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Hans Magnus Enzensberger: El expolio de Europa

Hans Magnus EnzensbergerHans Magnus Enzensberger: El expolio de Europa
A fuerza de rescates y de tratados de urgencia negociados a puerta cerrada, a los ciudadanos de la UE se les va despojando poco a poco del control sobre sus instituciones, denuncia el escritor alemán Hans Magnus Enzensberger

¿Crisis? ¿Qué crisis? Los cafés, las terrazas, los restaurantes no se quedan vacíos, los turistas se atropellan en los aeropuertos alemanes, se nos habla de récords de exportaciones, de que el paro disminuye. La gente bosteza ante la “cumbre” política de cada semana y las oscuras disputas de los expertos. Todo esto parece desarrollarse en una retórica vacía llena de discursos oficiales ininteligibles que no tienen nada que ver con la llamada vida real.

Es manifiesto que nadie o casi nadie se percata de que desde hace cierto tiempo los países europeos ya no están gobernados por instituciones que cuenten con una legitimidad democrática, sino por una ristra de siglas que han ocupado su lugar. Ahora mandan el MEDE, el FEEF, el BCE, la ABE y el FMI. Hace falta ser un experto para saber a qué corresponden esos acrónimos.

Por otra parte, solo los iniciados llegan a comprender quién hace qué y cómo en el seno de la Comisión Europea y del Eurogrupo. Todos esos organismos tienen en común que no figuran en ninguna constitución del mundo y que no asocian a los electores a su toma de decisiones.

Una indeferencia que produce escalofrío

La indiferencia con que los habitantes de nuestro pequeño continente aceptan que se les despoje de su poder político produce escalofríos. Quizá se deba a que se trata de una novedad histórica. A diferencia de las revoluciones, los golpes de Estado y los alzamientos militares, que no escasean en la historia de Europa, esta desposesión se está llevando a cabo sin ruido y sin violencia. Todo ocurre pacíficamente, en un reservado.

Ya no asombra a nadie que no se respeten los tratados. De las reglas existentes, como el principio de subsidiariedad establecido por el Tratado de Roma o la cláusula que prohíbe los rescates financieros en el de Maastricht, se hace caso omiso cuando hace falta. El principio pacta sunt servanda [hay que respetar lo pactado] se convierte en un eslogan carente de significado, obra de algún jurista puntilloso de la Antigüedad.

La abolición del Estado de derecho queda meridianamente clara en el tratado fundacional del MEDE (el Mecanismo Europeo de Estabilidad). Las decisiones de los pesos pesados de esta “sociedad de rescates” tienen validez inmediata en el derecho internacional y no están sujetas al consentimiento de los parlamentos. Se les llama “gobernadores”, como era habitual en los antiguos regímenes coloniales, y, como en estos, no tienen que rendir cuentas ante la opinión pública. Muy al contrario: se les concede expresamente la categoría de secreto. Recuerda a la omertà, que forma parte del código de honor de la mafia. Nuestros “padrinos” están exentos de todo control judicial o legal. Y gozan de un privilegio que no posee ni el jefe de la Camorra [la mafia napolitana]: la inmunidad penal absoluta (según los artículos 32 a 35 del tratado fundacional del MEDE).

Un eslogan inepto

El espolio político de los ciudadanos alcanzaba así un ápice provisional. Empezó mucho antes, cuando se introdujo el euro, incluso antes. Esta moneda es el fruto de maquinaciones políticas que no han tenido en cuenta en absoluto las condiciones económicas necesarias para poner en marcha semejante proyecto.

Bien lejos de reconocer y corregir las malformaciones congénitas de su creación, el “régimen de los rescatadores” insiste en la necesidad de seguir a toda costa la hoja de ruta establecida. Proclamar sin cesar que no tenemos “otra salida” viene a ser negar el peligro de explosión inducido por el aumento de las disparidades entre los Estados miembros. Hace ya años que las consecuencias se dibujan en el horizonte: división en vez de integración, resentimiento, animosidad y reproches en vez de concertación. “Si el euro se hunde, Europa se hunde”. Este eslogan inepto trata de movilizar a un continente de quinientos millones de habitantes en la empresa azarosa de una clase política aislada, como si 2000 años no fuesen nada comparados con una moneda inventada hace muy poco.

La “crisis del euro” prueba que esto no acabará con el expolio político de los ciudadanos. Su lógica quiere que conduzca a su pareja, el espolio económico. Hay que estar donde los costes económicos se hacen manifiestos para comprender lo que significa. La gente baja a la calle en Madrid o Atenas porque no le queda, literalmente, otro remedio. Y no dejará de ocurrir también en otras partes.

Poco importa de qué metáforas se adorne la clase política, poco importa que bautice a sus nuevas criaturas MEDE, bazuca, Gran Berta, eurobono, unión bancaria, mutualización de la deuda: los pueblos saldrán de su letargo político a más tardar cuando tengan que meterles mano a sus bolsillos. Presienten que, tarde o temprano, tendrán que pagar los destrozos causados por los rescatadores del euro.

Humillación del principio de subsidiariedad

No se vislumbra en el horizonte ninguna solución simple para salir de este derrotero. Se ha cortado el paso a todas las opciones prudentes que hasta ahora se han propuesto. A la idea de una Europa a varias velocidades se la ha perdido ya de vista. Las cláusulas de salida sugeridas con la boca pequeña jamás han encontrado un lugar en los tratados. La política europea, sobre todo, ha humillado el principio de subsidiariedad, una idea demasiado convincente para tomársela en serio. Esa palabra bárbara significa, ni más ni menos, que, de la escala municipal a la regional, del Estado-nación a las instituciones europeas, siempre debe ser la instancia más cercana a los ciudadanos la que mande dentro de su marco de competencias, y los niveles superiores no deben herederar más competencias reglamentarias que las que no se puedan ejecutar en otros niveles. No es más que un propósito piadoso: la historia de la Unión es la prueba.

El horizonte estaría, pues, cerrado. Período propicio para las casandras, que no solo profetizan el hundimiento del sistema bancario y la bancarrota de los Estados cargados de deudas, sino también, al mismo tiempo, si es posible, ¡el fin del mundo! Pero, como suele ocurrir con los agoreros, estos adivinos se frotan las manos demasiado deprisa. Pues los 500 millones de europeos no capitularán sin haber opuesto resistencia.

Este continente ya ha fomentado, atravesado y superado conflictos muy diferentes, y más sangrientos que la crisis actual. Salir del callejón sin salida donde nos han arrinconado los apóstoles de que se nos ponga bajo tutela tendrá un coste y no se logrará sin conflictos y sin dolorosos recortes. El pánico, en una situación como esta, es el peor de los consejeros, y quienes predicen que Europa va a entonar su canto del cisne ignoran las fuerzas que tiene. Antonio Gramsci nos ha dejado esta máxima: “Al pesimismo de la inteligencia tiene que acompañarle el optimismo de la voluntad”.

presseurop, 12/10/12

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca: fin de un sistema

FonsecaJosé Carlos Bermejo Barrera: Fonseca: fin de un sistema

Saben bien los juristas que la función de las leyes no es crear el mundo de la nada, como Dios hizo en el Génesis, sino regular la realidad de tal modo que en ella se puedan minimizar los conflictos. Las leyes son textos genéricos que se aplican en circunstancias concretas, por eso el derecho real no es el que está escrito, sino el que se aplica realmente. Y un sistema legal no es tal si pierde la credibilidad, es decir, si la mayor parte de la gente cree que en realidad ya no se aplica. En general en España y en concreto en sus universidades es esa credibilidad la que se está perdiendo, dando lugar a una sensación colectiva de descrédito y desencanto y suscitando el presentimiento de que se avecina una catástrofe.

Y es que en el momento presente da la impresión de que la única ley que siempre se cumple en las universidades es la ley de la gravedad, pues las leyes genéricas que les conciernen se desarrollan sin cesar en docenas de normativas y reglamentos en los que los legisladores se convierten en jueces, los jueces piden leyes hechas a la carta, y son a la vez parte y todo, encausados y sentenciadores de sí mismos, razón por la cual en las universidades nadie es responsable de nada y todo el mundo no es sólo inocente, sino que además hace que su caso particular se eleve a la categoría de doctrina.

La aplicación de las leyes se llama legalidad, pero como puede hacerse de múltiples modos, a veces quien la aplica puede perder la legitimidad y con ella su credibilidad ante la opinión públlica, si es que la opinión pública puede expresarse libremente. En las universidades españolas ya no hay opinión pública, sino que más bien reina una omertá napolitana ante los machacones mensajes de sus equipos de gobierno, obesionados por demostrar el prestigio de sus instituciones a base de índices elaborados en la China, o más allá. Esos mismos equipos que niegan que las universidades tengan otro problema que la falta de dinero, y que quieren hacer creer a la opinión pública que el dinero invertido en sus instituciones incrementa la riqueza del país, además de sus libros de contabilidad. Dicen que cuanto más se investiga más rico se es y menos paro hay, cuando en realidad lo que ocurre es que quienes más investigan son los que ya eran ricos, y como sus países son más ricos tienen también menos pobres y consecuentemente menos paro, porque en ellos los bueyes suelen ir delante del carro y no detrás, como en España.

Ya se sabe lo que les va ocurrir a las universidades. Se subirán las tasas, en el caso gallego después de las elecciones, se diferenciarán las destinadas a la investigación de las de segunda categoría, se favorecerá la entrada de capital privado y se introducirá el principio de gobernanza, ya incluido en el proyecto de reforma de las enseñanzas medias. Esto último quiere decir que los rectores serán nombrados por la autoridad política, que ellos nombrarán decanos y directores de departamentos, que tendrán que reducir drásticamente sus megaequipos, pagar sus deudas, cortar sus gastos y despedir profesores contratados, administrativos y otro tipo de trabajadores. Para eso se les nombrará, no para que caigan simpáticos. Se incrementará el control sobre sus cuentas y cada vez podrán legislar menos a favor de su propia casa. Y todo se hará casi sin resistencia, pues los no afectados seguirán casi seguro en la omertá, los afectados se quedarán fuera, los nombrados para gobernar en un sistema con menos órganos colegiados se sentirán más fuertes. Y los investigadores privilegiados por el azar y la fortuna se sentirán también a salvo, mientras cumplan los índices que miden su calidad, que pueden modificarse en cualquier momento por parte de quien manda.

Algunos dirán que se acabaron la democracia y la autonomía, porque ya no se puede seguir legislando a demanda y decidir que se tiene derecho a ingresar lo que uno quiere gastar. Sus voces, deslegitimadas por los hechos, apenas tendrán eco en ese nuevo mundo de sálvese quien pueda. Pues les recordarán cómo se gobernaban las universidades con el absentismo generalizado en los órganos de gobierno, con el absentismo docente de parte del profesorado y el escaso peso investigador de otra parte, con la sensación general de que los obsesivos mecanismos de control no controlaban ya nada cuando los aplicaban unos cargos académicos de los que cada vez más gente quería alejarse. Un mundo en el que dio la impresión de que los mejores profesores acabarían siendo empresarios privados dentro de la instituciones públicas, pero siendo solo aprendices de brujo, como lo fueron dos grandes filósofos griegos cuando perdieron el sentido de su oficio.

