Guillermo Jaim Etcheverry: La Universidad en la era del dinero

Guillermo Jaim Etcheverry: La Universidad en la era del dinero
Guillermo Jaim Etcheverry é Reitor da Universidade de Buenos Aires (UBA), Argentina
(Publicado originalmente en la revista "Encrucijada", junio de 2001)

Desde los albores de la existencia de la universidad, sus misiones trascendentes han sido las de promover la autonomía de la conciencia, desarrollar la habilidad de problematizar, defender la primacía de la verdad sobre la utilidad. Pero las poderosas fuerzas sociales que han actuado sobre esta institución, especialmente durante las últimas décadas, han ido transformando radicalmente aquellos objetivos esenciales.Desde los albores de la existencia de la universidad, sus misiones trascendentes han sido las de promover la autonomía de la conciencia, desarrollar la habilidad de problematizar, defender la primacía de la verdad sobre la utilidad. Pero las poderosas fuerzas sociales que han actuado sobre esta institución, especialmente durante las últimas décadas, han ido transformando radicalmente aquellos objetivos esenciales.

En primer lugar, la universidad ha soportado una intensa presión sobreadaptativa destinada a adecuar la enseñanza a las demandas económicas, técnicas y administrativas del momento. Como consecuencia, se ha reducido la formación general y la incorporación a la cultura ha ido adquiriendo una posición marginal. Al igual que en la vida del hombre, en la historia de una institución como la universidad, la sobreadaptación a las situaciones del contexto no constituye un signo de vitalidad sino, más bien, un anticipo de senectud y decadencia.

Al cabo de un análisis similar, Edgar Morin señala: "El avance del conocimiento ha terminado por romper lo complejo del mundo en fragmentos desunidos, fraccionando los problemas, atrofiando la comprensión, la reflexión y la visión a largo plazo. La actual incapacidad para tratar nuestros problemas más complejos constituye una de las cuestiones más graves que afrontamos". Debido a esta creciente compartamentalización del saber, la universidad está dejando de ser un ámbito dedicado a las cosas del espíritu. La enseñanza parcializada ha terminado por atrofiar la capacidad de contextualizar y de globalizar, cualidades fundamentales del espíritu humano y que deberían ser activamente desarrolladas precisamente en las aulas universitarias.

Desafíos de la universidad

Tal vez el problema central de la discusión en torno a la universidad del nuevo milenio sea el vinculado con la significación que esa institución tiene para el hombre y la sociedad actuales. Es que ante la aceleración que han adquirido las transformaciones en todos los campos del quehacer humano, resulta lícito formularse interrogantes tales como:

  • ¿Debería seguir cumpliendo la función de introducir en la cultura e insertar en problemáticas más amplias a los jóvenes que integrarán la dirigencia del país?

  • ¿Es su objetivo prioritario la producción de conocimiento de avanzada?

  • ¿Es la universidad una institución destinada a proporcionar formación profesional para satisfacer las demandas de un mercado laboral en transformación?

  • ¿De qué manera puede la universidad influir más directamente en la evolución social?

En las próximas décadas, nuestras instituciones universitarias no escaparán a la necesidad de enfrentar el desafío que significa responder al conjunto de estos interrogantes. Deberán, además, evitar el espejismo de hacerlo confiando en que sus graves problemas se resolverán mediante simples apelaciones a la calidad, la excelencia, la personalización, la relevancia para la vida laboral, la globalización y, sobre todo, la eficiencia. Estas son las consignas que la cultura contemporánea aplica a todas sus organizaciones y que, en el caso de la tarea educativa, hábilmente escamotean la discusión profunda acerca de su esencia y de los sacrificios sociales, personales y económicos que suponen mejorarla.

