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Javier Mayoral: Profesor, investigador, burócrata

Javier Mayoral: Profesor, investigador, burócrata
Javier Mayoral, Profesor de periodismo en la Universidad Complutense de Madrid

Hace unas semanas, a propósito de la corrupción política, un compañero de trabajo comentó: “ya no basta con saber a qué dedican el dinero de todos; ahora debemos exigirles además que expliquen con detalle qué hacen, cómo y cuánto trabajan, en qué tareas concretas emplean su tiempo”. Me parece que ese planteamiento general puede ser muy útil. Y no solo para los políticos. Porque la opacidad, letal en política, resulta también dañina casi en cualquier ámbito de la vida pública.

Pensemos, por ejemplo, en la enseñanza universitaria. ¿Sabemos de verdad a qué se dedica un profesor? ¿Sabemos cuántas horas reserva cada mes para preparar sus clases o para atender a los alumnos? ¿Sabemos cuánto y cómo investiga? ¿Lo sabe la propia Administración? ¿Lo saben los órganos de dirección de cada universidad? Me temo que todo esto se conoce. O al menos se intuye. Lo sorprendente es que aún no se haya generado un debate en profundidad sobre el modelo de profesor universitario al que parecemos estar abocados. Digo más: me extraña que nadie proteste, que todo permanezca en aparente calma, que continuemos simulando con dignidad y aplomo que nos esforzamos en enseñar –o en aprender– del modo más racional posible.

Se acaba de emplear un verbo de vital importancia: enseñar. En España, hasta hace unos quince o veinte años, el profesor universitario se ocupaba fundamentalmente de señalar el camino del conocimiento. Enseñar viene de insignāre: “señalar”, en latín vulgar. El trabajo del profesor consistía en guiar a los alumnos. La tarea docente resultaba esencial. La faceta de investigador quedaba en segundo plano. Era entonces facilísimo encontrar docentes que no investigaban. Ni mucho ni poco: sencillamente no dedicaban ni un solo segundo de sus vidas a la investigación. Para solucionar esa evidente deficiencia, las autoridades políticas y académicas consideraron necesario incentivar la producción científica en los centros universitarios.

Ese cambio, tan necesario y lógico, acabó por desatar una furia de estremecedoras consecuencias. Aquel profesor que ejercía antaño de maestro, a la vieja usanza, quizá debía transformarse y adaptarse a un nuevo entorno. Quién lo discute. Quién discute que era y sigue siendo necesario combatir el amiguismo, ese tráfico de favores que suele asociarse a la palabra “endogamia”. Lo que ocurre es que las autoridades políticas y académicas, buscando a toda velocidad investigadores, han establecido una serie de criterios que ignoran a los verdaderos profesores. Hoy ya no importa si te esfuerzas en enseñar o no te esfuerzas. Los méritos docentes no es que estén en segundo plano: es que han salido por completo de plano. Esta faceta, en comparación con la investigación, ha quedado relegada a una esfera personal, ética, individual: al buen profesor le preocupa enseñar, aunque en realidad nadie –excepto los propios alumnos, con un poco de suerte– vaya a premiar ese esfuerzo. Las autoridades políticas y académicas conceden a esta tarea docente una importancia absolutamente marginal. Hasta el punto de que, en muchos casos, estos méritos se miden solo a través de años de docencia. Curioso criterio: el mérito consiste en acumular trienios y quinquenios. Mientras tanto los alumnos pasan a ser actores secundarios, salvo en lo relativo al precio de las matrículas.

José Carlos Bermejo Barrera: La batalla de Bolonia

José Carlos Bermejo Barrera: La batalla de Bolonia

I: LOS PERDEDORES

Prometieron los profetas de la utopía de Bolonia, justo en el momento en el que comenzaba la mayor crisis financiera mundial, un futuro feliz para los estudiantes. Tras siglos de oscuridad e ignorancia, por fin dejarían de recibir las apolilladas lecciones de los profesores que acudían a clase con sus hojas amarillas y pasarían a ser unos nuevos estudiantes políglotas, cosmopolitas y versátiles, gracias a la magnífica formación que iban a recibir. Una vez que los nuevos graduados han salido de la Universidad, tras recibir sus clases en PowerPoints de colorines, cuyo contenido empobrecido estaba igualmente copiado de los viejos manuales que antes se vertían en los apuntes amarillentos, y estar sometidos a un sistema escolar que consigue prolongar en la Universidad los métodos de la enseñanza media, se encontraron con un mundo muy diferente.