En efecto, Platón, un rico terrateniente ateniense, quiso educar a los tiranos de Sicilia, y por eso creó una ciudad ideal para aplicarla experimentalmente. En su aventura acabó siendo vendido como esclavo por el tirano Dioniso, aunque pudo ser rescatado por su rica familia. Aristóteles, que formó parte de la corte del rey de Macedonia, también acabó siendo un títere del juego de los poderosos y murió en el exilio, acogido por otro tirano, tras haber salido a duras penas de Atenas con su biblioteca a cuestas. Ambos fueron dos gigantes de la filosofía. A nosotros, los profesores de Fonseca, casi enanos a su lado, no nos va a tocar un mejor destino.

Jordi Llovet: La universidad que vendrá

Jordi Llovet: La universidad que vendrá
Caben escasas dudas acerca del auge futuro de las universidades privadas en detrimento de las públicas

Hacer un pronóstico de la universidad que nos espera no es tarea difícil. Basta con analizar todos los datos que poseemos sobre la cuestión educativa en España —secularmente desinteresada por la materia— o en Cataluña —algo más interesada en ella—, y, en especial, los datos que nos ofrece la historia económica reciente de ambos países, y aun del contexto europeo. Un análisis de esos hechos y, en especial de su tendencia, permite forjarse una idea más bien desoladora del horizonte que le espera a la vida universitaria de nuestro país.

Para empezar, caben escasas dudas acerca del auge futuro de las universidades privadas en detrimento de las públicas. La pésima organización de los currículum universitarios, añadida a otros factores que enumeraremos enseguida, hacen prever una mengua de toda enseñanza “de Estado” en favor de cualquier enseñanza de pago —no solo la universitaria, también la secundaria—. La enorme competencia que existe en estos momentos en el mercado laboral hará que los progenitores que puedan permitírselo manden a sus hijos a centros privados —donde la formación, incluso las salidas profesionales, poseen mayores garantías que en los centros públicos—, habida cuenta, encima, de que el número de profesionales egresados de nuestras universidades supera con creces —mucho más que en otros países de nuestro entorno— el porcentaje de los que resultan necesarios. Añadamos, aún, que los salarios de nuestros recién graduados serán en España, por algunos decenios, inferiores a los que pueden percibirse en Estados Unidos, pero también en Francia, Inglaterra o Alemania.

En segundo lugar, las universidades en general, pero más las que dependen del Estado, tienden, desde hace cosa de 10 años, a suprimir la figura de los funcionarios públicos (profesores titulares y catedráticos) en beneficio de los profesores contratados: casi todas las cátedras vacantes, abandonadas por cansancio o por jubilación forzosa en los últimos años, no han sido convocadas como medida de ahorro relativamente sustancial: un catedrático de más de 60 años puede ingresar entre 4.500 y 5.000 € netos al mes, mientras que un profesor asociado, una de las figuras más extendidas en la universidad española de nuestros días, que en algunos centros llega a alcanzar el 50% de la clase docente, ingresa entre 450 y 500 euros por idéntica dedicación: 10 veces menos, como no es difícil calcular. Esta diferencia tan escandalosa no es, sin duda, la mejor manera de estimular a los jóvenes docentes a seguir una carrera académica solvente; ni siquiera es una garantía, sino todo lo contrario, de que ellos mismos (incluso los alumnos) se tomen muy seriamente su trabajo. La universidad española se ha “proletarizado” en los últimos decenios, y en el seno de esta clase de trabajadores los profesores asociados constituyen hoy un verdadero Lumpenproletariat mal tratado, menospreciado y violado en sus derechos más elementales.

Pero hay más. El objetivo no siempre declarado, pero tácito, del desdichado plan Bolonia consiste en dos falacias: ajustar el número de graduados a las exigencias del mercado laboral —algo que, como se ha dicho, en España no se cumple en absoluto, para desengaño de muchos de sus egresados universitarios— y homogeneizar, aunque no unificar (algo inviable cuando se comparan países con una sólida tradición intelectual con el nuestro) las enseñanzas que se reciben. El segundo de estos extremos era algo que podía darse por supuesto antes de que se pusiera en marcha el plan Bolonia: un estudiante alemán que termina el bachillerato, o Gymnasium, está, en todos los sentidos y en todas las materias, igual o mejor preparado que un estudiante salido de las aulas superiores españolas: es una realidad que conocen bien todos los profesores, no solo los de letras, sino también los de ciencias. Es sabido que muchas facultades del ámbito científico de toda España se ven obligadas a impartir un semestre llamado “cero”, si no un curso entero, para elevar la ignorancia de sus alumnos hasta el nivel mínimo que les permita seguir con provecho las enseñanzas de nivel superior. Aquí debería haberse pensado en carreras de cinco o seis años, en lugar de cuatro —las más—, para suplir eficazmente y con realismo las carencias cada vez más ostensibles de nuestra enseñanza secundaria.

Por fin, pero no para acabar con tan espinosa cuestión, la incorporación de las nuevas tecnologías a la enseñanza universitaria no hará sino mermar la capacidad de los estudiantes, ya de por sí pequeña, de poseer no solo información, sino el bagaje imprescindible para tener, durante los estudios y a lo largo de toda su vida profesional, amor por el conocimiento y el saber. Se está generando en España una clase profesional muy distinta de aquella que anhelaba la Segunda República: una clase dócil, inculta en términos generales, analfabeta en muchos casos, desinteresada por todo lo que no sea una pequeña parcela de saber e indiferente al desarrollo cultural y civilizatorio del país, que, curiosamente, ha gastado una parte importante de sus energías y de sus presupuestos en formar a esa clase profesional e intelectual.

A decir verdad, no veo más que nubarrones en el panorama universitario que nos espera en el futuro.

El País, 08/10/12

J. Félix Angulo Rasco: La educación que quiere la derecha española: Reflexiones críticas sobre la propuesta para el Anteproyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (modificación de la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de Mayo, de Educación)

J. Félix Angulo Rasco: La educación que quiere la derecha española: Reflexiones críticas sobre la propuesta para el Anteproyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (modificación de la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de Mayo, de Educación)
J. Félix Angulo Rasco, Catedrático de Didáctica y Organización Escolar

Este documento pretende ser una primera reflexión sobre un borrador de una Ley Orgánica que está preparando el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Una reflexión que quisiera transitar, si todavía es posible, por cauces racionales, basándose en la literatura científica disponible y presentando un conjunto de contra argumentos a unas ideas, objetivos y disposiciones que no son precisamente novedosas, y como luego se especificará, no han dado los resultados supuestamente esperables en aquellos países en los que se han aplicado. Medidas que, en el fondo, tienen como claro objetivo desmontar la escolaridad pública y transformar un sistema parcialmente comprensivo en otro selectivo y segregador.

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y la muralla china

José Carlos Bermejo Barrera: Fonseca y la muralla china

Construyeron los emperadores chinos una muralla que tenía como fin evitar que en su imperio penetrasen los bárbaros. Se hizo a mano, movilizando millones de personas en régimen de trabajos forzados, gracias a un sistema burocrático controlado por los mandarines, letrados y funcionarios, orgullosos de su saber, su eficacia y obsesionados con sus rituales y sus mecanismos de promoción profesional. Los filósofos chinos decían que el mejor gobernante es el que no gobierna nada, porque gobernar es siempre cobrar más impuestos, gastar más dinero y hacer obras, como la Gran Muralla, para mantener a un país aislado del mundo, como lo estuvo China hasta el siglo XIX, cuando los bárbaros ocidentales se infiltraron en el país desde el mar, haciéndola inútil.

Los estudiosos de la historia de las universidades bautizaron a sus profesores con el nombre de mandarines, es decir, letrados chinos, porque muchas veces, como ocurre ahora, creían poder estar al margen del mundo y sus turbulencias económicas, sociales o militares, a pesar de no ser más que frágiles peones en el juego del poder y de la historia, escondidos solo tras una muralla imaginaria. Los mandarines, chinos y académicos, creen tener un sistema racional y perfecto en el que todo está regulado en los papeles, en las normas y en los procedimientos burocráticos, no importándoles si ese sistema atenta contra el sentido común o niega la realidad. Como creen que su sistema es perfecto, todo tiene en él su razón de ser, todo está justificado por una normativa y ha de hacerse siempre de la misma manera, y cuanto más complicada mejor, porque así harán falta más mandarines para controlar la realidad y para espiarse a sí mismos. Esto es lo que está ocurriendo hoy en lo que los economistas y juristas llaman la universidad omniadministrativa. Una universidad también defendida de la realidad por una gran muralla y en la que la pasión por hacer obras y dictar normas infinitas salta a la vista.

Hay cosas dificiles de comprender para el común de los mortales, pero que en la universidad siempre tienen explicación. Pueden hacerse edificios que es necesario ampliar antes de su inauguración porque ya no sirven, como el caso de la Facultad de Física de la Universidad de Santiago, edificio del tamaño de un gran chalet cuya planta baja exenta tuvo que ser cerrada para acoger a duras penas a profesores y alumnos, teniendo que ser derivados departamentos a otro edificio que nació muerto, a pesar de su nombre, como fue el caso del hospital materno infantil, construido en el campus de Santiago, sin parking y casi sin accesos, y que por suerte fue reconvertido en residencia universitaria. También pueden hacerse facultades en las que no caben los libros disponibles el día de su imauguración, teniendo que reconvertir a toda prisa en depósito de la biblioteca lo que en plano era un garaje, el caso de la Facultad de Filología, cuyo rápido crecimiento hizo igualmente que su profesores acabasen por quedar amontonados en sus despachos. Hubo también proyectos faraónicos, por suerte no realizados, como la idea de situar el depósito de libros de la Facultad de Geografía e Historia en la planta noble y hacer aulas en un piso abuhardillado bajo cubierta. Y hay por suerte proyectos efímeros revisables, gracias al pladur y las mamparas que hacen que algunos edificios vayan cambiando sus paredes como si estuvieran vivos. Así se tabica y destabica, a pesar de la crisis, se cierran unos pasillos para abrir otros, para que quede eterna memoria de quien manda gracias a las murallas chinas de yeso y cristal.

Es difícil de explicar por qué se pretenden trasladar fotocopiadoras a los puntos más alejados de alguna biblioteca, o por qué se derriban los servicios de una planta con ocho aulas repletas de alumnos el día antes del comienzo de las clases. También lo es saber por qué las pruebas de acceso a la universidad se celebran quince después del comienzo del curso, o por qué un festivo como la inauguración del curso es laborable porque hay exámenes en un centro, o por qué el plazo de matrícula de algunas asignaturas se abre casi un mes después de su inicio. Naturalmente todo ello obedece a una razón, porque siempre hay una normativa que explica que es la realidad lo que está mal porque todo es perfecto e inmutable para quienes viven tras la Gran Muralla.

