José Carlos Bermejo Barrera: ¿Qué es la ciencia de pacotilla?

José Carlos Bermejo Barrera: ¿Qué es la ciencia de pacotilla?

Se llama ciencia de pacotila - traducción del inglés science bling-bling- a aquella ciencia manipulada e inflada para mejorar el curriculum de los profesores, curriculum que, siendo la base del reclutamiento docente y la financiación pública de la investigación, se configura como la piedra angular de lo que, si no lo evitamos pronto, será la universidad de pacotilla. La ciencia de pacotilla es universal, es única y es medible y en ella todo se mide por igual: con índices y porcentajes similares para todo el mundo. Esta ciencia se mezcla con la ciencia real, pero también la desnaturaliza.

No existe una cosa llamada ciencia, sino muchos conocimientos que se amparan bajo esa etiqueta. Hay ciencias experimentales, como la física y la química, y otras basadas en la observación y la clasificación, como la astronomía, la zoología, la botánica o la anatomía. E incluso hay ciencias en las que ni el experimento ni la observación desempeñan ningún papel, como gran parte de las matemáticas. Las ciencias se agrupan en torno a dos polos: las matemáticas y el lenguaje. Las matemáticas son esenciales en las ciencias experimentales, las tecnologías y las ciencias económicas, mientras que el lenguaje es fundamental en el derecho y las ciencias sociales y humanas. Hay ciencias que generan tecnología y sin tecnología no se pueden cultivar muchas de ellas, como la física, la química. Pero también hay otras que no la generan ni dependen de ella para sus logros. Por último todas las ciencias, sean las que sean, son productos históricos porque derivan de la acumulación y mejora del conocimiento con el tiempo - la verdad es hija del tiempo, como decía el viejo Aristóteles - y además las ciencias son empresas colectivas de cientos de grupos y miles de científicos. Si esto es así, ¿por qué la ciencia de pacotilla quiere igualarlo todo? Pues porque es el pilar de la millonaria industria científico-editorial, que funciona casi en régimen de monopolio, y porque sirve como alivio psicológico para los científicos que necesitan ser reconocidos personalmente como investigadores en un mundo en el que el trabajo científico es masivo, casi anónimo, y en el que se podría prescindir de los nombres de los autores en el caso de las ciencias experimentales, en las que el 98% de los trabajos tiene más de un autor, mientras que en las humanidades sucede todo lo contrario: el 95% son trabajos unipersonales.

La investigación científica, base de la tecnología, es un trabajo duro, de larga duración y muy ingrato, y se premia con dinero o con puestos docentes e investigadores. La investigación no hace ricos a los científicos, sino a los empresarios, que explotan las patentes. En la industria no importan las publicaciones, ¿o es que el Audi A4 tiene un autor? No, tiene miles: todos los investigadores que desarrollaron en el tiempo los miles de tecnologías que confluyen en la fabricación de un automovil. ¿El genoma humano tiene autores, cuantos cientos de personas lo firmaron? Sin embargo en la ciencia de pacotilla lo esencial es publicar. Publicar es un negocio personal: cada uno ha de gestionar su currículum y hay manuales para ello. Abby Day ha publicado un libro que conoció numerosas reediciones (Gower, 2007, 2 edición) cuyo titulo traducido es: Cómo conseguir que su investigación sea publicada en las revistas. Es un libro de autoayuda curricular. Su autora nos recomienda no investigar nada por su importancia ni por su originalidad, sino hacer lo que las revistas piden y en la forma que lo piden porque el currículum es un cálculo de costes y beneficios.

Ya nadie es una autoridad en un tema, porque todos los currículums se miden por índices, por el número de artículos – los libros no cuentan, aunque son esenciales en humanidades - y por el número de citas dentro del sistema, que es proporcional al número de artículos que se publican cada campo en un año. En un campo muy limitado en el que hubiese 100 artículos por año, lo máximo que se podría lograr serían 100 citas; en otros, que los hay, en donde la cifra rondase los 100.000 artículos, serían 100.000. Los expertos han descubierto el llamado sesgo de publicación y lo han cuantificado. Se sabe que si un artículo aporta alguna novedad menor la probabilidad de publicación supera el 80%; pero si aportase algo radicalmente innovador sería seguramente rechazado (R. Collins, Harvard, 1998).

Los currículums de este tipo son muy diferentes: un químico de 60 años puede tener en EEUU 400 papers, un matemático puro 25 y un gran historiador dos libros esenciales, pero todos se basan en la no lectura de los trabajos y se reducen a la mera exhibición de índices bendecidos con el uso de términos en inglés. Así la ciencia de pacotilla, construida a partir de la ciencia real, una empresa colectiva, anónima y basada en el trabajo y la inteligencia, se convierte en un ranking de las vanidades, consiguiendo infantilizar a los investigadores en pos de sus cifras, a la vez que los va dominando al imponerles el número, tipo y lugar de sus publicaciones. La ciencia y la tecnología reales son conocimientos colectivos y valen por su verdad, eficacia y rentabilidad. En ellas la pacotilla no sirve. En las universidades públicas españolas sí, porque sus profesores han decidido aislarse de la realidad y contemplarse en el espejo como la madrastra de Blancanieves. La universidad, como la madrastra, puede acabar mal, pues aunque llegase el príncipe desencantador no la salvaría a ella, sino a la verdadera protagonista del cuento: la realidad.