Les dijeron los profetas que vivimos en la sociedad del conocimiento; que nadie vale por lo que tiene, sino por lo que sabe; y que el conocimiento es la verdadera riqueza, por lo que estudiar es la mejor manera de hacerse rico. Frente a esta promesa, van descubriendo los estudiantes de Bolonia que el mundo laboral es el mundo de las empresas, o de la función pública, única salida para una gran parte de las titulaciones universitarias. Y al hacerlo comenzaron a comprobar que las empresas tienen propietarios, que son los que pueden contratarlos o no; que las empresas buscan el beneficio de una manera cada vez más desmesurada; y que la función pública, tras muchos años de despilfarro del presupuesto del Estado, está empezando a contraerse, por lo que puede darse el caso paradójico de que lo único que se consigue con el conocimiento es el paro o los infrasalarios. No deja de llamar la atención que cuando los economistas reconocen que en los últimos veinte años el retroceso de los salarios frente a los beneficios en el PIB mundial es escandaloso, que cuando prestigiosas universidades estadounidenses reconocen el retroceso de los sueldos de ingenieros, médicos, profesores y toda clase de investigadores, y el incremento del empleo temporal, en España se engañe a los universitarios prometiéndoles el país de Jauja.

Enrique Viaña: Universidad: una reforma estructural pendiente

Enrique Viaña: Universidad: una reforma estructural pendiente
La investigación universitaria está altamente sobrevalorada. El argumento es que el investigador excelente hace el mejor docente, lo que es radicalmente falso.

En un artículo de Megan McArdle, publicado por Bloomberg el pasado 3 de enero, se denunciaba que la universidad norteamericana se ha convertido en uno de los mercados con mayor explotación ("more exploitive") del mundo. Un número ingente de doctores, profesores en formación que esperan alcanzar una posición permanente, pueden llegar al final de la treintena o incluso después de los cuarenta a descubrir que nunca la alcanzarán; mientras, pueden pasarse veinte años dando clase a grupos masivos en los tramos inferiores de la enseñanza, mientras los profesores con una posición permanente ya consolidada reducen su docencia al mínimo, que imparten en grupos pequeños, en programas de posgrado o doctorado, lo que les deja tiempo suficiente para dedicarse a su verdadera vocación, que no es tanto la docencia como la investigación. Naturalmente, a los profesores permanentes les parece muy mal la situación de los profesores en formación, cargados éstos de clases y alumnos, cobrando salarios misérrimos y sin la menor estabilidad laboral ni perspectivas de obtenerla, porque tampoco disponen de tiempo para poder investigar lo que se les exige para pasar a permanentes.

La situación la describo como de una subvención cruzada de la calidad de la enseñanza a los resultados de la investigación. En otras palabras, la universidad toma dinero que se debería dedicar a la formación de los alumnos (porque sale del bolsillo de éstos) para pagar a profesores permanentes con objeto de que se dediquen a la investigación. La investigación que se valora en el profesorado es una investigación sin valor de mercado (lo que se llama "investigación básica") y por eso hay que subvencionarla. El resultado es que no son los profesores permanentes quienes dan la mayoría de las clases, sino los profesores en formación, cuya calidad docente debería suponerse inferior. Así, la reducción en la calidad docente "paga" la investigación sin valor de mercado. Como la calidad docente es baja, quienes la imparten tienen que cobrar muy poco; de ahí la "explotación" del profesorado precario. A su vez, la calidad de los títulos universitarios se reduce; un efecto secundario es que, como la matrícula debe pagar tanto una docencia deficiente como la investigación, y en Estados Unidos muchos alumnos financian las matrículas con préstamos, el valor actual del título acaba cayendo por debajo del importe del préstamo que financia su adquisición, con lo que muchos universitarios acaban en default, o sea, fallando en la devolución del préstamo.

José Luis Veira: Los exámenes y la evaluación continua

José Luis Veira: Los exámenes y la evaluación continua
José Luis Veira, Catedrático de Sociología de la Universidade da Coruña

El llamado plan Bolonia, al que nos hemos adaptado sin converger con Europa, propone el sistema de evaluación continua del alumnado como el más apropiado. Este sistema supone que la calificación final de un alumno en un curso no debe ser solo la puntuación obtenida en un examen final, sino que debe reflejar algún tipo de promedio en todas las actividades realizadas durante el curso. El hecho de que los exámenes finales sigan siendo entre nosotros la pieza clave de la evaluación obedece, a mi juicio, a que la evaluación continua requiere dos cambios estructurales fundamentales que no se han dado en nuestra Universidad: el primero se refiere a la estructura organizativa y el segundo a un cambio de actitud hacia el proceso de aprendizaje que implica un rol más activo del alumnado.