Carlos Taibo: Sobre las agresiones que padecen las universidades públicas

Carlos Taibo: Sobre las agresiones que padecen las universidades públicas

El momento en que nos encontramos es singularmente delicado para la enseñanza pública, en general, y para la enseñanza pública universitaria, en particular. Si no somos capaces de articular respuestas convincentes, contundentes e imaginativas contra las agresiones que una y otra padecen, bien podemos asistir a un retroceso cabal que haga que la recuperación sea extremadamente costosa en términos de esfuerzos y de tiempo.

Convengamos en que lo que tenemos que afrontar ahora no es nuevo. Hace mucho tiempo que las universidades públicas padecen agresiones que apuntan en dos grandes direcciones: la mercantilización y la privatización. De ello se han encargado los sucesivos gobiernos populares y socialistas. Importa subrayarlo porque, a mi entender, nuestra respuesta no debe tomar como horizonte la recuperación de un pasado que en modo alguno debemos idealizar, sino, antes bien, la construcción de un futuro muy diferente.

En las universidades públicas son dos, por lo demás, los hitos principales que marcan la situación actual. El primero lo configura, cómo no, el llamado plan de Bolonia, que en todos sus elementos se ha subordinado a ese doble objetivo, ya mencionado, de la mercantilización y la privatización. Si Bolonia fue aprobado en un momento de relativa holgura presupuestaria, su aplicación se ha verificado, en cambio, en un escenario de visibles estrecheces económicas. El efecto final ha sido que, lejos de dar satisfacción de sus metas mayores, se ha traducido ante todo en una formidable expansión del caos en las universidades. Éstas no están formando esos licenciados sumisos y tecnocratizados que se esperaban, de la misma suerte que las empresas privadas no han hecho su aparición, como se preveía, en los campus. En alguna ocasión he manejado la intuición de que Bolonia ilustra de forma fehaciente la corrosión terminal del capitalismo: si éste exhibiese su vitalidad del pasado, habría tenido la inteligencia de frenar, en espera de mejores tiempos, la aplicación del plan. Alguien sentirá la tentación de subrayar, bien es cierto, que en los hechos Bolonia no es sino un primer paso en un camino que debe abocar en la definitiva implantación de la llamada Estrategia Universidad 2015, con una plena entronización del beneficio y de los intereses del sector privado, al que correspondería incluso la designación de los máximos responsables universitarios, y con una formidable operación de desvío de recursos hacia universidades, de nuevo, privadas.

El segundo hito lo configuran, claro, los recortes de los últimos tiempos. Como es sabido, son el resultado de una genuina nacionalización de la deuda privada --pagaremos todas lo que hicieron, en su descarado provecho, unos pocos--, la segunda se ha traducido en el firme de designio de no distinguir entre deuda legítima y aquélla que no lo es. Tomémonos la molestia de identificar las principales secuelas de los recortes aprobados.

(a) Se han producido, en primer lugar, subidas notabilísimas en las tasas que afectan a los grados y a los posgrados universitarios. Por lo que a los primeros se refiere, conforme a los datos que maneja la plataforma de trabajadores de la UAM, y por proponer un ejemplo, en el caso de las Humanidades el incremento de la matrícula ha conducido ésta desde 840 a 1.280 euros entre el curso anterior y el presente; la subida ha sido de un 52%. Los aumentos operados en las Ingenierías son del orden del 30%, de un 28% en las Ciencias Experimentales y de un 24% en Medicina, Enfermería y Nutrición. Más inquietante es, si cabe, la elevación en el coste de la segunda y de las sucesivas matrículas: si en un grado de Ciencias Sociales la tercera matrícula costaba 1.440 euros el curso pasado, en éste reclamará 4.300.

Por lo que respecta a los posgrados, el escenario presente está bien alejado de los ‘precios públicos’ que se prometían años atrás. Si en el caso de los de Profesorado e Idiomas las tasas han pasado de 1.553 a 2.100 euros, en el de las Ingenierías la subida lo ha sido desde 1.975 a 2.580 euros. Y ojo que hay posgrados más caros, toda vez que las sumas anteriores se refieren a los de 60 créditos: los costes son muchos más onerosos cuando hablamos de posgrados de 90 o 120 créditos. Para que nada falte, aún más espectaculares han sido las subidas de tasas que están llamadas a padecer los alumnos extranjeros: los 1.534 euros que costaban los 60 créditos del máster de Estudios Hispánicos de la UAM se han convertido nada menos que en 10.000.

Conviene situar los datos que acabo de manejar en un orden de cosas preciso: cuando muchos alumnos, agobiados por la crisis, tienen por lógica que asumir obligaciones --no precisamente agradables-- en el ámbito laboral, el escenario que se les impone es mucho más duro e ingrato, algo particularmente apreciable al calor de las subidas experimentadas por las segundas o terceras matrículas, y del descenso dramático en el número y en la cuantía de las becas, con graves efectos en materia del ya de por sí descafeinado principio de igualdad de oportunidades.

(b) Estamos asistiendo, en segundo término, a lo que a menudo son rescisiones masivas de contratos de profesores y de personal administrativo y de servicios, en un marco en el que las jubilaciones, por añadidura, no se amortizan. En este orden de cosas hay que preguntarse por el nulo porvenir laboral de los profesores no funcionarios y por el futuro, inquietante, de los investigadores Ramón y Cajal y Juan de la Cierva. Los retrocesos, dramáticos, experimentados por el gasto en investigación y desarrollo anuncian un panorama muy delicado en este terreno.

(c) Una tercera manifestación de los recortes afecta, como es sabido, a los salarios, objeto de sensibles reducciones, y a las jornadas laborales, con frecuencia prolongadas, en un escenario de extensión palpable de la precariedad.

(d) Todo lo anterior se ha visto acompañado, en suma, por lo que es una general expansión de las políticas de privatización de servicios enteros.

Si tengo que mal resumir lo que acabo de señalar, creo que servirán cinco ideas básicas. Son éstas: 1. Estamos asistiendo a agresiones sin cuento contra el principio de igualdad de oportunidades, llamadas a dañar gravemente los derechos de dos generaciones de conciudadanos. 2. La cacareada ‘apertura a la sociedad’ de la que presumen nuestros gobernantes no es otra cosa que una apertura a los negocios de las empresas privadas: los beneficios se hallan claramente por encima de la formación humanística, crítica e integral de las personas. 3. Todas las medidas adoptadas se han desplegado en ausencia de procedimientos democráticos de discusión: la imposición es la regla general que abrazan los responsables del Ministerio de Educación. 4. Se está haciendo valer una vulneración permanente de la autonomía universitaria. El ministro Wert no sólo señala cuánto hay que recortar: se empeña en explicar puntillosa y obsesivamente en dónde deben producirse los recortes. 5. El propósito de las medidas alentadas por el Gobierno español, y en su caso por los Gobiernos autonómicos, no es, con toda evidencia, hacer frente al pago de la deuda: de lo que se trata es de cambiar, con esa excusa, el modelo de la enseñanza pública, y en particular el de la universitaria, y de hacerlo, naturalmente, en provecho de la mercantilización y de la privatización más descarnadas. Éste es el panorama que nos obliga a reaccionar de manera convincente, contundente e imaginativa.

Nuevo Desorden, 13/09/12

José Carlos Bermejo Barrera: Resacón en Las Vegas

José Carlos Bermejo Barrera: Resacón en Las Vegas

Adelson

Hay dos visiones del mundo de Las Vegas: la que nos dio Mike Figgis en su obra maestra Leaving Las Vegas y la del burdo cine comercial. Narra Figgis la historia de Ben, un ejecutivo fracasado y ahogado en el alcohol que se va a Las Vegas a suicidarse bebiendo. Allí conoce a Sera, una bella prostituta que creía que solo podía ser digna degrandándose y se inicia una historia de amor y muerte en la que Sera decide respetar la voluntad de Ben de morir así, terminando el relato de su historia con la frase: “yo le quería”. Ben y Sera son una alegoría del lado más oscuro del complejo sueño americano, en el que encarnan una derrota y un fracaso que se redimen con la narración de su historia. Frente a esta visión tenemos también la otra imagen de Las Vegas. Una ciudad construida en un desierto que vive de noche entre neones que iluminan a la misma Via Láctea. Un paraíso del juego, del dinero fácil, del sexo sin problemas, de la droga en abundancia, al que acuden miles de incautos que creen poder hacer su agosto reventando la banca en todos estos campos controlados por particulares empresarios.

Asistimos en España a un titánico duelo entre Esperanza Aguirre, española hasta las cachas, y Artur Mas, catalán hasta la barretina, que a pesar de todo comparten sus ideas sobre el dinero, el empleo y el futuro de sus países, aunque una sueñe con la independencia de Madrid y el otro con la de Cataluña. Tras singular combate resulta Esperanza vencedora, al conseguir que se construya en su secarral castellano-manchego, émulo del desierto americano, un monumento a la arquitectura banal de seudo templos romanos, pirámides y Torres Eiffel, que sin duda serán alabadas por intelectuales españoles, dispuestos a recordarnos que el pensamiento posmoderno nació con un libro titulado Learning from Las Vegas, en el que se consagraron la banalidad y la charlatanería como formas de pensamiento.

Las Vegas de Madrid y sus rivales catalanes con seis centros de ocio y juego, serán construidos a la vez, permitiendo a dos grandes costructoras, tocadas y quebradas por el estallido de la burbuja del ladrillo, ser de nuevo financiadas por nuestros bancos rescatados con el dinero público, o con el propio dinero público ya directamente, por ser ambos proyectos de interés nacional en su nacimiento, su ascenso y su caída.

Nada hay oscuro en las viejas Vegas, ni tampoco lo habrá en las nuevas. En ellas cualquiera puede ganar limpiamente el dinero que chorrea en las tragaperras, y en ellas también muchas chicas son bailarinas exóticas, acompañantes, masajistas o parte del servicio de habitaciones; siendo el alcohol y la droga parte consustancial del ocio. Todo se gestiona en Las Vegas de modo transparente en aras del bien común, y por eso nuestros políticos quieren sus Vegas.

El alcalde de Alcorcón, sin ir más lejos, dice que si se instalasen su municipio no pasará por menos de que todos los primeros empleados sean de Alcorcón, ya sean cocineros, croupiers o bailarinas exóticas, en cuyo caso su mérito ha de ser la tarjeta censal y no su anatomía y habilidades. ¡Por fin se crearán empleos en España y Cataluña¡: 200.000 y 20.000 directos y otros tantos inducidos, respectivamente. No importa humillarse ante un prepotente inversor que pide que se le exima del cumplimiento de muchas leyes, porque al final todo será un éxito colectivo. Eso si, una vez que se nos aclare cuál será el IVA de las bailainas exóticas, o el impuesto a las ganancias del juego que harán ricos a tantos.

Vistas otras experiencias, también pueden resultar dos nuevos fracasos, y generar dos nuevas ruinas urbanísticas, nuevos desastres financieros, otros rescates y más paro. Será una historia digna de contar, aunque no podrá ser llevada al cine porque Berlanga ya ha muerto y el cine en España está a punto de hacerlo. Solo algunas voces aisladas podrán contar esa historia en el futuro, pero entonces serán tan marginales como la de la propia Sera de Leaving Las Vegas.

