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José Carlos Bermejo Barrera: A administración do silencio: Filosofía e psiquiatría en J.M. López Nogueira

José Manuel López NogueiraJosé Carlos Bermejo Barrera: A administración do silencio: Filosofía e psiquiatría en J.M. López Nogueira
A trabe de Ouro, 95, III, Ano 24, 2013, pp. 347/356

Para Alicia Beatriz López Gallego (Ali)

Adoitaba dicir A. Hitler, do que non debemos esquecer que, por desgraza, gobernou a nación máis culta de Europa entre 1933 e 1945, que a política non é máis que a administración do terror (Sofsky, 1993). O terror é a base de todos os sistemas políticos, pero cada un deles o dosifica e o modula dunha forma diferente e cunha intensidade maior ou menor. Na Galicia do 2013 a política xa non é basicamente a administración do terror, senón do diñeiro público, e é ese diñeiro o que mantén unha cultura que á súa vez se basea na administración do silencio. A cultura galega, tal e como está agora constituída, é basicamente unha cultura do encomio, o panexírico e a conmemoración, na que aqueles que administran o diñeiro público deciden premiar ou castigar, loar ou censurar a unha serie de autores e persoas que foron os seus creadores nun pasado máis próximo ou remoto.

Por esa razón autores menores en todos os campos, creadores de frangullas filosóficas, poéticas ou narrativas, poden pasar a ser considerados como creadores de referencia, mentres se deixa intencionadamente caer no esquecemento a outros autores, moito máis importantes, e igualmente galegos, que en moitos casos ademais de ser creadores literarios ou artistas viron como as súas vidas quedaron truncadas ou marcadas para sempre polo sufrimento e a adversidade, dúas experiencias descoñecidas para a maior parte dos administradores do silencio cultural de Galicia, xa sexa debido á súa mocidade ou a que sempre souberon estar á beira do bando gañador. Como o están neste momento, logrando converter o que foi unha cultura de resistencia nunha cultura concibida como panexírico dun poder político, que dono do diñeiro e dosificador do silencio, necesita cada vez menos administrar o terror.

Foille administrado o silencio a un libro e a un autor excepcional no panorama filosófico e científico de Galicia, o Dr. José Manuel López Nogueira, médico, psiquiatra e filósofo outsider, é dicir, non profesor de filosofía senón creador dunha filosofía propia como “intelectual libremente flotante”, seguindo a terminoloxía de Max Weber, exposta nun libro que se sae do común: Dialéctica existencial y psiconálisis, publicado en 1972 sen subvención pola que foi editorial de referencia da cultura galega resistente ao franquismo, e caído hoxe en día practicamente no esquecemento (de feito, só pódese atopar un breve artigo sobre o autor obra de M. Pombo (2007) e publicado nunha revista de circulación limitada), ao que non é alleo o feito de que se trate dun gran libro de filosofía que excede as 600 páxinas. Un libro escrito ademais por un psiquiatra e non por un filósofo académico que tería que ser encomiado de oficio polos demais académicos turiferarios de quenda.

Non deixa de ser curioso que dous dos máis orixinais filósofos galegos, Francisco Sánchez (1550-1623) e J.M. López Nogueira (1932-1983) sexan precisamente médicos (si deixamos ao carón a figura de Amor Ruibal, xa que se trata en realidade dun teólogo, cuxa filosofía loxicamente é inseparable do dogma católico). A relación entre a medicina e a filosofía é ben coñecida para calquera coñecedor de Corpus Hipocraticum, no que está presente o contraste entre médicos empíricos e dogmáticos, ou teóricos. Pero é que ademais o máis grande filósofo grego, Aristóteles, tamén foi médico de formación, habendo sufrido a persecución que dictan os avatares da política, que o levaron a morrer no exilio, do mesmo xeito que a Moisés Maimónides, o máis grande filósofo do xudaísmo, médico tamén, nacido en Córdoba e morto no Cairo, a onde o conduciron os avatares da política.