Luz López Pérez: Bolonia como pretexto

Luz López Pérez: Bolonia como pretexto
Luz López Pérez, Secretaria xeral da Federación de Ensino de CC.OO

A declaración de Bolonia de 1999 suxería un interese pola educación superior en Europa. Pasado o tempo, co inestimable apoio da crise como coartada e a escasa convicción inicial dos nosos gobernantes, que abrazaron os seus principios apenas como xesto estético, queda dela un recordo do que debería ser e unha tremenda frustración polo que no seu nome acabou resultando.

A declaración de Bolonia apuntaba, entre outras cuestións, a promoción da mobilidade de docentes e discentes, o garante da calidade da educación superior, a implantación no espazo europeo de educación superior (EEES) de metodoloxías comparables, promover a competitividade do sistema cos doutros países máis alá da Unión Europea e facer facilmente comparables e compatibles as titulacións obtidas nos diversos países que conforman o EEES.

O atraso na implantación das medidas e a conseguinte precipitación para cumprir datas veu acompañado de desviacións interesadas que co pretexto de Bolonia perseguían obxectivos manifestamente contraditorios con aqueles principios inspiradores.

Así baixo o eufemismo de facilitar a aprendizaxe do alumnado, increméntase sensiblemente en volume da «tarefa individual», esquecendo o que supón de incremento do volume de traballo para o docente, que ha de centrar a súa tarefa na atención individualizada e na verificación da autenticidade e orixinalidade do traballo, para conxurar o risco do curta-pega favorecido pola democratización das TIC. Pero como na práctica redúcese o número de horas lectivas isto é o pretexto perfecto unido á desculpa da crise económica, para reducir os persoais de profesorado.

José Carlos Bermejo Barrera: La docencia mecánica

José Carlos Bermejo Barrera: La docencia mecánica

Economistas como F. Hayek y filósofos como K. Popper defendieron que no se podía planificar la economía porque no había capacidad de calcularlo todo, y que la consecuencia de esa idea equivocada sería la llegada del totalitarismo. En las universidades sin embargo florecen planificadores omniscientes, que no llegan a ser totalitarios porque las circunstancias se lo impiden y porque en realidad todo su sistema de planificación, control y diseño no es más que una ficción, pues es sabido que las normas no se cumplen casi nunca, que las leyes son desvirtuadas por las normativas, que todas las normativas tienen excepciones, y que casi nada tiene consecuencias en ese mundo, en el que se dice lo contrario de lo que se piensa y casi nunca se hace lo que se dice.

Pero como los actos tienen sus consecuencias, a veces las contradicciones estallan. Pero no importa, porque los únicos perjudicados en la universidad son los estudiantes y mientras estén tranquilos no pasa nada. Disfrutan nuestros estudiantes de un calendario docente híbrido en el que el viejo curso anual marca el ritmo de las vacaciones de un curso pseudosemestral. Si un estudiante se marcha en un programa Erasmus comprueba no solo que el calendario español es diferente a otros europeos, sino que ninguno de los calendarios del llamado “espacio europeo” coincide con los demás, como han demostrado A. García Tobío y J:C. Pardo Pérez (Firgoa, http://firgoa.usc.es/drupal/node/44930). Pero esa contradicción no es más que la guinda del pastel boloñés, un pastel que convirtió una declaración sobre el cómputo de las enseñanzas por créditos en un supuesto tratado de obligado cumplimiento anunciador de una radical reforma pedagógica que sacaría a la universidad de sus seculares tinieblas y que haría que nuestros titulados, los mejores de la historia, se empleasen en masa en una Europa en la que en realidad el paro de los titulados universitarios es creciente y la caída de sus salarios estrepitosa.

