José Carlos Bermejo Barrera: Curar y cuidar

Teresa RomeroJosé Carlos Bermejo Barrera: Curar y cuidar
Para Teresa Romero

La vida es un proceso temporal, que tiene un curso propio, regido por miles de leyes de las que no conocemos casi nada, y que se autorregula, viéndose alterada episódicamente por la enfermedad, que habitualmente termina por acabar con ella. Toda enfermedad es tres cosas a la vez: un proceso biológico, un proceso psicológico y un proceso social y a veces económico. Estas tres facetas son inseparables, pero tendemos a verla sólo como un proceso biológico: anatómico, fisiológico o microbiológico, tal y así la estudian los médicos en sus textos desde el mundo griego en adelante. El médico es un espectador imparcial ante la enfermedad, debe conocer el proceso patológico de un modo objetivo y por eso tiene que ser neutral y no implicarse en él. Mira al enfermo desde arriba y a distancia. Para él la enfermedad es un espectáculo digno de observar con curiosidad y sin pasión hasta el final, y por ello hubo escuelas médicas como el “nihilismo terapéutico” de los vieneses de fines del siglo XIX, que consideraban que, dado que la enfermedad remite y se cura por sí misma o sigue su curso inexorable, sólo cabe describirla y analizarla con la esperanza de poder quizás preverla, pero nada más, ya que en ella estamos contemplando un drama científico natural.

La medicina es el arte de prevenir y curar las enfermedades con los modos de que se dispone en cada momento histórico, que ahora son: las ciencias anatómico-biológicas, las ciencias químicas y bioquímicas, desde la fisiología a la genética; y las microbiológicas, para el campo de las enfermedades producidas por agentes patógenos externos. Con su ayuda conocemos algo de algunas enfermedades, poco o nada de muchas y seguimos ignorando miles de procesos patológicos ocultos. Sin embargo, en la historia se han logrado avances clínicos mediante la mera práctica, y a pesar de desconocer los fundamentos científicos de la enfermedad. Semmelweiss consiguió reducir en Viena la mortalidad de las parturientas obligando a lavarse las manos a médicos y comadronas. No conocía el mecanismo de una infección postparto, pero supo cómo evitarla. En la Edad Media se sabía que si uno se iba al campo cuando llegaba la peste y volvía una vez que hubiese diezmado su ciudad estaría a salvo, y también que quemar las casas de los infectados y aislar sus cadáveres tenía un efecto muy beneficioso. Durante miles de años los humanos aprendimos a curar empíricamente heridas, fracturas y traumatismos, como ha estudiado G. Majno en su libro The Healing Hand (1975). Los usos medicinales de plantas, animales y sustancias minerales fueron conocidos desde la prehistoria, y las primeras farmacopeas griegas y romanas no fueron más que sistematizaciones de un saber milenario compartido por hombres y mujeres y transmitido oralmente. Y es que, antes de que la profesión médica se constituyese como parte del saber racional, y conviviendo con él, la humanidad ha sabido luchar contra las enfermedades de diferentes modos, muchos de ellos aun válidos.

Además de un proceso biológico, la enfermedad es primariamente una experiencia y vivencia. Yo puedo saber lo que es el cáncer, pero si me lo diagnosticasen cambiarán mi vida y mi visión del mundo. Nadie puede saber lo que se sufre realmente con una enfermedad si no la padece. La enfermedad vivida afecta a la totalidad de la persona, pero no solo a ella, sino a su medio social y familiar. La enfermedad vivida es una experiencia compartida, por los enfermos y las personas que los ayudan o los cuidan, mientras los médicos los ven científicamente en la distancia, una distancia también necesaria, imprescindible en la cirugía, pero que puede llevar al médico en casos extremos a la inhumanidad y al sadismo o al ensañamiento terapéutico.

El médico analiza la enfermedad e intenta curarla partiendo de sus parámetros, el enfermo y sus cuidadores la viven, la comparten. No es verdad que la enfermedad de verdad sea la que el médico ve y la visión del enfermo y sus cuidadores sea falsa o subjetiva. Es mucho más verdadera la experiencia directa de la enfermedad que comparten ahora enfermos y enfermeras, que casi siempre son mujeres. .

Existe un continente oculto en la historia de la medicina. Es el continente de la enfermedad vivida personal y socialmente, de la salud como fenómeno social, económico e histórico, unida a la riqueza o la pobreza, a la paz o a la guerra, a la higiene o la podredumbre, al placer o al dolor. Ese continente no es el del estudio científico de la enfermedad, cuya importancia nadie puede negar, es el del cuidado de la enfermedad vivida que ha correspondido históricamente mucho más a las mujeres. ¿Por qué? ¿Por su destino biológico? No solo. ¿Por su situación de subordinación social económica y política? En parte claramente sí. ¿Porque el modo de pensar de la mujer abarca aspectos complejos del pensamiento humano que las mujeres manejan con más habilidad, como son los afectivos y el mundo de las relaciones en pequeños grupos? En parte también. ¿Podemos deducir de ello un destino y así consagrar la diferencia de los géneros, para bien o para mal? No deberíamos hacerlo. Deberíamos observar y contar cómo fue el cuidado de los enfermos y quién lo protagonizó, un hacer nueva historia en la que la descripción de la enfermedad vivida, compartida y cuidada durante miles y miles de años de historia humana, protagonizaba básicamente por los que no escribieron nada: los enfermos y sus cuidadoras, como Teresa Romero. Será esa historia la que nos pueda dar una clave básica para comprender qué significa ser o estar enfermo.