José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y los perros de Pavlov

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y los perros de Pavlov

El fisiólogo ruso Iván P. Pavlov (1849-1936) descubrió los reflejos condicionados. Colocándole una cánula en los conductos de las glándulas salivares a varios perros, consiguió demostrar que la producción de saliva era igual cuando el perro olía y veía la comida real que cuando oía una campana que se asociaba a la hora de la comida. Al final, bastaba la campana para que se produjese la salivación. La teoría de los reflejos condicionados pasó a ser la base de la filosofía soviética del conocimiento, de la psicología y de la psiquiatría. Basándose en ella, los psiquiatras soviéticos (S. Bloch y P. Reddaway, Psychiatric terror, Nueva York, 1977), consiguieron descubrir extraordinarias enfermedades, muy útiles para controlar a la disidencia, como la esquizofrenia latente, que cursaba sin ningún síntoma y tampoco podía ser detectada con pruebas diagnósticas; o el trastorno de ideas reformistas, que consistía en creer irracionalmente que podía haber algo en el sistema soviético que estuviese mal y tuviese que ser corregido. Después de conseguir que salivasen a la vez millones de seres humanos en la URSS, todo su sistema militar, económico, social y político se hundió estrepitosamente víctima de su propia perfección.

Los profesores de la Universidad son como los perros de Pavlov en lo que se refiere a la valoración de sus méritos, que se lleva a cabo mediante tres reflejos condicionados. Todo el mundo sabe que un buen profesor es una persona que, después de muchos años de estudio, controla una materia, es capaz de enseñarla manteniéndose al día y de realizar aportaciones a la investigación, que solo pueden ser valoradas por los expertos. En los reflejos condicionados académicos, los profesores son valorados por tres signos que producen salivación como la campana de Pavlov y que pueden no tener nada que ver con la realidad académica. Son estos tres signos el número de proyectos y la cantidad de dinero gastada en ellos; los sexenios de investigación; y los índices de citas. Si un profesor fuese bueno o magnífico, deberían coincidir sus sexenios, sus citas y el dinero que necesita gastar para investigar. Esto no es así. Profesores que dirigen equipos de investigación muy costosos a veces tienen menos producción científica que otros que gastan mucho menos dinero. Incluso puede darse el caso de que investigaciones no experimentales realizadas sin financiación específica producen resultados mayores y mejores que otras investigaciones costosísimas.

Los tres reflejos condicionados tienen su trampa. La concesión de los proyectos depende de los evaluadores, y a veces las evaluaciones son extraordinariamente divergentes - entre el cero y el diez-. La actividad evaluadora tiende a concentrarse en las mismas personas, y muchas veces el criterio básico para conceder un proyecto es haber tenido otros anteriores, y no los resultados obtenidos. De tal modo que se le da más dinero al que más gasta, y no al que produce más con menos dinero. De la misma manera, los sexenios de investigación, un pequeño complemento salarial que se puede obtener cada seis años, a veces se dan o se niegan con criterios arbitrarios. Y además la concesión de los sexenios en las diferentes áreas de conocimiento varía mucho: en algunas son muy fáciles de conseguir y en otras muy difíciles. Como los sexenios dependen de los años, podría darse el caso de que el autor de un descubrimiento científico o una obra fundamental, por ejemplo A. Einstein, solo tuviese un sexenio, pues no podría presentar el mismo mérito sucesivas veces. Si la concesión de sexenios y proyectos funcionase correctamente, entonces los profesores que se benefician de todo ello tendrían que tener un índice de citas muy elevado, lo que no es cierto en muchos casos. Por el contrario, puede haber profesores sin proyectos que tengan un elevado índice de citas, y a ellos les puede negar un sexenio un profesor que tiene menos méritos.

Las citas son el reflejo condicionado del conocimiento científico; los sexenios, de la carrera investigadora real; y los proyectos son una forma de financiación de personas y grupos cuya ejecución es muchas veces discutible, según los informes del Tribunal de Cuentas de España y el Consello de Contas de Galicia. Estos reflejos condicionados forman parte del único sistema perfecto que queda ya en el mundo: la Universidad española, cuyos rectores, encabezados por Adelaida de la Calle, sostienen que en España no sobra ninguna Universidad, ningún profesor, y tampoco ningún alumno, porque los universitarios es sabido que se emplean mejor que los no universitarios (aunque habría que decir en qué). La Universidad española es un sistema tan hermético, tan perfecto y tan cerrado como el de la URSS, y podía acabar con un destino similar.

Pero aún nos queda una esperanza. En el año 1924, una inundación cubrió prácticamente todo el laboratorio de Pavlov, estando a punto de ahogarse en sus jaulas muchos de sus perros. Por suerte, fueron salvados en el último momento. Todos perdieron sus reflejos condicionados, e hicieron falta muchos meses de educación para que volviesen a recuperar sus competencias y habilidades; incluso las pastillas que se les administraban a base de bromuros perdieron su eficacia. Es una buena noticia: los profesores españoles aún son recuperables.