Crise

Crise da Educación Superior

La Universidad de Santiago vuelve a la época de antes de Internet

La Universidad de Santiago vuelve a la época de antes de Internet
Los recortes dejan a las facultades sin suscripciones a revistas científicas electrónicas. Solo se gasta un tercio de los 20 millones para I+D

Los empleados del servicio de fotocopias de la Universidad de Santiago (USC) se encerraron hace unos días Intentaban llamar la atención sobre el drástico recorte de personal por la reducción de los puntos de atención de reprografía: pasan de 19 a 7. “Pero si no hay ni para papel”, asegura un profesor, quien afirma que uno de sus colegas de Medicina se lleva los folios de casa para los exámenes. No hay para papel; el servicio de fotocopiadoras se desmantela; se abarata, con menos personal, el de limpieza; el profesorado roza mínimos (se acaban los interinos porque no se les renueva y no se amortizan las jubilaciones); las bibliotecas abandonan suscripciones a revistas y publicaciones periódicas y la partida para investigación inicia su caída libre. El presupuesto investigador de la USC pasó de 74,4 millones en 2009 (se repartía entre 2.598 actividades) a 53,4 millones en 2012, con 1.834 actividades, según datos del último informe de gestión, de diciembre pasado. En el documento queda de manifiesto que la USC ha prescindido de 650 personas de las que casi 500 estaban fuera de plantilla; esto es, personal dedicado a proyectos de investigación.

 El plan de financiación del Sistema Universitario de Galicia (SUG) quedó “destrozado con la ley de presupuestos de 2013”. Lo afirma, con los datos en la mano, el portavoz del Personal de Administración y Servicios (PAS) en el Claustro y representante del colectivo A Trabe, Antonio Pérez. Los 290 millones de euros consignados para las tres universidades gallegas (Santiago, A Coruña y Vigo) se quedaron en 250 y la subvención fija de la Xunta para la USC pasó de 123,7 millones de 2012 a 106 millones en 2013. La aportación para investigación (I+D+I) en las tres universidades se mantiene de momento. Claro que únicamente sobre el papel, con 45,2 millones de euros de los que 20 le corresponden a la USC; en la práctica se ejecuta un tercio, reconocen los distintos colectivos universitarios consultados.

Antonio Valdecantos: La burbuja universitaria

Antonio Valdecantos: La burbuja universitaria
La ideología de la excelencia llegó a imponerse con rapidez y el resultado es el desprecio del conocimiento puro y la seducción por el lenguaje empresarial. La reflexión y la crítica seguirán fuera de las facultades
Antonio Valdecantos es catedrático de Filosofía de la Universidad Carlos III de Madrid. Edita el blog El paseante airado.

Muchos pueden celebrar por fin el cumplimiento de un antiguo deseo: la universidad ya no es una anacrónica rareza ni un cuerpo extraño infiltrado en el tejido social, sino lo que toda mente constructiva y acompasada con los tiempos ha querido desde siempre, a saber, un genuino reflejo de la sociedad. Parecía una utopía y se ha vuelto lo más real de este mundo: por fin universidad y sociedad van de la mano y comparten lo fundamental. Es cierto que lo compartido es la ruina, pero siempre será mejor algo que nada y, además, no está escrito que la miseria vaya a tener que lamentarse en toda ocasión: de sobra se sabe que la prosperidad genera molicie y hace olvidar la urgencia de poner al día instituciones manifiestamente inadaptadas.

La quiebra económica de la universidad pública se ha llevado casi todo por delante y adelgazará la institución hasta reducirla a las dimensiones eficaces y funcionales que desde hace tanto tiempo se han preconizado, pero la primera víctima del huracán ha sido ese sonrojante discurso montado en torno al término “excelencia” que, de no haberse desatado el ciclón, seguiría siendo la palabra más empleada por los gestores universitarios y los aspirantes a serlo. Aunque todo esto, como tantas otras cosas, se haya vuelto de la noche a la mañana una antigualla francamente remota, conviene recordar que estamos hablando de ayer mismo. “Excelencia” era, en efecto, el término más repetido por los hablantes de un newspeak que en muchas universidades había llegado a constituir el único lenguaje en uso. Contrariamente a las reglas de empleo de la palabra “excelente” (que sirve para alabar a personas o cosas a las que se admira o a las que se finge admirar), en la neolengua de la burocracia académica “excelencia” se usaba, más bien, como un atributo de la institución a que el hablante pertenecía, o de la que era rector o gestor. En cualquier ambiente saludable, el que alguien se califique a sí mismo de excelente será motivo de censura y hasta de burla, pero el clima universitario español de la última década había llegado a volverse francamente insalubre, y la adulación a las diversas instancias gestoras y evaluadoras exigía hablar su lenguaje como si ya no quedara otro.

La burbuja de la excelencia crecía sin que apenas nadie temiera su estallido. Las nuevas universidades públicas (y, poco a poco, también las menos nuevas) imitaban a las privadas en todo lo imitable y el fin último de la vida universitaria era converger con la empresa, haciendo de la enseñanza superior una actividad económicamente competitiva, orientada a formar los profesionales demandados por el mercado, y a hacerlo con toda la flexibilidad exigida por éste (a veces con un delicado complemento de confitería humanística). Por suerte o por desgracia, los dineros que habrían hecho falta para el desmantelamiento de la universidad pública designado como plan Bolonia no llegaron nunca, pero el plan en cuestión, de haberse llevado a cabo, habría dado de sí algo muy parecido a lo que la llamada crisis se ha encargado de producir por su cuenta. No volverán, parece, los tiempos en que el erario público sostenía a legiones de matemáticos, filólogos, teóricos sociales, físicos o historiadores entregados a sus propias tareas y sin preocupación ninguna por la rentabilidad de sus resultados. Sobrevivirá quien se adapte a la realidad, y punto, como siempre debería haber sido. La universidad tendrá que ser más pequeña y, sobre todo, deberá estar gobernada por representantes del mundo de la empresa, en lo cual, visto lo visto, quizá no vaya a haber muchas diferencias con la situación presente. Mientras tanto, habrá que despedir a unos millares de profesores, si bien tampoco hay que dejarse engañar en este asunto por las lágrimas de cocodrilo que a menudo vemos derramarse: la flexibilidad contractual fue desde muy antiguo todo un ideal de los sectores universitarios más innovadores, incluidos los exquisitamente progresistas. Como en tantas otras cosas, la crisis viene aquí muy bien, aunque convenga en algunos momentos y compañías disimular la satisfacción.

