José Carlos Bermejo Barrera: ¿Quiénes son los enemigos de Fonseca?

José Carlos Bermejo Barrera: ¿Quiénes son los enemigos de Fonseca?

Decía Rahel Varnhagen, una intelectual judía alemana de comienzos de siglo XIX, que “la verdad es muy difícil de encontrar y además hay que ocultarla”, cosa lógica si tenemos en cuenta su doble condición de marginada, como judía y como mujer. Ello siguió siendo verdad en todas las dictaduras: alemana, soviética y también en España, cuando Franco, que no era judío sino de Ferrol, creía que quien se le oponía era antiespañol. Aunque algún presidente en excedencia, que gusta vestirse de Mío Cid y apreciar más la vanidad que la fidelidad, casi está diciendo que en España empieza a amanecer, nadie hay en nuestra universidad equiparable en modo alguno a estos personajes. Sin embargo sí es cierto que en ella parece pensarse que tenemos algo que ocultar, y que criticar a la universidad en público es también traicionarla, a pesar de ser el lugar en el que se intenta, con esfuerzo intelectual y mayores o menores medios materiales, contribuir al descubrimiento de las verdades que luego han de ser enseñadas.

Nubes de oscuridad parecer envolver las universidades, que con sus nuevos libros de estilo propagandístico dan la impresión de estar inspiradas, como señala B. Grinsberg, profesor de Oxford, en su libro del año 2011 sobre el tema, por el libro de estilo de la prensa de Corea del Norte. Creían los viejos filósofos que la existencia del mal era un problema. Hay muchas cosas malas en un mundo creado por un Dios bueno, lo que no dejaba de ser un escándalo, ya que o bien Dios no era bueno y quería el mal o no sabía que existía. Algunos viejos maestros pensaron que la solución sería pensar que el mal era un parte necesaria para lograr la armonía del mundo, sacando así a Dios del aprieto. Bradley, un gran filosófo oxfordiano, decía irónicamente en sus “Aforismos” que “el mundo es tan perfecto que todo lo que hay en él es un mal necesario”. Nuestros académicos contemporáneos, carentes de sentido del humor, parecen pensar lo contrario: no hay nada que esté mal en la universidad, nada hay que reformar porque es una institución perfecta, solo necesita más dinero, logrando de este modo resolver este viejo problema filosófico de la teodicea.

La universidad debe defenderse, parecen querer decir, de dos modos: con la estrategia del calamar y con la autocontemplación curricular. La primera consiste en lanzar en formación cerrada desde el banco de cefalópodos toneladas de tinta, impresa o digital, para acallar toda crítica con la autoalabanza de méritos, rankings y puntos de todo tipo y evitar mirar problemas tan graves como el paro de los 840.000 licenciados y el futuro cercenado de la mayoría de los jóvenes investigadores que se están formando, ocultándoles la inviabilidad del crecimiento sin fin de la plantilla. La segunda forma de estrategia debe desarrollarse en el libro de estilo del artículo de opinión, en el que el profesor de turno utiliza sistemáticamente los pronombres de primera persona, los posesivos “yo, nosotros, mi curriculum, mis méritos”, y destaca su relevancia con claúsulas en que muestra que ha viajado a universidades importantes, o contando una anécdota ocurrida en el aeropuerto cuando iba de camino, y sobre todo que conoce a científicos eminentes. Esto se consigue utilizando claúsulas como “paseando yo con…”, u otras que marcan mayor acercamiento: “cenando yo con…”. Repase el lector su memoria.

Alabar la universidad no es defenderla, y mucho menos alabar a quienes legítimamente la gobiernan, pues las dos garantías básicas de la democracia son la crítica del poder y la libertad de expresión, anuladas de momento. Reto al lector a que consulte el suplemento de universidades de El Correo Gallego anterior al año 1994 y verá cómo el debate y la argumentación han caído en picado. Llama la atención que en la prensa se controle a los políticos, ya sea porque se hayan echado un pitillo en un bar o porque se pasen con las tapas y los pinchos, o por supuesto por cosas muy graves; que se pida transparencia a la Casa Real; pero se practique la omertá y aparezca un muro de silencio para defender a la universidad pública, desde la izquierda, del gran segador de la derecha, izquierda que tampoco hizo nada para reformar sus graves problemas, que son los mismos desde el año 2000: endeudamiento, desestructuración de servicios comunes, exceso de oferta, caos normativo, promoción de titulos sin valor en el mundo real y concentración de recursos de investigación en grupos muy privilegiados. Cualquier sociólogo podría ver cómo se está constituyendo una oligarquía de gobernantes-evaluadores, que entran en crisis cuando el dinero falla. Nadie habla de las cifras de las universidades, de sus plantillas descalabradas en unos casos e hinchadas en otros, de cómo se gasta a veces el dinero de la investigación, o las inversiones en construcciones discutibles. Sin embargo nada está oculto, la contabilidad es accesible, y el Consello de Contas y el Tribunal de Cuentas, con sus retrasos habituales han dicho cosas a veces impresionantes. La verdad no es tan difícil de encontrar, pero parece que aun hay que ocultarla tras el banco de calamares. Si el capitán de un barco con el casco aun a flote, la maquinaría a veces renqueante y echando alguna que otra chispa, decide lanzarlo a toda máquina contra la galerna, ¿qué deben hacer los tripulantes? ¿Hacerle la ola al capitán y decirle que pise a fondo, u obligarlo a cambiar de rumbo o a salir del puente?