Democracia

Cuestións sobre a democracia

Juan José Millás: Otoño caliente

Juan José Millás: Otoño caliente

Es muy de agradecer que los mercados hayan dado a Zapatero órdenes tajantes de adelantar las elecciones. De otro modo, y en vista de la pericia que está demostrando en la marcha atrás, podría cargarse las leyes relacionadas con la igualdad y los derechos civiles que él mismo impulsó durante la primera legislatura. Resulta impresionante la velocidad a la que conduce la locomotora en dirección contraria a sí mismo. Aspiraba a ser un presidente borgiano y ha devenido en un converso radical, de los que se comen a los caníbales. Si antes le molestaba que los poderosos votaran todos los días del año, ahora le irrita que no lo hagan cada hora. Pero él está dispuesto a enmendar ese error de la naturaleza, le va a hacer a Rajoy el programa de siete legislaturas, para que no tenga necesidad de salir del letargo que se le atribuye. Ha dejado sin espacio a los partidarios de la derecha económica y a los de la extrema derecha financiera. Y para que quede claro quién manda aquí, gobierne quien gobierne, comunica sus decisiones al líder del PP antes que a los órganos del PSOE y que al mismísimo Rubalcaba, cuyo pragmatismo felipista, en tal situación, parece un realismo de provincias. En todo esto hay muy poco Borges y mucho Lazarillo de Tormes, o sea, más picaresca española que metafísica rioplatense. Y democracia cero, claro, lo llaman democracia y no lo es. Menos mal, ya decimos, que los mercados, como los ricos franceses, tienen su sensibilidad y le han dado órdenes de dejar de romper piernas, que se estaba pasando. En todo caso, ha puesto contra las cuerdas a su propio partido, a IU, a los sindicatos y al 15-M, que están lógicamente a cinco minutos de tomar la calle. Esto es lo que se llama no decepcionar al respetable. En otras palabras, una biografía, literalmente hablando, de la hostia. El otoño caliente está servido.

El País, 02/09/11

Rafael Caparrós: El misterio Zapatero

Zapatero de espaldaRafael Caparrós: El misterio Zapatero

Ahora que la época del zapaterismo empieza a quedar definitivamente atrás, es difícil no destacar la presencia de una misteriosa contradicción en sus dos legislaturas de gobierno. Se trata de su tan chocante como inexplicado giro de la socialdemocracia al neoliberalismo. Del tránsito desde su constante énfasis político inicial en preservar los derechos sociales característicos del Estado de bienestar, y sus continuas y pomposas negativas a rebajarlos, en nombre de los valores políticos de la izquierda, para acabar en mayo de 2010 no sólo cediendo y recortando significativamente esos derechos (pensiones, jubilación, despido, rebajas salariales), sino convirtiéndose de hecho en el más convencido adalid de esas políticas neoliberales, en nombre, por supuesto, del bien de España. De su inicial resolución a afrontar los riesgos de gobernar conservando intacta su fe socialista -"no os defraudaré"; "el poder no me cambiará"-, a su entrega incondicional con armas y bagajes a la causa del neoliberalismo económico.

Una de las cuestiones que esa trayectoria política plantea es la de si Zapatero y sus asesores económicos tuvieron o no en cuenta lo sucedido en Francia a Mitterand en 1981-83. Me refiero a la experiencia del llamado keynesianismo en un solo país. Parece que en sus dos famosas lecciones de Economía Política, Sevilla Segura no tuvo tiempo de trasladarle al recién electo presidente del Gobierno la "experiencia Mitterand".

En 1981, la coalición formada por los partidos socialista y comunista ganó las elecciones legislativas francesas y comenzó a gobernar conforme al avanzado contenido del Programme Comun de 1972, que había sido definido como de "ruptura con el capitalismo". Sus dirigentes mantenían que al Estado le corresponde desempeñar un papel activo en el crecimiento económico y la redistribución social y que, en ese sentido, las nacionalizaciones de empresas reforzarían la capacidad de incidencia de un Estado "racional". Por ello, el programa electoral de 1981 pretendía reformar la legislación civil, descentralizar la administración, nacionalizar un importante número de industrias y bancos, ampliar la seguridad social, redistribuir el trabajo, introducir nuevos derechos para los trabajadores y fomentar el crecimiento económico mediante políticas de demanda y la reorganización del sector público. Entre 1981 y 1983 el PS siguió, pues, una estrategia de keynesianismo en un solo país con una fuerte redistribución económica. Este dirigismo expansionista y redistributivo tuvo un considerable impacto social; sus resultados económicos fueron, no obstante, muy negativos. Las importaciones se multiplicaron, la balanza comercial se deterioró, el déficit presupuestario se incrementó. La apertura de la economía francesa al comercio internacional y su integración en la Comunidad Europea impusieron límites considerables a esta estrategia socialista. Éste fue el punto de inflexión de 1983: el veto impuesto a esas políticas "socialistas" por los mercados financieros internacionales acabó por derrotarlas.

Lo que nos remite a una cuestión política trascendental. ¿Conservan los estados nacionales algún margen de maniobra en política económica en el actual estadio de desarrollo de la globalización neoliberal o deben plegarse en todo caso al diktat de los mercados financieros internacionales? La doctrina está dividida. Frente a la corriente mayoritaria de partidarios de una interpretación determinista de la globalización (Giddens, Gray, Hobsbawn, etc.), que sostiene que los estados han perdido por completo el control de sus propias economías, otros hacen una lectura más flexible de la globalización y sostienen que las políticas socialdemócratas no sólo siguen siendo posibles, sino que son de hecho las más adecuadas para afrontar los retos de la globalización (Turner, Castells, Navarro, Torres, etc.), como lo demuestran los ejemplos de Suecia, Finlandia, la Francia de Jospin, etc.

Ahora que ese giro político se ha consumado -resulta patético que un Rubalcaba, recien salido del Gobierno, pretenda retomar en su precampaña electoral esa misma bandera socialdemócrata que han pisoteado sus compañeros, desde Solbes a Salgado y, por último, Zapatero-, cabe preguntarse qué viabilidad real tienen los programas electorales socialdemócratas, si, como acabamos de ver, los mercados financieros internacionales pueden acabar imponiéndoles su veto. Y si es así, 1) ¿de qué sirve la democracia?; y 2) ¿qué sentido tiene seguir defendiendo la existencia de esa ideología política? Porque el intento de Tony Blair, inspirándose en los planteamientos teóricos de Anthony Giddens, de modernizar la ideología socialdemócrata, mediante la llamada Tercera Vía, se saldó con un estrepitoso fracaso político y electoral.