El hecho decisivo se silencia con el mayor pudor: la burguesía española posee un desinterés congénito por todo lo que sean estudios sin aprovechamiento económico o ideológico contante y sonante. Esto, que es antiquísimo, no ha variado en los últimos tiempos y no amenaza con volverse del revés. Lo único nuevo que ocurrió a partir de cierto momento fue que a los empresarios se les dio toda clase de facilidades para montar pequeños negocios (o no tan pequeños) en la universidad, a medias con profesores dinámicos, ávidos de ingresos extra. Creer que el capital privado puede sostener la universidad española se funda, en el mejor de los casos, en una ignorancia completa de lo que aquí es el capital privado y de lo que en cualquier sitio debe ser la universidad. Pero la ignorancia no es ningún estorbo para el éxito ideológico, y entre nosotros la ideología de la excelencia llegó a imponerse con rapidez como un signo ineluctable de los tiempos.

Semejante cuerpo de doctrina no habría triunfado, por cierto, sin la decisiva aportación de ese inconfundible atavismo modernizante (tan rancio como castizo) típico del patriciado intelectual del país. Ya se sabe que un poco de progresismo contestatario en la juventud es la mejor formación para el mandarín tecnócrata, feliz por haber comprendido con los años que debajo del asfalto no estaba la playa, sino el parque empresarial. Reclamar que la Universidad sea socialmente rentable es el primer paso para desprenderse del adverbio de modo y conservar el resto de la frase, una tarea que en los últimos años se ha ejecutado con toda diligencia. La burbuja de la universidad excelente ha estallado por fin, y lo que queda son los vicios que crecieron en la época del autoengaño: el desprecio del conocimiento puro y desinteresado, el amaneramiento de las ideas, la compulsión viajera y grafómana, la seducción por el lenguaje empresarial y la sumisión a la burocracia, aunque todo eso sin dinero y ya sin muchas ganas, a semejanza de quien ni siquiera llegó a nuevo rico y se quedó a medio camino, obligado a combinar grotescamente la poca ropa ostentosa que le dio tiempo a comprarse con la de su viejo armario menestral, ya raída del todo.

Es natural que, en tiempos de tribulación, las buenas gentes se pregunten “qué opinan los intelectuales”, “cuál es el parecer del mundo de la cultura” o cosas por el estilo, y debería llamar la atención (de hecho, no la llama en absoluto) que nadie se preocupe por saber, como antes ocurría tópicamente, “qué piensa la universidad”. Ha de reconocerse que tal desinterés social está más que justificado. Porque, en el ámbito del pensamiento y de las ciencias humanas y sociales, la burbuja universitaria fue, antes que nada, una formidable hinchazón de inanidad intelectual. Cualquier ocupación que no fuese cultivar la ortodoxia académica vigente en cada disciplina y entregarse a la escolástica (por lo común estadounidense) que en cada redil imperase era del todo ineficaz para hacer méritos en la universidad de la burbuja. Lo milagroso ha sido la pugnaz resistencia de muchos universitarios cuya conducta no formaba parte del guion y que, si sobreviven al huracán, lo harán de manera casi heroica. El futuro intelectual de la universidad no está en manos de quienes la gestionaron en los buenos tiempos, sino de quienes se esforzaron entonces en nadar a contracorriente. La burbuja de la universidad de la excelencia no dejará tras de sí ninguna huella intelectual memorable. Pero queda por ver si el malestar por su infatuación produce los frutos de lucidez que las circunstancias presentes reclaman. De lo contrario se repetirá lo que en tantas épocas ha ocurrido: que el pensamiento, la crítica y la reflexión serán fenómenos inequívocamente extrauniversitarios.

El País, 16/03/2013

José Carlos Bermejo Barrera: Pataleta Honoris Causa

José Carlos Bermejo Barrera: Pataleta Honoris Causa

Decía el Dr. Freud que los niños creen en la omnipotencia del pensamiento. El niño no distingue el principio de realidad del principio del placer y por eso se cree merecedor de todo y no entiende qué pasa cuando algo se le niega. Su explosiva reacción en este caso suele llamarse pataleta por el público poco lector de Freud, siendo las características de la misma su teatralidad, su brevedad y sus nulas consecuencias. Nuestros rectores, a la vez buenos profesionales y malos dirigentes académicos, han protagonizado dos actos de este tipo: el plantón dado a un desmesurado ministro, que confiesa sin rubor su pertenencia a la especie bovina, junto a sus compañeros el toro enamorado de la luna y el toro de Soberano - plantón evitable si se hubiesen leído la ley correspondiente en lo que se refiere a la introducción extraordinaria de puntos del orden del día; y el comunicado leído como proclama el pasado día 10, en el que parecen sostener que las universidades no han hecho nunca nada mal y no son culpables de nada, siendo el único malo el gobierno.

Como los universitarios son profesionales del pensamiento, es lógico que sobreestimen su importancia, pero no deberían creer en su omnipotencia, como a veces proclaman por escrito. Así en el informe European Commission: The European Higher Education Area in 2012: Bologna Process Implementation Report se puede comprobar con los datos que las universidades aportan que España es el único país de Europa en el que el proceso de Bolonia ha sido perfecto de cabo a rabo. Tenemos 1.500.000 de estudiantes cursando grados y licenciaturas en extinción. Se supone que porque son necesarios, aunque en las listas del INEM haya más de 900.000 licenciados en paro. Se puede decir que los licenciados se emplean mejor que los no titulados, ya que al fin y al cabo hay más parados sin titulación, y prácticamente eso se insinúa. España es el único país que ha diseñado grados de 4 años de modo perfecto, pero ya se empieza a decir que han de ser de 3, ante el asombro de los nuevos graduados que finalizan sus estudios este año. Nuestros másteres de un año no tienen valor en el mercado laboral, aunque el sufrido estudiante los coleccione y los pague cada vez más caros. Pero no hay ninguna disfunción en esto ni en nada.

No importa que tengamos la ratio profesor-alumno más alta de Europa, titulaciones multiplicadas sin ton ni son y que las universidades se sientan orgullosas de su autonomía, felices de estar secuestradas a la vez por la Autonomías y la Agencia de Evaluación (ANECA) que les impone todos sus criterios, porque eso es perfecto. Ni tampoco que muchas universidades o el CSIC se hayan endeudado hasta lo inconcebible, pues en el comunicado solo se habla de la deuda de las Autonomías. Y se da a entender que todos los recortes son igual de dramáticos, ya sean en sanidad, pensiones, o educación no universitaria, donde su peso es real. Y es que lo único que importa es el I+D+i, el dinero de los investigadores, notoriamente mal administrado, según el Tribunal de Cuentas. Se dice que ese dinero no es un gasto. Para las universidades no, claro, es un ingreso; para las arcas públicas es uno de tantos, entre las pensiones, las pagas de sus funcionarios y la deuda pública, cuyo monto es mayor que el sueldo de todos los funcionarios de las administraciones públicas a la vez. Resulta que la inversión en investigación es la misma que en 2005, y el número de publicaciones de calidad también, a pesar de que el gasto se había triplicado. Y se da a entender que publicar artículos es fuente de riqueza. Para los editores de las revistas, cuyas suscripciones tienen precios astronómicos, sí. Para los profesores es un mérito académico y para quien paga las suscripciones, otro gasto.

