Günter Grass

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Günther Grass: Escribir en un mundo sin paz

Günter GrassGünther Grass: Escribir en un mundo sin paz
Discurso de Günter Grass en la inauguración del 72º Congreso del PEN Internacional

Quien escribe sabe que la duda ha de tender cables en el camino de la fe, para que tropiece y no nos anime esperanza alguna, porque sólo podría ser la esperanza de despeñarnos. Por eso hay que advertirlo de antemano: el lema de este congreso del PEN que se celebra en Berlín -Escribir en un mundo sin paz- podría hacer suponer o incluso pretender confirmar la piadosa patraña de que alguna vez hubo un mundo en paz. ¡No! Siempre ha habido, más cerca o más lejos, alguna guerra. A menudo se ha camuflado como "pacificación" o "normalización", pero mortífera ha sido siempre. Tampoco han faltado cantares de gesta ni sobrias descripciones de guerras gálicas o de otra índole. En nuestros tiempos nos entreteníamos, en la pantalla o en la tele, con películas de emoción intensificada por efectos especiales, inspiradas en las inevitables historias bélicas: héroes a montones otra vez.

Günter Grass: ¿Qué se puede elegir?

Günter Grass: ¿Qué se puede elegir?

Vivimos en una época nada cicatera en crisis. Se nos ofrecen a diario, realmente amenazadoras o simplemente anunciadas, o se nos sirven, interesadamente, para meternos miedo. A muchos ciudadanos les resulta difícil distinguir lo que hay que tomar en serio.

Günter Grass: Alemania 60 años después de Hitler

Günter GrassGünter Grass: Alemania 60 años después de Hitler

Fragmentos do texto publicado en EL PAIS, o 8 de maio de 2005, no que Günter Grass, premio Nobel de Literatura en 1999 e autor de “O tambor de follalata” analiza os efectos da reunificación alemana. Os fragmentos que se recollen son aplicables ás políticas neoliberais que se están a aplicar en todo o mundo.

[…]

Libertad regalada se llamó un discurso que, el 8 de mayo de 1985, pronuncié en la Academia Berlinesa de las Artes. Por aquel entonces, el país estaba aún dividido, de manera que comparé los dos Estados, su necesidad de delimitación, sus diferentes dependencias, su respectivo materialismo marcadamente dogmático, su miedo a la unificación y su nostalgia de ella. La “libertad regalada” fue sólo para el Estado alemán occidental; los del Este se fueron con las manos vacías.

Veinte años más tarde y en vista de la situación de la República Federal, más grande ahora por la anexión, hay que preguntarse por el uso hecho de ese regalo. ¿Hemos manejado con cuidado la libertad que se nos regaló sin que la conquistáramos? ¿Nos hemos ocupado los ciudadanos de la Alemania occidental de compensar debidamente a los de la antigua RDA, que tuvieron que soportar la carga principal de la guerra iniciada y perdida por todos los alemanes? Y luego: ¿es aún nuestra democracia parlamentaria, como garante de una actuación liberal, suficientemente soberana para poder actuar frente a los problemas pendientes del siglo XXI?

Quince años después de la firma del tratado de la unidad hay que reconocer, o no se puede ya silenciar ni disimular, que la unidad de Alemania, a pesar de los logros financieros obtenidos, ha fracasado en sus aspectos fundamentales. Desde el principio. Un cálculo pusilánime impidió al Gobierno de entonces atender una exigencia previsoramente establecida en la Constitución, es decir, presentar a los ciudadanos de ambos Estados una nueva Constitución, elaborada con el esfuerzo de todos los alemanes. Por eso no es de extrañar que la gente, en los länder simplemente anexionados, se sintiera como alemanes de segunda. En lo que se refiere a propiedad de los medios de producción, abastecimiento de energía, periódicos y editoriales, la sustancia en otro tiempo “propiedad del pueblo” del desaparecido Estado fue liquidada y en definitiva expropiada, con la colaboración, ocasionalmente delictiva, de la Treuhandanstalt. El porcentaje de desempleados es allí dos veces mayor que en los länder occidentales. La arrogancia germano-occidental no permitió respetar la biografía de los alemanes orientales. El éxodo antes temido de la población —por lo que se introdujo precipitadamente y demasiado pronto el marco alemán— se produce hoy a diario: comarcas enteras, pueblos y ciudades se vacían. Después de haber hecho la Treuhand sus pingües negocios, la industria germano-occidental y también los bancos rehusaron las necesarias inversiones y créditos y, en consecuencia, la creación de puestos de trabajo; todos prefieren hablar machaconamente mal de Alemania como centro de producción y hacer su agosto en el extranjero. Los gritos de aliento no sirven de nada. Ante esa situación dificil, sólo puede ayudar, si es que puede alguien, el legislador, el Parlamento, con lo que se plantea otra vez la cuestión de la capacidad de la democracia parlamentaria para actuar.