No contentos con todo ello, los poderes fácticos europeos pretenden ahora imponer a los países miembros de la UE, vía Banco Central Europeo, nada menos que la constitucionalización de un estricto límite al gasto público, que de hecho imposibilitaría la continuidad de las políticas sociales tradicionales.

Malos tiempos para la ética democrática.

Diario de Sevilla, 02/09/11

Juan Carlos Escudier: La sartén y el cazo

Juan Carlos Escudier: La sartén y el cazo

No son pocos los socialistas escandalizados por los planes de recorte impuestos por el PP en varias comunidades, especialmente en Castilla-La Mancha, a la que se supone el banco de pruebas de lo que haría Rajoy en España si gana las generales de noviembre. El tijeretazo de Cospedal, que provocará la pérdida de varios miles de empleos, desarbola el sector público autonómico y se ceba con Educación y Sanidad, cuyas inversiones en nuevas infraestructuras se paralizan por completo. Se consigue así reducir el Presupuesto en un 20%, actuando sólo en los gastos y renunciando a subir los impuestos.

Se ignora cómo alcanzaría el PSOE la cuadratura del círculo de conducir al déficit territorial al 1,3%, tal y como ha impuesto el Ministerio de Economía, sin tocar las prestaciones sociales, y probablemente nos quedaremos sin saberlo ya que lo único bueno que ha tenido su hundimiento electoral es que ese cáliz pase de largo. No obstante, si se toma a Castilla-La Mancha como el prototipo de la futura actuación del PP, habría que considerar que las medidas del Gobierno central serían el espejo en el que se mirarían los socialistas a nivel autonómico ante una disyuntiva semejante.

Y lo que ha hecho el Gobierno en su alocada carrera contra el déficit ha sido lo siguiente: bajar el sueldo a los funcionarios, aumentar la edad de jubilación, dar un tajo a la inversión, congelar la oferta de empleo en la Administración, poner en almoneda las joyas de la corona del sector público (aeropuertos y loterías), subir impuestos, sí, pero sólo los indirectos, renunciando a gravar más a las rentas más altas, y rebajar las prestaciones a la dependencia, entre otras iniciativas. ¿Escandaliza ya menos lo anunciado por los populares?

La primera consecuencia de que los dos partidos hayan sacralizado la contención del déficit en detrimento del crecimiento económico es la cifra de cinco millones de parados, lo más escandaloso de todo. La segunda es esa reforma constitucional, que en realidad modifica el artículo 1 para dejarlo así: “La soberanía nacional ya no reside en el pueblo español sino en Berlín”.

Público, 02/09/11

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Monthly Review, 02/09/11

Iñaki Gabilondo: La democracia se rinde

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La Voz de Iñaki, 01/09/11

Slavoj Zizek: Ladrones del mundo, uníos

Slavoj Zizek: Ladrones del mundo, uníos
Traducción por S. Seguí

La repetición, según Hegel, tiene un papel crucial en la Historia: cuando algo sucede sólo una vez, puede ser descartado como un accidente, algo que podría haberse evitado si la situación se hubiera manejado de manera diferente; pero cuando el mismo evento se repite, se trata de una señal de que un proceso histórico más profundo se está desarrollando. Cuando Napoleón fue derrotado en Leipzig en 1813, pareció una cuestión de mala suerte; pero cuando perdió de nuevo en Waterloo, estaba claro que su tiempo había pasado. Lo mismo vale para la persistente crisis financiera. En septiembre de 2008, algunos la presentaron como una anomalía que podría corregirse mediante una mejor reglamentación, etc., pero ahora que los signos de una crisis financiera se repiten está claro que se trata de un fenómeno estructural.

Se nos dice una y otra vez que estamos viviendo una crisis de la deuda, y que todos tenemos que compartir la carga y apretarnos el cinturón. Todos, es decir, excepto los (muy) ricos. La idea de gravarlos más es tabú: si lo hiciéramos, nos dicen, los ricos no tendrían ningún incentivo para invertir, se crearían menos puestos de trabajo y todos sufriríamos. La única manera de salvarnos en estos tiempos difíciles es empobrecer más a los pobres y enriquecer a los ricos. ¿Qué deberían hacer los pobres? ¿Qué pueden hacer?

A pesar de que los disturbios en el Reino Unido los desencadenó el sospechoso incidente del tiroteo a Mark Duggan, todos coinciden en que expresan una inquietud más profunda. Pero, ¿de qué tipo? Al igual que en la quema de automóviles en las banlieues de París en 2005, los amotinados del Reino Unido no tienen ningún mensaje que transmitir. (Un claro contraste con las manifestaciones masivas estudiantiles de noviembre de 2010, que también fueron violentas. Los estudiantes dejaron claro que rechazaban las reformas de la educación superior que se proponían). Por esta razón, es difícil concebir a los alborotadores del Reino Unido en términos marxistas, como ejemplo de la aparición de un sujeto revolucionario; encajan mucho mejor con el concepto hegeliano de «chusma», es decir, los que están fuera del espacio social organizado y que sólo pueden expresar su descontento por medio de arrebatos “irracionales” de violencia destructiva, lo que Hegel llamó “negatividad abstracta”.

Hay un viejo cuento sobre un trabajador sospechoso de robo: todas las noches, al salir de la fábrica, inspeccionaban cuidadosamente la carretilla que empujaba. Los guardias no encontraban nada, siempre estaba vacía. Por último, cayeron en la cuenta: lo que el trabajador estaba robando eran las propias carretillas. Los guardias obviaban la verdad evidente, del mismo modo que han hecho los comentaristas de los disturbios. Se nos ha dicho que la desintegración de los regímenes comunistas, en la década de 1990, marcó el fin de las ideologías: el tiempo de los grandes proyectos ideológicos que culminaron en catástrofes totalitarias había terminado, y habríamos entrado en una nueva era de políticas racionales y pragmáticas. Si el tópico de que vivimos en una era posideológica es cierto en algún sentido, ello es visible en este reciente brote de violencia. Ha sido una protesta de grado cero, una acción violenta sin ninguna exigencia. En su intento desesperado de encontrar significado en los disturbios, los sociólogos y editorialistas han ofuscado el enigma que presentan los disturbios.

