José Carlos Bermejo Barrera: Comerciantes sabios y científicos pardillos

José Carlos Bermejo Barrera: Comerciantes sabios y científicos pardillos

Decía un proverbio suizo del siglo XVIII que en la familia el hijo más listo se hace comerciante, el siguiente sacerdote y el más tonto profesor. Este refrán insultante para nosotros tenía su sentido, ya que nuestra profesión no tenía ningún prestigio en Suiza, un país al que en conjunto no le ha ido nada mal. Hace no mucho aun se decía “pasa más hambre que un maestro de escuela”, y a juzgar por el camino que vamos pronto volverá a ser cierto. Afirmaba también Miguel de Unamuno, catedrático de griego y rector de la universidad de Salamanca, que quien sabe algo lo hace y quien no lo sabe lo enseña, lo que fue cierto en el caso de este gran filósofo, escritor y polemista, que no aportó nada al estudio de la filología griega, materia que no daba prestigio alguno. Para intentar conseguir algo de prestigio, algunos profesores aspiran hoy en día a poner tienda, a ser posible dentro de su propia universidad, y admiran a empresarios de todo tipo, casi siempre por desgracia más listos que ellos, y a los que están dispuestos a servir defendiendo sus intereses a cambio de algo. La historia de la industria farmacética ha dado buenas pruebas de ello, sobre todo en el campo de la psicofarmacología

La crítica de las estrategias de esta industria puede hacerse desde una filosofía de perro-flauta que sostenga que la naturaleza nos ha dado miles de plantas para curar, fumadas o en infusión, todas las enfermedades, pero también de un modo científico, cuando la hacen psicofarmacólogos, médicos o psiquiatras como E.S. Valenstein, (1998; 2005), D. Healy (2004; 2008) y M. L. Podolsky (1997). Señalan ellos que en la investigación científica y clínica se debe buscar la causa de las enfermedades, actuar contra ellas y así suprimir los síntomas y curarlas, aunque a veces suceda lo contrario y surjan “curas a partir del caos”, o el azar, como reza el título del libro de Podolsky. Siempre se supo que la corteza de sauce masticada bajaba la fiebre y curaba el dolor de cabeza; cuando Bayer sintetizó el ácido acetil salicílico y creó el primer medicamento industrial masivo: la aspirina, de la que se consumen en el mundo 4.000 comprimidos por segundo, se abrió una nueva era. Se conocen 14 usos terapéuticos de la aspirina (M.L. Podolsky, 1997, pp. 388/389), como el control del colesterol a base de tomar 5 grs. al día, lo que produce indeseables efectos secundarios, y casi ninguno se puede explicar. Queda claro sin embargo que si quita el dolor de cabeza no es porque ese dolor lo produzca el déficit de aspirina en el cerebro. Sería estúpido pensarlo, pero así se ha escrito la historia de parte de la psicofarmacología en la que comerciantes sabios han controlado a científicos y médicos ambiciosos, como puede verse en algunos ejemplos.

En 1950 P. Deniker sintetizó, sin saberlo, el primer antipsicótico, la cloropromazina, alterando un antihistamínico al añadirle un átomo de cloro. Aplicado al azar a esquizofrénicos se vio que a algunos les frenaba las alucinaciones, aunque los convertía poco a poco en enfermos de parkinson y podría matarlos. Aunque no se sabía por qué, se usó en Europa, pero en EEUU los psiquiatras se opusieron hasta que una farmaceútica, Smith & Kline, compró la molecula en 1952, la patentó con el nombre de Torazina y contrató a 300 visitadores médicos que, convenciendo a los psiquiatras, en 8 meses consiguieron tener 2.000.000 de enfermos medicados de por vida y 6 meses más tarde 4.000.000. Del mismo modo Eli Lilly, inventora del Prozac (D. Healy, 2004) difundió su molécula publicando 50.000 ejemplares de un manual para médicos de cabecera, que podrían pasar a recetarlo de forma masiva. Ganó con él en 1996 2.500 millones de dólares; su rival, Pfizer, 1.000 millones con su Zoloft, y este tipo de antidepresivos facturaron 4.500 milones solo ese año; entre sus pacientes había 600.000 niños, incrementando sus ventas en un 298% al año.

Primero se crearon las moléculas y luego las explicaciones de su uso: la dopamina es la culpable de la esquizofrenia y la serotonina de la depresión. Los científicos defendieron su uso y ocultaron su contraindicaciones gracias a los contratos de confidencialidad con los que trabajan para las farmaceúticas, cobrando por ello en EEUU 50.000 dólares al año. Esas empresas pasaron a financiar el 25% del gasto de la American Psychiatrical Association, gastaron en 1988 86 millones en publicidad en su congreso anual y financiaron con 1.900.000 dólares las revistas American Journal of Psychiatry, Psychiatric News y Psychiatric Services. Pagan la formación de psiquiatras y gastan al año 130.000 milones de dólares en investigación para crear medicamentos más rentables, y a veces mejores. Si pensamos que el 34% de los autores de articulos de estas revistas en este campo, Science, Nature, The Lancet, The New England Journal of Medicine y Proceedings of the National Academy of Medicine (E.S. Valenstein, 2005, pp. 198/199) tenían intereses económicos y financieros en los medicamentos estudiados, podremos comprobar que los suizos tenían algo de razón: los comerciantes son más sabios que los investigadores a los que financian.

A veces se dan casos curiosos. La molécula de la viagra se estaba investigando para bajar la tensión, y curiosamente subió la tensión de los caballeros en un campo muy concreto y se patentó para eso consiguiendo que algunos lograsen así el final feliz. Casi nunca se acaba así, pues hay médicos y científicos ambiciosos dispuestos a ocultar la verdad y así poder soñar que ya son comerciantes.