Francisco Imbernón: Una reforma ideológica

Francisco Imbernón: Una reforma ideológica
Francisco Imbernón es catedrático de Pedagogía de la Universidad de Barcelona.

El Gobierno presenta su reforma educativa en la línea de las propuestas que lanzó antes de verano. Aunque abrió una consulta en la web, no ha habido el debate que nos urgía, y en las conclusiones es fácil ver cómo el ministerio lleva el agua a su molino. En los últimos 30 años España ha tenido tres grandes reformas (LOGSE, LOCE y LOE), y cinco en 50 años. Mientras, los países referencia por sus resultados académicos han mantenido sus grandes leyes, y se han limitado a reformas parciales. Si en España fuésemos capaces de consensuar una ley no necesitaríamos estos golpes de timón con cada Gobierno.

La educación se asimila a ideología y las políticas educativas son políticas ideológicas, no solo en los grandes temas (religión contra ciudadanía...), sino en el currículum oculto (el determinismo social, el autoritarismo, la selección…). En realidad, más que reformas educativas son contrarreformas, hay que eliminar la herencia recibida, no importa que haya sido un intento de innovación, y además se hace sin probar su invalidez. En el sector eso genera desconcierto, desilusión, resignación y grandes acopios de paciencia.

Esta reforma responde a un modelo ideológico: recentralización, aceptar la educación diferenciada (para poder subvencionar a sus grupos de presión), eliminación de la educación de la ciudadanía y sustitución por una asignatura más afín a su ideología, la evaluación como medición, la desconfianza en el profesorado, una menor participación de los padres y madres, segregación temprana en la ESO, eliminación progresiva de la comprensividad, movilidad forzosa del profesorado (con lo que cuesta cohesionar un equipo docente)...

Este modelo defiende que el fracaso escolar se elimina con mano dura, considera la evaluación un instrumento de selección y no de mejora, quiere crear ciudadanos disciplinados que salgan bien en la foto PISA, persigue la empleabilidad y no se hace garante de una cultura y una educación para todos. Y todo ello se argumenta pero no se prueba, basta con pregonarlo.

Al Gobierno de Aznar se le quedó en el tintero y este no ha tardado en presentar su proyecto, pues considera el sistema educativo un foco de adoctrinamiento. Sin consenso ni debate, con una consulta mínima, lo peor del anteproyecto es que no construye la escuela del futuro, sino que recupera la mala escuela del pasado con alguna nueva idea interesante. A un Gobierno se le pide que anticipe el futuro. Este no es el caso, por supuesto.

El País, 13/09/12

Jorge Riechmann: El curso no debe comenzar

Jorge Riechmann: El curso no debe comenzar

Hay situaciones tan graves que el business as usual (seguir haciendo como siempre) se vuelve necesariamente contra nosotros y nosotras. Estamos viviendo una de esas situaciones. Tiene muchas aristas, pero una de las más importantes es el ataque organizado contra los servicios públicos: contra uno de los pilares básicos de la vida decente en una sociedad democrática. Y dentro de ese ataque, la demolición programada de la educación pública.

El lunes 3 de septiembre, el comienzo oficial del curso académico para las universidades públicas madrileñas no tuvo lugar. Otros septiembres ha sido éste un acto rutinario al que invariablemente acudía la presidenta de la región; se dictaba una lección magistral; se pronunciaban algunos discursos, a veces interesantes, otras veces tediosos; se entonaba ese curioso y hedonista himno universitario llamado GAUDEAMUS IGITUR (donde la enternecida comunidad académica no se priva de lanzar jocundas vivas a la república, así como a las “mujeres tiernas y amables”: aquí la traducción de los versos latinos). Esta vez, sin embargo, en la Facultad de Medicina de la UAM, Esperanza Aguirre no se atrevió a presentarse: envió a dar la cara a su subordinado Jon Juaristi. Y la intensidad de la protesta de estudiantes, profesores, sindicatos y PAS (Personal de Administración y Servicios) fue tal que no hubo ni medidos discursos, ni inauguración oficial, ni sentimental GAUDEAMUS.

El sentido que se desprende de estos hechos es claro, en mi opinión: vivimos una situación tan anómala, el ataque contra la universidad pública (plasmado en la ley 6/ 2011 de la CAM, el Real Decreto-Ley 14/ 2012 del gobierno del Reino de España, y los recortes de fondos) es tan destructivo, que el curso no debe comenzar. Y de hecho en Madrid (y en otras comunidades autónomas) están en marcha iniciativas en ese sentido.

Una de ellas es la convocatoria de una huelga indefinida de docentes (en todos los niveles de enseñanza en la Comunidad de Madrid, desde las escuelas infantiles a la universidad) a partir del 17 de septiembre. Pueden verse detalles de esta iniciativa en este blog. Se presentará en rueda de prensa el 5 de septiembre, a las 17 h., en la librería asociativa Traficantes de Sueños (c/ Embajadores 35, Madrid).

Una segunda iniciativa importante es la campaña de desobediencia civil propuesta desde la UCM y que ha ido elaborándose durante el verano: se hallará información básica en su web. La campaña arrancará el 12 de septiembre, a las 12 h., con una rueda de prensa (también en Traficantes de Sueños).

Llamo a todos mis compañeros y compañeras docentes a presentar las clases universitarias, en este anómalo inicio de curso que no debe comenzar, no con la explicación de ninguna materia curricular sino con un debate franco, crítico y abierto que aborde la situación actual. Desde la UAM hemos elaborado un documento en formato ppt que resume algunos puntos susceptibles de abordarse en tal debate: está a disposición de todo el mundo aquí.

Quienes potencialmente tienen más fuerza en este conflicto son las y los estudiantes. Lo han demostrado estos meses últimos en Chile, en Quebec y en otros lugares. Cada uno de las y los trabajadores públicos tenemos nuestra parte de responsabilidad, y sin duda se nos pedirá cuentas por ello, en algún momento. Pero la fuerza potencialmente decisiva es la de los estudiantes. Ojalá no falten a su cita con la historia.

MÁSPúblico, 05/09/12

Carlos Fernández Liria: Gente anti Bolonia

Carlos Fernández Liria: Gente anti Bolonia
Carlos Fernández Liria, Profesor de Filosofía en la UCM y coautor de los libros El Plan Bolonia y Bolonia no existe

Tras las protestas que interrumpieron la apertura del curso universitario de la Comunidad de Madrid, el director general de Universidades, Jon Juaristi, declaró que “no entendía que la gente estuviera cabreada” y que, además, “esa no era la gente de la Universidad”. ¿Quién es la gente de la Universidad? ¿Los que durante diez años de Plan Bolonia protagonizaron en los medios de comunicación una campaña de indigna propaganda plagada de calumnias contra la universidad pública, a la que supuestamente había que reformar de arriba a abajo para ponerla “al servicio de la sociedad”? ¿Gente como Daniel Peña, actual presidente de los rectores madrileños, que hasta hace nada proclamaba a los cuatro vientos que la universidad pública estaba en su mejor momento? ¿Como José Carrillo, que fue vicerrector de Espacio Europeo de la UCM y veía en Bolonia la gran ocasión de crear una universidad de enseñanza personalizada, grupos pequeños, alumnos internacionales que viajarían de aquí para allá con becas y subvenciones, cursando grados y másteres felizmente adaptados a un próspero mercado laboral en nuestra inigualable “sociedad del conocimiento” europea?

Ahora habrá quien diga que el Plan Bolonia era bueno, pero que no pudo aplicarse porque faltaron los medios para ello a causa de la crisis económica. La realidad es muy distinta. Para empezar esta crisis económica es una salvaje revolución neoliberal que está aprovechando la debilidad de los trabajadores para desmantelar todas las conquistas sociales que se habían consolidado en legislaciones e instituciones estatales desde la segunda guerra mundial. Una de estas conquistas era la enseñanza pública. Por tanto, no es que la crisis haya frustrado Bolonia, es que Bolonia era una de las avanzadillas de la crisis. Esto lo denunciaron con clarividencia incontestable los estudiantes que lucharon incansablemente contra el Plan Bolonia desde el año 2000. Se les llamó apocalípticos y antisistema. No eran apocalípticos: se quedaron cortos en sus previsiones más pesimistas. El desastre causado a la enseñanza pública superior supera ya los peores pronósticos. Sí eran, en cambio, antisistema y, en eso, tenían toda la razón, pues el Plan Bolonia no era una reforma educativa; era, como se ha demostrado, un capítulo entre otros de esta brutal revolución capitalista que estamos sufriendo.

Estamos inmersos en una reorganización de la universidad con criterios mercantiles, potenciando lo más rentable y dejando atrofiarse o morir por inanición a las disciplinas, facultades y departamentos que no puedan demostrar su interés mercantil, bien sea atrayendo inversión privada o demostrando su adaptación a las insensatas necesidades de un mercado laboral suicida. El verdadero objetivo del Plan Bolonia era reducir al mínimo la parte de los estudios financiada por el Estado. Para ello, se cortaron las carreras en dos. La primera parte (que pronto será sólo de tres años para muchas de las antiguas licenciaturas) constituye el Grado, que comprende unos estudios mínimos con unas tasas se supone que razonables. Las autoridades académicas del momento, rectores y ministros, pretendían que el objetivo del Grado era adaptar los estudios a una capacitación profesional, es decir, a la inserción en el mercado laboral. Lo decían, sin que se les cayera la cara de vergüenza, justo en el momento en que ese mercado laboral dejaba de existir. Esta sería la parte de los estudios superiores pagada por el Estado. A partir de ese momento, el Plan Bolonia ofrece al estudiante el mundo de los másteres especializados a un precio crecientemente prohibitivo (en el 2012 la matrícula de los másteres estatales ya se ha incrementado en un 235%). Y, en todo caso, como resultaba obvio desde el principio, los másteres que verdaderamente se insertarán en el mercado laboral serán los títulos privados que impartirán las corporaciones económicas a precios de élite.

Tan sólo un botón de muestra: en la Universidad Complutense de Madrid, la Licenciatura de Filosofía comprendía en total 3200 horas lectivas a las que el alumno tenía que asistir. Actualmente, las autoridades académicas reconocen que, cuando el Plan Bolonia termine de implantarse, esas 3200 horas se habrán reducido a 1100, de las que, por cierto, sólo 800 serán estrictamente de filosofía, siendo el resto comunes con los grados de Historia y de Filología. Estas serán las horas que el alumno podrá cursar a un precio estatal razonable (sin descartar un incremento de las tasas muy sustancial). En estas condiciones es imposible lograr que un alumno esté en condiciones de comprender un texto de la historia de la filosofía. El nuevo Grado de Filosofía será inevitablemente una estafa. La filosofía es la disciplina más difícil del mundo y, ante todo, requiere tiempo y profesores. Y no va a haber ninguna de las dos cosas. Eso lo sabía perfectamente el filósofo Ángel Gabilondo, cuando fue nombrado ministro de Educación. Pero lo negó, lo negó y lo negó. Sus amigos todavía nos estamos preguntando si fue un cobarde, un traidor o un idiota.