Los manifestantes, aunque socialmente desfavorecidos y excluidos de facto, no vivían al borde de la inanición. Personas en mucha peor situación material, para no hablar de situaciones de opresión física e ideológica, han sido capaces de organizarse en fuerza política dotada de programas claros. El hecho de que los alborotadores no tengan programa es pues en sí mismo un dato que exige interpretación y que nos dice mucho acerca de nuestra situación política-ideológica y del tipo de sociedad en que vivimos, una sociedad que celebra la posibilidad de elección, pero cuya única alternativa posible al vigente consenso es un ciego acting out. La oposición al sistema ya no puede articularse en forma de una alternativa realista, o siquiera como un proyecto utópico, sino que sólo puede tomar la forma de un arrebato sin sentido. ¿Qué sentido tiene celebrar nuestra libertad de elección cuando la única opción está entre la aceptación de las reglas del juego y la violencia (auto)destructiva?

Alain Badiou sostiene que vivimos en un espacio social que se experimenta cada vez más como “sin mundo”: en este espacio, la única forma que puede tomar la protesta es la violencia sin sentido. Tal vez es éste uno de los principales peligros del capitalismo: aunque en virtud de su ser global abarca el mundo entero, sostiene una constelación ideológica “sin mundo” en la que se encuentran personas privadas de su modo de localizar significados. La lección fundamental de la globalización es que el capitalismo puede acomodarse a todas las civilizaciones, de la cristiana a la hindú o budista, del Este al Oeste: no hay una visión capitalista global, ni una civilización capitalista en sentido estricto. La dimensión global del capitalismo representa la verdad sin sentido.

La primera conclusión que puede extraerse de los disturbios, por lo tanto, es que tanto las reacciones conservadoras como las liberales ante el descontento no son suficientes. La reacción conservadora ha sido predecible: no hay justificación para este tipo de vandalismo, es preciso usar todos los medios necesarios para restaurar el orden, para evitar más explosiones de este tipo no hace falta más tolerancia y ayuda social sino disciplina, trabajo duro y sentido de la responsabilidad. Lo malo de este relato no es sólo que hace caso omiso de la desesperada situación social que empuja a los jóvenes a estallidos de violencia, sino, tal vez más importante, que no tiene en cuenta la forma en que estos arrebatos se hacen eco de las premisas ocultas de la misma ideología conservadora. Cuando en la década de 1990, los conservadores lanzaron su campaña de “vuelta a lo básico”, su complemento obsceno fue revelado por Norman Tebbitt: “El hombre no es sólo un ser social, sino también un animal territorial; debemos incluir en nuestros programas la satisfacción de estos instintos básicos tribalistas y territoriales.”

Esto es lo que la ideología de “vuelta a lo básico” fue, realmente: la liberación del bárbaro que acecha bajo nuestra sociedad aparentemente civilizada y burguesa, mediante la satisfacción de sus “instintos básicos”. En la década de 1960, Herbert Marcuse introdujo el concepto de “desublimación represiva” para explicar la llamada revolución sexual: era posible desublimar los impulsos, darles rienda suelta y mantenerlos sujetos al mecanismo capitalista de control, a saber, la industria del porno. En las calles británicas, durante los disturbios, lo que vimos no eran personas reducidas a bestias, sino la forma esquemática de la “bestia” producto de la ideología capitalista.

Mientras tanto, los progresistas de izquierda, igualmente predecibles, pegados a los mantras de los programas sociales, las iniciativas de integración, el abandono que ha privado a los inmigrantes de segunda y tercera generación de sus perspectivas económicas y sociales: los brotes de violencia son el único modo que tienen que articular su descontento. En lugar de caer nosotros mismos en fantasías de venganza, debemos hacer un esfuerzo para comprender las causas profundas de los estallidos. ¿Podemos siquiera imaginar lo que significa en un barrio pobre ser joven, mestizo, sospechoso por sistema para la policía y acosado ​​por ésta, no sólo desempleado sino también no empleable, sin esperanza de un futuro? La implicación es que las condiciones en que se encuentran estas personas hacen inevitable que salgan a la calle. El problema de este relato, sin embargo, es que sólo cuenta las condiciones objetivas de los disturbios. La revuelta consiste en hacer una declaración subjetiva, declarar de manera implícita cómo uno se relaciona con una sus propias condiciones objetivas.

Vivimos en una época cínica y es fácil imaginar a un manifestante que, atrapado saqueando y quemando una tienda, si se le presiona para que exponga sus razones, responda con el lenguaje utilizado por los trabajadores sociales y los sociólogos, citando cuestiones como escasa movilidad social, inseguridad creciente, desintegración de la autoridad paterna o falta de amor maternal en su más tierna infancia. Él sabe lo que está haciendo, pero no obstante lo hace.

No tiene sentido reflexionar sobre cuál de estas dos reacciones, la conservadora o la progresista, es la peor: como habría dicho Stalin, las dos son peores, y eso incluye la advertencia dada por las dos partes de que el peligro real de estas explosiones se encuentra en la reacción predeciblemente racista de la “mayoría silenciosa”. Una de las formas de esta reacción fue la actividad “tribal” de los vecinos locales (turco, caribeño, sikh) que rápidamente se organizaron en unidades de vigilancia para proteger su propiedad. ¿Son los comerciantes una pequeña burguesía dispuesta a defender su propiedad contra una protesta genuina, aunque violenta, contra el sistema, o son representantes de la clase obrera en lucha contra las fuerzas de desintegración social? Aquí también deberíamos rechazar la exigencia de tomar partido. La verdad es que el conflicto se dio entre dos polos de los más desfavorecidos: los que han conseguido funcionar en el marco del sistema en oposición a aquellos que están demasiado frustrados para seguir intentándolo. La violencia de los manifestantes estuvo dirigida casi exclusivamente contra su propio grupo. Los coches quemados y las tiendas saqueadas no lo fueron en los barrios ricos, sino en los propios barrios de los manifestantes. El conflicto no es entre diferentes segmentos de la sociedad; es, en su manifestación más radical, el conflicto entre una sociedad y otra, entre los que tienen todo y que no tienen nada que perder; entre los que no tienen ningún interés en su comunidad y aquéllos cuya apuesta es la más alta posible.

