José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y la nostalgia del ladrillo

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y la nostalgia del ladrillo

España vivió no hace mucho un supuesto milagro económico cuyo autor intelectual fue Rodrigo Rato. Sus bases consistieron en reducir el déficit público privatizando lo que quedaba del sector público, que provenía de la época de Franco, y no de la época de Lenin; y en crear la burbuja inmobiliaria. Se alcanzó la cota en 2006, cuando se construyeron en España tantas viviendas como en el resto de la comunidad europea. La burbuja tuvo efectos milagrosos porque puso en movimiento muchos sectores: cemento, ladrillo, cerámica, metal, madera, electricidad, fontanería…, que junto a la propia construcción crean mucho empleo, generan unos ingresos por IVA para la hacienda pública muy altos, a los que se suman los ingresos por IRPF y otros impuestos. Su financiación corrió a cargo de la banca, pública y privada, que entró en una espiral de insensatez crediticia, que llevó a todo un país al endeudamiento masivo.

Este milagro fue tema de estudio en la propia tesis doctoral de R. Rato, ministro investigador y exegeta de sí mismo, elaborada a partir de las estadísticas de su propio ministerio, que fue juzgada por algunos de sus directores generales, que además eran profesores. Hecho el milagro, pasó a dirigir don Rodrigo el FMI, una institución de presidencia tan frágil que las declaraciones de una camarera pueden tirar por tierra la carrera de alguno de sus presidentes, como el señor Strauss-Kahn, de dudosa moralidad sexual, que fue sustituido por Christine Lagarde, de impoluta moralidad sexual pero acusada de corrupción económica. Después de salvar a España y sin haber logrado salvar al mundo, pasó don Rodrigo a salvar a Bankia, emitiendo acciones y vendiendo preferentes que lo único que hicieron fue garantizar su ruina. Para acabar fulminado por una tarjeta negra raticida que lo desveló como bebedor de copas de 3.000 euros.

Podríamos preguntarnos: ¿por qué cuando se rescató la banca se le permitió conservar una cartera de un millón de pisos y miles de hectáreas de terreno cuyo valor en balance y en mercado era muy superior al dinero inyectado en ella? ¿Por qué el Estado no obligó a los bancos a entregar pisos y terrenos para venderlos luego depreciados, siguiendo los mecanismos del mercado? De este modo, el dinero de los ahorradores, y ya no digamos de los preferentistas, hubiera servido para rescatar la banca sin necesidad de recurrir a tirar de los impuestos. Por otra parte, de acuerdo con la teoría económica, la depreciación de la vivienda permitiría la reestructuración automática del mercado inmobiliario. Se puede decir que esto era imposible porque supondría una depreciación gigantesca de los balances de los activos bancarios, lo que no es cierto. Los balances bancarios se pueden leer de muchas maneras, como por ejemplo cuando el Banco de Santander vende miles de oficinas a compradores ficticios a los que presta el dinero para la propia compra, para luego ocupar la misma oficina en alquiler.

Si esto no se hizo fue porque la banca no estaba dispuesta a soltar sus activos inmobiliarios, esperando su revalorización y sintiendo nostalgia por la burbuja. Esta misma nostalgia inmobiliaria ha caracterizado también a la USC, víctima de la burbuja del Campus Vida y otros edificios, y que sin embargo no ha construido una nueva facultad de Medicina y vive en una facultad de Odontología de la que puede ser desalojada por el Concello, como cualquier otro insolvente. Parece haber un consenso de que el pago de la deuda de esta universidad, fluctuante como el Guadiana, solo puede hacerse a costa de las nóminas y del personal, porque otros gastos y el paquete inmobiliario son intocables para los señores del ladrillo de Fonseca.

A continuación voy a hacer dos propuestas de recorte de la deuda, una evidente y otra que solo sería posible si la apariencia y la realidad coincidiesen en Fonseca, lo que no ocurre casi nunca. Si se tomasen los siguientes edificios: ILGA, Casa da Balconada, Casa Elisa y Jimena Fernández de la Vega, Casa da Concha, y Archivo Universitario, edificios que no pertenecen al patrimonio histórico de la USC, y se hiciese un paquete inmobiliario para el mercado privado, para transferirlos a la Xunta o al Concello, se podrían obtener unos ingresos que permitirían no hacer recortes en la nómina ni en la previsión de plantillas. Todos sus servicios tendrían que ser realojados en otros edificios, como en parte de los que están vacíos en el Campus Vida, en la semidesierta Facultad de Química o en los espacios que van a dejar en los próximos años 300 profesores jubilados. Naturalmente no se hace así porque se sigue teniendo nostalgia del ladrillo y se espera que el rey Midas baje del cielo para pagar la deuda y se pueda volver al antiguo esplendor.

Pero habría otra propuesta que si lo que se dice que es cierto lo fuese, se podría defender en una universidad que predica a diestro y siniestro la creación de empresas de todo tipo y bajo todas las formas jurídicas. Se trataría de convertir al Campus Vida, increíble fuente de ingresos de la USC, en un consorcio o una fundación privada, cobrarle el alquiler de los edificios que utilice, y desfuncionarizar o por lo menos poner en excedencia a todos los profesores que estuviesen dispuestos a enriquecerse legítimamente, lo que permitiría a su vez lograr una reducción de plantillas en determinadas áreas, que también beneficiaría al monto global de la nómina. Esto es técnicamente posible, pero ¿alguien puede creer realmente que los señores del ladrillo, usufructurarios de la burbuja, estén dispuestos a lanzarse a la aventura del maravilloso mercado de la investigación, hasta ahora básicamente financiado con fondos públicos?