En general, no se pretendía tan sólo reducir al mínimo la parte de los estudios superiores financiada por el Estado. Se trataba, ante todo, de convertir la universidad pública en un cajero automático para que las empresas pudieran obtener dinero de los impuestos, al mismo tiempo que un ejército de becarios dispuestos a trabajar gratis o cobrando de esos mismos impuestos. Es decir, se trataba de conseguir una idílica “sociedad del conocimiento” en la que las empresas contarían con trabajadores cualificados pagados por otros trabajadores. Si, pongamos por caso, una laboratorio farmacéutico financia una investigación con diez euros, esta “fuente de financiación externa” será el aval para otorgar a ese departamento cien euros de dinero público y unos cuantos becarios. La universidad estatal se convierte así en un aspirador de dinero público para financiar negocios privados. En la medida en que cumpla con esta función, la universidad pública seguirá existiendo.

A este salvajismo neoliberal, esas mismas autoridades académicas que fueron abucheadas el otro día en la UAM le llamaron pomposamente Espacio Europeo de Educación Superior y lo definieron con el lema ‘Una universidad al servicio de la sociedad’. Pese a contar con la complicidad de todos los medios de comunicación y con mucho dinero para propaganda, no consiguieron convencer a nadie. Los referendos que se convocaron en las mayores universidades (y que contaron con una participación muy superior a la habitual en las elecciones a rector), dijeron no a Bolonia con más de un 90 %. Esa era, en realidad, la “gente de la Universidad”, esa gente por la que se pregunta Juaristi: la gente a la que representaban y a la que decidieron ignorar, traicionar y calumniar.

El movimiento estudiantil, tras un heroico y minucioso estudio de los documentos, libros blancos, directrices y borradores del proceso de Bolonia, demostró hace ya años que lo que se escondía tras el lema ‘Una universidad al servicio de la sociedad” era un proyecto de adaptarla a los que tenían la sartén por el mango en esta sociedad: esos que actualmente se llaman a sí mismos “los mercados”. Los rectores, los ministros, los expertos, los mercenarios del periodismo, salían al paso diciendo que la “sociedad” era más amplia que los “mercados” y que el verdadero espíritu de Bolonia tenía que luchar por adaptar la universidad a las necesidades ciudadanas y no a las mercantiles. Era una observación patética, ridícula, grotesca, como los tiempos han demostrado ahora por encima de los peores augurios. Un pestañeo de los mercados basta ya para tirar por la borda leyes, convenios colectivos, instituciones y derechos ciudadanos. Desdichadamente, el movimiento antibolonia tenía razón al profetizar la catástrofe que tenemos por delante.

Público, 05/09/12

José Carlos Bermejo Barrera: La culpa es de los abuelos

José Carlos Bermejo Barrera: La culpa es de los abuelos

Cuando los historiadores estudien la España actual se darán cuenta de que fue un país en el que triunfaron las palabras huecas, los lemas vacíos y en el que camparon a sus anchas los engaños, las trampas, las maquinaciones más torticeras y las mentiras. Y es que en España, al contrario de lo que decía en el siglo XVIII el viejo obispo Butler, las cosas nunca son como son, sino de otra manera. Y por eso nadie es culpable ni responsable de nada.

Tras haber reventado la burbuja financiera y quedar destartalada la banca, hemos visto a politicos y banqueros en el Congreso casi negando que hubiese existido tal burbuja, y afirmando que ellos no fueron responsables de nada. La cosa esa no era de su competencia, al parecer, o no se enteraron de casi nada en muchos casos, porque da la impresión de que los directivos de la gran banca iban por sus despachos sólo de visita. Como nadie es culpable de nada y la culpa siempre la tuvo el de antes, o el que estuvo antes del de antes, podríamos ir tirando del hilo y decir que la culpa última la tuvo nuestra requetetatarabuela Eva, inventora del pecado original. Por eso sería lógico pensar que algunas limpiadoras de los grandes edificios bancarios, ya jubiladas por supuesto, programaron a escondidas los ordenadores para crear las Preferentes, para hinchar los balances de Bankia y emitir acciones fraudulentas sobrevaloradas, llevando a la ruina a sus inversores y quizás a todo un país, a la par que iban desplumando a muchos pensionistas modestos ahorradores.

Los Estados deficitarios emiten deuda para que la compren los bancos, la vendan y revendan y jueguen con ella y con sus depósitos, jugandose en algún caso el dinero de los fondos de pensiones y llevando a la ruina a sus jubilados. Hasta que al final el banco quebrado es rescatado por el Estado para que le vuelva a comprar la deuda pública con el dinero que el Estado le presta. A esto se le llama “los mercados”, que son científicos, racionales y no tienen culpa de nada, porque los culpables de todo son los abuelos pensionistas.

Como la mayor partida del gasto público son las pensiones, para cuyo cobro el trabajador cotiza toda su vida laboral, y hay pensionistas porque la gente no se muere pronto para llevarle la contraria al FMI, ni quiere trabajar hasta los ochenta, en contra de lo que piensa un ministro alemán, los pensionistas son culpables del déficit público. Como además los mayores de 65 son los que necesitan más medicamentos, se dice que abusan de ellos, por eso se retiran 400 de la sanidad pública y se crean listas de genéricos ahorrando en algunos casos sólo centimos. Todo para conseguir que esos jubilados que salen con su bolsa de pastillas de colores por gusto, como niños con tubo de Lacasitos, no acaben por arruinarnos.

Y por si todo esto fuera poco ahora los abuelos son los responsables legales de mantener a los parados con el nuevo plan Prepara, que parece suponer que todo lo que paga el Estado es una limosna. Y que atenta contra normas legales básicas y el sentido común al definir la unidad familiar.

Se entendía por unidad familiar a un matrimonio y sus hijos, o bien a una pareja de hecho reconocida legalmente. Los cónyuges en España pueden tener separación de bienes, hacer declaraciones de renta individuales y han de mantener a sus hijos hasta cierta edad, razón por la cual pueden aplicar una desgravación fiscal por ellos o familiares dependientes. A partir de ahora sin embargo, cuando algunos afortunados premiados con el paro de larga duración pasen a cobrar por 6 meses sus últimos 400 euros, y 50 más si tienen dos familiares a su cargo (a los que podrán mantener con 83 céntimos diarios), deben saber a qué unidad familiar pertenecen, porque en el nuevo cálculo se incluyen las rentas de los padres, hijos, y abuelos que se suman y dividen por el número de miembros de la familia. Si es legal. Si en vez de un matrimonio tenemos una pareja que vive junta sin declararlo entonces el afortunado parado puede cobrar la suculenta ayuda. Lo que deja claro que en España es recomendable que las familias pasen a la clandestinidad. Si el Estado quiere crear nuevas unidades familiares de abuelos, padres, nietos, ampliables a hermanos con rentas sumables, o primos, cuñados, yernos y nueras – que mantienen a parados sin tener derecho a desgravar por ello -, que cree una nueva especialidad policial rastreadora de unidades familiares e incremente así el empleo público.

Esta claro que los abuelos son un tesoro para el Estado. Por eso lo lógico sería que todos los gobiernos existentes en España, los parlamentarios y políticos de todo tipo, se quedasen sin sueldo y pasasen también a vivir de las pensiones de sus propios abuelos, que hacen ya años les compraban sus chuches.

José Carlos Bermejo Barrera: La universidad de pocas luces

José Carlos Bermejo Barrera: La universidad de pocas luces

Santiago está que echa chispas desde que un juez imputó a un electricista del robo más espectacular de la reciente historia de la Catedral. Quizás por esta tendencia a reducirlo todo al campo del electromagnetismo, su universidad - en contra de lo que ocurría en los viejos comics cuando ante una nueva idea se encendía una bombilla sobre la cabeza del protagonista - ha decidido solucionar todos sus problemas apagando bombillas. Es posible que comenzase a agotar sus pilas cuando celebró su centenario con el lema: “Ahora Galicia Resplandece”. A lo que respondió modestamente la universidad de A Coruña incluyendo en su escudo el lema: “Con esta luz”, convencida quizás de que la Torre de Hércules habría de ser faro y guía de sus futuros miembros.

Sea como fuere, lo que es cierto en que en Santiago todas las medidas de ahorro que se toman en su universidad técnicamente en quiebra, asfixiada por su deuda y los costes financieros de la misma, son siempre para ahorrar luz. Para ahorrar luz se cerró tres días en Semana Santa y ahora quince en agosto. Para ahorrar luz se cambiará todo el horario de clases en el segundo cuatrimestre, comenzando a las 8:30 y acabando a las 19:30, apagándolo todo precisamente cuando los días comiencen a alargarse. Para ahorrar luz, no se sabe cómo, sus administrativos pasarán a trabajar de 9 a 17 horas y no de 8 a 15, como los de las restantes administraciones públicas; teniendo casi que comer en sus puestos de trabajo con una fiambrera, no sabemos si porque sus sueldos cada vez mas recortados ya no les den para otra cosa, o porque su universidad haya decidido regular ahora sus ritmos culinarios con este nuevo horario. Un horario, no anunciado con luz y taquígrafos precisamente, sino sacado a la luz pública antes de hablar con ninguno de los sindicatos que legalmente representan a sus trabajadores y funcionarios.

Todo es cuestión de luz en una universidad que es incapaz de aprobar su presupuesto, siendo responsables de ello tanto quienes la gobiernan como la oposición establecida dentro de las reglas del sistema, y que se gestiona sin presupuesto renovado. Todo es cuestión de bombillas en una universidad incapaz de aprobar la renovación de sus estatutos por estas mismas razones. Todo parece ser cuestión de luces en una universidad cuya única opción política es promocionar a los profesores de mayor edad a escalones docentes superiores, aun a costa, según el Ministerio de Hacienda, de reponer el 600% de sus jubilaciones frente al 10% permitido por la ley. Y en una universidad en la que no importa poner en la calle a investigadores jóvenes, a los que se les juzga con alambicadísimos baremos siempre cambiantes por quien convoca las plazas docentes para ellos.

Ya no hay más ideas, ni se encienden nuevas bombillas, pues se decide que todo siga igual y nada cambie cuando casi todo es insostenible. Quizás habría que reunir un consejo o senado de exrectores sabios y pedirle a Carlos Pajares que nos descubra la mínima partícula de la que se compone el euro, y así salir de nuestra penuria, a Ramón Villares que busque viejos documentos de históricos pelotazos que hayan sacado de la bancarrota a instuticiones en quiebra, a Darío Villanueva que nos patente alguna metáfora o metoniminia convertible también en euros y a Senén Barro que nos haga un programa informático que, desviando a nuestra cuenta los céntimos de las operaciones bursálites de un solo día de los “mercados”, nos permita de nuevo nadar en la abundancia. Y es que otras ideas no hay, las pilas se están agotando, las baterías nos muestran ya la señal de recarga cada vez más rápida. Quizás tampoco eso sirva ya y habría que recurrir a las energías renovables.