Zygmunt Bauman ha caracterizado los disturbios como acciones de “consumidores defectuosos y descalificados”: más que nada, una manifestación de un deseo consumista violentamente escenificado, incapaz de realizarse del modo adecuado: por la compra. Como tal, también contiene un momento de genuina protesta, en forma de una irónica respuesta a la ideología consumista: “¡Nos invitan a consumir, a la vez que nos privan de los medios para hacerlo adecuadamente; así que lo estamos haciendo de la única manera que podemos!" Los disturbios son una manifestación de la fuerza material de la ideología, lo que desdeciría la llamada “sociedad posideológica”. Desde un punto de vista revolucionario, el problema de los disturbios no es la violencia como tal, sino el hecho de que la violencia no sea realmente autoasertiva. Es rabia impotente y desesperación enmascaradas como exhibición de fuerza, es la envidia disfrazada de carnaval triunfante.

Los disturbios deberían enmarcarse en relación con otro tipo de violencia que la mayoría progresista actual percibe como una amenaza a nuestra forma de la vida: los ataques terroristas y los atentados suicidas. En ambos casos, violencia y contraviolencia se encuentran atrapadas en un círculo vicioso, cada una de ellas generando las fuerzas que trata de combatir. En ambos casos, estamos hablando de ciegos passages à l'acte, en los que la violencia es un reconocimiento implícito de impotencia. Lo distinto es que, a diferencia de los disturbios del Reino Unido o de París, los ataques terroristas se llevan a cabo al servicio del Significado Absoluto que proporciona la religión.

¿Pero no fueron los levantamientos árabes un acto colectivo de resistencia que evitó la falsa alternativa de violencia autodestructiva y fundamentalismo religioso? Lamentablemente, el verano egipcio de 2011 será recordado como el fin de la revolución, el momento en que su potencial emancipador fue sofocado. Sus sepultureros han sido el ejército y los islamistas.

Los contornos del pacto entre el ejército (que sigue siendo el ejército de Mubarak) y los islamistas (que fueron marginados en los primeros meses del levantamiento, pero que están ganando terreno) son cada vez más claros: los islamistas tolerarán los privilegios materiales del ejército y a cambio proporcionarán la hegemonía ideológica. Los perdedores serán los progresistas pro occidentales, demasiado débiles –a pesar de los fondos de la CIA que reciben– para “promover la democracia”, así como los verdaderos agentes de los acontecimientos de la primavera, la izquierda laica emergente que ha tratado incesantemente de crear una red de organizaciones de la sociedad civil, de los sindicatos a las feministas. Antes o después, la situación económica, que empeora rápidamente, sacará a los pobres, en gran parte ausentes de las protestas de la primavera, a las calles. Es probable que haya una nueva explosión, que plantee la difícil pregunta de quiénes son los sujetos políticos de Egipto capaces de canalizar la rabia de los pobres. ¿Quién va a traducirla a un programa político: la nueva izquierda laica o los islamistas?

La reacción predominante de la opinión pública occidental ante el pacto entre los islamistas y el ejército será sin duda una exhibición triunfal de sabiduría cínica: se nos dirá que, como quedó claro en el caso de Irán (país no árabe), los levantamientos populares en los países árabes siempre terminan en un islamismo militante. Y Mubarak aparecerá como si hubiera sido un mal muy menor: mejor seguir con el diablo conocido que enredar con la emancipación. Contra tal cinismo, uno debería permanecer incondicionalmente fiel a la esencia radical-emancipatoria del levantamiento egipcio.

Pero también es preciso evitar la tentación del narcisismo de la causa perdida: es muy fácil admirar la belleza sublime de los levantamientos condenados al fracaso. La izquierda de hoy se enfrenta al problema de la “negación determinada”: ¿qué nuevo orden deberá sustituir al antiguo después del levantamiento, cuando el sublime entusiasmo del primer momento se haya acabado?

En este contexto, el manifiesto de los indignados (1) españoles, emitido después de las manifestaciones de mayo, es revelador. Lo primero que salta a la vista es el tono deliberadamente apolítico: “Algunos de nosotros nos consideramos progresistas, otros conservadores. Algunos de nosotros somos creyentes, otros no. Algunos de nosotros tenemos ideologías claramente definidas, los demás son apolíticos, pero todos estamos preocupados e indignados por las perspectivas políticas, económicas y sociales que vemos a nuestro alrededor: la corrupción de políticos, empresarios y banqueros, que nos deja indefensos, sin voz.”

Protestan en nombre de las verdades inalienables que deberían regir nuestra sociedad: “el derecho a la vivienda, el empleo, la cultura, la salud, la educación, la participación política, el desarrollo libre y personal y los derechos del consumidor, para una vida sana y feliz.” En su rechazo de la violencia, instan a una “evolución ética”. “En lugar de colocar el dinero por encima de los seres humanos, lo pondremos de nuevo a nuestro servicio. Somos personas, no productos. Yo no soy un producto de lo que compro, de por qué lo compro y a quién se lo compro.”

¿Quiénes serán los agentes de esta revolución? Los indignados descartan a toda la clase política, derecha e izquierda, como corrupta y poseída por el ansia de poder, sin embargo, el manifiesto consiste en una serie de demandas… ¿dirigidas a quién? No a la propia gente: los indignados (todavía) no afirman que nadie más lo hará en su lugar, que ellos mismos tienen que ser el cambio que quieren ver. Y ésta es la fatal debilidad de las recientes protestas: expresan una auténtica rabia incapaz de transformarse en un programa positivo de cambio sociopolítico. Expresan el espíritu de revuelta sin revolución.

La situación en Grecia parece más prometedora, probablemente debido a la tradición reciente de autoorganización progresista (que desapareció en España después de la caída del régimen de Franco). Pero también en Grecia el movimiento de protesta muestra los límites de la autoorganización: los manifestantes mantienen un espacio de libertad igualitaria, sin autoridad central que lo regule, un espacio público donde a todos se les asigna el mismo tiempo de intervención, y así sucesivamente. Cuando los manifestantes comenzaron a debatir qué hacer a continuación, cómo ir más allá de la mera protesta, el consenso de la mayoría fue que lo que se necesitaba no era un nuevo partido o un intento directo de tomar el poder estatal, sino un movimiento cuyo objetivo sea ejercer presión sobre los partidos políticos. Esto claramente no es suficiente para imponer una reorganización de la vida social. Para conseguirlo se necesita un organismo fuerte, capaz de tomar decisiones rápidas y ponerlas en práctica con todo el rigor necesario.

