José Carlos Bermejo Barrera: ¿Deben los filósofos picar piedras?

FilósofoJosé Carlos Bermejo Barrera: ¿Deben los filósofos picar piedras?

A juzgar por lo que se decía en la España de Franco, sí. La frase adecuada era: “yo a los filósofos los ponía a picar piedras”, proyecto a la vez laboral y político que resulta comprensible si se tiene en cuenta que muchos pensaban que la filosofía era una profesión peligrosa para el orden establecido, pues los filósofos, tábanos impertinentes, tenían la manía de poner en duda el orden establecido y las verdades consagradas de la religión. Como en la España de Franco la mayor parte de la población había interiorizado inevitablemente el franquismo, cuando una persona tenía una idea que consideraba buena para el bien común podía decir: “ si yo fuera Franco prohibiría…”, lo que naturalmente suponía admitir que la forma básica de la acción política y la mejora moral de un país ha de consistir siempre en prohibir o censurar algo. La idea del filósofo picapedrero, que no escultor en mármol o granito, también podía verse reforzada por la existencia de notorias iniciativas en el ramo de la cantería, como fue el caso del Valle de los Caídos, cuando no por la idea de que la filosofía había de ser esclava, “esclava de la teología”: ¿qué mejor trabajo para un esclavo que picar piedra en una cantera?

A lo largo de 2.500 años de historia, la filosofía y los filósofos han cumplido diferentes funciones dentro de una matriz que puede seguirse considerando como común. El filósofo no siempre fue un profesional de una materia. Tales de Mileto, el primero de ellos, no vivía de la filosofía. Se le atribuyeron un viaje de estudios a Egipto y unos conocimientos físicos y astronómicos extraordinarios, que le permitieron, ante la burla de una esclava, que se rió de él por caerse en un pozo al caminar de noche mirando a las estrellas, hacerse millonario alquilando todos los molinos de aceite de su ciudad a un precio ridículo cuando todo el mundo esperaba una horrible cosecha que sólo él sabía que había de ser extraordinaria. Sería así el inventor de las operaciones bursátiles a corto plazo. Los filósofos griegos, que consideraron que la cumbre de todos los saberes eran las matemáticas y que todos los saberes racionales forman parte de la filosofía, vivieron a veces en cofradías religiosas, como la escuela del matemático Pitágoras o la Academia de Platón, porque pensaron que la filosofía, además de la síntesis de todos los saberes, era ante todo una manera de vivir, orientada a la búsqueda del conocimiento, y no del poder o las riquezas. Aunque otras veces fueron educadores y asesores de los poderosos y también itinerantes vagabundos o predicadores callejeros, como Heráclito de Éfeso y los filósofos cínicos.

El cristianismo, legítimo heredero de la filosofía griega, transmutó el modo filosófico de vida en el ideal de la vida contemplativa, y por ello casi todos los filósofos fueron clérigos itinerantes entre las nuevas universidades o frailes recluidos en sus monasterios que intentaron a la vez conservar los saberes heredados del mundo antiguo y hacer que el pensar libre coincidiese con las verdades inmutables e impuestas a veces, cosa no siempre fácil. Toda la filosofía moderna fue un intento de liberarse de estos moldes en los que bajo cada filósofo se escondía un pastor protestante o clérigo católico, como decía Nietzsche, pero a su vez fue un intento de ampliar los límites de una filosofía ya no sólo cultivada por clérigos y profesores.

Así nació el filósofo cortesano, como Leibniz, a la vez matemático genial, ingeniero e historiador, los filósofos médicos, como Locke, los filósofos intrigantes de corte como Sir Francis Bacon, los marginados residentes en buhardillas como Spinoza. Pero todos ellos conservaron dos ideas clave: toda ciencia es filosofía, como señalaba el título del famoso libro de Newton Principios matemáticos de la filosofía natura, y sin exposición pública de los hechos y datos, sin discusión metódica, sin honradez y sin la práctica del escepticismo no hay ciencia posible. Por eso la ciencia debería ser inseparable no solo del progreso del conocimiento, sino del desarrollo de la libertad. El problema vino cuando el desarrollo de las ciencias físicas, químicas, biológicas, psicológicas o sociales crearon nuevos cotos y dejaron desvalida a la filosofía. Nacieron así dos nuevos tipos de filósofos: el llamado continental, experto en la historia de la filosofía, conocedor de varias lenguas y buscador de la verdad y la libertad en los entresijos de los textos; y el filósofo analítico, muchas veces científico, físico o matemático, como Mach, Russell y Frege, y otras científico de deseo y no de práctica. Junto a ellos otros filósofos de antigua formación teológica, como Heidegger, volvieron a reivindicar la filosofía como forma de existencia privilegiada - ¿la de los profesores de filosofía?- en el mundo del fascismo, las masas y luego del capitalismo global, acabando en un fracaso. Pero para todos ellos la filosofía, o sus ascuas, debía seguir siendo el lugar de la libertad intelectual, del debate racional y el entendimiento.

¿Qué queda hoy de la filosofía, de una filosofía para todos y para cada uno? Pues precisamente eso, y eso justifica su existencia académica, si sus profesores son conscientes de su misión como educadores y de su condición infralunar. Si son capaces de escribir para todo el mundo, como hacían Russell o James en unos países en los que la filosofía no se cursaba en la enseñanza media, y si no caen en la tentación de ser los nuevos cortesanos o los nuevos asesores de los empresarios de las canteras en las que cada vez más gente pica la piedra.