Yo mantengo que nuestros representantes libremente elegidos no son ya libres al adoptar decisiones. Y lo decisivo no es la habitual disciplina de grupo parlamentario, para la que puede haber razones, sino el círculo de lobbistas e intereses diversos que limita, influye, presiona y fuerza su participación en la forma y el contenido de las leyes. Los servicios grandes o pequeños ayudan mucho. Maquinaciones punibles se pasan por alto como peccata minuta. A nadie choca ya seriamente un sistema entretanto perfeccionado cuya práctica se alimenta de favores recíprocos.

Renunciar al voto

Por consiguiente, el Parlamento no decide de forma soberana. Depende de las poderosas asociaciones económicas, bancos y consorcios, no sometidos a control democrático. De esa forma, el legislador se convierte en hazmerreír. De esa forma, el Parlamento degenera en filial de la Bolsa. De esa forma se somete a la democracia al dictado de un capital mundialmente en fuga. ¿A quién puede extrañar que, cada vez más, los ciudadanos indignados, asqueados y finalmente resignados se aparten de esas maquinaciones que se manifiestan abiertamente, consideren el proceso electoral como una simple farsa y renuncien a votar? Haría falta la voluntad democrática de proteger contra la afluencia de los grupos de presión, mediante una zona prohibida. Sin embargo, ¿son nuestros parlamentarios todavía suficientemente libres para tomar una decisión que tendría que ejercer una coerción democrática radical?

Otra vez se plantea la pregunta: ¿qué ha sido de la libertad que se nos regaló hace sesenta años? ¿Vale sólo la pena como ganancia en Bolsa? Nuestro mayor bien constitucional no protege ante todo los derechos civiles, sino que se ha vendido al precio más bajo, para, de una forma que agrada al espíritu del siglo neoliberal, ser útil sobre todo a la economía de mercado que se autodenomina “libre”. Sin embargo, ese concepto tramposo convertido en fetiche oculta sólo con dificultad el comportamiento asocial de los bancos, asociaciones industriales y especuladores bursátiles. Todos somos testigos de que, cuando se está destruyendo capital en todo el mundo, cuando las llamadas absorciones amistosas u hostiles destruyen miles de puestos de trabajo, cuando el simple anuncio de medidas de racionalización se convierte en el despido de miles de trabajadores y empleados, las cotizaciones suben y todo ello se considera el precio que hay que aceptar por “vivir en libertad”.

Desaparece el pleno empleo

Las consecuencias de esa evolución disfrazada de globalización saltan a la vista y pueden deducirse estadísticamente. Con la cifra de personas desempleadas, que anda por los cinco millones, constante desde hace años y la resistencia igualmente constante de los empresarios a crear nuevos puestos de trabajo, a pesar de unos réditos demostrablemente más altos, especialmente en el sector de las exportaciones, la esperanza del pleno empleo ha desaparecido. Trabajadores de edad se ven empujados a una jubilación anticipada. A los jóvenes que acaban su formación se les veda la entrada en el mundo del trabajo. Peor aún: sin dejar de quejarse de la amenaza de envejecimiento ni de repetir como un papagayo las reivindicaciones de hacer más por la juventud y la educación, la República. Federal —un país que sigue siendo rico— tolera un crecimiento de proporciones vergonzosas: el de la "pobreza infantil".