José Carlos Bermejo Barrera: Los quijotes de Bolonia

José Carlos Bermejo Barrera: Los quijotes de Bolonia

Puede caracterizarse la historia como la sucesión de diferentes sistemas de información: el oral, el escrito, el impreso y el digital. La obra cumbre de la literatura española está protagonizada por un viejo hidalgo, ansioso lector de libros, de los primeros libros que permitieron la aparición del Renacimiento, la Reforma y la revolución científica. Pero Don Quijote no lee libros de filosofía o ciencia, sino novelas de caballerías. Cuando damos a una palabra un significado nuevo, creamos una metáfora; cuando unimos muchas metáforas hacemos una alegoría; y cuando nos creemos las alegorías que nos inventamos, dicen los psiquiatras que estamos paranoicos, una forma de locura que encarnó nuestro protagonista. Abandonando su casa y su pueblo, decidió recorrer el espacio español intentando que lo que decían sus libros fantásticos concordase con la realidad. Consiguió que compartiese su delirio un pobre campesino al que le prometió honores y riquezas si lo seguía en las aventuras que contaban los textos. No tuvieron éxito. Apaleados y ridiculizados, volvieron a su pueblo, donde Don Alonso Quijano recuperó la cordura tras la quema de su biblioteca por parte de los intelectuales de la aldea: el cura, el barbero que a su vez era cirujano y Sansón Carrasco, que había cursado un grado en la Universidad de Salamanca. Muere pues entre el humo de sus libros, pero habiendo contagiado a Sancho la locura textual, pues su escudero le sugiere que se hagan pastores siguiendo el modelo de la poesía pastoril, que nada tiene que ver con la economía rural.

En la universidad actual han surgido miles de quijotes, fruto de la revolución digital, firmes creyentes de que nada existe que no esté en internet o en una pantalla, y dispuestos a recorrer el espacio europeo prometiendo riquezas, honores y felicidad a todo un país. Coincidiendo con el inicio de la crisis financiera, se implantó en España el delirio de Bolonia, la mayor mentira compartida de la historia intelectual de nuestro país. Se empezó mintiendo al decir que había un tratado de Bolonia que obligaba a cambiar la enseñanza, cuando solo había una declaración que recomendaba implantar el sistema de créditos y de tres niveles (grado, máster y doctorado). Una vez convencidos los universitarios de que o Bolonia o nada, se prometió sacar a la universidad española de siglos de oscuridad, incompetencia y pobreza, cuando precisamente en el año 2008 las universidades estaban en una situación notoriamente buena en lo que se refería a sus medios materiales y a sus recursos humanos, gracias a la reforma que se había iniciado en 1983.

Jesús G. Maestro: Diatriba contra la Universidad actual

Jesús G. Maestro: Diatriba contra la Universidad actual

Fragmento seleccionado del libro

Jesús G. Maestro: Genealogía de la Literatura. De los orígenes de la Literatura, construcción histórica y categorial, y destrucción posmoderna, de los materiales literarios
Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2012, 700 pp.
ISBN 978-84-15175-51-3

Maestro_Genealogía de la literatura

Frustra exprimitur, quod tacite subintelligitur [1].

Los que menos saben tratan de enseñar a los otros;
unos hombres embriagos intentan leer cátedra de verdades
.
Baltasar Gracián, El Criticón (I, 85).

Wahrheit…,
der schlechteste Behelf [2]

Wolfgang von Goethe (Mefistófeles a Fausto, I, vv. 6364-5).

Sin duda no los jubilaban por sus influencias y
por esa simpatía y respeto que ha habido siempre en España por lo inútil […].
Los profesores no sirven más que para el embrutecimiento metódico
de la juventud estudiosa.
Es natural [...]. Los profesores no tienen más finalidad que cobrar su sueldo
y luego pescar pensiones para  pasar el verano.
[…] en general no se paga el trabajo, sino la sumisión…
Pío Baroja, El árbol de la ciencia (1911/1998: 39 y 158).

La Universidad española actual es una maquinaria burocrática que está siendo diseñada para cumplir con una serie de objetivos, entre los cuales hay uno prioritario: disimular el fracaso de la sociedad que la ha hecho posible y que actualmente todavía la sostiene. En paralelo, la reforma universitaria de Bolonia está permitiendo que en España esta maquinaria de burócratas, que incompetentes para la investigación científica se han refugiado masivamente en la gestión académica, resulte levemente remozada y sofisticada, lo que tendrá como consecuencia que nuestras universidades sobrevivan, todavía durante apenas algunos años más, a la necrosis irreversible que padecen.

En la Universidad actual es posible distinguir cuatro tipos fundamentales de personas: los que trabajan para causar problemas, los que evitan o eluden el problema, quienes creen resolver los problemas —ignorando que los problemas no se resuelven, sino que se transforman en nuevos problemas que a su vez se trasladan a nuevas personas—, y quienes sin remedio sucumben en ellos o ante ellos, incapaces de eludir o de transformar tales problemas en conflictos ajenos.