Fuente: http://www.lrb.co.uk/2011/08/19/slavoj-zizek/shoplifters-of-the-world-unite

Rebelión, 31/08/11

Manuel Castells: Tiempos borrascosos

Manuel Castells: Tiempos borrascosos

Tamizados por un difuso sopor vacacional llegan los crujidos de un mundo en quiebra. Hechos disconexos pero que juntos componen una nueva trama de vida. Arde Londres, la xenofobia masacra en Noruega, las bolsas se hunden, el euro se avergüenza, la ficción europea se desvanece, Estados Unidos en bancarrota, la crisis financiera corroe ahorros y devora empleos, los políticos se esconden para capear el temporal, las revoluciones árabes siguen removiendo el mundo entre heroísmo ciudadano y violencia de tiranos irredentos, movimientos sociales hechos de una mezcla de hastío y esperanza extienden la indignación de España hasta la India, pasando por Grecia e Israel. Pinceladas de un lienzo de historia en trance de ser. Y aunque no lo parezca hay un hilo conductor.

En la raíz, es la crisis de un modelo. No sólo de un modelo económico dominado por un capitalismo financiero especulativo que hizo de la economía una ficción, enredando al mundo en una virtualidad de valores bursátiles, sino de un modo de vida centrado en buscar sentido en un consumo sin sentido. Dependiendo de un trabajo, cualquiera, para vivir de prestado. Hasta que calla la música y aparece el vértigo del vacío interior. En esa soledad hija de la competitividad. Y cuando lo cotidiano se cae se buscan culpables. Porque nuestra cultura está hecha de culpabilidad. De los otros. Y los más otros de los demás son los que se detectan como distintos. Esos que buscaron trabajo y refugio en países europeos incapaces de hacer niños y remilgados de la faena dura. El chivo expiatorio es la más antigua lámina en el archivo de lo atroz. Puestos a desollarlo, empecemos por sus cómplices, los que abren las puertas a los que no son verdaderos noruegos o finlandeses o daneses u holandeses o catalanes de pura sangre. El asesino de decenas de jóvenes no era un loco, sino un educado militante del segundo partido de Noruega, partido xenófobo, eslabón de un espectro desencadenado que recorre Europa. Y cuando no son nazis declarados son policías cotidianamente racistas hasta que se les va la mano y liquidan a tiros a un mulato de Tottenham, sin dar explicaciones ni a su familia. Fue la gota que colmó el vaso de sempiterna humillación por parte de una Scotland Yard corrupta a sueldo de Murdoch para espiar a quien quisiera, desde líderes políticos hasta niñas asesinadas. Hete aquí que con la policía desbordada se desatan instintos de incendio y pillaje con participación de gentes de toda edad, clase y condición. Acceso libre al consumo. Como si la presión a la que se somete a una sociedad consumista incapaz de consumir hiciera explotar una caldera de rabia difusa, sin los tonos nobles de nuestros pacíficos indignados. Terror entre las élites y los ciudadanos de bien. Los salvajes están encasa y no todos son negros o inmigrados. Mano dura como respuesta. Aun sabiendo de siempre que cuanta más represión hay más hierve la sangre mientras las raíces de la cólera sigan ahí. ¡Qué civilizados y sensatos parecen los indignados españoles (o sus primos israelíes o sus hermanos griegos) en comparación con estos ingleses desbocados del siglo XXI! Pero no se equivoque. Nuestros indignados son activamente no violentos, pero que no se intente pararlos a golpes con argumentos de limpieza de plazas y ordenación de tráfico. Porque no se van a parar, van lejos, irán hasta el fin de la denuncia de un sistema que nos está tragando a todos en el torbellino de destrucción generado por el cinismo financiero y la incompetencia política. En estos movimientos sociales se juntan la crítica a formas alienadas de vida con el rechazo a pagar los platos rotos derivados de los errores (o cálculos especulativos) de los dueños del dinero y el poder que, como siempre, quieren irse de rositas.

Y mientras, allende el Mediterráneo, los árabes se reencuentran a sí mismos, con movimientos sociales derrocando tiranos y juzgando a corruptos aunque a veces sea a costa de ríos de sangre que aún fluyen a raudales en Siria ante las protestas estériles de la timorata comunidad internacional. Menos mal que los sirios, como los egipcios, los tunecinos y tantos otros decidieron hace tiempo que tenían que liberarse ellos mismos sin pedir permiso a los sospechosos habituales. Lástima que el sueño de los indignados israelíes abrazándose a los acampados de Tahrir haya chocado con la provocación deliberada de islamistas y sionistas para frustrar una paz posible entre personas cansadas de ser rehenes de políticos y geopolíticos.

En todos estos episodios dispares se repiten temas y formas. En el horizonte está la autogestión de la vida, pasando de políticos profesionales. En el núcleo de la acción están internet y las redes móviles. Es mediante las formas autónomas de comunicación que la gente ha podido autoorganizarse, coordinarse y suscitar un debate democrático de ideas, sueños y propuestas. En pocos meses se ha afirmado con fuerza en la práctica social que la comunicación es el mecanismo fundamental para unirse y que la reunión de personas en las redes sociales, preludio de acampadas y manifestaciones, permite superar el miedo en el que se basa el control social de un sistema que ya no convence y apenas vence. Las revoluciones del siglo XXI, en sus múltiples formas, ya tienen sus herramientas, hechas de comunicación autónoma interactiva y multimodal, local y global. Sabiendo que en internet, que está hecho de la vida de los internautas, hay de todo, lo mejor y lo peor, desde asesinos y saqueadores hasta rebeldes contra la tiranía o inventores de la nueva vida. Pero es la matriz del desafío a un mundo que se autodestruye, afirmando la posibilidad de reconstruir la sociedad desde la base.