José Carlos Bermejo Barrera: Elites y fetiches en Fonseca

ManagementJosé Carlos Bermejo Barrera: Elites y fetiches en Fonseca

I. Fonseca y la élite del poder

Suele decirse en los USA que la diferencia entre los líderes republicanos y los demócratas es que los republicanos se han hecho millonarios con el petróleo y los demócratas con la bolsa. Y es que en la más antigua democracia del mundo occidental todo el mundo es consciente, y los politólogos más, de que la política tiene la naturaleza de un juego en el que unos jugadores privilegiados intentan mover a su favor las fichas del tablero. CH.W. Mills, en un libro clásico de la sociología norteamericana, Power Elite (1956), había ya dejado muy claro que el poder político en Norteamerica, ya desde el momento de la propia independencia, fue un bien a repartir entre pequeños grupos y familias privilegiadas, que en algunos casos provenían de las élites coloniales, como los Vanderbilt, y luego los Morgan, Lehmann, Rockfeller…, que necesitaban controlar el poder político para poder defender mejor sus intereses económicos. En la Europa de los años veinte, economistas y sociólogos como W. Pareto. G. Mosca y muchos otros pusieron de manifiesto el fenómeno inverso y era que el estado, el sistema de partidos y todo el juego de la vida política podría convertirse en un medio para lograr un fin: el enriquecimiento personal. Muchos pensaron, y en buena media lo consiguieron, hacerse ricos dentro de un partido, e incluso a costa de él. Y así las elecciones se convertían en una dura competición para lograr el acceso a miles de cargos remunerados. En la Europa de fines del siglo XIX y comienzos del XX se denunciaba que la política fuese una fuente para conseguir la riqueza, al revés que en los países del capitalismo avanzado, en los que solo era el medio de conservarla mejor, pues en ellos nadie podría llegar a ser rico solo con la política, aunque la política podía ser de vez en cuando una buena hada madrina.

Queda claro que la España de comienzos del siglo XXI no es un país capitalista avanzado, sino un país con poco tejido productivo en el que el erario público se ha convertido en la cueva de Alí Babá en la que algunos aspiran a morar, de modo transitorio o permanente. ¿Pero qué pasa en nuestras universidades, gobernadas desde 1983 con un sistema creado a imitación de una nación y una democracia parlamentaria? Lo primero que tendríamos que decir es que la ficción ha funcionado tan bien que podemos ver a rectores y profesores utilizar la palabra soberanía, únicamente válida en la ficción política verosímil que es el derecho constitucional, aplicada a sus órganos de gobierno e Insulas Baratarias, cuando reclaman para ellas una autonomía que tampoco saben definir más allá de que podría ser un sistema en el que se tiene derecho a pedir a otros lo que uno considera que necesita sin pedir opinión a un tercero. Y dentro de esa ficción también han nacido unas élites de poder académico. Se trata de grupos de profesores, administrativos y alumnos manipulados por sus profesores y los partidos políticos que con diversos altibajos se vienen sucediendo en el ejercicio de los cargos académicos desde hace treinta años; profesores que provienen a veces de las mismas facultades, departamentos, y ahora de los mismos grupos de investigación. convirtiéndose en auténticos profesionales del poder universitario elección tras elección. Proclaman su legitimidad basándose en los votos obtenidos en unos sistemas electorales complejos, en los que puede convivir la abstención masiva del alumnado con la negociación del voto de personas o grupos a cambio de diferentes tipos de transacciones académicas posibles: cátedras, plazas, creación de títulos, facultades, construcción de edificios…, transacciones en un primer momento realizadas con discrección y luego a plena luz del día, dando a entender que son las legítimas hijas de la soberanía y la autonomía.

José Carlos Bermejo Barrera: Vida y muerte de las bibliotecas

Muerte del libroJosé Carlos Bermejo Barrera: Vida y muerte de las bibliotecas

Es la Biblioteca de Alejandría uno más de nuestros iconos culturales, pues aún conserva el prestigio de haber sido la más importante de la Antigüedad. En esa misma ciudad se ha construido un edificio que pretende recoger su legado, pero como suele ocurrir en la actualidad esta biblioteca será más valorada por el diseño del edificio o incluso por la originalidad de sus estanterías que por sus contenidos. La Biblioteca de Alejandría fue creada por los reyes griegos de Egipto en el siglo III a.C., y en ella se recogieron toda clase de libros. Pero esa biblioteca fue además un centro de estudio e investigación en todos los campos. En ella nacieron las versiones de la Ilíada y la Odisea que aún leemos y en esa misma ciudad fue donde se tradujo al griego el Antiguo Testamento. ¿Quién acabó con ella? Hay varias versiones: según una fue un incendio provocado por la conquista de la ciudad por Julio César, según otra sería obra de los fanáticos monjes cristianos, semejantes a los que mataron a la filósofa Hipatia. Pero hoy sabemos que los libros de esa biblioteca sobrevivieron a la conquista de la ciudad por los árabes. Fue el mismo califa que quiso desmontar las pirámides por ser monumentos de la idolatría quien preguntó si los libros de la biblioteca decían lo mismo que el Corán o algo diferente. Pensó que si decían lo mismo que su libro sagrado eran inútiles, y si decían algo diferente eran falsos y por eso acabaron sirviendo de combustible para calentar los baños públicos de la ciudad.