Edward Shils, sociólogo de la Universidad de Chicago y prestigioso analista de la universidad, ha identificado, diez tendencias sociales contemporáneas que están comprometiendo gravemente el cumplimiento de la misión histórica de la universidad. Son ellas:

  • la expansión en su tamaño, proceso comúnmente conocido como "masificación"

  • una demanda creciente para proporcionar servicios públicos

  • la politización de la tarea académica

  • la intromisión creciente de controles gubernamentales

  • la expansión de la administración burocrática

  • la disminución del apoyo económico prestado por los gobiernos

  • las distorsiones generadas por la búsqueda de publicidad

  • la evaluación obsesiva del rendimiento académico por medio de la productividad en materia de investigación

  • la atomización de las universidades en comunidades aisladas

  • la desmoralización de la vida intelectual

La lógica "empresarial" hegemónica

Tal vez una de las características que mejor defina la situación de la universidad actual sea su acelerada incorporación a la lógica empresarial y comercial que hoy domina todas las esferas del quehacer humano. Se ha instalado con fuerza avasalladora la concepción de que, para justificar su existencia, resulta imprescindible que la universidad exhiba resultados mensurables y comercializables. De allí que se apliquen a la institución y a sus "productos", los mismos criterios con los que se juzga la productividad y la eficiencia de las empresas que comercializan bienes, en este caso la educación. Se emprenden evaluaciones de todo tipo para justificarse ante los "clientes". Para demostrar la eficacia institucional se establecen complejas relaciones entre la inversión y los supuestos "productos". La lógica empresarial ha conquistado de manera acelerada un territorio que, hasta no hace mucho, estaba ligado a valores culturales y académicos y no a los puramente materiales y comerciales. Parecería que no se advierte que resulta imposible aplicar la lógica de las empresas a un "producto" tan difícil de definir como "un estudiante educado" o un conocimiento significativo. No es tarea sencilla distinguir entre la educación y su certificación, entre pensar y procesar la información, entre producir conocimiento y simplemente consumirlo.

Bill Readings, en su libro "La universidad en ruinas", destaca que "las universidades se están transformando en corporaciones transnacionales en las que la idea de la cultura está siendo reemplazada por el discurso de la 'excelencia'. Si bien, a primera vista, esta mutación no impresiona como peligrosa, deberíamos ser cautos en adherir rápidamente a este enfoque tecno-burocrático. Esta nueva 'Universidad de la Excelencia' es, en realidad, una corporación movida por fuerzas del mercado y, como tal, está más interesada en los márgenes de beneficio que en el pensamiento".

Concuerda David Kirp, en su reciente artículo "La nueva U", cuando, a propósito de la universidad estadounidense, afirma: "Mientras el público dormitaba, las universidades de los EE.UU. han estado muy ocupadas reinventándose a sí mismas. En apenas una generación, la ética familiar de los valores académicos - basada en que la misión central de las universidades es producir y transmitir conocimientos - ha sido desplazada por los valores ligados a la gratificación inmediata que caracterizan al mercado... Ha desaparecido el compromiso de mantener una comunidad de académicos, una ciudad intelectual libre para enfrentar de manera crítica al pensamiento que prevalece en un momento dado. La 'Era del Dinero' ha terminado por reformular el territorio de la educación superior".

Servir a las necesidades de "consumidores" y empresas

Cualquier aspecto de la actividad universitaria en el que se centre la atención, pone de manifiesto el tránsito acelerado hacia la comercialización. Presionadas por la disminución del apoyo de los estados, las universidades se ven forzadas y estimuladas a buscar el de las empresas. Eso las lleva a "venderse" de una manera atractiva para las corporaciones, insistiendo en la "relevancia económica" que tiene la tarea que en ellas se lleva a cabo. Con frecuencia se termina realizando investigaciones que resultan importantes para sus negocios y, no pocas veces, se les otorga derechos prioritarios sobre las eventuales patentes que resultan de esas investigaciones.

La desesperación por conseguir fondos, lleva a que las universidades estructuren carreras y cursos pensando en satisfacer las "necesidades de la empresa". De este modo terminan imponiéndose los criterios importados de la gestión empresarial por sobre las actividades propias de la universidad. Se afirma la tendencia a establecer la calidad de los docentes en base a su "productividad". Esta visión ha hecho surgir estructuras burocráticas de control propias de la "universidad empresa" aunque desconocidas para la "universidad cultural", que requieren fondos que no pocas veces superan a los que reciben las tareas consideradas hasta ahora como razón de ser de la universidad.