Las universidades disfrutaron de los beneficios de la burbuja inmobiliaria y son culpables de muchas cosas: de la proliferación de sus centros, de sus gastos absurdos en gestión que no paran de crecer, de sus endeudamientos y su caos interno. Muchos rectores creían que su cargo era un híbrido entre un promotor inmobiliario que hace edificios públicos y un agente de autoempleo en su propia institución. Fue bonito mientras duró, mientras el principio de placer gobernó al de realidad. Tras comprobar que ni frenaron la burbuja inmobiliaria ni pueden dar ninguna alternativa económica eficaz y coherente, ya que ni les corresponde ni podrían lograrlo a pesar de su omnipotencia de pensamiento, sería hora de que nuestros rectores, todos ellos científicos, y por lo tanto investigadores escépticos y críticos por oficio, confesasen públicamente sus culpas.

Las generaciones de los rectores, a las que pertenecemos ya muchos profesores, fuimos educadas con el catecismo que decía que el sacramento de la penitencia se compone de tres partes: propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. La hora de la penintencia de nuestra infancia nos llega ahora ya muy adultos en la universidad. Habrá que cumplirla, con o sin confesión de pecados y con o sin propósito de la enmienda. Aunque el Dr. Freud, severo médico y pediatra, nos recomendaría cambiar poco a poco el principio de placer por el de realidad. De lo contrario nos esperan muchas pataletas.

Comunicado conjunto de los Rectores y Rectoras de las Universidades Públicas Españolas

Comunicado conjunto de los Rectores y Rectoras de las Universidades Públicas Españolas

La Universidad, garantía de futuro

Las universidades somos plenamente conscientes de la complicada situación económica de nuestro país, que también vivimos en primera persona. Es por ello, que valoramos los grandes esfuerzos que está haciendo toda la ciudadanía para seguir adelante.

Las universidades, ahora más que nunca, estamos trabajando para mejorar nuestro rendimiento, a pesar de los recortes presupuestarios que estamos sufriendo desde hace unos años. Hasta ahora, hemos hecho un esfuerzo para seguir manteniendo los estándares de calidad en las tres grandes funciones de la universidad: la docencia, la investigación y la innovación.

Sin embargo, ante la inminente aprobación de los nuevos Presupuestos Generales del Estado, y los presupuestos correspondientes a cada una de las Comunidades Autónomas, nos encontramos en una situación preocupante, que puede perjudicar a la Universidad española tal y como la conocemos hasta ahora, impidiendo el desarrollo de las actividades esenciales. Por este motivo, queremos manifestar públicamente lo siguiente:

1. La disminución de los Presupuestos Generales del Estado para 2013 en un 18% en Educación Superior, y en un 80% en los gastos no financieros en I+D+i, suponen un deterioro irreparable del sistema de I+D+i que, juntamente con la congelación de las plantillas de recursos humanos, llevará a nuestro país a la pérdida del tren del desarrollo tecnológico, hipotecando la investigación y los mayores avances en la frontera del conocimiento.

2. Los efectos del endeudamiento de las Comunidades Autónomas, junto con el deterioro de las transferencias de las partidas destinadas a las universidades, están conduciendo a nuestro sistema universitario a una situación cercana a la asfixia económica, que se traducirá en un deterioro irreparable. Esto se contradice con el discurso político, de que "nuestro país debe basar su progreso en el conocimiento". Sin inversión en educación superior ni en I+D+i será inviable el funcionamiento de las universidades públicas. Y, sin conocimiento, no habrá progreso.

Ante esta situación, los Rectores y las Rectoras de las universidades españolas solicitamos lo siguiente:

  • Que la educación superior, la investigación, el desarrollo y la innovación, que van intrínsecamente unidas entre sí, sean consideradas como una inversión y no como un gasto y que las universidades españolas, tal y como ha solicitado recientemente la Asociación de la Universidad Europea (EUA) a los Jefes de Estado y de Gobierno europeos, tengan una financiación pública suficiente y sostenible y se fortalezca la autonomía universitaria para que puedan diversificar sus fuentes de ingresos sin obstáculos.

Las universidades nos comprometemos a incrementar la eficacia y la eficiencia de nuestras instituciones, y a continuar con la transparencia y la rendición de cuentas ante la sociedad, con el fin de que nuestras universidades sigan impulsando la cohesión social de nuestro país y sean motores y fuentes de conocimiento y riqueza.

Esta universidad manifiesta su voluntad de colaboración con las Administraciones Públicas para ayudar a resolver este grave problema económico y para seguir trabajando por un futuro sostenible para las universidades españolas. Si éstas pierden calidad, también lo hará la investigación científica, la innovación tecnológica y, por supuesto, la formación. No perderán solamente las universidades, sino que perderemos TODOS, el conjunto de la sociedad. Nos quedaremos sin una de las armas necesarias para avanzar y salir de la crisis económica: el conocimiento.

Dada la gravedad de esta situación, este Comunicado se da a conocer de forma simultánea en todas las universidades públicas españolas.

CRUE, 10/12/12

Los rectores de toda España se unen contra los recortes de Wert

Los rectores de toda España se unen contra los recortes de Wert
Los dirigentes de todas las universidades públicas presentarán el lunes un manifiesto conjunto
Los rectores denuncian “los masivos recortes en la financiación de la I+D”

Los rectores de todas las universidades públicas españolas ofrecerán el próximo 10 de diciembre una rueda de prensa de forma simultánea para hacer público un manifiesto conjunto contra los recortes en la educación. En un comunicado, la Universidad Politécnica de Cartagena ha avanzado hoy que el comunicado hará hincapié en que la falta de inversiones en la enseñanza superior y en I+D+i lastrará el funcionamiento de las universidades del país y el propio progreso del país.

Hace un mes, la Conferencia de Rectores de las Universidades Españolas (CRUE) ya manifiestó su oposición “a los masivos recortes en la financiación de la I+D en los Presupuestos generales del Estado para 2013”, en un comunicado en que alertaba de la difícil situación que afronta la investigación en España y recordaba que la aplicación de esos recortes “supone un freno inaceptable para el desarrollo de la innovación y el progreso económico”. Los recursos económicos totales previstos para I+D el año que viene “son claramente insuficientes, menores de los que figuraban en los presupuestos del año 2005, lo que tendrá gravísimas consecuencias en nuestro joven sistema de ciencia y tecnología”, recalcaban en su nota los máximos responsables de las universidades.

El descontento de los rectores ha ido en aumento desde que el ministro de Educación, José Ignacio Wert, comenzó a anunciar sus medidas de ahorro, hasta el punto de que el pasado mayo decidieron dejarle plantado en la reunión del Consejo de Universidades en protesta por la negativa del ministerio a debatir con ellos el decreto ley de los recortes en educación.