Cualquier persona que conozca el mundo editorial y académico español se dará cuenta de que en la actualidad parecen haber vuelto los califas a la academia, pues en ella se está desarrollando una auténtica cruzada contra los libros en nombre de las tecnologías de la comunicación y la investigación científica; flanqueada por otra cruzada paralela en la que la venta de libros de consumo masivo y baja calidad crea un mundo de lectores uniformes, asimiladores de tópicos e ideas banales en el mundo cultural de la aldea global. ¿Qué significa la muerte del libro y de la librería y las biblioteca, sus nichos naturales? Pues el fin de la libertad, de la capacidad de pensar globalmente, de articular un discurso sistemático y coherente y de poder observar la realidad con una perspectiva crítica, lo que interesa a los poderes económicos que necesitan defender la idea de que no hay alternativas al orden político y económico mundial; a los gobiernos, que saben que los ciudadanos críticos poseen más capacidad de resistencia y control; y a las autoridades educativas que quieren convertir la educación en todos sus niveles en un proceso de producción en serie de trabajadores reciclables, desechables y cada vez más baratos, reservando la educación de calidad para aquellos que han de ser los herederos de quienes controlan el poder.

José Carlos Bermejo Barrera: Una escena en Fonseca: o peche

José Carlos Bermejo Barrera: Una escena en Fonseca: o peche

Dijo A. de Foxá que el franquismo era una dictadura moderada por la incompetencia, lo que habría que matizar, puesto que la competencia represora de este régimen logró altas cotas de eficacia en algunos momentos de su historia. No era así en 1968, cuando el desarrollo económico y el propio paso del tiempo habían conseguido que en España lo político distase mucho de atraer la atención pública. Había en España instituciones que tenían el privilegio de la inviolabildad de sus recintos, por lo que las oposiciones sindical y política decidían a veces encerrarse en las iglesias o monasterios intentando con poco éxito quedar a su amparo. Eso ocurrió en el 68 santiagués y el encierro de los estudiantes en la universidad supuestamente inviolable, de la que acabaron siendo desalojados todos; algunos fueron expedientados y los demás pasaron a examinarse al final del curso. Quedó claro que ya no era posible encerrarse impunemente y así con la reanudación de las movilizaciones a partir de 1970 el encierro, luego llamado peche, fue sustituido por las asambleas, de muy corta duración, ya que el sistema de vigilancia formado por los bedeles, muchos de ellos guardias civiles jubilados a los que se les compensaba su magra jubilación con un pequeño puesto de subalterno, daban la voz de alarma para que viniese la policia a desalojar.

Asamblea y desalojo pasaron a ser las dos instituciones básicas de la revuelta estudiantil. La asamblea era una reunión en la que se intentaba hablar para reivindicar alguna cuestión, pero en la perspectiva del régimen parecía que fuese algo así como el motín del acorazo Potemkin o el preludio de un posible asalto armado al Palacio del Pardo. Las asambleas eran disueltas sin piedad, como las manifestaciones, y las autoridades se ponían histéricas ante ellas. En enero del año 1971 una asamblea en Xeografía e Historia fue desalojada de tal modo que la policía nacional, situada en embudo en las escaleras del edificio, fue aporreando a los estudiantes según salían, con tan mala suerte que a uno de ellos le destrozaron un ojo. Las asambleas se generalizaron y el rector cerró la universidad hasta mayo. Eran pues los rectores quienes cerraban periódicamente algunas universidades cuando entraban en pánico de pérdida de su control. Y así ocurrió hasta la muerte del dictador moderado por la incompetencia. Aún en 1975, en la misma facultad de que hablamos, un desalojo de una asamblea hizo que un alumno se cayese por la ventana desde un primer piso rompiéndose la pelvis. El panorama del aula desalojada era desolador, cientos de hojas de apuntes desparramadas y numerosos zapatos. D. Manuel Rabanal, un pacífico catedrático de griego que había llegado a dar clase a una aula vacía tras un desalojo, quizás porque creía en la idea platónica del alumno, al ver el panorama comentaba ¡qué barbaridad, qué barbaridad!