El supuesto interés de los estudiantes, convertidos en clientes todopoderosos, ejerce una influencia decisiva sobre la orientación de la labor universitaria. De esta manera, la universidad se ha convertido en un servicio más en la era de los servicios y se aleja velozmente de aquella ideal comunidad de estudiosos nucleados en busca de la verdad. Una más entre las empresas, la universidad actual persigue como principal objetivo la satisfacción de sus "clientes", alumnos y potenciales proveedores de fondos. Al desaparecer la sociedad como beneficiaria de la elevación de su nivel cultural, es lógico que se piense que quien ahora se concibe como beneficiario exclusivo, el alumno, afronte el pago de sus estudios. De la tradición de la educación como inversión social, hemos pasado a la concepción de que se trata de un beneficio personal. Esto hace que la contribución del estado a la educación universitaria sea vista como un factor de desigualdad, concepción que se acentúa en periodos de grandes restricciones de fondos para las inversiones sociales.

En la vorágine creada por la introducción de altisonantes términos de moda, que adoptamos casi sin análisis, se destaca nítidamente la apelación a la "salida laboral". Si bien la inserción de los jóvenes en el mundo del trabajo constituye un objetivo importante de la educación, no debemos perder de vista que las grandes universidades del mundo pretenden formar "personas" completas, integrantes de una dirigencia social que comparta una visión de la complejidad del mundo. Lo hacen proporcionando a sus alumnos las herramientas intelectuales apropiadas para comprender los grandes cambios que hoy se producen velozmente y para intentar encauzar el destino social. Son esas cualidades, por otra parte, las que les permiten trabajar. ¡Qué se diría en la Argentina si una universidad centrara su enseñanza, como algunas de los EE.UU., en la lectura de la obra de los grandes pensadores y literatos!

Una rápida mirada a nuestro alrededor, confirma que al impulso de la "ola modernizadora", las tendencias brevemente reseñadas ya se han instalado en la Argentina. Con el deslumbramiento que es propio de los conversos y que despiertan realidades sociales que poco tienen que ver con la nuestra, asistimos a curiosos fenómenos como el novedoso "franchising académico", impulsado por los apremios económicos que atraviesan universidades de prestigio en otras latitudes. Mediante esta estrategia, esas universidades "licencian" ese prestigio que, en países de menor desarrollo, opera como talismán de la "excelencia". También se propicia la educación a distancia, en la mayoría de los casos una variante moderna del curso por correspondencia, que se presenta ahora revestida del ropaje de respetabilidad que le da su vehiculización a través de la moderna tecnología que nos deslumbra por el solo hecho de ser moderna.

En líneas generales, se puede afirmar que predomina una actitud que impulsa a las universidades a "rediseñar sus productos, presentarlos y venderlos" de acuerdo con las prioridades cambiantes de los consumidores. Se está subvirtiendo la convicción de que "las universidades existen para crear y mantener con vida ideas que pueden no estar de moda y que tal vez nunca lleguen a ser populares, logrando mediante la educación, que otras personas comprendan cómo y por qué se trata de visiones importantes", como afirma Hanna Holborn Gray.

Volviendo a Shils: "Las universidades son muy criticadas en la actualidad por el gobierno, por los funcionarios internacionales, por los expertos en educación, por el periodismo, etc. Existen numerosas razones para estas denuncias, algunas apropiadas, pero muchas altamente cuestionables. Las universidades requieren sumas inmensas de dinero, sus logros no pueden ser medidos de ninguna manera clara y confiable, son muchos quienes en ellas fracasan y, sin duda, no proponen las soluciones de los problemas sociales y económicos que algunos esperan de ellos. Sin embargo, las sociedades siguen aferradas a las universidades. Ellas no sobreviven sólo porque los profesores tengan un interés particular en que lo hagan... Con eso no basta. Estas sociedades se aferran a sus universidades porque, en último análisis, constituyen su mejor esperanza de transfigurar su existencia..."

Hoy vemos debilitarse rápidamente esa esperanza porque la cultura universitaria tradicional, caracterizada por un singular sentido de comunidad de intereses intelectuales, ha sido invadida, desorganizada y reconfigurada por el poder brutal del dinero. Escribió el historiador Richard Hofstadter citado por Press y Washburn en su artículo "La universidad cautiva": "Se justifica culposamente a la educación como un instrumento útil para lograr otros fines: es buena para los negocios o para las carreras profesionales. Rara vez alguien dice que es buena para el hombre". Esto explica que "las universidades estén cambiando hasta volverse irreconocibles", como dice Shils. Es evidente que, de continuar evolucionando en esta dirección, a las instituciones que conocíamos como universidades, de tales solo les quedará el nombre. No está lejano el día en el que dejen de cultivar e inculcar los estándares morales e intelectuales necesarios para mantener la cohesión social así como las aptitudes imprescindibles para la creación de conocimiento. Crecientemente cesarán de ocuparse de problemas fundamentales exclusivamente por su interés intrínseco. La curiosidad humana que impulsa la búsqueda de lo desconocido, huirá de las aulas-fábrica, perseguida como un extraño fantasma.