Por lo que se refiere a las Letras, la Universidad actual es, en España y en todo el mundo, y sin apenas excepción visible, un sofisticado simulacro de conocimientos sostenido por un inmenso aparato burocrático e ideológico, en cuya cúspide, académica y administrativa, suelen estar los mayores mediocres. Las agencias autodenominadas de acreditación y de evaluación, que en al menos en un caso han sido calificadas públicamente de fundaciones ilegales[3], sirven con rigor al cumplimiento de estos y otros sofisticados objetivos, con la complicidad de todas aquellas personas que, directa o indirectamente, consciente o inconscientemente, de buena o mala voluntad, con ella colaboran.

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y la insipiencia académica

CuantofreniaJosé Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y la insipiencia académica

Suele decirse en los EE.UU. que si hay dos términos contradictorios, estos son “inteligencia militar” y “administración universitaria”. En España, si tenemos en cuenta la evolución de nuestras universidades, habría que intercambiar los adjetivos. Y es que vivimos cada vez más bajo la tiranía de las palabras vacías. Decía Harry Truman que los evaluadores no quieren aprender nada nuevo, porque si lo hiciesen tendrían que dejar de ser evaluadores. Y Truman sí que sabía lo que eran la gestión y el poder; no en vano decidió lanzar dos bombas atómicas para poner de rodillas al emperador del Japón.

Las universidades de Bolonia están en manos de pedagogos que saben enseñar cómo se enseña pero que no saben enseñar nada; de evaluadores capaces de evaluarlo todo menos a sí mismos; y de gestores incapaces de gobernar, pero maestros en generar déficits y desvirtuar las leyes, con universidades que, desde que comenzó la crisis en 2008, han incrementado sus plantillas de profesores a la vez que están perdiendo alumnos, en las que quien gobierna pretende monopolizar el uso de la palabra y tener autoridad para decir siempre qué es verdad y qué es mentira. En las universidades de Bolonia todo es verdad, está claro que la verdad es verdad y como es verdad que la mentira es mentira, por lo tanto también puede ser considerada verdad.

La capacidad demostrada de desvirtuar leyes cuando se desea se ha puesto de manifiesto en el intento de la USC de no aplicar el Real Decreto que regula la carga docente de los profesores, y que permitiría hacer un cálculo de las necesidades reales de plantilla. En él se establecen tres clases de profesores en función de sus méritos investigadores: los que tienen que impartir 160 horas de clase al año, los de 240 y los de 320. El criterio puede ser discutible, pero precisamente es lo que no se discute. No se discute que la docencia es lo último que debe desear un profesor, y que se puede intentar escapar de ella sumando puntos a partir de una serie de parámetros, que en el borrador ya no son solo los sexenios del ministro Wert, o lo que es lo mismo, los méritos investigadores que personalmente cada profesor ha acumulado a lo largo de su vida académica, sino toda clase de servicios. El borrador de la normativa que pretende implantar la USC para regular el trabajo de sus profesores eleva al paroxismo el ansia de no impartir clase a costa de lo que sea.

Lo malo no es que se desprecie la docencia, que le correspondería en el caso ideal a los profesores que no tengan méritos de ningún tipo, sino que la norma revela un espíritu profundamente autoritario, solo mitigable con la desidia y la ineficiencia que caracteriza a nuestra administración académica. Se afirma que es necesario controlar todas las horas de trabajo de los profesores a lo largo de todo el año, y no solo su dedicación docente, en una universidad que ha renunciado a controlar la presencia de los profesores en su puesto de trabajo durante sus 37,5 horas semanales. Pero es que además se sostiene que la medición en horas sirve para todo: es lo mismo estar sentado una hora dormitando en una Junta de facultad que impartiendo una clase magistral, traduciendo un texto anglosajón o demostrando un teorema, porque la gestión, la investigación y la docencia son medibles por el mismo patrón de desgravación docente. Aparte de desvirtuar intencionadamente un Real Decreto con cuya filosofía se está plenamente de acuerdo, se introducen parámetros que no se le hubiesen ocurrido ni a Franz Kafka, como el que afirma que un profesor debe indicar los libros y artículos que lee cada año; o que es un mérito viajar, si se hace durante más de seis semanas, o que es una actividad básica de investigación la pertenencia a equipos de prevención de riesgos (¿bomberos voluntarios?); y así hasta 22 ítems de “docencia e investigación básica”.