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y el síndrome del indiano

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y el síndrome del indiano

Castelao: O regreso do indiano - 1918  
Castelao: "O regreso do indiano" (1918)

Es la emigración uno de los fenómenos de larga duración característicos de nuestra historia. El desequilibrio entre población y escasos recursos obligó a abandonar su tierra a decenas de miles de personas que, o bien fracason de nuevo, o bien sobrevivieron, o retornaron ricos y victoriososo a su país. Geógrafos, historiadores e historiadores del arte han investigado este tema que hoy conocemos con detalle. Los que retornaron ricos a su patria tenían a veces una mentalidad que les llevaba a exhibir su riqueza mediante el consumo ostensible, construyéndose grandes y lujosas casas que los igualasen en prestigio a las clases dirigentes. En algunos casos fueron además mucho más generosos que ellas, pues fundaron escuelas para que los jóvenes no volviesen a emigrar, donaron edificios y parques públicos, como el que en Betanzos hicieron los hermanos García Naveira, que expusieron en él sus sencillas ideas sobre la vida y la cultura mediante imágenes de enciclopedia.

El consumo ostensible no es más que la ostentación de la riqueza para lograr prestigio, y es lógico que algunos indianos creyesen en él, como los millonarios norteamericanos estudiados por el economista T. Veblen a comienzos del siglo XX; pero es más discutible que una universidad lo manifieste en sus políticas constructivas. La Universidad de Santiago tuvo muy pocos edificios hasta el siglo XX: los colegios de Fonseca, San Xerome y San Clemente, junto con el edificio central ocupado a partir del siglo XVIII, sede hoy de una sola facultad. Como ese edificio se había quedado pequeño, Montero Ríos, como parte de su política de construcción de edificios públicos en Santiago que le llevó a construir una nueva y moderna Facultad de Veterinaria, hoy sede del Parlamento Gallego, decidió a comienzos de siglo XX añadirle un segundo piso que rompió las proporciones de la fachada original. En él se construyó la biblioteca con sus estanterías a medida, hoy atacadas por las termitas, el Paraninfo, decorado con pinturas contemporáneas de Picasso en las que las Musas llevan microscopios en el Olimpo, y tan cubierto de oro que parece que en él fuese a dar un baile María Antonieta. Allí estaban a mediados de los años 60 del siglo XX las facultades de derecho, ciencias, filosofía y letras, junto a la biblioteca y los servicios centrales de la universidad, quedando la facultad de farmacia en la vieja Fonseca y la de medicina, tras 1928, en un nuevo y funcional edificio.

José Carlos Bermejo Barrera: El mérito más meritorio de todos los méritos

José Carlos Bermejo Barrera: El mérito más meritorio de todos los méritos

Es muy difícil conseguir un puesto de trabajo, no solo por la escasez de empleos sino también por la creciente competencia entre los que los solicitan. Tanto en el caso de la empresa privada como en el de la función pública, normalmente se trata de que desempeñe el puesto la persona más capacitada. Tonto sería el empresario que contratase a una plantilla de ineptos, a menos que quisiese hundir su propia empresa, para lo que dispone de medios mucho más rápidos y adecuados, como su desfinanciación. En el caso de la función pública la situación es mucho más grave, ya que los puestos públicos se financian con el presupuesto del estado que proviene del dinero que se detrae de los ingresos de todos los contribuyentes.

A lo largo de la historia los puestos públicos se fueron asignando mediante diferentes criterios: por el mero arbitrio de los gobernantes, por relaciones familiares, e incluso mediante su compra o subasta, que se podía hacer legalmente y de modo público, asignándole el puesto al mejor postor, ya fuese en el caso del cobro de los impuestos, en el ejercicio de puesto de mando en el ejército, o en las cátedras universitarias, vendidas y alquiladas, heredadas (de hecho en la Europa de los siglos XVI al XIX el que se casaba con la hija de su maestro heredaba, en muchos casos, su cátedra y su biblioteca). Como la venta y el uso arbitrario de la concesión de los cargos públicos generaba todo tipo de abusos e intentos de enriquecimiento, se estableció en el siglo XIX el puesto del funcionario. Los funcionarios, ya fuesen jueces, militares, administrativos, médicos o profesores, debían ser la garantía de que la función pública se ejerciese de un modo neutro, racional y eficaz, puesto que el estado no debe nunca exigir de sus contribuyentes más dinero del estrictamente necesario.