Porque algo huele a podrido en Dinamarca. Y en Noruega. Y en Europa. Y hasta en esta España que se montó en una economía de cartón piedra gobernada por monigotes de papel.

Vivimos tiempos borrascosos. Pero las borrascas limpian el aire. ¿No siente la brisa que viene del mar?

Reggio's, 29/08/11

Boaventura de Sousa Santos: Carta a las izquierdas

Boaventura de Sousa Santos: Carta a las izquierdas

No pongo en duda la existencia de un futuro para las izquierdas, pero su futuro no será una continuación lineal de su pasado. Definir aquello que las izquierdas tienen en común equivale a responder a la pregunta: ¿qué es la izquierda? La izquierda es un conjunto de posiciones políticas que comparten el ideal de que todos los seres humanos tienen el mismo valor y constituyen el valor supremo. Este ideal es puesto en duda siempre que hay relaciones sociales de poder desigual, es decir, de dominación. En este caso, algunos individuos o grupos satisfacen algunas de sus necesidades transformando a otros individuos o grupos en medios para sus fines. El capitalismo no es la única fuente de dominación, aunque es una fuente importante.

Las diferentes formas de entender este ideal han provocado varias divisiones. Las principales han surgido de respuestas opuestas a las preguntas siguientes. ¿Puede el capitalismo ser reformado con el fin de mejorar la suerte de los dominados o esto sólo es posible más allá del capitalismo? ¿La lucha social debe ser conducida por una clase (la clase obrera) o por diferentes clases o grupos sociales? ¿Debe llevarse a cabo dentro de las instituciones democráticas o fuera de ellas? ¿El Estado, en sí mismo, es una relación de dominación o puede ser movilizado para combatir las relaciones de dominación?

Las respuestas opuestas a estas preguntas estuvieron en el origen de violentas divisiones. En nombre de la izquierda se cometieron atrocidades contra la izquierda; pero, en su conjunto, las izquierdas dominaron el siglo XX (a pesar del nazismo, el fascismo y el colonialismo) y el mundo se volvió más libre e igual gracias a ellas. Este corto siglo de todas las izquierdas terminó con la caída del Muro de Berlín. Los últimos treinta años se han caracterizado, por un lado, por una gestión de ruinas e inercias y, por el otro, por la emergencia de nuevas luchas contra la dominación, con otros actores y lenguajes que las izquierdas no pudieron entender.

Mientras tanto, libre de las izquierdas, el capitalismo volvió a mostrar su vocación antisocial. Vuelve a ser urgente reconstruir las izquierdas para evitar la barbarie. ¿Cómo recomenzar? Con la aceptación de las siguientes ideas:

1) El mundo se ha diversificado y la diversidad se ha instalado dentro de cada país. La comprensión del mundo es mucho más amplia que la comprensión occidental del mundo; no hay internacionalismo sin interculturalismo.

2) El capitalismo concibe la democracia como un instrumento de acumulación; si es necesario, la lleva a la irrelevancia y, si encontrara otro instrumento más eficiente, prescindiría de ella (el caso de China). La defensa de la democracia de alta intensidad es la gran bandera de las izquierdas.

3) El capitalismo es amoral y no entiende el concepto de dignidad humana; su defensa es una lucha contra el capitalismo y nunca con el capitalismo (en el capitalismo, hasta las limosnas sólo existen como relaciones públicas).

4) La experiencia del mundo muestra que hay muchas realidades no capitalistas, guiadas por la reciprocidad y el cooperativismo, a la espera de ser valoradas como el futuro dentro del presente.

5) El siglo pasado reveló que la relación de los humanos con la naturaleza es una relación de dominación contra la que hay que luchar; el crecimiento económico no es infinito.

6) La propiedad privada sólo es un bien social si es una entre varias formas de propiedad y todas están protegidas; hay bienes comunes de la humanidad (como el agua y el aire).

7) El corto siglo de las izquierdas fue suficiente para crear un espíritu igualitario entre los seres humanos que se distingue en todas las encuestas; éste es un patrimonio de las izquierdas que ellas mismas están dilapidando.

8) El capitalismo necesita de otras formas de dominación para florecer (del racismo al sexismo y la guerra) y todas deben ser combatidas.

9) El Estado es un animal extraño, mitad ángel, mitad monstruo, pero sin él muchos otros monstruos andarían sueltos, insaciables en busca de ángeles indefensos. Mejor Estado, siempre; menos Estado, nunca.

Con estas ideas seguirán siendo varias las izquierdas, aunque ya no es probable que se maten las unas a las otras y es posible que se unan para detener la barbarie que se aproxima.

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Traducido por Antoni Jesús Aguiló y revisado por Àlex Tarradellas.

Boaventura de Sousa Santos es sociólogo y profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coimbra (Portugal).

Fuente original: http://www.cartamaior.com.br/templates/colunaMostrar.cfm?coluna_id=5169

Rebelión, 28/08/11

Pide un referéndum para ratificar la reforma de la Constitución

Pide un referéndum para ratificar la reforma de la Constitución
Acción promovida por Vicenç Navarro

Una décima parte de los Diputados o de los Senadores puede solicitar un referéndum vinculante sobre el establecimiento de un límite al déficit público

El Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha hecho un anuncio inesperado este martes en el pleno extraordinario: reformar la Constitución para introducir un límite al déficit público.

El límite al déficit no es algo abstracto: es lo que va a determinar que tengas o no acceso a la educación o a la sanidad, entre otras muchas cosas. Limitar el déficit es limitar la inversión en la sociedad. Con esto, el Gobierno podrá dejar a personas como tú en la cuneta. Pero podemos detener esta iniciativa.

La Constitución no exige que esta modificación sea aprobada por referéndum vinculante. Para que los ciudadanos seamos consultados sobre esta cuestión fundamental que va a afectar al resto de nuestras vidas es necesario que una décima parte de los miembros de cualquiera de las Cámaras lo solicite tras su aprobación en el Congreso y el Senado.

Los ciudadanos debemos poder votar en un asunto tan fundamental como este. Pide a los Diputados y Senadores de todos los grupos políticos que se comprometan a solicitar la celebración del referéndum para su ratificación como permite la Constitución en su artículo 167.3.

Al firmar la petición estarás enviando esta carta

Destinatario: Todos los Grupos Parlamentarios del Congreso y del Senado

Señorías,

El Presidente ha anunciado su intención de promover la reforma constitucional para incluir un límite al déficit público.

