El mundo científico, bajo el síndrome de la retractación

El mundo científico, bajo el síndrome de la retractación

Ferric C. Fang hizo un descubrimiento inquietante en el otoño de 2010. Fang, redactor jefe de la revista Infection and Immunity, descubrió que uno de sus autores había falsificado varios artículos. “Antes de esa fecha”, dice, “Infection and Immunity sólo había retirado nueve artículos a lo largo de un periodo de 40 años”.

La revista retiró seis artículos del autor, Naoki Mori, de la Universidad del Ryukyus, en Japón. Desde entonces, otras revistas científicas han retirado dos docenas de artículos de Mori, según el blog de supervisión Retraction Watch.

“Nadie se había dado cuenta de que todo estaba podrido”, explica Fang. Para averiguar hasta qué punto lo estaba, se unió a un compañero, Arturo Casadevall, de la Escuela de Medicina Albert Einstein, de Nueva York. Fang llegó a una conclusión perturbadora: las retractaciones no solo estaban aumentando a una velocidad alarmante, sino que formaban parte de un problema mucho más profundo; “un síntoma de un ambiente científico disfuncional”, en palabras de Fang.

Casadevall dice que teme que la ciencia se haya convertido en un juego en el que el ganador se lo lleva todo, con incentivos retorcidos que empujan a los científicos a tomar atajos y, a veces, a caer en la falta de ética profesional. “Es una amenaza tremenda”, afirma.

En un par de editoriales de Infection and Immunity publicados en marzo, los dos periodistas hicieron pública una petición de reformas, y también manifestaron esta inquietud en la reunión del 27 de marzo del comité de las Academias Nacionales de Ciencias sobre ciencia, tecnología y legalidad.

Los escépticos creen que la ciencia ha cambiado de maneras preocupantes (especialmente la investigación biomédica, que consume una proporción cada vez más grande del gasto gubernamental en ciencia).

La revista Nature informaba en octubre de 2011 de que la retirada de artículos publicados se había multiplicado por 10 durante la última década, mientras que el número de textos científicos solo había aumentado un 44%. The Journal of Medical Ethics publicaba en 2010 un estudio que concluía que la nueva avalancha de retractaciones era una mezcla de mala conducta y errores no intencionados.

Los científicos señalan que uno de los posibles factores es que, debido a que las revistas están ahora en Internet, los artículos de mala calidad llegan a una audiencia mayor, lo que hace más probable que se descubran los errores. Pero hay otras fuerzas más perniciosas. Para sobrevivir profesionalmente, los científicos sienten la necesidad de publicar tantos artículos como sea posible y que aparezcan en revistas de mucha relevancia.

El mayor porcentaje de retractaciones del estudio de Fang correspondía a una revista médica de primera fila, The New England Journal of Medicine.

Fang, catedrático en la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington, opina que la competición para publicar en revistas de gran influencia puede estar llevando a cometer más errores. Cada año salen de los laboratorios nuevos doctores que deben optar a los escasos puestos de trabajo en medio de una rivalidad feroz.

Un artículo influyente puede suponer la diferencia entre tener una carrera profesional en la ciencia o dejar la especialidad. E incluso “todos se sienten inquietos aunque tengan éxito”, dice Fang. “Se preguntan: ‘¿Será esto el principio del declive?”.

Los laboratorios universitarios cuentan con un flujo constante de becas del Gobierno de Estados Unidos y otras fuentes. Los Institutos Nacionales de Salud aceptan actualmente un porcentaje de solicitudes de beca mucho más bajo, pero las universidades esperan que los científicos obtengan una parte cada vez mayor de sus sueldos de las becas, y estas presiones han influido sobre el modo en que se promocionan los científicos. “No se presta atención a la calidad de la investigación”, se queja Fang.

Para atraer a científicos de éxito, las universidades han erigido un montón de edificios de investigación. Algunas se han endeudado y cuentan con que el flujo de dinero de las becas termine devolviendo los préstamos. Con toda esta presión, puede que a los científicos les falte tiempo para revisar su investigación. “Uno no puede permitirse fracasar, que su hipótesis sea refutada”, dice Fang.

Para aumentar la presión, miles de nuevos doctores en ciencia están saliendo de países como China e India. Paula-Stephan, economista de la Universidad Estatal de Georgia, señala en la edición del 5 de abril de Nature que China, Corea del Sur y Turquía ofrecen ahora recompensas en efectivo a los científicos que consigan publicar artículos en las principales revistas.

Según Fang y Casadevall, para cambiar el sistema hay que empezar por proporcionar a los estudiantes una mejor comprensión de las normas básicas de la ciencia. También abolirían el método mediante el cual el ganador se lo lleva todo, que hace que las becas se concentren en una pequeña fracción de científicos. Una posible solución sería poner un tope a las becas que puede recibir un laboratorio.

Para suavizar la feroz competencia, los periodistas también deberían cambiar las normas de los premios científicos y hacer que las facultades tuviesen en cuenta la colaboración a la hora de tomar decisiones sobre las promociones.

Pero Fang está preocupado. “Todos los científicos que conozco están tan nerviosos por su financiación que no son modelos de conducta inspiradores. Se lo oigo decir a mis propios hijos, que se han dedicado al arte y la música, respectivamente. Me dicen: ‘La verdad es que te observamos y no pareces muy feliz...”.

New York Times, 03/06/12