El País, 05/12/12

William Deresiewicz: Faulty Towers: The Crisis in Higher Education

William Deresiewicz: Faulty Towers: The Crisis in Higher Education

A few years ago, when I was still teaching at Yale, I was approached by a student who was interested in going to graduate school. She had her eye on Columbia; did I know someone there she could talk with? I did, an old professor of mine. But when I wrote to arrange the introduction, he refused to even meet with her. “I won’t talk to students about graduate school anymore,” he explained. “Going to grad school’s a suicide mission.”

The policy may be extreme, but the feeling is universal. Most professors I know are willing to talk with students about pursuing a PhD, but their advice comes down to three words: don’t do it. (William Pannapacker, writing in the Chronicle of Higher Education as Thomas Benton, has been making this argument for years. See “The Big Lie About the ‘Life of the Mind,’” among other essays.) My own advice was never that categorical. Go if you feel that your happiness depends on it—it can be a great experience in many ways—but be aware of what you’re in for. You’re going to be in school for at least seven years, probably more like nine, and there’s a very good chance that you won’t get a job at the end of it.

At Yale, we were overjoyed if half our graduating students found positions. That’s right—half. Imagine running a medical school on that basis. As Christopher Newfield points out in Unmaking the Public University (2008), that’s the kind of unemployment rate you’d expect to find among inner-city high school dropouts. And this was before the financial collapse. In the past three years, the market has been a bloodbath: often only a handful of jobs in a given field, sometimes fewer, and as always, hundreds of people competing for each one.

It wasn’t supposed to be like this. When I started graduate school in 1989, we were told that the disastrous job market of the previous two decades would be coming to an end because the large cohort of people who had started their careers in the 1960s, when the postwar boom and the baby boom combined to more than double college enrollments, was going to start retiring. Well, it did, but things kept getting worse. Instead of replacing retirees with new tenure-eligible hires, departments gradually shifted the teaching load to part-timers: adjuncts, postdocs, graduate students. From 1991 to 2003, the number of full-time faculty members increased by 18 percent. The number of part-timers increased by 87 percent—to almost half the entire faculty.

But as Jack Schuster and Martin Finkelstein point out in their comprehensive study The American Faculty (2006), the move to part-time labor is already an old story. Less visible but equally important has been the advent and rapid expansion of full-time positions that are not tenure-eligible. No one talks about this transformation—the creation of yet another academic underclass—and yet as far back as 1993, such positions already constituted the majority of new appointees. As of 2003, more than a third of full-time faculty were working off the tenure track. By the same year, tenure-track professors—the “normal” kind of academic appointment—represented no more than 35 percent of the American faculty.

The reasons for these trends can be expressed in a single word, or buzzword: efficiency. Contingent academic labor, as non-tenure-track faculty, part-time and full-time, are formally known, is cheaper to hire and easier to fire. It saves departments money and gives them greater flexibility in staffing courses. Over the past twenty years, in other words—or really, over the past forty—what has happened in academia is what has happened throughout the American economy. Good, secure, well-paid positions—tenured appointments in the academy, union jobs on the factory floor—are being replaced by temporary, low-wage employment.

Marco Mancini: Il governo tecnico scongiuri il disastro delle università

Marco Mancini: Il governo tecnico scongiuri il disastro delle università
Marco Mancini, Presidente della Conferenza dei Rettori Università Italiane

Il mondo universitario sta seguendo con angoscia gli sviluppi della legge di stabilità per il 2013. Lunedì sera la situazione è precipitata in Commissione Bilancio. Dopo una sequela di promesse, presenti nella prima versione del Ddl, agli Atenei nulla è stato dato. Il Presidente della Repubblica pochi giorni fa era stato il primo a lanciare l’allarme. Con la consueta lucidità ha colto il nodo del problema: «L’intervento pubblico e privato in tutti i settori della ricerca - ha dichiarato Napolitano - è una priorità da far valere ancora più in tempi di crisi come quella attuale». È del tutto evidente che quando in Europa si spende mediamente il 2,1 del Pil in ricerca (il 2,2 in Francia, il 2,8 in Germania) si sta finanziando lo sviluppo. Dalla crisi si esce solo favorendo l’innovazione e investendo in quel capitale d’intelligenze che dell’innovazione è l’asse portante. Ma le risorse per ricerca e sviluppo in Italia sono appena l’1,26% del Pil, la metà della media europea. Dobbiamo competere nel mercato internazionale. E a questa competizione ci arriviamo già in crisi profonda. Con meno risorse, meno personale, docenti più anziani e meno studenti.

Questi i risultati di anni di tagli al comparto. Ci era stato detto di pazientare: abbiamo responsabilmente fatto la nostra parte. Abbiamo tagliato, ridotto, risparmiato. Oggi, nonostante la buona volontà del Ministro, c’è chi, al governo, sta riuscendo là dove non era riuscito neppure Tremonti: la distruzione dell’Università pubblica. Nel 2008 l’allora Ministro delle Finanze pianificò un taglio progressivo pluriennale del Fondo per le Università. Siamo passati dai 7,5 miliardi di euro del 2009 ai 7 miliardi del 2012.

Sulla quota fissata da Tremonti per il 2013 il governo non intende intervenire: dai 7 miliardi del 2012 precipiteremo a 6,5 con un calo di più del 6% rispetto al 2012 (e del ben -13% rispetto al 2009). Una vera e propria catastrofe, insostenibile per il sistema universitario, già duramente provato da provvedimenti restrittivi e da tagli su borse post lauream, borse di studio, fondi per la ricerca, fondi per l’internazionalizzazione, tagli sull’acquisto di materiali e attrezzature.

Questo è ciò che si annuncia in Commissione Bilancio. L’unico segnale, certo apprezzabile, è che si sia ritagliata dal «fondo Catricalà» una piccola quota per il diritto allo studio pari a 50mln di euro. Ma alle Università nulla.

E così, per la prima volta nella storia degli atenei italiani, le spese stipendiali saranno pari al 95% dei trasferimenti dallo Stato. Con conseguenze facilmente immaginabili sui beni intermedi che nell’Università significano servizi, infrastrutture per la ricerca e la didattica: non solo molti bilanci non si chiuderanno ma formazione e ricerca ne risentiranno in modo esiziale. O si pensa che le Università andranno avanti con quel misero 5%? Non ci si può stupire che, dopo un quindicennio di crescita, si assista oggi a un calo dell’11% in pochi anni del numero delle matricole. Le famiglie si sono accorte dei danni che stanno subendo gli atenei. Solo il governo sembra sordo e cieco.

La soglia fatale del 95% delle spese stipendiali è il segno della fine. Peraltro ci si arriva per soli motivi aritmetici, non essendo affatto aumentati gli organici. Anzi. L’Italia ha uno dei numeri più bassi di ricercatori rapportati alla popolazione (3,7 contro una media Ocse del 7,6) e in soli quattro anni i docenti sono diminuiti del 10%. Con questi numeri, fra l’altro, cancelliamo ogni speranza per i giovani ricercatori in attesa delle abilitazioni. Nessuno potrà chiamarli.