Los docentes: la universidad

Lo que caracteriza a una universidad es la calidad de sus profesores. No es casual que las universidades se hayan originado hace más de un milenio a partir de la reunión de personas interesadas en torno de quienes ellas consideraban modelos de conocimiento y de vida. Como decía Alfonso el Sabio en "Las Siete Partidas", hablando de los estudios generales, equivalentes a la actual universidad, se trata de un "ayuntamiento de maestros et de escolares que es fecho en algún lugar con voluntad et con entendimiento de aprender los saberes".

Hace años, el distinguido profesor argentino Alfredo Lanari buscó ilustrar un artículo sobre facultades de medicina en el mundo con fotografías de las más reconocidas. Se dirigió a ellas solicitando esas imágenes pero recibió en cambio retratos de grupos de personas, el conjunto de los profesores de esas escuelas. Allí se entiende que la escuela "es" esos profesores y no su edificio.

Por eso, el principal factor para tener una buena universidad es contar con buenos profesores. Porque el objetivo central de una universidad que pretende ser importante es que sus alumnos entren en contacto directo con personas excepcionales. Que las vean, las escuchen, las sientan pensar. Se trata de una cuestión de proximidad, de la vista y del oído. Como afirma George Steiner, "el académico, el profesor significativo debe ser fácilmente visible. El alumno debe poder cruzarlo varias veces en su camino diario". La consecuencia, como en la polis de Pericles, la Bolonia medieval o Tübingen del siglo XIX es lo que Steiner llama "la contaminación acumulativa". Es esa contigüidad la que hace que el estudiante o el joven investigador puedan llegar a ser irremisiblemente contaminados. Que adquieran así el aroma de la cosa real. Los pensadores, los eruditos, los matemáticos, los científicos teóricos o los de la naturaleza, son seres poseídos. Es en la masa crítica de una comunidad académica exitosa donde se entrecruzan las órbitas de todas esas extrañas obsesiones individuales. En el campo que generan esas mentes es donde el joven queda atrapado por la singular fascinación del pensar, como brillantemente afirma Steiner.

Una vez que los jóvenes han sido poseídos por el virus de lo absoluto, una vez que han visto, oído, hasta olido la fiebre y el fervor de aquellos que buscan desinteresadamente la verdad, persistirá en ellos algo de ese resplandor singular. Por el resto de sus vidas o de sus carreras, en la mayor parte de los casos rutinarias y poco distinguidas, esas personas llevarán dentro de si alguna defensa contra el vacío interior. ¿Cómo contabilizarán nuestros burócratas esa experiencia?

¿Es posible ofrecer a los estudiantes de hoy estas posibilidades de desarrollo personal? En las condiciones actuales del mundo, y en particular en las de nuestra sociedad, no resulta fácil ser optimista. Siendo generoso, podría afirmarse que son muy pocas las comunidades universitarias locales que brindan al alumno la ocasión de experimentar el espectáculo del pensar de sus profesores, esa experiencia que, como pretende Steiner, logre inmunizarlos contra el vacío interior.

La resistencia: una alternativa

¿Cómo actuar para evitar la desintegración final de las universidades que conocimos y cuya tarea cultural sigue siendo imprescindible? Tal vez la única alternativa consista en lograr que estén alertas ante estas amenazas que sobre ellas se ciernen para que intenten salvar su razón misma de ser, su propia alma. Esta es una tarea que corresponde a los académicos, que deberíamos resistirnos más combativamente a esta creciente presión por justificar la creación y la transmisión de conocimientos en términos de su valor económico. Resulta alarmante que aceptemos tan fácilmente concepciones que se proponen, nada menos, que acabar con los oficios de enseñar y aprender, esencias de lo humano.

