José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y el gobierno de los elefantes

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y el gobierno de los elefantes

Me comentaba un colega, que además de serlo también fue rector, que gobernar la universidad puede ser desesperante porque, me decía: “es como si fuese un elefante, si te pones detrás para empujarla no consigues nada, y si te pones delante te aplasta”. Y es cierto, el gobierno de la universidad es un auténtico cementerio de los elefantes, pero paradójicamente de elefantes vivitos y coleando; pues en él se amontonan estructuras sin función pero con costes elevados que vienen de antiguo, junto a otras nuevas que compiten por el ejercicio de las mismas funciones, se interfieren mutuamente y consiguen que las partidas dedicadas a la administración crezcan casi sin control, tal y como ha estudiado el economista J. Galindo Lucas (JLCR, II, 2, pp. 20/32). Veámoslo con unos ejemplos.

En la USC existen 333 cargos remunerados ocupados por profesores, así que un 14% de ellos ejercen alguna responsabilidad de gobierno. Como muchos de ellos, además de cobrar por su trabajo, tienen exenciones de horas de docencia, al costo de sus cargos hay que sumarle el de las horas de trabajo de quienes los suplen en sus labores docentes. ¿Está esto justificado, o es que hay muchos cargos-elefantes? Más bien lo segundo. El gobierno de la universidad se basó tradicionalmente en los centros, o facultades, que controlaban un presupuesto docente, de biblioteca, de mantenimiento y administración con sus funcionarios y cargos propios. Cada facultad tiene un decano, varios vicedecanos y un secretario que es un profesor. Y cada decano tiene un secretario personal, estando además asistido por un gerente de centro, un funcionario de asuntos económicos, varios funcionarios para el control de administración docente y un conserje, que es el jefe del personal de servicios. Todo iría a las mil maravillas si la facultad tuviese competencias, pero es que casi no las tiene: los presupuestos de biblioteca son mínimos y además cada biblioteca tiene un director y su propia plantilla. Las funciones docentes básicas corresponden a los departamentos, la planificación docente al vicerrectorado correspondiente, el presupuesto docente ha quedado reducido al ridículo, ya no se pueden dar a los alumnos fotocopias de trabajo a 1 céntimo cada una porque se dice que no hay dinero. Los decanos restringen al máximo los gastos del correo oficial de los profesores, que por otra parte normalmente carecerían de ordenador si no tuviesen algún proyecto de investigación en el que incluir su compra. El dinero de prácticas de campo es cada vez menor y los servicios de la facultad languidecen, por un lado por la obsesión controladora de los vicerrectorados, que han arrebatado a las facultades competencias propias según la ley, como el doctorado y los másteres, basándose en otras leyes que contradicen a las vigentes; y por otra parte a causa de unos departamentos insurgentes y a veces insumisos a la autoridad del decano. Si esto es así, sería lógico reducir cargos académicos en las facultades, hacer que el secretario fuese un funcionario, lo que la ley permite, y dejar los equipos decanales en cuadro haciendo que los funcionarios coordinasen el trabajo que les quedase. Nada hay de ello, ni siquiera la intención de plantearlo, pues imponente es la lógica de los elefantes.

Lo mismo ocurre en los departamentos, con su director remunerado, su secretario y su funcionario a tiempo completo para administrar un dinero de investigación que ya no existe, pues está todo en los proyectos particulares de los profesores, en cuyo control científico y económico ni el departamento ni la facultad tiene función alguna. Y lo mismo ocurre con el control docente, que viene diseñado desde el rectorado en un asombroso documento: el Plan Docente Anual en el que el rectorado encarga cada año sus títulos a un centro, fingiendo que lo hace de la nada, como Dios hizo al mundo el primer día de la creación, en vez de reconocer que casi siempre es la misma plantilla, que siempre se rellenan las mismas casillas en miles y miles de documentos que van de San Xerome a la periferia para volver rebotados como pelotas de ping-pong. Los departamentos fueron creados hace treinta años, como las caducas áreas de conocimiento; habría que rehacerlos, fundirlos y rediseñarlos, a la vez que se eliminarían docenas de cargos: otro tema que no se puede plantear, pues aplastante es la lógica de los elefantes.

Nunca se para la procesión de los elefantes y por eso a facultades, departamentos y vicerrectorados sin fin se añaden: comisiones de gobierno de los másteres, comisión de posgrado que controla a las comisiones de los másteres y a los doctorados, escuela de doctorado, comisiones de biblioteca, ahora sin un duro, órganos sindicales de los profesores…, etc. Todas las sendas de los elefantes desembocan en su cementerio, pero como no se mueren, aquí surge el problema: se empujan, e incluso pueden pisotearse mutuamente. ¿Por qué nadie pretende racionalizar el gobierno de la universidad, y todos están de acuerdo en hincharlo? ¿Por qué las universidades gallegas, al menos, no se coordinan entre sí y facilitan el acceso a sus plazas de profesores a investigadores de otras, lo que mejoraría el futuro de los investigadores con contratos a extinguir? ¿Por qué no se facilita el cambio razonado de área por parte de los profesores? Pues porque aplastante es la lógica de los elefantes. Marchan al compás en varios frentes hacia el cementerio en que se van a estrellar. Eso sí, sin dejar de pedir más plátanos.