È stato più volte detto che servono 400 milioni di euro per riallineare il finanziamento universitario del 2013 al 2012. Non per incrementarlo si badi – ma solo per riallinearlo all’anno corrente. Niente. Da questa situazione occorre trarre le debite conseguenze: il problema non è più di numeri, ma schiettamente politico. Non si vuole assegnare a Università e Ricerca il ruolo che altrove nel mondo industrializzato gli compete? Non si vuole favorire il ricambio dei giovani ricercatori? Gli atenei si fermeranno, agonizzeranno e assieme agli atenei si fermeranno sviluppo e capacità competitive. Una responsabilità inaudita graverà sulle spalle dei tecnici. Facciamo appello alle forze parlamentari: intervengano prima che sia troppo tardi.

l'Unità, 14/11/12

Alba Nogueira: As Universidades ao pé do precipicio

Alba Nogueira: As Universidades ao pé do precipicio

Logo de varios anos de recortes orzamentarios que teñen colocado ás universidades e á investigación realizada desde o seu ámbito (sobre o 60%) nunha situación difícilmente reversibel, o esganamento orzamentario  compleméntase con durísimas medidas de selección do alumnado e redución do persoal.

As enormes diminucións orzamentarias nos fondos dedicados á universidade dentro do plan de financiamento na última lexislatura provocaron despidos e que non se renovaran contratos, severísimas reducións do gasto corrente ou diminucións escandalosas de compra de libros e de suscripción a revistas científicas que levaron mesmo a cortar a continuidade de coleccións que nin a guerra civil fora quen de romper.  Sen convocatorias de proxectos de investigación autonómicos e coas de persoal investigador (en formación, técnicos ou doutores) como unha caricatura do que foron algún día, a investigación estáncase.

A burbulla orzamentaria, comezada nos últimos mandatos do PSOE e mantida polo PP, cun financiamento da investigación cada vez máis polarizado cara os créditos á investigación, conduciu ás universidades a un endebedamento irresponsabel nunha carreira sen saída de infraestruturas, campus de excelencia e demais artefactos ligados á moda do emprendemento. Pincha agora coa crise e unha boa parte dos fondos de investigación (o 40% no último exercicio) quedan sen gastar precisamente porque non hai centro público de investigación que poida achegar a parte coa que debería complementar o orzamentado e financiar os intereses.

Fálase igualmente de reducir aínda un ano máis as titulacións -tres anos- nunha lóxica clara de redución da formación do estudantado e apertura dun mercado para os masters, cada vez máis selectivos económicamente debido á enorme subida das súas taxas e nos que, ademáis, concentra a súa oferta unha boa parte dos centros de ensino privados.  Con solícito apoio de gobernos autonómicos, como os de Madrid ou Murcia, que brindan edificios públicos, axudas e apoio á implantación de universidades privadas.

Defending universities: engaging the public

Defending universities: engaging the public

The Campaign for the Public University welcomes the launch of the Council for the Defence of British Universities. The two campaigns share common values. These values were articulated in a critique of the Government’s White Paper in July 2011, and developed subsequently in an Alternative White Paper, both written together with other campaign groups. The Government has avoided debate, but the issues are pressing and vital to the future of higher education.

Those of us who are academics are deeply concerned about university autonomy, the reduction of higher education to training and the damaging consequences of audit culture. However, we also need to engage with wider publics and how and why they might value higher education. What is at issue is the role of education in the global knowledge economy and the reproduction of advantage, where the only public interest is understood to be the interest of the taxpayer. As Holmwood and Bhambra have argued, under this neo-liberal conception of education it is transformed from a social right into a positional good.

Yet the British Social Attitude Survey has consistently shown that the public values higher education as providing more than the means of getting a better job. They also believe that fees were too high under the previous funding system and are against differential fees for the same courses. The most recent survey shows a small shifting of attitudes. In general, the public continues to regard university education as valuable. However, those with degree-level qualifications (graduates of previous funding systems) tend now to favour fees and also a reduction in student numbers graduates. This indicates a shift toward the defence of market position against the social mission that public higher education previously served.

We are at a pivotal moment. As the CDBU argues, Vice-Chancellors have been supine and quiet in the face of the transformation of higher education in England. University mission groups have also not represented the system as a whole. However, the latter are breaking up and what is emerging is the first sign of a new, restricted Ivy League, potentially willing to go it alone and wrapped in the mantle of traditional university values. We should all heed the warning posted by the Chair of CDBU’s steering committee, Howard Hotson, not to look to the Ivy League. A system in which a few universities flourish at the expense of the rest, is not in the public interest. Nor is it one that the majority of academic and other staff in universities could support.

Campaign for the Public University, 14/11/12

Howard Hotson: Our universities are at great risk. We must act now to defend them

Howard Hotson: Our universities are at great risk. We must act now to defend them
Frantic, unprecedented reform is threatening fundamental academic principles and the purpose of higher education itself

Universities are among the UK's most successful institutions. Collectively, they enjoy a global reputation that few British institutions can match. Their research produces innovations of the highest order. Their teaching attracts a hugely disproportionate share of the world's international students.

Yet their future is being gambled on an unprecedented programme of radical reforms. Nothing similar has been tried elsewhere. No democratic mandate has been sought. These changes are grounded in wishful ideological assumptions. Evidence suggests they will do more harm than good.

Such is the frantic pace of this revolution that few outside universities are aware of its gigantic scope. Its financial dimension is familiar in outline to the general public. Domestic tuition fees, unheard of only 15 years ago, have been trebled this academic year, while 80% of direct public funding has been withdrawn from undergraduate teaching. Even before these changes, public spending on higher education was lower in the UK than almost any other developed country, while business spending on research and development was equally low and falling. Now, tuition fees in England are, on average, the highest in the world.

Yet as public and corporate money is withdrawn, the priorities and preconceptions of politics and business are being imposed on universities more forcefully than ever. Research funding in the sciences is diverted to meet the demands of industry; funding for the humanities is explicitly tied to party-political slogans. Universities, once regarded as self-governing communities of students and teachers seeking deeper understanding, are now line-managed like private corporations, devoted to maximising performance metrics which do not remotely capture what universities aspire to achieve.

These management models impoverish teaching, undermine creativity, trivialise research, and alienate teachers. Worse still, this market system transforms students from active apprentices in the craft of higher learning to passive consumers attempting to leverage their purchasing power into high lifetime earnings. Despite public homage to the knowledge economy, this new regime seems designed to make the careers of the next generation of academics as precarious and unrewarding as possible.

The culmination of this policy is the introduction into Britain of the for-profit university model which has proved so catastrophic to students and taxpayers in the US. Commercial firms are lobbying for the legal redefinition of what it means to be a "university" in England. Why? Because their future profits depend on debasing the very institution they pretend to emulate.

No organisation exists to defend academic values and the institutional arrangements best suited to fostering them. The numerous "mission groups" – the Russell Group, Universities UK, University Alliance, and the rest – do not represent universities as such. They represent senior university administrators, whose primary task is to advance financial interests. Academic unions defend the working conditions of academics, not the values that make their work worthwhile. Learned societies promote individual disciplines, not learning as such. In such conditions, proposals which subvert fundamental academic principles meet no effective opposition.