José Carlos Bermejo Barrera: Retratos en Fonseca: Juan Casares Long

José Carlos Bermejo Barrera: Retratos en Fonseca: Juan Casares Long

Decía Bertrand Rusell que nadie cotillea acerca de las virtudes ocultas del prójimo. Por esa razón y porque la labor del historiador ha de ir más allá del mero cotilleo, cuando llega el momento de hacer el balance de la actuación como rector de J. Casares, una vez culminada su labor de gobierno, será conveniente glosar únicamente lo que fueron hechos evidentes de un mandato convulso, polémico y errático, del que fueron corresponsables tanto quienes en él ejercieron la labor de gobierno como aquellas personas institucionalmente encargadas de llevar a cabo una labor de oposición que osciló entre una clara complicidad y una complacencia teñida de un toque de sadismo, que se recreaba en contemplar los sucesivos errores que nadie podía ocultar.

Todo comenzó cuando, retomando sin saberlo un viejo dicho de Gladstone, que afirmaba que “el matrimonio son dos personas en una y esa persona es el marido”, J. Casares decidió gobernar de un modo personalísimo, consecuencia quizás de su fuerte carácter, que le llevó a algo insólito en la historia de la USC, y es que el rector en poco más de un año había entrado en conflicto con su propio equipo de gobierno y con las bases que le apoyaban, de modo tal que sucesivamente fueron dejando su equipo la mitad de sus vicerrectores y colaboradores más cercanos. Así comenzó a dar la impresión de que el nuevo rector parecería querer enfrentarse a sus propios apoyos e intentaba tender puentes con aquellos a los que llevaba años criticando y a los que atribuía todos los males de su institcuión: las llamadas plataformas, pequeños grupos de poder y presión que se movían por la universidad bajo unas supuestas banderas políticas casi nunca avaladas ni por los partidos correspondientes, ni siquiera por los carnets que certificarían la militancia pública de sus miembros.

José Carlos Bermejo Barrera: Aleluyas de la Ciudad de la Cultura

José Carlos Bermejo Barrera: Aleluyas de la Ciudad de la Cultura

Cidade da Cultura no deserto

Sacó Don Manuel las cosas de sus quicios,
y ordenó construir los grandes edificios
para admiración de propios y de extraños
y que fuesen visitables cientos de años.

Y así en un monte mal comunicado
decidió que cada edificio estuviese situado,
y que todos ellos fuesen ventanal
y en belleza compitiesen con la Catedral.

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y los hombres de negro

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y los hombres de negro

C.M. Reinhart y K.S. Rogoff publicaron en 2009 en la prestigiosa universidad de Princeton el libro Esta es vez es distinto. Ocho siglos de locura financiera. El lema “esta vez es distinto”, o lo que es lo mismo, “a mi no me va a pasar eso”, es un leitmotiv que perduró ocho siglos de historia antes de que se fuesen sucediendo las quiebras de los estados. Varias lecciones nos enseña esta historia. La primera es que todo el mundo se ha creido más listo que sus predecesores en el desastre, y la segunda es que nadie se endeuda si no quiere. En la historia de los estados el endeudamiento solía provenir del gasto público, que se centraba básicamente en la guerra, y del despilfarro, unido a la corrupción política y económica. Ese endeudamiento se cubría emitiendo moneda y provocando una crisis inflacionaria, que incrementaba todavía más la espiral del endeudamiento hasta llegar a un punto final en el que todo quedaba al albur de los acreedores. Este esquema se ha reproducido en las estrepitosas crisis financieras de Argentina, por ejemplo, inexplicables sin la corrupción económica y política, y con las intervenciones de tres de los PIGS europeos, Portugal, Grecia e Irlanda, debidas a dos razones: a que esos países no tienen moneda propia y dependen del Banco Central Europeo, y a que compesaron su empobrecimiento provocado por la entrada en el euro con el endeudamiento masivo del estado, la banca, la empresa y las propias familias. Hasta que llegaron los hombres de negro, ajustaron sus cuentas públicas e hicieron pagar a justos por pecadores, naturalmente. Por suerte, España se quedó a un pelo de ser visitada por estos caballeros, aunque también aquí llovieron los recortes sobre los débiles. Y en una situación similar se encuentra a día de hoy la USC. Lastrada por una deuda que, como el río Guadiana, aparece y desaparece, cuyo monto casi nadie sabe y de la que parece que nadie ha sido responsable, que no culpable.