Ignacio Ramonet: Otoño caliente

Ignacio Ramonet: Otoño caliente

Como si las vacaciones de verano fuesen un manto de olvido que disipase la brutalidad de la crisis, los medios de comunicación han tratado de distraernos con dosis masivas de embrutecimiento colectivo: Eurocopa de fútbol, Juegos Olímpicos, aventuras estivales de ‘famosos’, etc. Desean hacernos olvidar que una nueva andanada de recortes se avecina y que el segundo rescate de España será socialmente más lastimoso… Pero no lo han conseguido. Entre otras razones, porque los audaces aldabonazos de Juan Manuel Sánchez Gordillo y el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) han roto el conjuro y mantenido la alerta social. El otoño será caliente.

En una conversación pública mantenida en agosto pasado (1) con el filósofo Zygmunt Bauman coincidíamos en la necesidad de romper con el pesimismo imperante en nuestra sociedad desengañada del modo tradicional de hacer política. Debemos dejar de ser sujetos individuales y aislados, y convertirnos en agentes del cambio, en activistas sociales interconectados. “Tenemos el deber de tomar el control de nuestras propias vidas –afirmó Bauman–. Vivimos un momento de grave incertidumbre donde el ciudadano no sabe realmente quién está al mando, y esto hace que perdamos la confianza en los políticos y en las instituciones tradicionales. El efecto en la población es una situación constante de miedo, de inseguridad…?Los políticos sugestionan a los ciudadanos para que siempre tengan miedo, y así poder controlarlos, constreñir sus derechos y limitar las libertades individuales. Estamos en un momento muy peligroso, porque las consecuencias de todo esto afectan nuestra vida diaria: nos repiten que debemos tener seguridad en el trabajo, mantenerlo a pesar de las duras condiciones de empleo y de precariedad, porque así obtendremos dinero para poder gastar... El miedo es una forma de control social muy poderosa”.

Si el ciudadano ya no sabe quién está al mando es porque se ha producido una bifurcación entre poder y política. Hasta hace poco, política y poder se confundían. En una democracia, el candidato (o la candidata) que, por la vía política, conquistaba electoralmente el poder Ejecutivo, era el único que podía ejercerlo (o delegarlo) con toda legitimidad. Hoy, en la Europa neoliberal, ya no es así. El éxito electoral de un Presidente no le garantiza el ejercicio del poder real. Porque, por encima del mandatario político, se hallan (además de Berlín y Angela Merkel) dos supremos poderes no electos que aquél no controla y que le dictan su conducta: la tecnocracia europea y los mercados financieros.

Estas dos instancias imponen su agenda. Los eurócratas exigen obediencia ciega a los tratados y mecanismos europeos que son, genéticamente, neoliberales. Por su parte, los mercados sancionan cualquier indisciplina que se desvíe de la ortodoxia ultraliberal. De tal modo que, prisionero del cauce de esas dos rígidas riberas, el río de la política avanza obligatoriamente en dirección única sin apenas margen de maniobra. O sea: sin poder.

“Las instituciones políticas tradicionales son cada vez menos creíbles –dijo Zygmunt Bauman– porque no ayudan a solucionar los problemas en los que los ciudadanos se han visto envueltos de repente. Se ha producido un colapso entre las democracias (lo que la gente ha votado), y los dictados impuestos por los mercados, que engullen los derechos sociales de las personas, sus derechos fundamentales”.

Estamos asistiendo a la gran batalla del Mercado contra el Estado. Hemos llegado a un punto en que el Mercado, en su ambición totalitaria, quiere controlarlo todo: la economía, la política, la cultura, la sociedad, los individuos… Y ahora, asociado a los medios de comunicación de masas que funcionan como su aparato ideológico, el Mercado desea también desmantelar el edificio de los avances sociales, eso que llamamos: “Estado de bienestar”. 

Está en juego algo fundamental: la igualdad de oportunidades. Por ejemplo, se está privatizando (o sea: transfiriendo al mercado) de forma silenciosa la educación. Con los recortes, se va a crear una educación pública de bajo nivel en el que las condiciones de trabajo estructuralmente van a ser difíciles, tanto para los profesores como para los alumnos. La enseñanza pública va a ­tener cada vez más dificultades para favorecer la emegencia de jóvenes de origen humilde. En cambio, para las familias acomodadas, la enseñanza privada va a conocer seguramente un auge mayor. Se van a crear de nuevo unas categorías sociales privilegiadas que accederán a los puestos de mando del país. Y otras, de segunda categoría, que sólo tendrán acceso a los puestos de obediencia. Es intolerable.

En ese sentido, la crisis probablemente actúa como el shock, del que habla la socióloga Naomi Klein en su libro La Doctrina del shock (2): se utiliza el desastre económico para permitir que la agenda del neoliberalismo se realice. Se han creado mecanismos para tener vigiladas y bajo control a las democracias nacionales, para poder aplicar (como está pasando en España y pasó antes en Irlanda, Portugal o Grecia) feroces programas de ajuste vigilados por una ­nueva autoridad: la troika que ­forman el Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo; unas instituciones no democráticas cuyos miembros no son elegidos por el pueblo. Instituciones que no representan a los ciudadanos. 

Y sin embargo, esas instituciones –con el apoyo de unos medios de comunicación de masas que obedecen a los intereses de grupos de presión económicos, financieros e industriales– son las encargadas de crear las herramientas de control que reducen la democracia a un teatro de sombras y de apariencias. Con la complicidad complaciente de los grandes partidos de gobierno. ¿Qué diferencia hay entre la ­política de recortes de Rodríguez Zapatero y la de Mariano Rajoy? Muy poca. Ambos se han ­inclinado servilmente ante los especuladores financieros y han obedecido ciegamente a las consignas eurocráticas. Ambos han liquidado la soberanía nacional. Ninguno de los dos tomó decisión política alguna para ponerle freno a la irracionalidad de los mercados. Ambos consideraron que, ante los dictados de Berlín y el ataque de los especuladores, la única solución consiste –a semblanza de un rito antiguo y cruel– en sacrificar a la población como si el tormento inflingido a las sociedades pudiera calmar la codicia de los mercados.

En semejante contexto, ¿tienen los ciudadanos la posibilidad de reconstruir la política y de regenerar la democracia? Sin duda. La protesta social no cesa de amplificarse. Y los movimientos sociales reivindicativos se van a multiplicar. Por ahora, la sociedad española aún cree que esta crisis es un accidente y que las cosas volverán pronto a ser como eran. Es un espejismo. Cuando tome conciencia de que eso no ocurrirá y de que estos ajustes no son “de crisis” sino que son estructurales, que ­vienen para quedarse definitivamente, entonces la protesta social alcanzará probablemente un nivel importante. 

¿Qué exigirán los protestatarios? Nuestro amigo Zygmunt Bauman lo tiene claro: “Debemos construir un nuevo sistema político que permita un nuevo modelo de vida y una nueva y verdadera democracia del pueblo”. ¿A qué esperamos?

(1) En el marco del Foro Social organizado en el seno del Festival Rototom Sunsplash en Benicàssim (Castellón) del 16 al 23 de agosto de 2012. www.rototomsunsplash.com/es

(2) Naomi Klein, La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, Paidós, Barcelona, 2007.

Le Monde Diplomatique, Nº 203   Septiembre  2012

How The American University was Killed, in Five Easy Steps

How The American University was Killed, in Five Easy Steps

A few years back, Paul E. Lingenfelter began his report on the defunding of public education by saying, “In 1920 H.G. Wells wrote, ‘History is becoming more and more a race between education and catastrophe.’ I think he got it right. Nothing is more important to the future of the United States and the world than the breadth and effectiveness of education, especially of higher education. I say especially higher education, but not because pre- school, elementary, and secondary education are less important. Success at every level of education obviously depends on what has gone before. But for better or worse, the quality of postsecondary education and research affects the quality and effectiveness of education at every level.”

In the last few years, conversations have been growing like gathering storm clouds about the ways in which our universities are failing. There is talk about the poor educational outcomes apparent in our graduates, the out-of-control tuitions and crippling student loan debt. Attention is finally being paid to the enormous salaries for presidents and sports coaches, and the migrant worker status of the low-wage majority faculty. There are now movements to control tuition, to forgive student debt, to create more powerful “assessment” tools, to offer “free” university materials online, to combat adjunct faculty exploitation. But each of these movements focuses on a narrow aspect of a much wider problem, and no amount of “fix” for these aspects individually will address the real reason that universities in America are dying.

To explain my perspective here, I need to go back in time. Let’s go back to post World War II, 1950s when the GI bill, and the affordability – and sometimes free access – to universities created an upsurge of college students across the country. This surge continued through the ’60s, when universities were the very heart of intense public discourse, passionate learning, and vocal citizen involvement in the issues of the times. It was during this time, too, when colleges had a thriving professoriate, and when students were given access to a variety of subject areas, and the possibility of broad learning. The Liberal Arts stood at the center of a college education, and students were exposed to philosophy, anthropology, literature, history, sociology, world religions, foreign languages and cultures. Of course, something else happened, beginning in the late fifties into the sixties — the uprisings and growing numbers of citizens taking part in popular dissent — against the Vietnam War, against racism, against destruction of the environment in a growing corporatized culture, against misogyny, against homophobia. Where did much of that revolt incubate? Where did large numbers of well-educated, intellectual, and vocal people congregate? On college campuses. Who didn’t like the outcome of the 60s? The corporations, the war-mongers, those in our society who would keep us divided based on our race, our gender, our sexual orientation.

I suspect that, given the opportunity, those groups would have liked nothing more than to shut down the universities. Destroy them outright. But a country claiming to have democratic values can’t just shut down its universities. That would reveal something about that country which would not support the image they are determined to portray – that of a country of freedom, justice, opportunity for all. So, how do you kill the universities of the country without showing your hand? As a child growing up during the Cold War, I was taught that the communist countries in the first half of the 20th Century put their scholars, intellectuals and artists into prison camps, called “re-education camps”. What I’ve come to realize as an adult is that American corporatism despises those same individuals as much as we were told communism did. But instead of doing anything so obvious as throwing them into prison, here those same people are thrown into dire poverty. The outcome is the same. Desperate poverty controls and ultimately breaks people as effectively as prison…..and some research says that it works even MORE powerfully.

So: here is the recipe for killing universities, and you tell ME if what I’m describing isn’t exactly what is at the root of all the problems of our country’s system of higher education. (Because what I’m saying has more recently been applied to K-12 public education as well.)

First, you defund public higher education.

Anna Victoria, writing in Pluck Magazine, discusses this issue in a review of Christopher Newfield’s book, Unmaking the Public University: “In 1971, Lewis Powell (before assuming his post as a Supreme Court Justice) authored a memo, now known as the Powell Memorandum, and sent it to the U.S. Chamber of Commerce. The title of the memo was “Attack on the American Free Enterprise System,” and in it he called on corporate America to take an increased role in shaping politics, law, and education in the United States.” How would they do that? One, by increased lobbying and pressure on legislators to change their priorities. “Funding for public universities comes from, as the term suggests, the state and federal government. Yet starting in the early 1980s, shifting state priorities forced public universities to increasingly rely on other sources of revenue. For example, in the University of Washington school system, state funding for schools decreased as a percentage of total public education budgets from 82% in 1989 to 51% in 2011.” That’s a loss of more than 1/3 of its public funding. But why this shift in priorities? U.C. Berkeley English professor, Christopher Newfield, in his new book Unmaking the Public University posits that conservative elites have worked to de-fund higher education explicitly because of its function in creating a more empowered, democratic, and multiracial middle class. His theory is one that blames explicit cultural concern, not financial woes, for the current decreases in funding. He cites the fact that California public universities were forced to reject 300,000 applicants because of lack of funding. Newfield explains that much of the motive behind conservative advocacy for de-funding of public education is racial, pro-corporate, and anti-protest in nature.

