tal ambigüedad se ha profundizado y que la paradoja deviene crecientemente en normalidad, que la universidad funciona de una manera incoherente, caótica y contradictoria, y que esa es su condición, a pesar de que los discursos la imaginen y la proyecten al revés, es decir, como institución consistente, ordenada y racional. Los tres capítulos que integran esta parte arriesgan en el análisis y a mi juicio salen airosos. Ellos defienden la tesis del agotamiento paulatino de políticas que han apostado todo a la ciencia positiva que descansa plácida en la veracidad aparente del llamado “dato duro” y en la supuesta naturalidad de los mercados. Ciencia positiva y economía de mercado se reúnen finalmente, reforzándose mutuamente, la una dictando verdades, la otra vendiéndolas al mejor postor. Sin embargo, los problemas de la universidad se hacen cada vez más evidentes. Por ejemplo, mediante la enseñanza por competencias tan de moda en estos días, la universidad se limita a credencializar para el empleo, con lo que deja atrás su esencia formativa para la vida y el ejercicio ciudadano. Algo similar sucede con la ensoñación de una “educación abierta y a distancia” que promete lo que no puede proporcionar, pues alienta el absurdo del “aprender por sí mismo” cuando sabemos que sólo se aprende con los otros. Como se sustenta en el capítulo 3, “Paideia y Universidad” de Josu Landa, se trata de una universidad que padece sus males por haber renunciado a su sentido originario sustentado en el cultivo de saberes y valores esenciales para la formación del ser humano.

Estos ejemplos y otros más que se despliegan en diversos capítulos, son muestra de los atolladeros insalvables, los callejones sin salida y las paradojas estructurales de “el discurso de la universidad”. El capítulo 4, “El discurso de la universidad como lazo social” de Carlos Gómez Camarena, acude a algunos planteamientos lacanianos para comprender tales atolladeros escapando a la interpretación simplista que ve en éstos errores que es posible corregir. Nuevamente este empeño resulta exitoso pues explica las paradojas en las que se ve atrapado el discurso de la universidad por creer que todo tiene una explicación racional y una solución técnica. Además, la lectura conduce al lector a comprender que la universidad es más que ese discurso y, más aún, que se puede aspirar a una universidad sin discurso de la universidad. Con ello se muestran dos cosas que no hay que perder de vista: primero, que en los espacios y resquicios de la universidad se producen o emergen otros discursos que pudieran prometer mejores futuros para la universidad; pero, también, que el discurso de la universidad se encuentra listo y preparado para absorberlos y normalizarlos. Por tanto, el reto estriba en evitar la incorporación y colonización de los discursos otros y sus espacios de libertad, alentando prácticas universitarias al margen y más allá del discurso de la universidad.

Otra vía sugerida en la obra anida en la antropología filosófica, pues ella abre también importantes posibilidades de reflexión de los tiempos presentes y sus agudos problemas Como lo sugiere el capítulo 5, “Universidad sin condición” de Miguel Ángel Sánchez Carrión, basta considerar la gravedad de la pobreza extrema que enfrenta México, pero también la gravedad que significa que desde la universidad poco se diga y menos se haga para ayudar a comprenderla y combatirla. Como este fenómeno, otros muchos golpean al país y demandan una universidad sin condición, en la que el compromiso de conocer y actuar a favor de los que menos tienen sea irrenunciable. Si esto llegara a suceder, es decir, si la universidad se hiciera cargo verdaderamente de reflexionar y contribuir a atender estos graves problemas sociales, tendría que comenzar a actuar desde su propia. El desafío es grande pues implica transformar los mecanismos de acceso a la universidad, las prácticas docentes, la determinación de sus agendas prioritarias de investigación y los modos de vinculación que mantiene con la sociedad. Hoy, me atrevo a aventurar, probablemente ninguna universidad estaría dispuesta a comprometer sus espacios interiores para transformar en actos concretos lo que se dice fácil en textos, discursos y declaraciones.

Con este planteamiento nos ubicamos en los territorios de los futuros de la universidad. La reflexión sobre el porvenir es cada vez más apremiante pues se muestra tal vez como la manera más apropiada para comprender y combatir el extravío social en el que estamos sumidos. Como lo muestra la tercera parte de la obra, el problema del porvenir se relaciona con el deseo a favor de futuros distintos, pero también con lo que está por-venir aún en contra de tales deseos. El asunto se aborda planteando interrogantes en tres ámbitos distintos. El capítulo 6, “El perfil del profesor universitario en la era de la hipervigilancia?” de Javier Prado Galán, reflexiona sobre el tipo de profesor universitario que necesitamos para escapar del predominio presente y proyectado de lo práctico y lo operativo sobre lo sustancial y de fondo. Se trata de un planteamiento central, toda vez que muchos profesores parecen conformados ya a asumir su papel como “transmisores mecánicos de conocimientos”, renunciando así, de facto, a su ardua tarea de conducir y facilitar la formación integral de seres humanos en ambientes crecientemente complejos caracterizados por el extravío, la fragilidad y el sin-sentido.