Ninguna persona sensata puede imaginar que unas especies de Bárcenas salieron de San Xerome con maletines llenos de billetes de 500 euros. Es inverosímil en una institución cuyo gasto básico son sus nóminas, pero habrá que reconocer que algo pasa. No vale recurrir al tópico de la presunción de inocencia, pues ese derecho solo lo tienen aquellas personas previamente imputadas, antes de ser condenadas, y no los ciudadanos de a pie. El Juan Nadie de turno no es presuntamente inocente de la quiebra de Bankia o Pescanova, lo son los responsables si son procesados. A los ciudadanos de a pie ya les hubiese gustado ver físicamente los billetes que se manejaron, y luego ser procesados para salir sin cargos y con la pasta. No hay ningún procesado en la USC y lo que se ha hecho es legal, si un juez no dice lo contrario, pero ¿qué ha pasado con sus cinco rectores y su deuda?

José Carlos Bermejo Barrera: Uno por uno es uno, uno por dos es dos, uno por tres son cuatro

José Carlos Bermejo Barrera: Uno por uno es uno, uno por dos es dos, uno por tres son cuatro

Así cantaban los niños en las viejas escuelas en las que se les corregía cuando se equivocaban y se castigaba a los más revoltosos poniéndolos de cara a la pared. Esta nueva tabla de multiplicar rige sin embargo en la universidad con el mal llamado “Plan Bolonia”, que nació torcido desde su base, en el que la obsesión por planificar permitió generar el mayor caos académico conocido, amparado por una gigantesca maquinación burocrática. Y es que lo que consistía en medir por créditos, o sea horas, los tres niveles de la enseñanza superior, grado (o bachillerato), master (o licenciatura) y doctorado, sirvió para desplegar una agenda oculta que nada tiene que ver con esto.

En los sistemas anglosajones se aplica una estructura con un grado generalista de tres años, que no da capacitación laboral y es previo al título de licenciado. Quedan excluidos de este sistema los estudios de Medicina, que poseen un doctorado propio, el MD, equivalente a nuestro título de especialista, al que se puede añadir o no el PhD, el consistente en elaborar una tesis. Y junto con ellos están excluidos los de Derecho, en los que no hay grado y tienen su doctorado específico, el DI, y por supuesto todas las carreras técnicas. ¿Cuál fue pues el despropósito?

Nico Hirtt: Educar y formar bajo la dictadura del mercado de trabajo

Nico Hirtt: Educar y formar bajo la dictadura del mercado de trabajo

Las teorías del “capital humano” adoptadas por los organismos nacionales e internacionales encargados de la política educativa, así como por la comunidad académica, constituyen una estrategia de dominación del mercado de trabajo. La promesa de superar la actual crisis a través de una fuerza de trabajo necesitada de altas cualificaciones encubre la necesidad de amplias masas de trabajadores poco cualificados, pero flexibles para adaptarse a las cambiantes condiciones del mundo laboral. Por ello, el papel de la escuela se reduce a transmitir un mínimo saber básico y unas competencias laborales genéricas, en un contexto de recortes y privatización.

José Carlos Bermejo Barrera: ¿Qué es un investigador?

José Carlos Bermejo Barrera: ¿Qué es un investigador?

Hay palabras que han desaparecido en la universidad, como enseñar, aprender, estudiar, trabajar, leer, escribir y descubrir. Frente a ellas, que describen todo lo que es posible hacer en una universidad, triunfa el vocabulario ampuloso y vacío, en el que términos como docencia, gestión e investigación ocupan todo el espacio. En realidad la nueva docencia en algún caso se está convirtiendo en el arte de exhibir una ignorancia verdaderamente enciclopédica de una asignatura, apoyándose en toda clase de medios tecnológicos. “Gestión” lo explica todo; algún nuevo experto en recursos humanos podría decir que una pareja de amantes es “un grupo binario de agentes sexuales que gestionan sus competencias y habilidades de modo mutuamente satisfactorio”. Y por último, investigación es un término que abarca realidades tan heterogéneas como el álgebra, el derecho civil, la química, la historia o la oceanografía, saberes todos ellos evaluables por los mismos expertos.

