José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca no es lo que parece

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca no es lo que parece

Que en el mundo una cosa es lo que ocurre y otra lo que realmente pasa es una idea consagrada por los refranes y las obras de grandes filósofos, historiadores y literatos. Así en el año 1729 B. Mandeville llegó a sostener en su Fábula de las abejas, un libro sobre economía, que “ los vicios privados hacen la prosperidad pública”, como decía el propio subtítulo de esta obra, una realidad que en la actualidad parece confirmarse. La mentira, la falsedad y el disimulo parecen ser elementos básicos del orden social, y también del propio orden biológico. El antropólogo V. Sommer publicó el libro Elogio de la mentira. Engaño y autoengaño en hombres y otros animales (1995) en el que deja bien claro que la ocultación y el engaño son dos estrategias esenciales en el mundo de la vida unicelular, vegetal y animal. Un virus desarrolla estrategias para engañar a los anticuerpos, una planta crea sistemas químicos para defenderse de los animales y se oculta y transforma mediante el mimetismo, y los animales necesitan engañar a otros para huir, para cazar, o para conseguir a las mejores hembras. Todo el mundo engaña a todo el mundo en el reino de la vida, pero es que además todos nos engañamos a nosotros mismos, creyéndonos mejores de lo que en realidad somos, o mejores que los demás. Todos tenemos que disimular nuestros defectos y las partes menos agradables de nuestro cuerpo y nuestras funciones vitales, y para eso todas las sociedades elaboran normas sobre el vestido, el sexo, o la dosificación de la violencia y del conjunto de nuestras pasiones. Sin embargo, no podemos concluir a partir de todo esto que la mentira sea una de las virtudes cardinales ni teologales.

En todos los campos la mentira debe tener límites. Sabemos que todo el mundo miente y disimula, pero si se da el caso de que todo un sistema político o una institución miente de modo sistemático y sin disimulo, entonces puede surgir un problema, porque la tolerancia a la mentira también tiene un límite. Los estudiosos del hundimiento de la URSS y sus satélites, como N. Hayoz (L’étreinte soviétique, 1997) llegaron a la conclusión de que uno de los principales factores que puede explicar el estrepitoso y fulminante hundimiento del sistema político-militar y de toda la economía soviética fue la mentira, o la disonancia cognitiva. Los países que predican la desigualdad y la competencia en la economía pueden tener que frenarlas para evitar la destrucción generalizada mediante la avaricia de los poderosos, tal y como ha ocurrido recientemente, pero un sistema que predica la igualdad y crea desigualdades ocultas acaba por hundirse en el desprestigio y caer en el colapso. Circulaban un chiste en la URSS que decía: “el capitalismo es la explotación del hombre por el hombre, el marxismo es todo lo contrario”. Sobran los comentarios.

En España existen unas instituciones, las universidades, opacas a la luz pública porque pretenden controlar de modo monopolista su imagen. Es curioso que en el país de la corrupción, que va de la Casa Real al último municipio, no se haya conocido ni un solo caso de corrupción en las universidades, a pesar de que manejan ingentes fondos públicos. Y es así por dos razones: porque se supone que nadie que las conozca debe hablar mal de ellas, sería un traidor a la ley de la omertà y a los intereses de la institución; y porque muchos universitarios han logrado las más altas cotas en el desarrollo de su autoestima. Pero claro, cuando una institución muestra día a día sus contradicciones y sus dirigentes se desdicen una vez si y otra también, la sombra del desprestigio se cierne sobre ella y sobre sus responsables y portavoces en régimen de monopolio, aparentes expertos en abrir nuevos e innovadores caminos hacia el abismo, avalados por el silencio corporativo.

En una universidad hiperrepresentativa, en la que todo son órganos colegiados, hemos visto elecciones en las que alumnos candidatos no se votaron ni a sí mismos porque casi siempre hay más puestos que candidatos. En ella, en la que todo se vota, el ex rector Casares consiguió gobernar tres años sin presupuestos perdiendo votación tras votación, sin que pasase nada, lo que lo consagrará como líder de la innovación administrativa. Desde hace veinte años, rector tras rector hemos asistido a una comedia en la que el saliente dice que la deja sin deudas y el entrante dice que la recibió con una enorme deuda. Como todos reconocen además haber ahorrado mucho, y ninguno miente, consecuentemente la suma de los ahorros de los sucesivos mandatos sin deuda debería desembocar en un opulento superávit, pues el ahorro es una magnitud positiva y la deuda negativa, y deuda parece que no haya habido nunca. Los rectores se endeudan y piden créditos sin que el común de los universitarios lo sepa, pues hay que excluir que la mayoría de ellos sean tontos y que no entienden ni lo que pasa ni lo que les perjudica. Los grandes y faraónicos planes de la investigación y el ladrillo se engendran en la intimidad y solo son bien conocidos, no el día de su bautizo, sino cuando reciben la primera comunión, posterior a las bendiciones de la Xunta y agencias de evaluación, descubriendo ese día los invitados que están en la ruina, porque no hay quien pague el banquete. Gana el rector Viaño las elecciones exorcizando con sus conjuros al fantasma de la deuda, que su contrincante López señalaba como asfixiante, para dos meses después proclamar el apocalipsis causado porque quien lo paga casi todo ya no da créditos para pagar esa sibilina deuda que nadie, ni el mismo nuevo rector, parecía conocer. Para solucionar el problema, un equipo rectoral que no tiene vicerrector económico crea un comité de sabios en el que los expertos vicerrectores que debían haber controlado la deuda – si es que sabían que existía, pues a lo mejor tampoco ellos la conocían - explican cómo salir de la ruina a costa de las nóminas y de unas plantillas que en su silencio de los corderos son ahora apacentadas por quienes hace poco eran sus lobos.