Todo tendrá que ser declarado, todo tendrá que ser computado, medido e informatizado. ¿Por quién? Por dos clases de profesores: los pedagogos, que darán clase a todos los demás profesores, pero a los que nadie puede dar clase, porque son los únicos que saben cómo se enseña; y por los profesores gestores, que no solo controlan el sistema, sino que a su vez están exentos de control. Por eso se explica que el equipo rectoral en su totalidad tenga una desgravación de 320 horas de docencia. Por supuesto, los profesores que ejercerán a partir de ahora la llamada “gestión de base” no podrán criticar la “gestión de altura” de las autoridades que pretenden controlarles cada una de las horas de su permanencia en el centro.

El borrador de la normativa ofrece un ejemplo de lenguaje vacío, de delirio administrativo, que se puede contemplar en la maravillosa tabla que se adjunta, en donde el uso de siglas y números pretende conseguir darle a este dislate una apariencia científica. Decía el viejo Séneca que de todos los tipos de esclavitud, la más indigna es aquella que es voluntaria. Si los profesores de la USC aceptan llenar páginas y páginas explicando su participación en todos y cada uno de estos delirantes ítems y justificando toda su labor científica, docente y administrativa ante unas autoridades que por otra parte ya deberían conocerla, pero que exigen el acto de sumisión voluntaria obligando a declarar todo esto cada año, entonces podríamos decir que habrán perdido su dignidad. No han hecho falta dos bombas atómicas para ponerlos de rodillas. Solo un reglamento. Y si además lo hacen sabiendo que no importa, porque en realidad no se cumple, como tantas cosas, y es solo una verdad de mentira, entonces es que también habrán perdido la decencia.

José Carlos Bermejo Barrera: Universidades gay and lesbian

José Carlos Bermejo Barrera: Universidades gay and lesbian

La ventaja de estudiar el mundo griego antiguo es que es excesivamente contemporáneo. Cuando el griego desaparece de los planes de estudio, la palabra que lo designa solo aparece ya en la prensa dentro de las secciones de ofertas de servicios sexuales. Es lo que hay, pero esto nos permite comprender por qué el estudio de la homosexualidad, una realidad humana muy compleja así designada a partir de la segunda mitad del siglo XIX, fue desde hace un par de siglos una preocupación de los historiadores del mundo griego, en el que el sexo entre hombres gozó de cierta aceptación social y tuvo reconocimiento literario y filosófico, aunque no así el sexo entre mujeres, solo reflejado en los poemas de Safo de Lesbos, isla que dio nombre al cultismo lesbiana. Hay numerosos libros sobre la homosexualidad o bisexualidad griega y en menor medida romana, y a través de ellos y de todo un campo de estudios denominados en el mundo anglosajón “gay and lesbian studies” podemos conocer hoy un poco de lo que fueron a lo largo de la historia las prácticas sexuales entre personas del mismo sexo.

José Carlos Bermejo Barrera: El balance de la vida

José Carlos Bermejo Barrera: El balance de la vida

Decía el psiquiatra R. Laing que “la vida es una enfermedad de transmisión sexual con una tasa de mortalidad del 100%”. Esto es muy pesimista, pero comprensible en un médico que vivió toda su vida el sufrimiento y no pudo salvar de la esquizofrenia a su propia hija. Laing pensaba en términos clínicos y no contables. Si lo hiciese, podría calcular si es o no rentable cuidar a los enfermos incurables y no recuperables para la sociedad. Al contrario que él, ahora se intenta analizar la salud como si fuese un balance, y para eso se utiliza la palabra mágica: gestión, sinónimo de administración, organización, y que casi se aplica a cualquier sistema: orgánico o inorgánico. Una célula gestiona sus relaciones con su medio a través de su membrana por la que absorbe lo que necesita y desecha lo que ya no le sirve. El hígado, del mismo modo, podría ser definido como el gran gestor bioquímico del cuerpo, ya que lo controla todo en el metabolismo, y el corazón es el gran gestor del tráfico y ordenador del movimiento.