Many of Britain's most eminent academics and public intellectuals have watched these developments with mounting alarm. Scores have come together to consider how best to resist these changes before the damage they cause is beyond repair. Among their number are past and current presidents of Britain's academies of arts and sciences, Nobel prize winners, and a former poet laureate.

The inaugural meeting of the Council for the Defence of British Universities takes place on Tuesday. The question it confronts is of vital national importance. Will the UK continue to enjoy one of its most outstanding assets? Many of those most able to judge have concluded that it will not, unless strenuous efforts are made to reverse the radical reform of a fundamentally sound system.

The Guardian, 12/11/12

AS UNIVERSIDADES E O FUTURO DE PORTUGAL

AS UNIVERSIDADES E O FUTURO DE PORTUGAL
Comunicado do Conselho de Reitores das Universidades Portuguesas (CRUP)

Ao longo dos últimos dois anos as universidades públicas portuguesas têm conseguido manter padrões de elevada qualidade de funcionamento e têm, com grande sentido de responsabilidade, acompanhado o país no combate à grave crise nacional.

Durante este período o Conselho de Reitores das Universidades Portuguesas (CRUP) tem vindo a manifestar publicamente as suas posições face à crise e, ao mesmo tempo que aponta dificuldades, tem conseguido, até aqui, apresentar soluções. Apesar da crise, as universidades conseguiram, graças às suas receitas próprias e ao apoio estatal, manter níveis de qualidade no ensino, na investigação científica e na cooperação internacional de inegável valor.

Contudo, a eventual aprovação da proposta de Orçamento de Estado para 2013 (OE 2013) ao reduzir, num valor médio de 9,4%, as dotações a atribuir às universidades, em comparação com o ano corrente, terá efeitos imprevisíveis e irreversíveis em todo o sistema universitário, inviabilizando o desenvolvimento de atividades essenciais para o seu funcionamento. Recorde-se que o financiamento público das universidades já foi reduzido em 144 milhões entre 2005 e 2012, podendo este valor atingir os 200 milhões no caso do OE 2013 vier a ser aprovado sem alterações.

O novo modelo de governação do ensino superior, que se iniciou em 2007, possibilitou, através dos Conselhos Gerais, o envolvimento de personalidades da sociedade na gestão estratégica das universidades e no acompanhamento dos respetivos percursos. Trata-se de um modelo praticado com sucesso e há largos anos em vários países, dentro e fora da Europa.

Os Conselhos Gerais das universidades, que integram essas personalidades externas às instituições, passaram assim a deter a competência de aprovar o orçamento de cada universidade bem como o respetivo plano de atividades.

Neste contexto, e tendo em conta a situação de especial gravidade com que as universidades serão confrontadas no próximo ano, realizou-se hoje uma reunião conjunta entre os presidentes dos Conselhos Gerais e os reitores, a primeira a ter lugar desde que o novo modelo de governação entrou em vigor.

Nesta reunião foi efetuada uma análise da situação financeira que irá ocorrer no próximo ano, caso se confirme o estipulado na atual proposta de Lei do OE para 2013. Concluiu-se que, nestas condições, será inviável o funcionamento das universidades públicas.

Os Presidentes dos Conselhos Gerais afirmaram a sua profunda preocupação com esta situação que, ao comprometer a qualificação dos portugueses, inibe o desenvolvimento económico do país e afeta gravemente o bem estar dos seus cidadãos.

Face ao iminente quadro de rotura na rede universitária, numa altura em que se avizinham grandes desafios internacionais, como é o caso da Estratégia 2020 da União Europeia, os reitores decidiram solicitar, com caráter de urgência, uma audiência aos membros do governo envolvidos, bem como a Sua Excelência o Presidente da República.

O CRUP mantém, como até aqui, uma total disponibilidade para, em diálogo, ajudar a resolver este grave problema financeiro e tudo fará para garantir um futuro sustentável para as universidades. Se as universidades perderem qualidade ficarão igualmente em risco a investigação científica, a inovação tecnológica e a qualificação de nível superior. Todos perderemos a mais importante arma que um país pode deter: a criação e a aplicação de novos conhecimentos.

Dada a gravidade da situação será apresentada em simultâneo em todas as universidades, ao meio dia da próxima sexta-feira dia 9, perante as respetivas comunidades universitárias, uma declaração dos reitores das universidades públicas portuguesas sobre a inexequibilidade do quadro orçamental para 2013.

Lisboa / 07 de novembro de 2012

CRUP, 09/11/12

Outras novas realcionadas:

Francisco José Quiles Flor: ¿Futuro para la UCLM?

Francisco José Quiles Flor: ¿Futuro para la UCLM?
Francisco José Quiles Flor, catedrático de Universidad de la UCLM (ex vicerrector de Investigación de la UCLM)

Con el anuncio de la propuesta de presupuestos regionales para el próximo año se ha cerrado cualquier duda que pudiera existir sobre los planes de futuro para la Universidad de Castilla-La Mancha. Creo que todo el mundo debe ser consciente de que una institución académica que hace tan solo dos años tenía un presupuesto de 165 millones de euros no puede sobrevivir tal y como la conocemos con 98.  Esta reducción no tiene posible comparación con lo que está sucediendo en el resto de las Universidades públicas españolas. Es cierto que todas ellas están sometidas a recortes, necesarios como esfuerzo solidario con la sociedad, pero estos son incomparables con los que está exigiendo el gobierno regional: en el peor de los casos en otras comunidades este recorte no supera el veinte por ciento y en la mayoría es inferior al quince, mientras que en nuestro caso alcanza el cuarenta por ciento. 

Ante estos datos, es evidente que el gobierno regional y el de la Universidad de Castilla-La Mancha se proponen un cambio sustancial en nuestra Universidad, de modo que, tarde o temprano, el Consejero de Educación y el Rector anunciarán una profunda transformación de la institución. Teniendo en cuenta la dimensión del recorte propuesto, es de ilusos suponer que dicha transformación consistirá en ligeros retoques de maquillaje, supondrá el cierre de titulaciones y de centros docentes y de investigación. En algún momento, ambos gobiernos, el regional y el de la Universidad, tendrán que dejarse de eufemismos y metáforas y comunicar a la sociedad castellano-manchega la dura realidad a la que esto nos lleva: en el futuro muchos jóvenes castellano-manchegos tendrán que volver a estudiar en otros territorios, y además ello llevará consigo el despido de muchos de los profesores mas jóvenes de la Universidad, que pese a haber obtenido sus acreditaciones a nivel nacional y haber superado las oposiciones correspondientes, ahora van a tener que marchar a otras universidades o centros de investigación, la mayoría en el extranjero. Nuestra tierra perderá así todo el potencial de estos profesores, en cuya formación se ha invertido mucho dinero en forma de becas, estancias en el extranjero, proyectos de investigación, etc..

