José Carlos Bermejo Barrera: Deprimidos en Fonseca

El gritoJosé Carlos Bermejo Barrera: Deprimidos en Fonseca

Culminó su mandato el rector Casares dando la nota en el solemne acto de su relevo, al dejar claro que no podía improvisar un discurso de ocasión si no leía unos papeles sobre los que entabló contienda con su secretaria, a la que intentó poner en su lugar, tal y como de ello dieron fe las cámaras de la televisión, testigos parlantes de la ceremonia. Quizás no podía acabar de otro modo un mandato en el que, tras ser investido caballero, el nuevo desfacedor de entuertos entabló singular combate, siguiendo las huellas de su antecesor literario, con unos odres de vino en una venta, derrotó en épica batalla a unos molinos en los que quiso ver gigantes y realizó otras grandes gestas, como purgar a su propio equipo de gobierno sucesivas veces, pagar a trompicones una deuda de la que no era responsable, guiado para ello por su personal criterio contable, dar batalla a la vez a tirios y troyanos, para acabar condecorando a quienes combatieron con él hasta el final, a los que él mismo premió no sabemos si por su fidelidad o por su paciencia, a la vez que se encargaba un retrato que inmortalizase el recuerdo de su memoria.

En este trance tomó posesión de su cargo el rector Juan Viaño, un hombre de carácter afable que sabe lo que es el esfuerzo cuando uno desea conseguir algo y al que por ser especialista en el campo de la llamada matemática aplicada se le supone a su vez el manejo de la capacidad de abstracción y la visión práctica de la realidad. Señaló Viaño que veía a su universidad desanimada o desencantada, a la vez que magra en recursos financieros, lo que sin duda sabe por haber sido miembro del equipo de gobierno que dejó en herencia al rector anterior esa misteriosa, discutida y relativa deuda, cuyo monto varía según sea la persona que hable de ella.

Hay que reconocer que Fonseca tiene razones para estar deprimida. Sus miembros han sufrido recortes en su nómina, por parte de Zapatero, de Rajoy, de Feijóo, y por parte de la propia universidad que los aplicó sin acuerdo alguno del Claustro ni del Consello de Goberno y ante el silencio de unos sindicatos, sobre todo de profesores, únicamente preocupados en ver a quién se le puede asignar una nueva cátedra o en consolidar, sea a costa de lo que sea, a las pobres víctimas de los programas de formación de investigadores, que poco a poco comienzan a darse cuenta de que no existe ya la tierra prometida. Las nóminas se recortan, se recortan los gastos a la vez que los nuevos edificios del Campus de Excelencia Internacional se alzan tan orgullosos en el campus como lo están de ellos sus usufructuarios, cuyos proyectos de investigación son cada vez menos - al fin y al cabo manda la crisis -, cuyos equipos entran en crisis, a la vez que lo único que crece son los intereses de la deuda que la construcción de esos edificios supuso al sumarse a la deuda anterior.

Hay profesores que se sienten deprimidos y piensan que son algo así como los parias de Fonseca. Ellos no tienen edificios de investigación, si tienen proyectos son modestos, y ven cómo todo se recorta, hasta los folios que se pueden dar a los alumnos. Ellos también saben que no es oro todo lo que reluce y que hay en Fonseca dos secretos celosamente guardados: el número de sexenios de investigación que tiene cada profesor, que es el que ahora supuestamente mide su calidad en ese campo, y la cuantía de las nóminas, sobre todo de las que algunos funcionarios cobran por sus proyectos y contratos, de acuerdo con la ley, pero a las que parece no habérsele aplicado recorte alguno; unos funcionarios cuyos edificios y grupos de investigación ven blindada su financiación por parte de la Xunta de Galicia con las partidas de consolidación de sus grupos, en cuyos méritos se debe creer aunque no puedan, se dice, hacerse públicos.

Afirmó el nuevo rector que el futuro de Fonseca está en los Campus Vida, Terra y Mar, añadiendo un imaginario “Campus de la Ciudadanía” que no será más que el “campus santo” en el que estarán destinados a yacer académicamente los restos de los profesores que más que en un campus se quedan a la intemperie. No parece buena terapia para la depresión alejarse cada vez más de la realidad y aferrarse a proyectos, esperanzas o ilusiones ya inviables. Más bien debe hacerse lo contrario. Si el nuevo rector de toda Fonseca quiere enderezar la nave que la ha tocado pilotar en la cresta de la ola de un tsunami, no ha de seguir las aventuradas huellas de su predecesor que parecía tomar sus decisiones sin encomendarse ni a Dios ni al Diablo, sino, y en ello le puede ser favorable su talante, demostrar que, aunque salió elegido casi por los pelos en una disputadísima elección ya no es Juan Viaño el catedrático de Matemática aplicada, sino el rector de una universidad con la que se puede hundir o con la que se puede salvar. Se decía en la Edad Media que el rey tenía dos cuerpos, el suyo mortal y el inmortal que tenía como rey. A un cargo público le pasa lo mismo. Un rector es una persona, pero es algo más que una persona porque es responsable de varios miles de personas más. Por eso debe aprender a ganarse la confianza con su conducta y un planteamiento verosímil para el bien común en el que todos vean que les corresponde un lugar bajo el sol y no a la sombra de los que en el pasado eran aparentemente más altos. Del pasado solo se puede aprender una cosa y es que el futuro será siempre diferente. Si lo miramos con esperanza podremos mantener la ilusión; si creemos que ya no lo tenemos entonces surgirá la depresión.