Por su parte, el capítulo 7, “Reconfiguración institucional de la universidad más allá de la retórica” de mi propia autoría, invita al lector a pensar en una universidad que opere más allá del Estado y del mercado, es decir, bajo un modelo hasta ahora inédito que reconozca en la sociedad esa capacidad regulatoria de bienes públicos inalienables como la educación, el conocimiento y la cultura. La apuesta que se realiza es a favor de un proyecto universitario arraigado socialmente y que se construye a partir del diálogo, la reflexión conjunta y una buena dosis de atrevimiento e imaginación.

Finalmente, el capítulo que cierra la obra, “La universidad: evolución y retos hacia el futuro” de Enrique Beascoechea Aranda, identifica los desafíos que plantea la globalización en términos de homologación y flexibilidad para reflexionar sobre la universidad que nos hace falta si deseamos recuperar los horizontes de significación que nos devuelvan esa condición humana que nos ha ido arrebatando la mercantilización. Por tanto, este texto de cierre se pregunta sobre “lo que podemos hacer, lo que podemos esperar y lo que debemos hacer para que, como individuos, especie y sociedad planetaria encontremos nuevas vías de realización”.

El reto que se plantea, por tanto, está en comprender qué podemos esperar que suceda bajo las condiciones del presente en el que vivimos y, desde allí, plantear como podemos pre-venir ese por-venir impulsando, desde hoy, la realización de un mundo distinto. Es a esto a lo que se dedica la obra que comentamos. Ella muestran que pensar en el futuro es importante, no tanto porque soñemos con lo imposible o lo irrealizable, con ese mundo perfecto o ideal al que aspiran ingenuos o soñadores, sino porque los futuros que imaginamos los imaginamos para producirlos hoy, para crear, desde la imaginación en diálogo, una comunidad decidida a actuar y a vivir de otras maneras.

Para decirlo en otros términos, imaginar los futuros de la universidad, imaginar a la universidad a la que aspiramos y que no tenemos, supone trabajar a partir de este mismo momento en su realización; de lo que se trata es de construir sus futuros hoy y, al hacerlo, de transformar, también hoy, los pequeños espacios que habitamos –como docentes, investigadores y personas– para escapar de la universidad que tenemos y que no nos gusta. Animado por las posturas de varios de los autores del libro, mi convicción es que podemos vivir hoy de otra manera, que conservamos la capacidad de emanciparnos desde los microespacios en los que nos movemos cotidianamente y que escapan muchas veces a la institucionalidad, pues ella no ve lo que considera como pequeño e insignificante, es decir, a los individuos que aún se manchan las manos con gis, los que terminan enronquecidos de tanto gastar la voz, esos que enseñan/aprenden discretamente en una de las muchas aulas que son sólo un dato y pasan desapercibidas para quienes ocupan ilusorias posiciones de poder. Es posible enseñar de otras maneras, es posible convivir de otras maneras, es posible mostrar que se puede burlar a las instituciones y contaminar con un aire de libertad a los que tenemos cerca, en un movimiento de transformación sin grandes pretensiones o aspavientos, desde abajo, con modestia y hasta donde se pueda.

La lectura de este libro ha sido un placer y una ganancia personal, pues he podido renovar ideas sobre asuntos que me preocupan y revitalizar ese optimismo que a veces se ve deteriorado por la dureza de nuestra cotidianidad institucional. Espero que mis comentarios, concisos y sin los matices requeridos, logren el propósito de delinear los contornos de un libro que bien vale la pena leer. En ustedes queda hacerlo o dejarlo pasar.

Nota

1 Algunos de los títulos que discuten los futuros de la universidad son Universidad y devenir (Escotet, 1996), La universidad en ruinas (Readings, 1997), La universidad necesaria en el siglo XXI (González Casanova, 2001), La universidad (im)posible (Marcovitch, 2002), La universidad en el siglo XXI (Sousa Santos, 2005) y El libro de la universidad imaginada (Ibarra, Porter y otros, 2011).

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*Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana y Director General del LAISUM.
Artículo publicado en Laboratorio de Análisis Institucional del Sistema Universitario Mexicano (LAISUM).