Puestos a usar metáforas, ¿por qué no podemos decir eso y sin embargo sí que mejorar la organización de los organismos públicos es gestionarlos, y no reformarlos? Pues porque domina la ideología de la gestión, y según ella todo el mundo gestiona: las empresas, el gobierno, las escuelas, los hospitales, las familias y las personas. Cada cual es el gestor de sí mismo, y por eso da lo mismo administrar un paquete de acciones que el paro por parte de quién lo sufre, pues el trabajo es la gestión de las habilidades de cada uno, y depende de la inteligencia que uno tenga para administrarlas y de su capacidad de adaptación al medio. Ya no existen empresarios, sino solo emprendedores que gestionan el capital de la innovación, que es el capital de su inteligencia, ni trabajadores, sino gestores de sus recursos laborales. Por eso nadie puede dominar a nadie, ya que en el mercado de trabajo, los recursos y los beneficios, todos juegan sus cartas. Si lo hacen bien o mal, solo depende de ellos.

José Carlos Bermejo Barrera: ¿Qué es la autoctonía universitaria?

José Carlos Bermejo Barrera: ¿Qué es la autoctonía universitaria?

Creían los atenienses, creadores de la democracia, que alcanzaron altas cotas en el desarrollo de la industria, el comercio, las artes y las ciencias, que sus antepasados habían nacido de la tierra, y por eso se denominaban autóctonos. Nunca habría habido en su historia un cambio en su población y así habían conseguido mantener su identidad a lo largo del tiempo. Nacer de la tierra, de las rocas o de las encinas era una forma más digna de venir al mundo que nacer del vientre de las mujeres, pues ello supone estar sometido a los procesos de generación y corrupción, teniendo al fin nuestra vida una tasa de mortalidad del 100%. Al igual que en el caso de los atenienses, existen en España unas instituciones igualmente autóctonas: las universidades, superiores a todas las demás e incólumes ante los males de la patria.

Nadie se libra de la sospecha. El Rey pide perdón en público por sus devaneos, al igual que los niños por sus travesuras. Otros miembros de la casa real no piden perdón ni están sujetos a devaneos, pero sí al parecer a otros enjuagues. Los partidos están desacreditados, sus militantes procesados por docenas; los bancos saquean los ahorros de los jubilados, sus directivos se endosan sobresueldos y muchos otros reciben sobres, que no contienen sueldos, pero sí euros. Ante este desolador panorama, del que no se libra tampoco la Iglesia, con sus sacerdotes sospechosos de caer en amores efébicos y sus correspodientes escándalos financieros, solo quedan unas instituciones que nunca han sido objeto de sospecha ni en el campo de la corrupción financiera, ni en el de la moral sexual, ni en el mero uso de las instituciones para favorecer los intereses personales, o de los amigos y parientes correspondientes. Se trata, naturalmente, de las unversidades autóctonas.

José Carlos Bermejo Barrera: La ciencia, el fútbol y la feria de las humanidades

José Carlos Bermejo Barrera: La ciencia, el fútbol y la feria de las humanidades

I

Caracteriza al debate político la pobreza de su lenguaje, la falta de estilo de muchos participantes, asimilables por ello, justa o injustamente para los tenderos, a esos comerciantes especializados en la venta de verduras, así como la débil capacidad de argumentar. Todo ello unido al uso de palabras abstractas casi ininteligibles para la mayoría, pero que dan a quien las usa un cierto aire de sabiduría. Así, a la independencia nacional se le llama autodeterminación, lo que puede llevar a algunos a preguntarse si eso tiene algo que ver con la automoción; a votar, capacidad de decidir, como si pudiese tomar una decisión formal alguien que no tiene capacidad, o si votar que se puede votar no fuese también votar. Del mismo modo en el debate público cuando alguien pretende ser profundo suele utilizar metáforas tomadas del fútbol, un sano deporte y entretenimiento, que debe ser todo menos la referencia básica del pensamiento de quienes todo lo miden por puntos, ligas, competiciones, y rankings.

No se libran de esto la ciencia y la universidad, pues en ellas siglas como I+D+i o PIB sustituyen no solo al pensamiento, sino también a la realidad. Cuando se habla del famoso I+D+i se alude a la economía del conocimiento, dando a entender que quien aumenta su conocimiento aumenta su riqueza y que la riqueza de unos es la riqueza de todos, pero ocultando que no es lo mismo la riqueza real de un país que la de sus universidades, y que financiar el currículum y los méritos de sus profesores poco puede tener que ver a veces con el bien común. Y es que la investigación entendida como el cultivo de los méritos de los investigadores casi nunca tiene que ver con la producción real de riqueza, limitándose a ser una competición muy semejante a una liga de fútbol. Veamos por qué. Tradicionalmente se creía que la economía era el juego de producción y consumo de bienes necesarios para un país. Si se produce todo lo necesario, el país es próspero; si no se llega a ello será pobre, y si se produce de más estallará una crisis cíclica como aquella con la que Marx imaginó que su hundiría el capitalismo. Se descubrió sin embargo que se puede producir lo que no es necesario y generar riqueza, creando nuevas necesidades y haciendo que queden obsoletos miles y miles de artículos. Puede haber así una destrucción creativa, y la capacidad de innovación, gracias a la mejora de la tecnología, puede hacer que un sistema no se hunda sino que se renueve constantemente. Este fenómeno se vio después de la II Guerra Mundial con la creación de la sociedad de consumo de masas, y cualquiera puede entenderlo hoy viendo cómo se renuevan los móviles y ordenadores, a la vez que se crean necesidades superfluas.