Se supone que todo lo que se investiga es ciencia, y que todo debe ser investigado en grupos financiados y controlados por la administración o la empresa. Y así lo que es verdad en el campo de las ciencias experimentales o en la ingeniería no lo es en muchos otros, en los que la palabra investigación no describe el proceso de creación del conocimiento. En la química, por ejemplo, son necesarios laboratorios, que requieren espacios propios, instalaciones adecuadas, aparatos, reactivos; en ella ya no existe el trabajo individual, los procesos de investigación son muy largos, y requieren miles de horas de trabajo y la coordinación entre personas. Sus resultados, por ello, se publican siempre en trabajos colectivos. Desde comienzos del siglo XX hasta ahora, el incremento del coste en la investigación experimental se ha disparado. Si comparamos el laboratorio de E. Rutherford en la universidad de Montreal en 1900 con una imagen cualquiera del acelerador del CERN en Ginebra, veremos que estamos ante dos mundos diferentes. Los equipos de investigación son indispensables en las ciencias experimentales, y de la misma manera en ciencias no experimentales, y no por ello menos ciencias, que se basan en la observación, como la anatomía, la botánica, la astronomía, en las cuales no se pueden repetir en el laboratorio los fenómenos que se estudian.

Juan Torres López: Exámenes al por mayor

Juan Torres López: Exámenes al por mayor
La reforma universitaria de Bolonia ha cambiado todo para que todo siga igual

Una vez oí decir a un viejo profesor universitario que las reformas universitarias en España se hacen siempre de la misma forma: con objetivos anglosajones, recursos africanos y mentalidad carpetovetónica. Y creo que eso es lo que más o menos ha ocurrido con la última dirigida a homologar nuestro sistema universitario con el europeo de enseñanza superior. Se han cambiado planes de estudio, se han hecho docenas de nuevos programas docentes y se ha modificado la secuencia temporal de las carreras, pero mucho temo que pasó como en la novela de Lampedusa, que todo cambió para que todo siguiera igual.

Para los estudiantes, que al fin y al cabo son la pieza fundamental de cualquier nivel educativo, Bolonia, como es conocida la reforma, ha supuesto, sobre todo, embarcarse en una especie de continua carrera de obstáculos. En lugar de organizar la enseñanza universitaria para que gracias a ella los jóvenes aprendan a reflexionar y a enfrentarse al mundo con autonomía y capacidad transformadora, se han montado los cursos de tal forma que apenas puedan respirar.

Alumnos de uno de mis grupos que acaban estos días el cuatrimestre terminan las clases de una asignatura un viernes a las 18.00 y tienen el examen final el día siguiente a partir de las 8.30. Otros se quejaban de que un día terminan un examen final a las 20.30 y al día siguiente a las 8.30 está convocado el de mi asignatura, no por mi gusto, sino porque he de seguir los horarios que me marca el decanato.

¿Hay tiempo así para que los alumnos y alumnas maduren y asimilen los conocimientos? ¿Se puede valorar de esa forma lo que de verdad han aprendido y lo que no, las habilidades que han desarrollado?

Javier Mayoral: Profesor, investigador, burócrata

Javier Mayoral: Profesor, investigador, burócrata
Javier Mayoral, Profesor de periodismo en la Universidad Complutense de Madrid

Hace unas semanas, a propósito de la corrupción política, un compañero de trabajo comentó: “ya no basta con saber a qué dedican el dinero de todos; ahora debemos exigirles además que expliquen con detalle qué hacen, cómo y cuánto trabajan, en qué tareas concretas emplean su tiempo”. Me parece que ese planteamiento general puede ser muy útil. Y no solo para los políticos. Porque la opacidad, letal en política, resulta también dañina casi en cualquier ámbito de la vida pública.

Pensemos, por ejemplo, en la enseñanza universitaria. ¿Sabemos de verdad a qué se dedica un profesor? ¿Sabemos cuántas horas reserva cada mes para preparar sus clases o para atender a los alumnos? ¿Sabemos cuánto y cómo investiga? ¿Lo sabe la propia Administración? ¿Lo saben los órganos de dirección de cada universidad? Me temo que todo esto se conoce. O al menos se intuye. Lo sorprendente es que aún no se haya generado un debate en profundidad sobre el modelo de profesor universitario al que parecemos estar abocados. Digo más: me extraña que nadie proteste, que todo permanezca en aparente calma, que continuemos simulando con dignidad y aplomo que nos esforzamos en enseñar –o en aprender– del modo más racional posible.