En resumen, todo lo conseguido en dos décadas y media de duro trabajo, en las cuales Castilla-La Mancha por fin había logrado situarse en el mapa de la educación superior y de la investigación, va a esfumarse como si de un espejismo se hubiera tratado debido al recorte en el presupuesto de la UCLM. Si los castellano-manchegos aceptamos mansamente dicho recorte, estamos renunciando a que muchos de nuestros hijos puedan desarrollar sus estudios en nuestra tierra y a que nuestras empresas se puedan ver beneficiadas del impulso innovador y de profesionales preparados que supone tener cerca una Universidad fuerte y competitiva. ¿Alguien piensa que empresas como Eurocopter estarían en Castilla-La Mancha si no tuviéramos Universidad? La posición alcanzada en investigación es imposible de mantener sin presupuestos regionales y sin apoyo para la transferencia a la empresa. No nos podemos engañar respecto a la investigación, que es como un campo de frutales: si se deja de regar un año, no se recupera regando al siguiente, necesita más de una década para la recuperación de sus árboles.

Por tanto, la sociedad castellano-manchega debe decidir si este es el futuro que quiere para nuestra tierra y reclamar, si así lo considera, otro trato y otros esfuerzos para la Universidad pública regional. En particular, la comunidad universitaria debe ser consciente del futuro inmediato al que nos enfrentamos y luchar para que desde los órganos de gobierno que tenemos, se impulse una postura clara de defensa del futuro de la institución. Si no lo hacemos ya, seguro que terminarán anunciando una nueva y mermada Universidad de Castilla-La Mancha con nocturnidad, alevosía y en vacaciones.

Lanza, 12/10/12

Jorge Riechmann: El curso no debe comenzar

Jorge Riechmann: El curso no debe comenzar

Hay situaciones tan graves que el business as usual (seguir haciendo como siempre) se vuelve necesariamente contra nosotros y nosotras. Estamos viviendo una de esas situaciones. Tiene muchas aristas, pero una de las más importantes es el ataque organizado contra los servicios públicos: contra uno de los pilares básicos de la vida decente en una sociedad democrática. Y dentro de ese ataque, la demolición programada de la educación pública.

El lunes 3 de septiembre, el comienzo oficial del curso académico para las universidades públicas madrileñas no tuvo lugar. Otros septiembres ha sido éste un acto rutinario al que invariablemente acudía la presidenta de la región; se dictaba una lección magistral; se pronunciaban algunos discursos, a veces interesantes, otras veces tediosos; se entonaba ese curioso y hedonista himno universitario llamado GAUDEAMUS IGITUR (donde la enternecida comunidad académica no se priva de lanzar jocundas vivas a la república, así como a las “mujeres tiernas y amables”: aquí la traducción de los versos latinos). Esta vez, sin embargo, en la Facultad de Medicina de la UAM, Esperanza Aguirre no se atrevió a presentarse: envió a dar la cara a su subordinado Jon Juaristi. Y la intensidad de la protesta de estudiantes, profesores, sindicatos y PAS (Personal de Administración y Servicios) fue tal que no hubo ni medidos discursos, ni inauguración oficial, ni sentimental GAUDEAMUS.

El sentido que se desprende de estos hechos es claro, en mi opinión: vivimos una situación tan anómala, el ataque contra la universidad pública (plasmado en la ley 6/ 2011 de la CAM, el Real Decreto-Ley 14/ 2012 del gobierno del Reino de España, y los recortes de fondos) es tan destructivo, que el curso no debe comenzar. Y de hecho en Madrid (y en otras comunidades autónomas) están en marcha iniciativas en ese sentido.

Una de ellas es la convocatoria de una huelga indefinida de docentes (en todos los niveles de enseñanza en la Comunidad de Madrid, desde las escuelas infantiles a la universidad) a partir del 17 de septiembre. Pueden verse detalles de esta iniciativa en este blog. Se presentará en rueda de prensa el 5 de septiembre, a las 17 h., en la librería asociativa Traficantes de Sueños (c/ Embajadores 35, Madrid).

Una segunda iniciativa importante es la campaña de desobediencia civil propuesta desde la UCM y que ha ido elaborándose durante el verano: se hallará información básica en su web. La campaña arrancará el 12 de septiembre, a las 12 h., con una rueda de prensa (también en Traficantes de Sueños).

Llamo a todos mis compañeros y compañeras docentes a presentar las clases universitarias, en este anómalo inicio de curso que no debe comenzar, no con la explicación de ninguna materia curricular sino con un debate franco, crítico y abierto que aborde la situación actual. Desde la UAM hemos elaborado un documento en formato ppt que resume algunos puntos susceptibles de abordarse en tal debate: está a disposición de todo el mundo aquí.

Quienes potencialmente tienen más fuerza en este conflicto son las y los estudiantes. Lo han demostrado estos meses últimos en Chile, en Quebec y en otros lugares. Cada uno de las y los trabajadores públicos tenemos nuestra parte de responsabilidad, y sin duda se nos pedirá cuentas por ello, en algún momento. Pero la fuerza potencialmente decisiva es la de los estudiantes. Ojalá no falten a su cita con la historia.

MÁSPúblico, 05/09/12

Carlos Fernández Liria: Gente anti Bolonia

Carlos Fernández Liria: Gente anti Bolonia
Carlos Fernández Liria, Profesor de Filosofía en la UCM y coautor de los libros El Plan Bolonia y Bolonia no existe

Tras las protestas que interrumpieron la apertura del curso universitario de la Comunidad de Madrid, el director general de Universidades, Jon Juaristi, declaró que “no entendía que la gente estuviera cabreada” y que, además, “esa no era la gente de la Universidad”. ¿Quién es la gente de la Universidad? ¿Los que durante diez años de Plan Bolonia protagonizaron en los medios de comunicación una campaña de indigna propaganda plagada de calumnias contra la universidad pública, a la que supuestamente había que reformar de arriba a abajo para ponerla “al servicio de la sociedad”? ¿Gente como Daniel Peña, actual presidente de los rectores madrileños, que hasta hace nada proclamaba a los cuatro vientos que la universidad pública estaba en su mejor momento? ¿Como José Carrillo, que fue vicerrector de Espacio Europeo de la UCM y veía en Bolonia la gran ocasión de crear una universidad de enseñanza personalizada, grupos pequeños, alumnos internacionales que viajarían de aquí para allá con becas y subvenciones, cursando grados y másteres felizmente adaptados a un próspero mercado laboral en nuestra inigualable “sociedad del conocimiento” europea?