Again, from Victoria: “(The) ultimate objective, as outlined in the (Lewis Powell) memo, was to purge respectable institutions such as the media, arts, sciences, as well as college campus themselves of left-wing thoughts. At the time, college campuses were seen as “springboards for dissent,” as Newfield terms it, and were therefore viewed as publicly funded sources of opposition to the interests of the establishment. While it is impossible to know the extent to which this memo influenced the conservative political strategy over the coming decades, it is extraordinary to see how far the principles outlined in his memo have been adopted.”

Under the guise of many “conflicts”, such as budget struggles, or quotas, de-funding was consistently the result. This funding argument also was used to re-shape the kind of course offerings and curriculum focus found on campuses. Victoria writes, “Attacks on humanities curriculums, political correctness, and affirmative action shifted the conversation on public universities to the right, creating a climate of skepticism around state funded schools. State budget debates became platforms for conservatives to argue why certain disciplines such as sociology, history, anthropology, minority studies, language, and gender studies should be de-funded…” on one hand, through the argument that they were not offering students the “practical” skills needed for the job market — which was a powerful way to increase emphasis on what now is seen as vocational focus rather than actual higher education, and to de-value those very courses that trained and expanded the mind, developed a more complete human being, a more actively intelligent person and involved citizen. Another argument used to attack the humanities was “…their so-called promotion of anti-establishment sentiment. Gradually, these arguments translated into real- and often deep- cuts into the budgets of state university systems,” especially in those most undesirable areas that the establishment found to run counter to their ability to control the population’s thoughts and behavior. The idea of “manufactured consent” should be talked about here – because if you remove the classes and the disciplines that are the strongest in their ability to develop higher level intellectual rigor, the result is a more easily manipulated citizenry, less capable of deep interrogation and investigation of the establishment “message”.

Second, you deprofessionalize and impoverish the professors (and continue to create a surplus of underemployed and unemployed Ph.D.s)

V.P. Joe Biden, a few months back, said that the reason tuitions are out of control is because of the high price of college faculty. He has NO IDEA what he is talking about. At latest count, we have 1.5 million university professors in this country, 1 million of whom are adjuncts. One million professors in America are hired on short-term contracts, most often for one semester at a time, with no job security whatsoever – which means that they have no idea how much work they will have in any given semester, and that they are often completely unemployed over summer months when work is nearly impossible to find (and many of the unemployed adjuncts do not qualify for unemployment payments).  So, one million American university professors are earning, on average, $20K a year gross, with no benefits or healthcare, no unemployment insurance when they are out of work. Keep in mind, too, that many of the more recent Ph.Ds have entered this field often with the burden of six figure student loan debt on their backs.

There was recently an article talking about the long-term mental and physical destruction caused when people are faced with poverty and “job insecurity” — precarious employment, or “under-employment”.  The article says that, in just the few short years since our 2008 economic collapse, the medical problems of this group have increased exponentially.  This has been the horrible state of insecurity that America’s college professors have experienced now for thirty years. It can destroy you — breaking down your physical and emotional health. As an example:  the average yearly starting salary of a university professor at Temple University in 1975 was just under $10,000 a year, with full benefits – health, retirement, and educational benefits (their family’s could attend college for free.) And guess what? Average pay for Temple’s faculty is STILL about the same — because adjuncts now make up the majority of faculty, and earn between $8,000 to $14,000 a year (depending on how many courses they are assigned each semester – there is NO guarantee of continued employment) — but unlike the full-time professors of 1975, these adjunct jobs come with NO benefits, no health care, no retirement, no educational benefits, no offices. How many other professions report salaries that have remained at 1975 levels?

This is how you break the evil, wicked, leftist academic class in America — you turn them into low-wage members of the precariat – that growing number of American workers whose employment is consistently precarious. All around the country, our undergraduates are being taught by faculty living at or near the poverty line, who have little to no say in the way classes are being taught, the number of students in a class, or how curriculum is being designed. They often have no offices in which to meet their students, no professional staff support, no professional development support. One million of our college professors are struggling to continue offering the best they can in the face of this wasteland of deteriorated professional support, while living the very worst kind of economic insecurity.  Unlike those communist countries, which sometimes executed their intellectuals, here we are being killed off by lack of healthcare, by stress-related illness like heart-attacks or strokes.  While we’re at it, let’s add suicide to that list of killers — and readers of this blog will remember that I have written at length about adjunct faculty suicide in the past.

Step #3: You move in a managerial/administrative class who take over governance of the university.

This new class takes control of much of the university’s functioning, including funding allocation, curriculum design, course offerings. If you are old enough to remember when medicine was forever changed by the appearance of the ‘HMO’ model of managed medicine, you will have an idea of what has happened to academia. If you are not old enough – let me tell you that Once Upon a Time, doctors ran hospitals, doctors made decisions on what treatment their patients needed. In the 1970s, during the infamous Nixon Administration, HMOs were an idea sold to the American public, said to help reign in medical costs. But once Nixon secured passage of the HMO Act in 1973, the organizations went quickly from operating on a non-profit organization model, focused on high quality health care for controlled costs, to being for-profit organizations, with lots of corporate money funding them – and suddenly the idea of high-quality health care was sacrificed in favor of profits – which meant taking in higher and higher premiums and offering less and less service, more denied claims, more limitations placed on doctors, who became a “managed profession”. You see the state of healthcare in this country, and how disastrous it is. Well, during this same time, there was a similar kind of development — something akin to the HMO — let’s call it an “EMO”, Educational Management Organization, began to take hold in American academia. From the 1970s until today, as the number of full-time faculty jobs continued to shrink, the number of full-time administrative jobs began to explode. As faculty was deprofessionalized and casualized, reduced to teaching as migrant contract workers, administrative jobs now offered good, solid salaries, benefits, offices, prestige and power. In 2012, administrators now outnumber faculty on every campus across the country. And just as disastrous as the HMO was to the practice of medicine in America, so is the EMO model disastrous to the practice of academia in America, and to the quality of our students’ education. Benjamin Ginsburg writes about this in great detail in his book The Fall of the Faculty.  

I’d like to mention here, too, that universities often defend their use of adjuncts – which are now 75% of all professors in the country — claiming that they have no choice but to hire adjuncts, as a “cost saving measure” in an increasingly defunded university. What they don’t say, and without demand of transparency will NEVER say, is that they have not saved money by hiring adjuncts — they have reduced faculty salaries, security and power. The money wasn’t saved, because it was simply re-allocated to administrative salaries, coach salaries and outrageous university president salaries. There has been a redistribution of funds away from those who actually teach, the scholars – and therefore away from the students’ education itself — and into these administrative and executive salaries, sports costs — and the expanded use of “consultants”, PR and marketing firms, law firms. We have to add here, too, that president salaries went from being, in the 1970s, around $25K to 30K, to being in the hundreds of thousands to MILLIONS of dollars – salary, delayed compensation, discretionary funds, free homes, or generous housing allowances, cars and drivers, memberships to expensive country clubs.

Step Four: You move in corporate culture and corporate money

To further control and dominate how the university is ‘used” -a flood of corporate money results in changing the value and mission of the university from a place where an educated citizenry is seen as a social good, where intellect and reasoning is developed and heightened for the value of the individual and for society, to a place of vocational training, focused on profit. Corporate culture hijacked the narrative – university was no longer attended for the development of your mind. It was where you went so you could get a “good job”.  Anything not immediately and directly related to job preparation or hiring was denigrated and seen as worthless — philosophy, literature, art, history.

Anna Victoria writes, on Corporate Culture: “Many universities have relied on private sector methods of revenue generation such as the formation of private corporations, patents, increased marketing strategies, corporate partnerships, campus rentals, and for-profit e-learning enterprises. To cut costs, public universities have employed non-state employee service contractors and have streamlined their financial operations.”

So what is the problem with corporate money, you might ask? A lot. When corporate money floods the universities, corporate values replace academic values. As we said before, humanities get defunded and the business school gets tons of money. Serious issues of ethics begin to develop when corporate money begins to make donations and form partnerships with science departments – where that money buys influence regarding not only the kinds of research being done but the outcomes of that research. Corporations donate to departments, and get the use of university researchers in the bargain — AND the ability to deduct the money as donation while using the labor, controlling and owning the research. Suddenly, the university laboratory is not a place of objective research anymore. As one example, corporations who don’t like “climate change” warnings will donate money and control research at universities, which then publish refutations of global warning proofs. OR, universities labs will be corporate-controlled in cases of FDA-approval research. This is especially dangerous when pharmaceutical companies take control of university labs to test efficacy or safety and then push approval through the governmental agencies. Another example is in economics departments — and movies like “The Inside Job” have done a great job of showing how Wall Street has bought off high-profile economists from Harvard, or Yale, or Stanford, or MIT, to talk about the state of the stock market and the country’s financial stability. Papers were being presented and published that were blatantly false, by well-respected economists who were on the payroll of Goldman Sachs or Merrill Lynch.

Academia should not be the whore of corporatism, but that’s what it has become. Academia once celebrated itself as an independent institution. Academia is a culture, one that offers a long-standing worldview which values on-going, rigorous intellectual, emotional, psychological, creative development of the individual citizen. It respects and values the contributions of the scholar, the intellectual, to society. It treasures the promise of each student, and strives to offer the fullest possible support to the development of that promise. It does this not only for the good of the scholar and the student, but for the social good. Like medicine, academia existed for the social good. Neither should be a purely for-profit endeavor. And yet, in both the case of the HMO and the EMO, we have been taken over by an alien for-profit culture, our sovereignty over our own profession, our own institutions, stripped from us.

A corporate model, where profit depends on 1) maintaining a low-wage work force and 2) charging continually higher pricers for their “services” is what now controls our colleges . Faculty is being squeezed from one end and our students are being squeezed from the other.

Step Five – Destroy the Students

While claiming to offer them hope of a better life, our corporatized universities are ruining the lives of our students.   This is accomplished through a two-prong tactic: you dumb down and destroy the quality of the education so that no one on campus is really learning to think, to question, to reason. Instead, they are learning to obey, to withstand “tests” and “exams”, to follow rules, to endure absurdity and abuse. Our students have been denied full-time available faculty, the ability to develop mentors and advisors, faculty-designed syllabi which changes each semester, a wide variety of courses and options. Instead, more and more universities have core curriculum which dictates a large portion of the course of study, in which the majority of classes are administrative-designed “common syllabi” courses, taught by an army of underpaid, part-time faculty in a model that more closely resembles a factory or the industrial kitchen of a fast food restaurant than an institution of higher learning.