Se acaba de emplear un verbo de vital importancia: enseñar. En España, hasta hace unos quince o veinte años, el profesor universitario se ocupaba fundamentalmente de señalar el camino del conocimiento. Enseñar viene de insignāre: “señalar”, en latín vulgar. El trabajo del profesor consistía en guiar a los alumnos. La tarea docente resultaba esencial. La faceta de investigador quedaba en segundo plano. Era entonces facilísimo encontrar docentes que no investigaban. Ni mucho ni poco: sencillamente no dedicaban ni un solo segundo de sus vidas a la investigación. Para solucionar esa evidente deficiencia, las autoridades políticas y académicas consideraron necesario incentivar la producción científica en los centros universitarios.

Ese cambio, tan necesario y lógico, acabó por desatar una furia de estremecedoras consecuencias. Aquel profesor que ejercía antaño de maestro, a la vieja usanza, quizá debía transformarse y adaptarse a un nuevo entorno. Quién lo discute. Quién discute que era y sigue siendo necesario combatir el amiguismo, ese tráfico de favores que suele asociarse a la palabra “endogamia”. Lo que ocurre es que las autoridades políticas y académicas, buscando a toda velocidad investigadores, han establecido una serie de criterios que ignoran a los verdaderos profesores. Hoy ya no importa si te esfuerzas en enseñar o no te esfuerzas. Los méritos docentes no es que estén en segundo plano: es que han salido por completo de plano. Esta faceta, en comparación con la investigación, ha quedado relegada a una esfera personal, ética, individual: al buen profesor le preocupa enseñar, aunque en realidad nadie –excepto los propios alumnos, con un poco de suerte– vaya a premiar ese esfuerzo. Las autoridades políticas y académicas conceden a esta tarea docente una importancia absolutamente marginal. Hasta el punto de que, en muchos casos, estos méritos se miden solo a través de años de docencia. Curioso criterio: el mérito consiste en acumular trienios y quinquenios. Mientras tanto los alumnos pasan a ser actores secundarios, salvo en lo relativo al precio de las matrículas.

José Carlos Bermejo Barrera: La batalla de Bolonia

José Carlos Bermejo Barrera: La batalla de Bolonia

I: LOS PERDEDORES

Prometieron los profetas de la utopía de Bolonia, justo en el momento en el que comenzaba la mayor crisis financiera mundial, un futuro feliz para los estudiantes. Tras siglos de oscuridad e ignorancia, por fin dejarían de recibir las apolilladas lecciones de los profesores que acudían a clase con sus hojas amarillas y pasarían a ser unos nuevos estudiantes políglotas, cosmopolitas y versátiles, gracias a la magnífica formación que iban a recibir. Una vez que los nuevos graduados han salido de la Universidad, tras recibir sus clases en PowerPoints de colorines, cuyo contenido empobrecido estaba igualmente copiado de los viejos manuales que antes se vertían en los apuntes amarillentos, y estar sometidos a un sistema escolar que consigue prolongar en la Universidad los métodos de la enseñanza media, se encontraron con un mundo muy diferente.

Les dijeron los profetas que vivimos en la sociedad del conocimiento; que nadie vale por lo que tiene, sino por lo que sabe; y que el conocimiento es la verdadera riqueza, por lo que estudiar es la mejor manera de hacerse rico. Frente a esta promesa, van descubriendo los estudiantes de Bolonia que el mundo laboral es el mundo de las empresas, o de la función pública, única salida para una gran parte de las titulaciones universitarias. Y al hacerlo comenzaron a comprobar que las empresas tienen propietarios, que son los que pueden contratarlos o no; que las empresas buscan el beneficio de una manera cada vez más desmesurada; y que la función pública, tras muchos años de despilfarro del presupuesto del Estado, está empezando a contraerse, por lo que puede darse el caso paradójico de que lo único que se consigue con el conocimiento es el paro o los infrasalarios. No deja de llamar la atención que cuando los economistas reconocen que en los últimos veinte años el retroceso de los salarios frente a los beneficios en el PIB mundial es escandaloso, que cuando prestigiosas universidades estadounidenses reconocen el retroceso de los sueldos de ingenieros, médicos, profesores y toda clase de investigadores, y el incremento del empleo temporal, en España se engañe a los universitarios prometiéndoles el país de Jauja.

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