José Carlos Bermejo Barrera: Van los rectores montados en sus caballos

José Carlos Bermejo Barrera: Van los rectores montados en sus caballos

Da la impresión de que España esté ahora viviendo a mediados del siglo XVIII, el Siglo de las Luces, en el que se escenificó un enfrentamiento entre una Ilustración que representaba a la ciencia naciente y daba culto a la razón y un Antiguo Régimen que encarnaba el más puro despotismo, consorte fiel de la ignorancia y la superstición. Y es en este escenario imaginario, como todo aquello que se entiende por política en este país, donde l@s rector@s de nuestras universidades defienden la sagrada y desinteresada causa de la tecnociencia, hermana gemela de la libertad, el bienestar y el progreso, con sus cifras sin sentido. Olvidan así el consejo de John M. Keynes, quien decía en su carta a E. Rorhbath (29-XI-1939): “cuando las estadísticas no tienen sentido, en general me parece más sabio preferir el sentido a las estadísticas”.

Sostener como ell@s que la tecnociencia está directamente unida a la democracia, la libertad y el bien común es una idea carente de sentido. La URSS, entre 1918 y 1989, conoció uno de los procesos de desarrollo industrial, tecnológico y científico más asombrosos de la historia. Sus ingenieros, científicos y su potencia industrial en todos los campos le permitió no solo derrotar a Alemania en la II Guerra Mundial sino también igualar todos los logros tecnológicos de Occidente. Un Occidente en el que la Alemania nazi logró entre 1933 y 1945 innovar en todos los campos de la ciencia y la técnica, perdiendo la guerra sencillamente porque no pudo superar en producción a varias superpotencias industriales. Lo mismo podríamos decir de la industrialización y el desarrollo tecnológico de la China de Mao y la China actual, que en 2020 será la primera potencia económica mundial y en la que la inexistencia de la libertad de expresión, de la libertad política y las garantías legales de lo que no sea la propiedad privada no solo no obstaculizan, sino que favorecen su increíble capacidad técnica. En mucha menor escala podríamos hablar de la industrialización de la Italia fascista o de la incipiente industrialización de la España de Franco.

La idea de que la boda de la tecnociencia y el autoritarismo da parejas bien avenidas se puede aplicar a las universidades españolas actuales, que desprecian los únicos saberes que no florecieron en los regímenes autoritarios, las humanidades y las ciencias sociales, y en las que sus dirigentes concentran los tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial, a la vez que se lamentan de su escaso poder personal apelando al discurso de la gobernanza, que los consagraría como monarcas absolutos. Entonan nuestr@s rector@s el lamento de la pérdida de la autonomía, que es más bien autonosuya, a juzgar por los hechos siguientes. Un rector elegido gobierna y administra legalmente su universidad y los recursos públicos que la sostienen. Pero además de ello, como cada universidad tiene un estatuto y elabora cientos de reglamentos en órganos que l@s rector@s y su grupo de apoyo controlan, en realidad crea una legalidad propia, que puede contradecir la legalidad estatal. Así, por ejemplo, cada rector diseña un equipo de gobierno más grande que un consejo de ministros y delega en cada uno de sus vicerrector@s una serie de competencias, a la vez que las crea y las consagra publicándolas en el boletín de su Autonomía. Las competencias más interesantes son las llamadas residuales, las que no están claramente especificadas, gracias a las cuales algun@s rector@s han conseguido endeudar a su universidades hasta las cejas sin consultarlo previamente, o están llevando a cabo recortes en nóminas de sus funcionarios, a la vez que se niegan a aplicar reales decretos estatales, como el que establece el cumplimento de la carga docente de sus profesores.

Si se diese el caso de que un rector o un órgano de gobierno adoptase un acuerdo ilegal, se puede recurrir ante el mismo rector, cosa insólita en la historia del derecho, que remitirá a los interesados a la jurisdicción contenciosa, célebre por su lentitud y prohibitiva ahora con sus costas. Pero es que además el rector es juez, ya que puede abrir expedientes disciplinarios, nombrando juez instructor a quien considere conveniente, y pudiendo aceptar o rechazar su propuestas, juez que podrá ser juzgados por otro juez nombrado también por el mismo rector. Naturalmente las sanciones pueden ser recurridas ante la jurisdiscción contenciosa con casi nula probabilidad de éxito. No se puede meter a un zorro en un gallinero y pensar que todas las gallinas quedarán indemnes. Los poderes de l@s rector@s actuales son excesivos: sus resoluciones deberían poder ser recurridas ante el Conselleiro o el Ministro de Educación y debería limitarse o suprimirse su capacidad disciplinaria y transferirla a un servicio de inspección, antes de que las universidades pasen a ser almas gemelas del Castillo de Kafka o de la China imperial.

Quieren l@s rector@s más poder, y a eso llaman gobernanza, pero en el modelo propuesto serían nombrados, y a su vez ellos nombrarían a todos los cargos: decanos y directores, convirtiendo sus rectorados en sucursales de la Ciudad Prohibida de Pekín. Van los rectores, como los reyes y emperadores, montados a caballo, justo cuando la época de la caballería ya ha acabado. Sus últimas cargas fueron en la I Guerra Mundial, cuando incluso los oficiales de infantería comenzaron yendo a caballo, pero como eran blancos fáciles de los francotiradores pasaron a ir a pie con sus soldados; por esa misma razón se suprimieron sus insignias de metal que brillaban en la lejanía. Todos los uniformes pasaron a ser iguales y así los anacrónicos jinetes acabaron envueltos en el barro de las trincheras, como todo el mundo.