Se trata de una modificación que de acuerdo con la Constitución Española no exige necesariamente la celebración de un referéndum vinculante.

Este asunto es de tal importancia y va a ser tan determinante para nuestro futuro que le pido que si esta modificación es finalmente aprobada por las cámaras, su grupo parlamentario se comprometa a solicitar que esta reforma sea sometida a referéndum para su ratificación tal y como recoge el artículo 167.3 de la Constitución Española.

Atentamente,

actuable, 23/08/11

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Zapatero se despide a todo lo grande. Acaba de proponer reformar la Constitución para fijar en ella un techo al déficit público. Es lo que mandaron Merkel y Sarkozy y, lógicamente, Rajoy está de acuerdo. Esto implica consagrar el neoliberalismo en nuestra Carta Magna, segando el camino a cualquier progresista que pueda llegar en un futuro al Gobierno. Es un error monumental que ni siquiera la “Biblia” neoliberal, el Wall Street Journal, consideraba que fuera posible en la vieja Europa: pretender fijar en las Constituciones un tope de endeudamiento es una medida de derechas que difícilmente aceptarán los Parlamentos de “las 17 democracias” –decía- afectadas por su pertenencia al euro.

Pero, más papista que el Papa en cuestión de neoliberalismo, nuestro derrotado presidente se dispone a ponerlo en marcha de inmediato. Los países que guardan el espíritu de la vieja democracia europea –su inventora- que hagan lo que quieran, pero España ya acata… y siega el futuro. ¿No estamos viendo que las políticas que siguen no funcionan? Estamos cayendo en una nueva recesión. Da que pensar que sea precisamente lo que buscan. No pueden estar tan ciegos. Pero es preocupante que esto coincida con la aplicación de la “mano dura”, como ha hecho Cameron en Gran Bretaña o… la policía española estos días sin ir más lejos.

Pero una reforma de la Constitución en un sentido tan grave no se puede hacer sin un referéndum como ha propuesto Gaspar Llamazares. No podemos consentirlo. Y arbitrando información adecuada a los ciudadanos para que no se dejen embaucar en la política del sonajero, que tan genialmente describe hoy Jesús Mota.

¿Qué desarreglo psíquico ha podido llevar a Zapatero a formular semejante propuesta para cuatro días que le quedan? ¿Cómo no le dimite el gobierno en pleno y cualquier militante del PSOE al que le quede una brizna de socialdemocracia en la sangre?

Está bien claro que la sociedad tendrá que tomar la iniciativa ante tanto desbarajuste: tenemos que exigir un referéndum, repito. Y arbitrando medidas para que exista información veraz. Traer incluso a Stiglitz y a Krugman a hablar en el Parlamento y en “prime time” de la televisión pública. Que expertos de todo tipo muestren las evidencias de los datos. Se diría que Zapatero ha perdido la razón, incluso la vergüenza.

Actualizo: Puede no tenerlo tan fácil como cree: “Si el Gobierno español decidiera asumir la exigencia franco-alemana, el camino para una reforma express se antoja casi imposible: solo con que se oponga una décima parte de los diputados, habría que disolver las Cortes y convocar referéndum“.

Lo urgente es que nadie se deje embaucar.

Otra actualización:

Como entiendo que algunos vaís de buena fe (salvo el premio nóbel que dice ser economista más abajo), enlazo un artículo de Joseph Stiglitz, Premio Nóbel de Economía auténtico:  ”Un contagio de malas ideas”.

 Por otro lado, como dice Ángels,  en Reacciona está bien clara la explicación de por qué limitar el techo del endeudamiento es… “una mala idea”. Una idea neoliberal que nos está llevando a todos a una nueva recesión mundial sin salir de la anterior. ¿O es que los datos tampoco sirven?

Otro artículo. Paul Krugman. Premio Nóbel de Economía. La falsa ilusión de la austeridad. Pero veo que la política del sonajero funciona de maravilla para tergiversar lo que sea menester. Tenemos que rebelarnos a eso cada día más. Nos jugamos mucho.

El Periscopio, 23/08/11

Naomi Klein: Looting with the lights on

Naomi Klein: Looting with the lights on
We keep hearing England's riots weren't political – but looters know that their elites have been committing daylight robbery

I keep hearing comparisons between the London riots and riots in other European cities – window-smashing in Athens or car bonfires in Paris. And there are parallels, to be sure: a spark set by police violence, a generation that feels forgotten.

But those events were marked by mass destruction; the looting was minor. There have, however, been other mass lootings in recent years, and perhaps we should talk about them too. There was Baghdad in the aftermath of the US invasion – a frenzy of arson and looting that emptied libraries and museums. The factories got hit too. In 2004 I visited one that used to make refrigerators. Its workers had stripped it of everything valuable, then torched it so thoroughly that the warehouse was a sculpture of buckled sheet metal.

Back then the people on cable news thought looting was highly political. They said this is what happens when a regime has no legitimacy in the eyes of the people. After watching for so long as Saddam Hussein and his sons helped themselves to whatever and whomever they wanted, many regular Iraqis felt they had earned the right to take a few things for themselves. But London isn't Baghdad, and the British prime minister, David Cameron, is hardly Saddam, so surely there is nothing to learn there.

How about a democratic example then? Argentina, circa 2001. The economy was in freefall and thousands of people living in rough neighbourhoods (which had been thriving manufacturing zones before the neoliberal era) stormed foreign-owned superstores. They came out pushing shopping carts overflowing with the goods they could no longer afford – clothes, electronics, meat. The government called a "state of siege" to restore order; the people didn't like that and overthrew the government.

John Pilger: Damn it or fear it, the forbidden truth is an insurrection in Britain

John Pilger: Damn it or fear it, the forbidden truth is an insurrection in Britain

On a warm spring day, strolling in south London, I heard demanding voices behind me. A police van disgorged a posse of six or more, who waved me aside. They surrounded a young  black man who, like me, was ambling along. They appropriated him; they rifled his pockets, looked in his shoes, inspected his teeth. Their thuggery affirmed, they let him go with the barked warning there would be a next time.

