José Carlos Bermejo Barrera: ¿Adiós a la geografía?

José Carlos Bermejo Barrera: ¿Adiós a la geografía?

Decía un gran historiador alemán que “los geógrafos estudian la superficie de la tierra superficialmente”, expresando la idea ampliamente compartida de que la Geografía no es más que una acumulación de datos que parece haber perdido el sentido. Hace medio siglo los niños aun cantaban los partidos judiciales en versos como: “Coruña, Noya, Padrón/ Ferrol, Betanzos, Cedeira/ Santiago, Muros, Negreira/ Puentedeume y Corcubión”, unos versos que pocas vocaciones poéticas debieron suscitar, como pocas vocaciones geográficas nacieron de niños que tuvieron que aprenderse, cabos, golfos, ríos y afluentes de memoria.

Los estudios universitarios de Geografía están en crisis. El grado de la misma no cubre los mínimos exigidos y podría ser suprimido si se aplicasen los criterios burocráticos obsesivo-compulsivos que gobiernan las universidades, y los alumnos que acuden a él lo hacen en muchos casos como última opción y porque sus notas medias apenas les permiten matricularse en otras carreras. ¿Debemos tirar la Geografía a la basura? Creo que no, pero también es verdad que su estudio podría mejorar al margen de la propia existencia de un grado, de un título cerrado o campo de concentración geográfico, que se quiere definir como ciencia de ordenación del territorio.

La Geografía es un disciplina muy antigua, nace en Grecia y en ella se entendía por una parte como un descripción de lugares, o corografía, y de itinerarios terrestres o rutas marítimas. La geografía, decía Estrabón, el gran sistematizador de todo el conocimiento geográfico, es una parte de la filosofía, o lo que es lo mismo, un conocimiento científico útil para quienes han de gobernar, pues han de conocer el territorio, los recursos y las características de los habitantes de aquellas provincias o reinos que les corresponda administrar. Junto a esta geografía descriptiva estaría la geografía matemática, muy unida a la astronomía, que permitió por ejemplo a Eratóstenes dar una medición muy aproximada de la circunferencia terrestre, o a Tolomeo intentar establecer un sistema matemático de coordenadas. Estas dos tradiciones, la geografía como descripción de lugares y la geografía como ciencia físico-matemática, aún están vivas en la actualidad, porque la geografía es una especie de saber vampírico que para sobrevivir debe chupar la sangre de diferentes tipos de conocimientos: geología, meteorología, economía, sociología, historia y ciencia política. La capacidad de integración de todos estos conocimientos alcanzó su cumbre con la tradición francesa de la “geografía humana”, que permitió a su vez renovar la investigación histórica con grandes historiadores como L. Fevbre, que pudo escribir el libro La Tierra y la evolución humana. Una introducción geográfica a la historia, o Fernand Braudel, que integró plenamente la geografía humana y la historia moderna. Sin embargo esta tradición parece haber entrado en crisis, en parte porque ya no hay investigadores de gran talla y en parte porque los avances científicos han puesto a los geógrafos contra las cuerdas. El desarrollo de la cartografía digital, de los sistemas de información geográfica, unido a los avances de la informática, ha dejado periclitado al geógrafo capaz de elaborar sus propios mapas. El desarrollo de la astrofísica, de la geología, de la ecología, la paleontología y el nacimiento en el mundo anglosajón de nuevas historias inspiradas en ellas como la “Historia Verde”, o ecológica o la “Big History”, que considera a la historia universal solo como parte de la historia de la Tierra, parecen haber arrinconado al geógrafo humano en un trastero. Y lo mismo ocurre con el desarrollo de la economía en todos los campos, que cada vez requiere una formación técnica más especializada; de la sociología, cuyos instrumentos cuantitativos son cada vez más complejos; y de los propios conocimientos históricos, culturales y políticos en campos como las relaciones internacionales, que poseen ya sus propios especialistas.

Podría dar la impresión de que el geógrafo habla de ciencias naturales sin saberlas, de economía sin conocimientos suficientes y lo mismo en todos los demás campos. ¿Podría decirse de los geógrafos como de aquel poeta griego: “lo sabe todo pero lo sabe todo igualmente mal”? De ninguna manera. La Geografía es una ciencia de las relaciones entre sistemas que afectan simultáneamente a la vida humana. Su conocimiento es indispensable para historiadores, economistas y para muchos especialistas. Pero este carácter híbrido la hace por ello cada vez más difícil y la obliga a salir de un coto cerrado. Por ello podría no haber un grado cerrado de Geografía, pero si másteres de verdad, es decir, de dos años y con un plan de estudios coherente, organizados en dos polos: la geografia física y la geografía humana, que serían la lógica continuación de muchos grados: historia, sociología, economía, biología. Por esa misma razón los estudios de geografía podrían centrarse en un instituto o centro específico de carácter interdisciplinar, como ocurre en otros países del mundo. Pero todo ello solo sería posible si la universidad se organizase mediante criterios académicos y científicos, si se primase de verdad la formación de los alumnos y de los profesores, si la universidad se rigiese por el sentido común y estuviese integrada en el mundo. No lo está y por ello los burócratas obsesivo-compulsivos quizás se entretengan deshojando la margarita geográfica: “¿los cierro, no los cierro?”, sumando y restando parámetros que solo les sirven a ellos mismos para comprobar lo listos que son.