Ahora habrá quien diga que el Plan Bolonia era bueno, pero que no pudo aplicarse porque faltaron los medios para ello a causa de la crisis económica. La realidad es muy distinta. Para empezar esta crisis económica es una salvaje revolución neoliberal que está aprovechando la debilidad de los trabajadores para desmantelar todas las conquistas sociales que se habían consolidado en legislaciones e instituciones estatales desde la segunda guerra mundial. Una de estas conquistas era la enseñanza pública. Por tanto, no es que la crisis haya frustrado Bolonia, es que Bolonia era una de las avanzadillas de la crisis. Esto lo denunciaron con clarividencia incontestable los estudiantes que lucharon incansablemente contra el Plan Bolonia desde el año 2000. Se les llamó apocalípticos y antisistema. No eran apocalípticos: se quedaron cortos en sus previsiones más pesimistas. El desastre causado a la enseñanza pública superior supera ya los peores pronósticos. Sí eran, en cambio, antisistema y, en eso, tenían toda la razón, pues el Plan Bolonia no era una reforma educativa; era, como se ha demostrado, un capítulo entre otros de esta brutal revolución capitalista que estamos sufriendo.

Estamos inmersos en una reorganización de la universidad con criterios mercantiles, potenciando lo más rentable y dejando atrofiarse o morir por inanición a las disciplinas, facultades y departamentos que no puedan demostrar su interés mercantil, bien sea atrayendo inversión privada o demostrando su adaptación a las insensatas necesidades de un mercado laboral suicida. El verdadero objetivo del Plan Bolonia era reducir al mínimo la parte de los estudios financiada por el Estado. Para ello, se cortaron las carreras en dos. La primera parte (que pronto será sólo de tres años para muchas de las antiguas licenciaturas) constituye el Grado, que comprende unos estudios mínimos con unas tasas se supone que razonables. Las autoridades académicas del momento, rectores y ministros, pretendían que el objetivo del Grado era adaptar los estudios a una capacitación profesional, es decir, a la inserción en el mercado laboral. Lo decían, sin que se les cayera la cara de vergüenza, justo en el momento en que ese mercado laboral dejaba de existir. Esta sería la parte de los estudios superiores pagada por el Estado. A partir de ese momento, el Plan Bolonia ofrece al estudiante el mundo de los másteres especializados a un precio crecientemente prohibitivo (en el 2012 la matrícula de los másteres estatales ya se ha incrementado en un 235%). Y, en todo caso, como resultaba obvio desde el principio, los másteres que verdaderamente se insertarán en el mercado laboral serán los títulos privados que impartirán las corporaciones económicas a precios de élite.

Tan sólo un botón de muestra: en la Universidad Complutense de Madrid, la Licenciatura de Filosofía comprendía en total 3200 horas lectivas a las que el alumno tenía que asistir. Actualmente, las autoridades académicas reconocen que, cuando el Plan Bolonia termine de implantarse, esas 3200 horas se habrán reducido a 1100, de las que, por cierto, sólo 800 serán estrictamente de filosofía, siendo el resto comunes con los grados de Historia y de Filología. Estas serán las horas que el alumno podrá cursar a un precio estatal razonable (sin descartar un incremento de las tasas muy sustancial). En estas condiciones es imposible lograr que un alumno esté en condiciones de comprender un texto de la historia de la filosofía. El nuevo Grado de Filosofía será inevitablemente una estafa. La filosofía es la disciplina más difícil del mundo y, ante todo, requiere tiempo y profesores. Y no va a haber ninguna de las dos cosas. Eso lo sabía perfectamente el filósofo Ángel Gabilondo, cuando fue nombrado ministro de Educación. Pero lo negó, lo negó y lo negó. Sus amigos todavía nos estamos preguntando si fue un cobarde, un traidor o un idiota.

En general, no se pretendía tan sólo reducir al mínimo la parte de los estudios superiores financiada por el Estado. Se trataba, ante todo, de convertir la universidad pública en un cajero automático para que las empresas pudieran obtener dinero de los impuestos, al mismo tiempo que un ejército de becarios dispuestos a trabajar gratis o cobrando de esos mismos impuestos. Es decir, se trataba de conseguir una idílica “sociedad del conocimiento” en la que las empresas contarían con trabajadores cualificados pagados por otros trabajadores. Si, pongamos por caso, una laboratorio farmacéutico financia una investigación con diez euros, esta “fuente de financiación externa” será el aval para otorgar a ese departamento cien euros de dinero público y unos cuantos becarios. La universidad estatal se convierte así en un aspirador de dinero público para financiar negocios privados. En la medida en que cumpla con esta función, la universidad pública seguirá existiendo.

A este salvajismo neoliberal, esas mismas autoridades académicas que fueron abucheadas el otro día en la UAM le llamaron pomposamente Espacio Europeo de Educación Superior y lo definieron con el lema ‘Una universidad al servicio de la sociedad’. Pese a contar con la complicidad de todos los medios de comunicación y con mucho dinero para propaganda, no consiguieron convencer a nadie. Los referendos que se convocaron en las mayores universidades (y que contaron con una participación muy superior a la habitual en las elecciones a rector), dijeron no a Bolonia con más de un 90 %. Esa era, en realidad, la “gente de la Universidad”, esa gente por la que se pregunta Juaristi: la gente a la que representaban y a la que decidieron ignorar, traicionar y calumniar.

El movimiento estudiantil, tras un heroico y minucioso estudio de los documentos, libros blancos, directrices y borradores del proceso de Bolonia, demostró hace ya años que lo que se escondía tras el lema ‘Una universidad al servicio de la sociedad” era un proyecto de adaptarla a los que tenían la sartén por el mango en esta sociedad: esos que actualmente se llaman a sí mismos “los mercados”. Los rectores, los ministros, los expertos, los mercenarios del periodismo, salían al paso diciendo que la “sociedad” era más amplia que los “mercados” y que el verdadero espíritu de Bolonia tenía que luchar por adaptar la universidad a las necesidades ciudadanas y no a las mercantiles. Era una observación patética, ridícula, grotesca, como los tiempos han demostrado ahora por encima de los peores augurios. Un pestañeo de los mercados basta ya para tirar por la borda leyes, convenios colectivos, instituciones y derechos ciudadanos. Desdichadamente, el movimiento antibolonia tenía razón al profetizar la catástrofe que tenemos por delante.

Público, 05/09/12

La Comunidad de Madrid aprueba las nuevas tasas universitarias para los títulos oficiales de Máster

La Comunidad de Madrid aprueba las nuevas tasas universitarias para los títulos oficiales de Máster

Ya se conocen los precios de tasas en Madrid para los Masters 2012-2013.

En ANTROPOLOGÍA (o FILOSOFÍA) el crédito costaba el curso pasado 25,89 euros. La CAM lo ha puesto en el extremo máximo que permitía la horquilla del RD: ahora costarán 86,03 euros. Si un Master (de los baratos, sin ser de los obligatorios para ejercer una profesión, como el de Secundaria o alguno de Derecho) costaba el año pasado 1.553 euros, ahora costará 5.178 euros (sin contar otras tasas). La subida ha sido de un 235,6%.

Esto para ciudadanxs UE. Para latinoamericanxs, africanxs, asiáticos, se pondrá en unos 10.000 euros

(Recibido por correo electrónico)

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