The Second Prong:  You make college so insanely unaffordable that only the wealthiest students from the wealthiest of families can afford to go to the school debt free. Younger people may not know that for much of the 20th Century many universities in the U.S. were free – including the CA state system – you could establish residency in six months and go to Berkeley for free, or at very low cost. When I was an undergraduate student in the mid to late 1970s, tuition at Temple University was around $700 a year. Today, tuition is nearly $15,000 a year. Tuitions have increased, using CA as an example again, over 2000% since the 1970s. 2000%! This is the most directly dangerous situation for our students: pulling them into crippling debt that will follow them to the grave.

Another dangerous aspect of what is happening can be found in the shady partnership that has formed between the lending institutions and the Financial Aid Departments of universities.  This is an unholy alliance. I have had students in my classes who work for Financial Aid. They tell me that they are trained to say NOT “This is what you need to borrow,” but to say “This is what you can get,” and to always entice the student with the highest possible number. There have been plenty of kick-back scandals between colleges and lenders — and I’m sure there is plenty undiscovered shady business going on. So, tuition costs are out of control because of administrative, executive and coach salaries, and the loan numbers keep growing, risking a life of indebtedness for most of our students. Further, there is absolutely no incentive on the part of this corporatized university to care.

The propaganda machine here has been powerful.  Students, through the belief of their parents, their K-12 teachers, their high school counselors, are convinced by constant repetition that they HAVE to go to college to have a promising, middle class life, they are convinced that this tuition debt is “worth it” — and learn too late that it will indenture them.  Let’s be clear: this is not the fault of the parents, or K-12 teachers or counselors.  This is an intentional message that has been repeated year in and year out that aims to convince us all about the essential quality of a college education.

So, there you have it.

Within one generation, in five easy steps, not only have the scholars and intellectuals of the country been silenced and nearly wiped out, but the entire institution has been hijacked, and recreated as a machine through which future generations will ALL be impoverished, indebted and silenced. Now, low wage migrant professors teach repetitive courses they did not design to students who travel through on a kind of conveyor belt, only to be spit out, indebted and desperate into a jobless economy. The only people immediately benefitting inside this system are the administrative class – whores to the corporatized colonizers, earning money in this system in order to oversee this travesty. But the most important thing to keep in mind is this: The real winners, the only people truly benefitting from the big-picture meltdown of the American university are those people who, in the 1960s, saw those vibrant college campuses as a threat to their established power. They are the same people now working feverishly to dismantle other social structures, everything from Medicare and Social Security to the Post Office.

Looking at this wreckage of American academia, we have to acknowledge:  They have won.

BUT these are victors who will never declare victory — because the carefully-maintained capitalist illusion of the “university education” still benefits them. Never, ever, admit that the university is dead. No, no. Quite the opposite. Instead, continue to insist that the university is the ONLY way to gain a successful, middle class life. Say that the university is mandatory for happiness in adulthood. All the while, maintain this low-wage precariate class of edu-migrants, continually mis-educate and indebt in the students to ensure their docility, pimp the institution out to corporate interests. It’s a win-win for those right wingers – they’ve crippled those in the country who would push back against them, and have so carefully and cleverly hijacked the educational institutions that they can now be turned into part of the neoliberal/neocon machinery, further benefitting the right-wing agenda.

So now what?

This ruination has taken about a generation. Will we be able to undo this damage? Can we force refunding of our public educational system? Can we professionalize faculty, drive out the administrative glut and corporate hijackers? Can we provide free or low-cost tuition and high-quality education to our students in a way that does NOT focus only on job training, but on high-level personal and intellectual development? I believe we can. But only if we understand this as a big picture issue, and refuse to allow those in government, or those corporate-owned media mouthpieces to divide and conquer us further. This ruinous rampage is part of the much larger attack on progressive values, on the institutions of social good. The battle isn’t only to reclaim the professoriate, to wipe out student debt, to raise educational outcomes — although each of those goals deserve to be fought for. But we will win a Pyrrhic victory at best unless we understand the nature of the larger war, and fight back in a much, much bigger way to reclaim the country’s values for the betterment of our citizens.

I am eager to hear from those of you who have been involved in this battle, or are about to enter it.  We have a big job ahead of us, and are facing a very powerful foe in a kind of David and Goliath battle.  I’m open to hearing ideas about how to build a much, much better slingshot.

The Homeless Adjunct, 12/08/12

Antonio Pérez Casas: Carta aberta á comunidade universitaria

Antonio Pérez Casas: Carta aberta á comunidade universitaria

Se quedaba algunha raia vermella sen atravesar nas políticas de recortes e destrución de dereitos dos traballadores e traballadoras, é evidente que quedou atrás o pasado 13 de xullo coa aprobación do Real Decreto Lei 20/2012 xa que afecta ao conxunto da sociedade de xeito moi grave: perda dos dereitos laborais que tanto custou gañar, baixada na prestación do desemprego, subas no IVE de até o 13% e tantas outras medidas que afectan ao conxunto da economía e o emprego. Unha parte relevante delas afecta directamente ao emprego público.

Outro día nefasto, neste caso para a Universidade de Santiago de Compostela e o motivo polo que escribo esta carta aberta, foi o pasado 20 de xullo. Foi entón, no Consello de Goberno celebrado en dita data, que a equipa reitoral tivo a oportunidade de elixir: poñerse do lado das persoas que conformamos a Universidade ou poñerse ao lado dos recortes. E escolleu a segunda opción. Paso a dar a miña versión do que alí aconteceu.

Nese Consello, a xerenta da USC describiu, nunha longa ladaíña e cun fervor case relixioso, as medidas que nos afectan do RD Lei 20/2012 e como ía ser a súa aplicación para o persoal da USC.

No referido á eliminación das pagas extraordinarias, ou porcentaxe equivalente, explicounos que sería de aplicación para todo o persoal da USC e entidades dependentes e que no caso do persoal laboral sería de aplicación inmediata, tan pronto os procesos técnicos o permitiran. Indicóuselle que era unha reforma ilegal pois afectaba a períodos de traballo xa realizados (é porcentaxe anual e non só dos meses dende a aprobación do Real Decreto até final de ano), ilegal por modificar contratos de traballo vixentes e suxeitos a convenios e acordos colectivos, ilegal e inxusta por aplicar porcentaxes distintas de xeito arbitrario a distintas persoas da mesma institución en función do case azar que é o xeito de distribución do salario en soldos mensuais e pagas extras; as diferenzas neste caso van dende o 4% ao 7,14% tendo en xeral unha maior porcentaxe de desconto, aquelas persoas de menor soldo e categoría, o mundo ao revés!.

Informou tamén que no caso do PAS laboral se descontaría o 17,85% en todas as pagas dende setembro a final de ano, ao que se lle replicou que non deberamos permitir que compañeiros e compañeiras con contrato a tempo completo e con xornais de menos de 1.100 euros actualmente vexan reducida a súa paga a pouco máis de 900 €. A resposta foi sempre a mesma: “somos uns mandados”.

Con respecto ao artigo 8, que elimina para todo o persoal da USC a capacidade de negociación dos permisos e vacacións e que suprime os asuntos propios agás 3 días ao ano e os días extras de vacacións por antigüidade, informounos que sería de estrito cumprimento a partir do 1 de xaneiro de 2013. Temos que explicar que estes días de asuntos propios foron unha compensación a cambio de minguas salariais en diferentes momentos da democracia española (pódese mirar a hemeroteca do ano 1983, por exemplo). Tamén que na Universidade ninguén lembra a última vez que se contratou a alguén para substituír a quen estivera gozando destes días pois a norma interna impide celebralos se as necesidades do servizo non o permiten nese momento. Si, son días que se collen para facer pontes, pero tamén para levar aos maiores ao médico ou atender a fillos e fillas enfermos.

Informou tamén que a partir do 15 de outubro se reducirá a nómina en caso de enfermidade nun 50% nos primeiros 3 días e un 25% entre o cuarto e vixésimo día pero tampouco neste punto se fixo unha excepción ou matización.

Lembrou que segundo as novas normas temos que adaptar a xornada de traballo de todo o persoal a trinta e sete horas e media e informou que moi “eficientemente” xa están convocando os xefes de servizos e unidades con motivo da reorganización dos horarios.

En xeral, e no noso caso concreto, quedan anulados tamén numerosos dereitos sindicais, capítulos enteiros dos convenios colectivos, acordos do persoal funcionario e outros numerosos dereitos. A xerencia e a equipa de goberno non procuran alternativas.

Tampouco se presenta proposta algunha por parte da dirección da Universidade de compensación polo incremento do IVE nos gastos propios da USC, sendo como somos parte tamén do estado que vai a recadalo, nin tan sequera a reclamación de que os aforros producidos na aplicación das medidas de recorte podan ser utilizados para a redución da nosa propia débeda en vez de reducir só a débeda da Xunta de Galicia. Algo que en cambio si esixe a Xunta de Galicia ao Estado.

Aínda quedaban outros despropósitos antes de rematar este último consello de goberno. Ao igual que fixemos con dous compañeiros PAS do campus de Lugo fai un par de meses, tomouse a decisión -con numerosos votos en contra- de despedir por causas económicas ¿? a 5 profesores asociados a tempo completo con entre 15 e 30 anos de traballo na USC, a maioría a moi poucos anos da xubilación.

Todo isto sucedeu sen que houbera espazo a cuestionar o que estabamos a facer, á protección da comunidade universitaria fronte a estas ameazas, á defensa do valor que ten o servizo que prestamos á sociedade.

Malia ter sido interpelados en numerosas ocasións e terlles sido lembrada a nosa autonomía, lembrando que estabamos nun órgano de goberno da USC e non nunha sección menor dun departamento da Xunta, que non ten máis cometido que actuar segundo as instrucións recibidas, a equipa reitoral no seu conxunto non fixo un mínimo aceno de rebeldía, de recurso destas decisións ante órganos superiores, de obstaculización da aplicación dunha lei que todos entendemos inxusta e ilegal, de amortecemento das medidas naqueles casos máis sangrantes ou esperpénticos, ... mais ben sucedeu todo o contrario, preferindo en todo momento o cumprimento estrito e inmediato das medidas de recorte.

Só ao final e con moitas dificultades, algún dos presentes conseguiu que polo menos se aprobara o desacordo do Consello de Goberno co contido do Real Decreto Lei 20/2012.

Vivimos tempos difíciles e todos temos que decidir como os afrontamos. A Universidade e o seu Reitor teñen que elixir se van a estar do lado da comunidade universitaria e do lado dos milleiros de galegos e galegas que o mesmo día anterior ao consello de goberno ateigabamos as rúas e prazas de Galicia, ou si van a limitarse a facer de burócratas de Rajoy e Feijóo e aplicar as medidas de recorte actuais -e as que nos cheguen- de xeito automático.

De optaren por esta última vía e asumiren a totalidade dos recortes, a desaparición da autonomía da universidade e o desmantelamento da universidade pública, eu lles pediría que, por dignidade, dimitan antes da súa aplicación e deixen que dirixa a universidade un liquidador, de traxe escuro, nomeado pola Xunta de Galicia. Así, as cousas estarían claras e todos e todas saberíamos a que atermos.

Praza, 24/07/12

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