José Carlos Bermejo Barrera: ¿Qué es la ciencia de pacotilla?

José Carlos Bermejo Barrera: ¿Qué es la ciencia de pacotilla?

Se llama ciencia de pacotila - traducción del inglés science bling-bling- a aquella ciencia manipulada e inflada para mejorar el curriculum de los profesores, curriculum que, siendo la base del reclutamiento docente y la financiación pública de la investigación, se configura como la piedra angular de lo que, si no lo evitamos pronto, será la universidad de pacotilla. La ciencia de pacotilla es universal, es única y es medible y en ella todo se mide por igual: con índices y porcentajes similares para todo el mundo. Esta ciencia se mezcla con la ciencia real, pero también la desnaturaliza.

No existe una cosa llamada ciencia, sino muchos conocimientos que se amparan bajo esa etiqueta. Hay ciencias experimentales, como la física y la química, y otras basadas en la observación y la clasificación, como la astronomía, la zoología, la botánica o la anatomía. E incluso hay ciencias en las que ni el experimento ni la observación desempeñan ningún papel, como gran parte de las matemáticas. Las ciencias se agrupan en torno a dos polos: las matemáticas y el lenguaje. Las matemáticas son esenciales en las ciencias experimentales, las tecnologías y las ciencias económicas, mientras que el lenguaje es fundamental en el derecho y las ciencias sociales y humanas. Hay ciencias que generan tecnología y sin tecnología no se pueden cultivar muchas de ellas, como la física, la química. Pero también hay otras que no la generan ni dependen de ella para sus logros. Por último todas las ciencias, sean las que sean, son productos históricos porque derivan de la acumulación y mejora del conocimiento con el tiempo - la verdad es hija del tiempo, como decía el viejo Aristóteles - y además las ciencias son empresas colectivas de cientos de grupos y miles de científicos. Si esto es así, ¿por qué la ciencia de pacotilla quiere igualarlo todo? Pues porque es el pilar de la millonaria industria científico-editorial, que funciona casi en régimen de monopolio, y porque sirve como alivio psicológico para los científicos que necesitan ser reconocidos personalmente como investigadores en un mundo en el que el trabajo científico es masivo, casi anónimo, y en el que se podría prescindir de los nombres de los autores en el caso de las ciencias experimentales, en las que el 98% de los trabajos tiene más de un autor, mientras que en las humanidades sucede todo lo contrario: el 95% son trabajos unipersonales.

Jaime Gómez Márquez: Premios Nobel, investigación y 'politiquillos'

Jaime Gómez Márquez: Premios Nobel, investigación y 'politiquillos'

Hace pocas semanas se anunciaron los nombres de los nuevos Premios Nobel en Medicina y Fisiología, en Física y en Química. Sus investigaciones son fundamentales para seguir avanzando en el conocimiento de la naturaleza, de la materia, del universo. Sus resultados, junto con los de muchos otros científicos -también los que investigan en nuestras universidades- contribuyen a que el mundo progrese y a que nuestra esperanza en un futuro mejor siga viva. En estos tiempos en los que predomina valorar lo superfluo o lo mediático, es justo, bueno y necesario reivindicar la investigación con mayúsculas, sin matices.

Las investigaciones en cualquier ámbito científico requieren siempre de personas capacitadas y, casi siempre, de financiación. Ambos requerimientos dependen, directa o indirectamente, del poder político. Ahora, nuestros gobernantes han tomado la decisión de "asfixiar" a la investigación a través de dos medidas tóxicas: recorte drástico de los recursos dedicados a financiarla y escasez de apoyo para la incorporación y estabilización de jóvenes investigadores excelentemente preparados. El efecto pernicioso de esta miopía política durará muchos años porque cuando se destruye el tejido investigador de un país tarda décadas en restablecerse.

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