José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y la muralla china

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y la muralla china

Construyeron los emperadores chinos una muralla que tenía como fin evitar que en su imperio penetrasen los bárbaros. Se hizo a mano, movilizando millones de personas en régimen de trabajos forzados, gracias a un sistema burocrático controlado por los mandarines, letrados y funcionarios, orgullosos de su saber, su eficacia y obsesionados con sus rituales y sus mecanismos de promoción profesional. Los filósofos chinos decían que el mejor gobernante es el que no gobierna nada, porque gobernar es siempre cobrar más impuestos, gastar más dinero y hacer obras, como la Gran Muralla, para mantener a un país aislado del mundo, como lo estuvo China hasta el siglo XIX, cuando los bárbaros ocidentales se infiltraron en el país desde el mar, haciéndola inútil.

Los estudiosos de la historia de las universidades bautizaron a sus profesores con el nombre de mandarines, es decir, letrados chinos, porque muchas veces, como ocurre ahora, creían poder estar al margen del mundo y sus turbulencias económicas, sociales o militares, a pesar de no ser más que frágiles peones en el juego del poder y de la historia, escondidos solo tras una muralla imaginaria. Los mandarines, chinos y académicos, creen tener un sistema racional y perfecto en el que todo está regulado en los papeles, en las normas y en los procedimientos burocráticos, no importándoles si ese sistema atenta contra el sentido común o niega la realidad. Como creen que su sistema es perfecto, todo tiene en él su razón de ser, todo está justificado por una normativa y ha de hacerse siempre de la misma manera, y cuanto más complicada mejor, porque así harán falta más mandarines para controlar la realidad y para espiarse a sí mismos. Esto es lo que está ocurriendo hoy en lo que los economistas y juristas llaman la universidad omniadministrativa. Una universidad también defendida de la realidad por una gran muralla y en la que la pasión por hacer obras y dictar normas infinitas salta a la vista.

Hay cosas dificiles de comprender para el común de los mortales, pero que en la universidad siempre tienen explicación. Pueden hacerse edificios que es necesario ampliar antes de su inauguración porque ya no sirven, como el caso de la Facultad de Física de la Universidad de Santiago, edificio del tamaño de un gran chalet cuya planta baja exenta tuvo que ser cerrada para acoger a duras penas a profesores y alumnos, teniendo que ser derivados departamentos a otro edificio que nació muerto, a pesar de su nombre, como fue el caso del hospital materno infantil, construido en el campus de Santiago, sin parking y casi sin accesos, y que por suerte fue reconvertido en residencia universitaria. También pueden hacerse facultades en las que no caben los libros disponibles el día de su imauguración, teniendo que reconvertir a toda prisa en depósito de la biblioteca lo que en plano era un garaje, el caso de la Facultad de Filología, cuyo rápido crecimiento hizo igualmente que su profesores acabasen por quedar amontonados en sus despachos. Hubo también proyectos faraónicos, por suerte no realizados, como la idea de situar el depósito de libros de la Facultad de Geografía e Historia en la planta noble y hacer aulas en un piso abuhardillado bajo cubierta. Y hay por suerte proyectos efímeros revisables, gracias al pladur y las mamparas que hacen que algunos edificios vayan cambiando sus paredes como si estuvieran vivos. Así se tabica y destabica, a pesar de la crisis, se cierran unos pasillos para abrir otros, para que quede eterna memoria de quien manda gracias a las murallas chinas de yeso y cristal.

Es difícil de explicar por qué se pretenden trasladar fotocopiadoras a los puntos más alejados de alguna biblioteca, o por qué se derriban los servicios de una planta con ocho aulas repletas de alumnos el día antes del comienzo de las clases. También lo es saber por qué las pruebas de acceso a la universidad se celebran quince después del comienzo del curso, o por qué un festivo como la inauguración del curso es laborable porque hay exámenes en un centro, o por qué el plazo de matrícula de algunas asignaturas se abre casi un mes después de su inicio. Naturalmente todo ello obedece a una razón, porque siempre hay una normativa que explica que es la realidad lo que está mal porque todo es perfecto e inmutable para quienes viven tras la Gran Muralla.