Todo ello se acepta como si fuera la voluntad divina, y va acompañado en cualquier caso de los refunfuños habituales en este país. Las preguntas sobre la responsabilidad acaban directamente en la estación ferroviaria de maniobras, en donde son aparcadas en éste o aquel apartadero. Sin embargo, el futuro de más de un millón de niños que se crían en familias empobrecidas sigue siendo oscuro. Quien señala esa situación injusta y señala también a otras personas socialmente marginadas se ve ridiculizado por jóvenes periodistas listillos, en el mejor de los casos, como “romántico social” y difamado en general como “buena persona”. Las preguntas sobre las razones de la creciente brecha entre pobres y ricos se rechaza como “cochina envidia”. Se burlan del deseo de justicia, tildándolo de utopía. El concepto de “solidaridad” sólo se encuentra en la lista de extranjerismos.

Aquí los Ackerman y los Esser [altos directivos procesados por indemnizaciones de despido millonarias], allá los innominados que se refugian en la sopa popular. Aquí los estupendos, los que más ganan, allá los casos de asistencia social de las estadísticas. A pesar de todas las invocaciones de una sociedad civil, sin duda digna de ser ambicionada, en la RFA se está formando una sociedad de clases que se creía hace tiempo superada. No es ya una suposición, sino una afirmación: lo que se exhibe como neoliberal resulta ser, bien mirado, un retroceso a los métodos del capitalismo temprano, que despreciaba al hombre. Y la economía de mercado social —en otro tiempo modelo de éxito de una actuación económica y solidaria— degenera en una economía de mercado libre, para la que la función social de la propiedad, basada en la Constitución, resulta gravosa, y el deseo de obtener beneficios, sacrosanto.

[…]

Estancamiento

Desde entonces el país, ahora mayor, se ha estancado. Ni el Gobiernode Kohl ni el de Schrödder consiguieron remediar los errores cometidos al principio. Tarde, quizá demasiado tarde, nos damos cuenta de que no es la ultraderecha la que amenaza al Estado, y ni siquiera —como nos quieren hacer creer los partidarios de la prohibición—debe considerarse como el peligro mayor: lo es mucho más la impotencia de la política, que hace que el ciudadano quede expuesto sin protección al dictado de la economía. Cada vez con más frecuencia se chantajea a los trabajadores y empleados de los consorcios. No es el Bundestag, sino la industria farmacéutica y las asociaciones de médicos y farmacéuticos que dependen de ella quienes deciden a quién debe aprovechar la reforma de la salud y quién, desde su punto de vista, debe beneficiarse de ella. En lugar de la función social de la propiedad, el valor fundamental es la maximización de las ganancias.Los parlamentarios se someten a la presión, tanto interior como global, del gran capital. De esa forma lo que se hunde no es el Estado -el Estado aguanta mucho-, sino la democracia.

Cuando hace 60 años el Gran Imperio Alemán capituló sin condiciones, con él quedó destruido un sistema de poder y terror que sólo sembró el espanto en Europa durante 12 años, pero arroja su sombra hasta hoy. Los alemanes nos hemos enfrentado una y otra vez con esa vergüenza heredada y, cuando titubeábamos, tuvimos que hacerlo de todos modos. A lo largo de generaciones se ha mantenido despierto el recuerdo del sufrimiento que infligimos a otros y a nosotros mismos. A menudo hemos tenido que forzarnos para ello. En comparación con otros pueblos, culpables de otras vergüenzas —me refiero a Japón, Turquía, las antiguas potencias coloniales—, no nos hemos sacudido la carga de nuestro pasado, que ha seguido siendo parte de nuestra historia como desafio permanente. Sólo cabe esperar que estemos a la altura del peligro actual de ese nuevo totalitarismo que defiende la última ideología que queda en el mundo.

Como demócratas convencidos, debemos oponernos soberanamente al poder del capital, para el que el ser humano es sólo un material que se produce y consume. Quien contabilice equivocadamente la libertad regalada como ganancia en Bolsa, no habrá comprendido lo que, año tras año, nos enseña el 8 de mayo.

El País, 08/05/05

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