For the young at the bottom of the pyramid of wealth and patronage and poverty that is modern Britain, mostly the black, the marginalised and resentful, the envious and hopeless, there is never surprise. Their relationship with authority is integral to their obsolescence as young adults. Half of all black British youth between the ages of 18 and 24 are unemployed, the result of deliberate policies since Margaret Thatcher oversaw the greatest transfer of wealth from the bottom to the top in British history. Forget plasma TVs, this was panoramic looting. 

Such is the truth of David Cameron's "sick society", notably its sickest, most criminal, most feral "pocket": the square mile of the City of London where, with political approval, the banks and super-rich have trashed the British economy and the lives of millions. This is fast becoming unmentionable as we succumb to propaganda once described by the American black leader Malcolm X thus: "If you're not careful the newspapers will have you hating the oppressed and loving the people doing the oppressing."

As they lined up to bay their class bigotry and hypocrisy in parliament, barely a handful of MPs spoke this truth. Heirs to Edmund Burke's 18th century rants against the "mob rule" of a "swinish multitude", not one referred to previous rebellions in Brixton, Tottenham and Liverpool in the 1980s when Lord Scarman reported that "complex political, social and economic factors" had caused a "disposition towards violent protest" and recommended urgent remedial action. Instead, Labour and Liberal bravehearts called for water cannon and everything draconian: among them the Labour MP Hazel Blears. Remember her notorious expenses?  None made the obvious connection between the greatest inequality since records were kept, a police force that routinely abuses a section of the population and kills with impunity and a permanent state of colonial warfare with an arms trade to match: the apogee of violence.

Reminiscencias

Reminiscencias

Reminiscencias

Juan Gelman: Colapsos

Juan GelmanJuan Gelman: Colapsos

“Irresponsabilidad. Egoísmo. Actuar como si los actos no tuvieran consecuencias. Hijos sin padres. Escuelas sin disciplina. Recompensas sin esfuerzo. Crimen sin castigo. Derechos sin responsabilidades. Comunidades fuera de control. Algunos de los peores aspectos de la naturaleza humana tolerados, consentidos –a veces hasta incentivados– por un Estado y sus organismos que en parte han perdido literalmente la moral.” El primer ministro británico David Cameron explicó así la violencia desatada en Tottenham, uno de los barrios más pobres de Londres, y en otras ciudades de Inglaterra (www.guardian.co.uk, 15/8/11). Calificó la situación de “colapso moral”.

Olvidó señalar que la desocupación entre los jóvenes londinenses asciende al 23 por ciento y es aún más alta en el interior del país. O que los costos de la educación universitaria la convierten en algo prohibido, salvo para los hijos de familias ricas: 15 mil dólares anuales. Olvidó sobre todo el costo de 30 años de thatcherismo para amplias capas de la sociedad británica, las comunidades devastadas por la desindustrialización cualquiera fuese el color de la autoridad, conservador o laborista. Protestar contra ese estado de cosas es “totalmente inaceptable”, para Theresa May, secretaria del Interior. La violencia de la represión policial y el apuro de la Justicia en aplicar penas desproporcionadas a los manifestantes son, en consecuencia, necesarios.

Es verdad que elementos o bandas cometieron acciones condenables como el incendio de casas y pequeños comercios del vecindario, y el saqueo de supermercados. Para Christian Guy, director del Centro para la Justicia Social (www.centerforsocialjustice.org.uk), los disturbios fueron el producto de una bien coordinada operación de las pandillas de la zona. La BBC de Londres señaló, en cambio, que “en realidad, pocos (de los arrestados) son pandilleros genuinos”. Y “toda clase de personas” –asistentes de la educación, un diseñador gráfico, estudiantes universitarios– fueron detenidas por tomar parte en el pillaje. Paul Lewis, periodista del The Guardian que pasó cinco noches observando la violencia, manifestó que es erróneo el intento de culpar a un grupo: “La única generalización plausible es que, en conjunto, eran jóvenes y pobres” (www.bbc.co.uk, 16/8/11).

Parece clara la intención de disimular las razones de fondo, agravadas por el nuevo plan de austeridad –que The Financial Times calificó de “brutal”–, y el gobierno conservador no encuentra mejor camino que proponer algunos cambios sociales de corto alcance y, sobre todo, revigorizar la represión. “La policía tendrá más poderes”, insistió la secretaria May. El gabinete de Cameron estudia la posibilidad de imponer toques de queda en zonas específicas y aplicar medidas restrictivas a los menores de 16 años (www.bbc.co.uk, 16-8-11). Ninguna atención presta a lo que el sindicato de trabajadores de los servicios públicos Unisom de Londres considera necesario: “Debemos preguntarnos por qué nuestros jóvenes están tan enojados y cómo podemos unir a nuestra comunidad” (lambethunison.blogspot.com, 9/8/11).

Abundan las disquisiciones psicologizantes sobre la razón de los saqueos: “La gente sin poder se siente de pronto poderosa y eso intoxica mucho”, dice el profesor John Pitts, un criminólogo que asesora a diversas autoridades londinenses en materia de jóvenes y pandillas (www.bbc.co.uk/news/magazine, 9/8/11). O: “Hay evidencias que sugieren que los líderes de una pandilla padecen tendencias psicopáticas”, anota el Dr. Lance Workman. Es otra forma de demonizar la violencia de jóvenes excluidos de un mañana. Como señala el doctor Raúl Zaffaroni, miembro de la Corte Suprema de Justicia de Argentina y distinguido penalista, el sistema castiga los delitos que provoca (La palabra de los muertos, Ediar, Buenos Aires, 2011).

Cabe preguntarse dónde radica el verdadero “colapso moral” del Reino Unido. “La clase política poco explora su propia responsabilidad en la creación de la marginación social que conduce a la ‘anarquía’ –advierte la investigadora Michelle Chen (www.inthesetimes.com, 10/8/11)–. Se supone que el problema no es el exceso policial, sino su insuficiencia, que no es la falta de oportunidades educacionales o de programas para la juventud en esos barrios, sino los padres que no pueden controlar a sus hijos.”

Es posible, sin embargo, coincidir con el premier David Cameron en que un Estado y sus organismos que han perdido en parte la moral toleran, consienten y aun incentivan algunos de los peores aspectos de la naturaleza humana. Así lo muestran los bombardeos de la R. A. F. contra poblaciones civiles inermes en Irak y Afganistán.

Página 12, 21/08/11

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