Es preciso emprender un esfuerzo destinado a convencer a la sociedad de que la educación encierra valores propios y que no es solo la clave de valores económicos. Deberíamos empeñarnos en fomentar en el seno de nuestra propia sociedad el desarrollo de un clima cultural, hoy inexistente, que nos permita contar con una universidad que merezca el nombre de tal. Si conseguimos volver a la idea de que la educación pertenece a la esfera del ser y no a la del tener, podremos revertir la tendencia actual que busca convertir a la educación superior en un sector más del mercado de bienes y servicios. Así como una nación "es" más que lo que produce, la tarea de la universidad no debería medirse solamente por el debe y el haber de sus graduados. Una buena universidad es la que ejerce una influencia cultural decisiva en su país. La acción de las modernas elites burocráticas, que están tomando aceleradamente el control de todas las actividades humanas - incluyendo las educativas, científicas y culturales - amenaza con dejar exánimes a nuestra débiles instituciones mediante la aplicación de criterios que poco tienen que ver con nuestra realidad y tradición. Avanza aceleradamente el proyecto de generar entre nosotros "MacUniversidades" o "Universidades S.A.". Como también dice Hofstadter: "La mejor razón para apoyar la educación superior no reside en los servicios que esta puede prestar, por más vitales que sean, sino en los valores que representa. El sitio que ocupe la universidad dependerá de que sea valorada, no como un instrumento necesario para concretar fines externos a ella, sino como un fin en si mismo".

Para cambiar este estado de cosas, resulta imperioso rediscutir la idea de universidad. Aclarar para qué sirve esa institución a la sociedad. Decidir si lo que queremos es contar exclusivamente con academias profesionales que enseñen mejor o peor un saber determinado o si nos interesa tener al menos algunos de esos complejos organismos sociales, conocidos hasta aquí como universidad, que además transmitan los elementos esenciales que hacen que el hombre sea más completo, más "humano", que tenga esa cierta "visión del mundo" lograda mediante la culturización de una modernidad con no pocos signos de barbarie.

Volviendo a Edgar Morin: "La reforma del pensamiento es una misión social clave: formar ciudadanos capaces de afrontar los problemas de su tiempo. Esto permitirá frenar el menoscabo democrático que suscita en todos los campos de la política, la expansión de la autoridad de los expertos, especialistas de todo orden, que estrecha progresivamente la competencia de los ciudadanos. De allí que la reforma de la universidad tenga un objetivo vital: la reforma del pensamiento que permitirá el pleno empleo de la inteligencia y la unión de las culturas disociadas cuya separación las empobrece: la cultura de las humanidades que alimenta la inteligencia general y la cultura científica, que aporta los nuevos conocimientos. Un modo de pensamiento capaz de religar y de solidarizar los conocimientos separados o desunidos se prolonga en una ética de la ligazón y de la solidaridad. La reforma del pensamiento tendrá, por eso, consecuencias éticas y cívicas. Para reencontrarse, la universidad debe mirar hacia atrás. Así se inscribirá más profundamente en su misión transecular y, asumiendo el pasado cultural, podrá avanzar hacia el nuevo milenio a civilizar".

De cómo transitemos por la riesgosa cornisa que supone enfrentar la necesidad de modernizar a la universidad sin adherir ciegamente a los criterios eficientistas del mercantilismo predominante o a consignas vacías de significado, sin compartir el desprestigio suicida de lo público al que nos quieren sumar y a las loas, muchas veces injustificadas, de lo privado y, sobre todo, sin dejarnos tentar por las expresiones huecas y grandilocuentes, hoy tan en boga, depende no sólo el destino de la educación superior argentina sino también la supervivencia de nuestra amenazada cultura.

Referencias

Morin, Edgar. Réformons la pensée. Le Monde de l´education. No. 252, octubre 1997
Shils, Edward. The Calling of Education: The Academic Ethic and Other Essays on Higher Education. Chicago, University of Chicago Press, 1997
Readings, Bill. The University in Ruins. Harvard University Press, Cambridge MA, 1996
Kirp, David L. The New U. The Nation, April 17, 2000
Gray, Hanna Holborn. The Higher Learning and the New Consumerism. American Enterprise Institute for Public Policy Research, Washington DC, 1983
Press, Eyal y Washburn, Jennifer. The Kept University. The Atlantic Monthly, 285: 39, March 2000
Steiner, George. Errata. Weidenfeld & Nicolson, London, 1997