Jaime Gómez Márquez: Premios Nobel, investigación y 'politiquillos'

Jaime Gómez Márquez: Premios Nobel, investigación y 'politiquillos'

Hace pocas semanas se anunciaron los nombres de los nuevos Premios Nobel en Medicina y Fisiología, en Física y en Química. Sus investigaciones son fundamentales para seguir avanzando en el conocimiento de la naturaleza, de la materia, del universo. Sus resultados, junto con los de muchos otros científicos -también los que investigan en nuestras universidades- contribuyen a que el mundo progrese y a que nuestra esperanza en un futuro mejor siga viva. En estos tiempos en los que predomina valorar lo superfluo o lo mediático, es justo, bueno y necesario reivindicar la investigación con mayúsculas, sin matices.

Las investigaciones en cualquier ámbito científico requieren siempre de personas capacitadas y, casi siempre, de financiación. Ambos requerimientos dependen, directa o indirectamente, del poder político. Ahora, nuestros gobernantes han tomado la decisión de "asfixiar" a la investigación a través de dos medidas tóxicas: recorte drástico de los recursos dedicados a financiarla y escasez de apoyo para la incorporación y estabilización de jóvenes investigadores excelentemente preparados. El efecto pernicioso de esta miopía política durará muchos años porque cuando se destruye el tejido investigador de un país tarda décadas en restablecerse.

La universidad, como principal institución investigadora de este país, también está sufriendo los severos recortes en su financiación, lo que produce un deterioro casi inmediato de la actividad académica y un progresivo envejecimiento de la plantilla de personal docente e investigador porque no hay suficiente incorporación de nuevos profesores e investigadores. Esta falta de relevo generacional es muy preocupante y augura un futuro negro para la universidad.

¿Pueden nuestros gobernantes permitirse el lujo de desmantelar el tejido investigador sin que aparentemente pase nada? La respuesta es que sí pueden hacerlo, porque lo hacen. Si los políticos toman la decisión de sacrificar la investigación, no podremos aspirar a ser un país a la vanguardia del progreso, contribuyendo al avance del conocimiento, a la innovación, a la creación de riqueza y bienestar. Seremos un país de segunda, tendremos que pagar por las patentes, no podremos liderar nada salvo la venta de tumbonas para la playa, el número de camareros o las cosechas de pepinos. La investigación es progreso, riqueza, cultura, es casi la única esperanza para un futuro mejor.

En esta dirección hacia el abismo científico vamos a una velocidad de vértigo. Y ello gracias a nuestros gobiernos, que todo lo justifican con la crisis, y a la inestimable ayuda de una muy mediocre oposición. Por eso, para mí, esos políticos que permiten, irresponsablemente, que esto ocurra son politiquillos, es decir, personas que se dedican a la cosa política sin una visión clara de lo verdaderamente importante (incompetencia) o con intereses inconfesables (amiguismo o corrupción).

Cuando los altos responsables políticos usan el teléfono móvil, van al hospital a tratarse de una enfermedad grave, vuelan en avión, ven la televisión, compran utensilios con plástico, navegan por Internet, toman un antibiótico o se compran una cocina de vitrocerámica, ¿piensan que todo este progreso vino de Marte o del Cielo? Si creen esto estarían, obviamente, neuronalmente perjudicados y si creen lo contrario estarían casi peor porque hacen muy poco o nada para que su país no pierda su músculo científico. Llegados a este punto solo hay dos salidas aceptables: rectificar o dimitir. Puedo estar equivocado pero es lo que pienso.

El Correo Gallego, 11/11/13